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♡ 18

ASHER

El fin de semana ya había pasado; era lunes y todavía había algo que no podía terminar de comprender. Aquella tarde, en mi habitación, en el momento en que Beth se me acercó mi cuerpo experimentó una extraña sensación de déjà vu.

Al tenerla allí, a tan poca distancia, mis pensamientos ya no estuvieron claros. Empecé a respirar superficialmente porque el aire que nos rodeaba ya no me era suficiente.

La miré fijamente a los ojos y, de una manera inexplicable, los destellos de miel que rodeaban sus pupilas me capturaron. Al poco tiempo, me perdí en su cálido mirar. Sentí que algo me estaba sucediendo y tuve que alejarme, porque mi cuerpo y mi mente no podían reaccionar de esa manera con ella, no con mi mejor amiga.

Pasé las primeras horas de clase con los pensamientos revueltos. Tenía la constante inquietud de que algo en mi interior se removía cada vez que cruzaba miradas con Beth. Por ese motivo, tuve que actuar en contra de esas sensaciones involuntarias. Estaba seguro de que se me pasaría con el paso del tiempo.

Ese día, al entrar a la academia, sucedió lo que Beth había predicho: todas las miradas de las chicas se vieron atraídas hacia mí después de que notaron la nueva tonalidad de mi cabello. Al pasar, las oía murmurar; algunas de ellas se atrevían a hacerme algún cumplido cargado de sonrisas indiscretas y proposiciones muy insinuantes. Me negué de forma educada y fui amable incluso con algunas jóvenes con las que recordaba haber tenido algo en el pasado.

Cuando llegó la hora del medio día, fui a la cafetería, tomé asiento en una mesa desocupada y deposité mis alimentos sobre ella. Aguardé pacientemente a que alguno de mis amigos apareciera, pero daba la impresión de que no tenían intención de hacerlo.

Dereck y Frederik se habían pintado el cabello, naturalmente rubio, de un tono cobrizo, razón por la cual me habían comentado que no se aparecerían por la cafetería; aparentemente, les daba demasiada vergüenza el resultado de su cambio de aspecto. Mi amigo Max fue más inteligente que todos y solo se puso un tinte temporal en las puntas. Dado que nadie perdió la apuesta, todos nos dividimos el dinero y no hubo desacuerdos.

En ese momento, un grupo de chicas pasó junto a mi mesa y al verlas acercarse, les dediqué una de mis sonrisas más encantadoras y seductoras. Ellas se emocionaron en conjunto y todas me lanzaron miradas depredadoras. Les sonreí mientras le prestaba atención a una chica que llevaba el pelo rubio corto, por encima de los hombros: ella era de estatura media, tenía unos ojos verdosos y la piel bronceada; llevaba puesta una falda corta y una camisa blanca que trasparentaba lo que llevaba debajo. Definitivamente, el encaje que cubría su pecho era provocador.

Desvié mi intención cuando las puertas de la cafetería se abrieron y vi aparecer tras ellas a Beth y a Melissa. Las dos se reían de algo que Mel le había mostrado a Beth y estaban tan entretenidas que, hasta el momento, ninguna había notado que me encontraba a unos cuantos metros.

Al escuchar voces a mis espaldas, volteé y encontré al mismo grupo de chicas ordenando su comida, mientras intercambiaban miradas y fingían estar conversando, cuando lo que hacían era dirigirme miradas discretas.

Al devolver la mirada hacia delante, miré al otro lado de la amplia cafetería y no aparté la vista del sitio donde se encontraba mi amiga Beth. Ella fue la primera en voltear y me encontró observándola atentamente.

Su semblante se iluminó al sonreírme. Ella solamente apartó sus ojos de los míos al volverse para decirle a Mel que acababa de verme. A los pocos segundos, vi a las dos aproximándose; Beth seguía mirándome muy alegre, mientras Mel me contemplaba con la expresión ensombrecida, como si estuviera enfadada conmigo por algún motivo.

Se detuvieron frente a la mesa y Beth fue la única en acercarse a mí para saludarme alegremente, dejándome un beso fugaz en la mejilla. Mel simplemente soltó un cortante "Hola" y tomó asiento en una de las sillas disponibles. Tan pronto como se sentó, buscó su celular en el bolsillo y se mantuvo muy ocupada aparentando que respondía mensajes.

Me sentí confundido porque, a pesar de que nunca nos habíamos llevado muy bien, jamás la vi tan... molesta y distante. Sin embargo, no le di tanta importancia porque a Beth no parecía sucederle lo mismo. Se veía muy relajada y alegre de estar allí conmigo.

Ella se sentó en la silla que había junto a la mía y, al ladear su cabeza, cruzó los brazos sobre la superficie de la mesa.

—Mírate, en cuestión de horas te has convertido en el chico más popular de la academia —comentó ella antes de apoyar la barbilla sobre las palmas de sus manos.

—¿A qué te refieres?

Se irguió en la silla sin dejar de mirarme.

—Pues a eso mismo, Asher. Bastó con teñirte el pelo a lo chico rebelde y ya tienes a todas rendidas a tu encanto —aclaró mientras me rozaba el pelo con una de sus manos.

Al tener de nuevo sus dedos a escasos centímetros de mi cara, me quedé quieto y contuve la respiración. Volví a fundirme en el color miel de sus ojos y tuve que tragar saliva para no quedarme inmóvil frente a ella.

Me obligué a desviar la mirada para decir algo y no quedarme callado.

—El secreto para volver locas a todas es mi encanto natural —confesé alegremente y le guiñé un ojo.

—Y, por lo visto, te funciona bien.

Su tono fue bastante inusual para pasarme desapercibido. Me sonó como una recriminación. Fruncí las cejas porque me pareció que intentaba ocultar su disgusto.

Noté la mirada de Beth enfocada más allá de mi hombro; al girarme, comprobé que iba dirigida al club de chicas que no dejaban de mirarme desde una de las mesas más cercanas. Descubrí que varias de ellas me sonreían indiscretamente.

Una sonrisa amplia se dibujó en mis labios mientras mi mirada se dirigía hacia ella.

—Si te soy sincero, ninguna de esas chicas guapas me gusta, aquí solo hay una que me interesa.

Le hablé completamente convencido, a la vez que mi mano acortaba el espacio para posarse sobre el dorso de la suya.

Los ojos de Beth me observaron, sorprendidos e intrigados.

—¿Y se puede saber quién es ella? —le oí murmurar.

Sonreí cuando incliné mi cuerpo hacia el suyo y, a los pocos segundos, quedamos separados por un par de centímetros. Percibía el dulce olor de su perfume y sentía su proximidad. Estando tan cerca, podía perderme en la profundidad de sus bellos ojos marrones.

Si alguna vez alguien se atrevió a decir que los ojos cafés eran el color más común entre todos, estaba equivocado, porque en esa chica aquellos ojos se veían castaños, claros y con reflejos miel; verlos era como contemplar una ruleta de chocolate en la que contrastaban los luminosos rayos del sol.

—Ella es una chica muy impresionante, la más divertida, la más aplicada, la única que me escucha y me comprende. Forma parte de mí y ha capturado, a lo largo de toda mi vida, este corazón que late cuando la tengo cerca, justo a mi alcance.

—Si ella es tan perfecta y te interesa tanto, este es el momento de que vayas y se lo digas —me aconsejó ella sin borrar su dulce sonrisa.

—Eso es justo lo que estoy haciendo: hablo contigo y te confieso que te quiero a ti. Beth, ella eres tú, la única chica que he llegado a querer con toda mi alma y una de las personas más importantes en mi vida. Eres mi mejor amiga y nunca dejarás de ser imprescindible para mí.

Beth me escuchó atentamente. Yo le sonreí y ella rompió la distancia al envolverme entre sus brazos y aferrarse a mi cuello como si me considerara su peluche favorito. Su abrazo fue tierno y cálido, suave y emotivo.

Correspondí a su alegría y le rodeé los brazos para abrazarla con delicadeza. Quería demostrarle todo ese afecto y cariño que le tenía.

—Ustedes dos son tan empalagosos que me revuelven el estómago con tanta dulzura —exclamó Melissa, quien todavía seguía sentada frente a nuestras sillas.

—Ve acostumbrándote, preciosa, porque adoro demasiado a esta chica y no puedo evitar ser dulce.

Le dirigí una mirada risueña antes de depositar un fugaz beso en la coronilla de Bethy.

Melissa alternó su mirada castaña entre los dos y luego fijó la vista en la pantalla de su celular. Su rostro dibujó una disimulada sonrisa y, a los pocos segundos, la oímos decir:

—Ya he encontrado una salvación, chicos. Me voy ahora o acabaré vomitando un arcoíris si sigo escuchándolos —dijo con los labios fruncidos en una mueca.

La vimos incorporarse antes de que se diera la vuelta para marcharse. Cuando nos quedamos solos en la mesa, Beth intentó mirarme a los ojos sin separarse completamente de mis brazos.

Sentí calidez en la piel en el momento en que puso su mano encima de la mía. Observé su rostro y la miré directo a los ojos.

—Asher, tienes que jurarme que nuestra amistad nunca se va a romper —expresó, acariciándome el dorso con el pulgar.

—Bethy, para que nuestra amistad se rompa, tendría que dejar de quererte como lo hago, y créeme si te digo que nada ni nadie me hará dejarte. Eres mi chica especial, eso nunca lo olvides.

Le dirigí una sonrisa sincera. Ella me miró con los ojos brillantes y relucientes. Rompimos el intercambio de miradas para volver a abrazarnos.

Yo apoyé mi mentón en su hombro y ella hundió su nariz en mi cuello. A los pocos segundos, percibí su aliento en mi piel. Estar con ella era emocionante y tranquilizador.

El mundo entero debió enterarse de que ese momento nos pertenecía únicamente a los dos.

Desgraciadamente, nuestro abrazo no duró lo suficiente porque, justo a nuestro lado, alguien carraspeó su garganta y esa conexión que nos enlazaba se terminó fracturando irremediablemente.

Los dos tuvimos que poner fin a nuestro abrazo y volvernos hacia la persona que interfirió en nuestra importante conversación.

Se trataba de Reagan Rush. Sinceramente, en esa ocasión no me sorprendió en absoluto su llegada. Sospechaba que tramaba algo contra mí y que su manera de joderme era justamente esta: acercándose a mi mejor amiga.

Al mirarlo fijamente, mis hombros se pusieron rígidos y los tendones de mi espalda se tensaron.

—Hola, chicos, no pretendía interrumpirlos —mencionó, y de inmediato su mirada mal intencionada recayó sobre Beth— ¿Podemos hablar un segundo? Ya sabes, acerca de lo que te propuse.

Mi radar de mentiras se encendió al escuchar cada una de las palabras que salieron de su boca. Era pésimo fingiendo, y cuanto más hablaba, más lo detestaba.

Mis cejas se fruncieron en el momento en que entendí el significado de esas dos palabras: "te propuse". Apreté los labios, molesto, y miré de reojo a Beth para examinar su reacción.

—Claro, hablemos —afirmó ella con voz nerviosa.

Reagan debió pensar que Beth se levantaría del asiento y se iría con él, pero eso no sucedió.

—¿Pretendes que te lo diga en su presencia? —cuestionó el chico con voz fría.

Entendí perfectamente que quiso decir entre líneas la palabra: entrometido.

Cuando Beth estaba a punto de responderle, tuve que intervenir apresuradamente.

—Lo que tengas que decir no es un secreto para mí; Beth es mi amiga, y nosotros nunca nos ocultamos nada.

Ni siquiera me di cuenta de en qué momento mi brazo le rodeó los hombros. Mi instinto sobreprotector estaba activo.

Reagan alzó las cejas, impresionado.

—¿De verdad? Pues eso es genial, porque entonces te será más fácil entenderlo.

Su comentario desbordaba sarcasmo y eso no me gustó nada.

—¿Qué es lo que tengo que entender? —pregunté bruscamente, ya a la defensiva.

—Asher... —murmuró Beth suavemente, rogándome que me calmara.

Desvié mi mirada hacia ella un momento para decirle:

—Lo digo en serio —después volví a enfocar mis ojos fulminantes en el idiota de Reagan—, quiero oírlo, así que habla.

Noté que el imbécil estaba disfrutando a lo grande el sacarme de quicio. Su mirada burlona me ponía de los nervios y solamente podía pensar en borrarle esa sonrisa cínica de un puñetazo.

—Mañana celebraré una fiesta en mi casa de la playa y tu amiga Elizabeth será mi cita —exclamó desbordando ironía.

Lo soltó sobre mí como una bomba que hizo explosión y provocó un derrumbe absoluto en mi cabeza. Las sienes me palpitaron mientras procesaba la información. Ese tipo había invitado a Beth a la fiesta y ella lo acompañaría; tendrían una cita, eso era lo que tenía que entender y la sola idea me puso furioso.

—Dile que vendrás conmigo, Eli, parece que a tu amigo le cuesta asimilarlo —agregó el idiota, dejándome ver una amplia sonrisa maliciosa.

—Te equivocas —musité entre dientes.

—¿Cómo dices?

—Ella no irá a ninguna parte contigo —sentencié con sequedad y dirigí la mirada hacia ella al añadir—: Díselo, Beth. Dile que no piensas salir con él.

Ella me miró e intercambiamos miradas durante algunos segundos. No me agradó que ella no respondiera de inmediato para darme la razón; no me gustó que se quedará callada contemplándome de esa manera distante, como si quisiera evadir mis palabras.

Esperaba escuchar que ella le decía que no saldrían juntos, pero para mi absoluta sorpresa, lo que oí fue:

—Ya le he dicho que lo pensaría, Asher.

—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo, Elizabeth? —cuestioné, muy serio y enfadado. Ella sabía que yo solamente la llamaba de esa manera cuando estaba seriamente molesto.

En lugar de responderme, dirigió sus ojos hacia Reagan para pedirle que nos dejara solos.

—Hablamos más tarde, Reagan.

El chico asintió muy despreocupado y la sonrisa radiante que le dirigió me produjo náuseas. Antes de desaparecer de mi vista, me lanzó una mirada burlona y cínica. Disfrutaba de fastidiarme y molestarme. El muy imbécil ya había hallado la manera de joderme.

—Nos veremos en la fiesta, preciosa. Te estaré esperando.

Al oírlo, quise levantarme del asiento y lanzarme sobre él para golpearlo hasta hacerlo retractarse. Mientras lo veía alejándose, solamente podía pensar en seguirlo para amenazarlo y hacerle entender que se alejara de mi chica.

Cuando el muy cretino finalmente desapareció, mi mirada severa recayó sobre Beth, que evitaba voltear porque ya sabía cómo la miraría y lo que le diría.

—Por favor, dime que bromeabas cuando dijiste que estabas considerando salir con esa basura —dije, mirándola intensamente.

Elizabeth ni siquiera me volteó a ver, me evadió para no afrontar el asunto dándome la cara. Entendí que hablaba en serio al ver que su rostro estaba pálido y sus manos temblorosas por los nervios.

Beth inspiró hondo antes de devolverme la mirada. Al fijarme detalladamente en ella, la inexpresividad de su cara me desconcertó.

Vi que ella suspiró y apartó sus ojos de los míos cuando se echó hacia atrás. Era increíble que ni siquiera fuera capaz de mirarme a los ojos.

Tragué con dificultad cuando ella se aclaró la garganta. Tenía un terrible presentimiento sobre lo que iba a decirme, y no me equivoqué.

—¿Y qué pasa si le digo que sí? —su voz era ronca, apenas un susurro—. Soy libre de salir con quien quiera, no te tienes que entrometer en mis decisiones.

Un frío helado recorrió mi cuerpo. Me costaba creer que esas palabras fueron dichas justamente por ella.

—¿Entrometerme? Si lo único que intento hacer es protegerte de ese imbécil —espeté, malhumorado.

—No te he pedido que me cuides, Asher. Sé perfectamente la clase de persona que es Reagan. Si él me propuso salir para divertirnos en la fiesta, tal vez debería considerarlo porque, por si no lo has notado, es el único chico de esta academia que ha notado mi existencia —dijo ella muy determinada.

Sacudí la cabeza mientras tensaba la mandíbula.

—Ese idiota es de lo peor, va por ahí conquistando chicas y dejándolas siempre que lo desea. Así que escúchame, Beth, tú no caerás en su juego porque vas a ir y le vas a decir que no piensas acompañarlo a ninguna maldita fiesta. Eso es lo que harás, ¿verdad? —exclamé con rotundidad.

Sujetaba mi vaso con más fuerza de la necesaria, esa era la única manera de descargar mi frustración y mi disgusto estando en el centro de la cafetería, a la vista de todos. Mis dedos estaban crispados y la tensión en mis músculos incrementaba de nivel gradualmente.

Claramente, ese día Beth estaba empeñada en llevarme la contraria y fastidiarme soltando estupideces.

—En realidad, lo estuve reflexionando y creo que no pierdo nada si le doy una oportunidad, ¿no?

Al principio la miré confundido, pero luego me reí abiertamente. Beth estaba bromeando, aquello tenía que ser una jodida broma.

La sonrisa se me borró al darme cuenta de que estaba seria y me contemplaba inexpresiva. Mi semblante se volvió serio y neutral.

—¿Lo dices en serio? Pero si me dijiste hace unos días que no te interesaba y que jamás saldrías con un desconocido que, por cierto, se carga una reputación de mujeriego imbécil —espeté, con los dientes apretados.

—Pues he cambiado de opinión. No me voy a fiar de lo que dice la gente o mis conocidos —dijo lo último con irritación.

Me eché a reír sin ganas y sacudí la cabeza.

—Has enloquecido, Elizabeth. No sé qué demonios te ocurre, pero te noto distinta. Quisiera entenderte, de verdad que lo intento, pero me cuesta comprender lo que haces —la observé atentamente—. La chica que yo conozco jamás cometería la locura de salir con un aprovechado de mierda.

Ella me miró perpleja. Nos quedamos allí sentados, retándonos con un escrutinio de miradas.

—No —se apresuró a responder.

Aguanté su mirada fijamente.

—¿No qué?

Me miró con escepticismo antes de contestarme.

—No he enloquecido, y no soy la misma de antes. Tienes razón, la gente cambia, y creo que ya va siendo hora de que yo deje de estar entre las sombras.

—¿Tras las sombras de quién?

De pronto, apareció de nuevo su sonrisa despreocupada, aunque menos resplandeciente de lo habitual. Ya era oficial, estaba perdido y confundido.

—Olvídalo, Asher. Mejor explícame por qué no puedes aceptar que Reagan solo me ve como una chica más y que no gusta de mí.

No me agradó la forma cortante en la que me llamó. Su actitud me resultaba inaceptable. Me guardé mis comentarios al respecto y me limité a responder lo que quería saber.

—Porque los desgraciados como él siempre buscan algo más que una amistad de las chicas ingenuas como tú, y yo no quiero eso para ti.

Beth entornó los ojos y apretó los puños sobre sus rodillas. Ok, estaba enfadada.

Ella cruzó los brazos sobre su pecho, molesta. Yo la reté cruzando mis brazos de igual manera y le dirigí una mirada fulminante.

Sus ojos pálidos atravesaron los míos cuando me dijo:

—El único ingenuo aquí eres tú, que no puedes asimilar que algunos hombres si pueden tener buenas intenciones. Créeme, no todos son como tú.

Sus palabras me tomaron por sorpresa y me ofendieron. Oír que eso pensaba de mí fue como recibir una puñalada potente en el pecho. Su golpe verbal me dolió terriblemente.

—¿Qué pretendes decir? —cuestioné, furioso.

—Hablas mal de Reagan y lo juzgas por meterse con cientos de chicas cuando los dos sabemos que eres igual a él —exclamó ella con voz afilada.

Cada palabra suya me cortó en lo más profundo y me hizo sentir miserable, la peor persona de la tierra.

Le mantuve la mirada a pesar del intenso dolor que me cortaba la respiración y me dejaba casi sin aliento.

—Beth, no me compares con él. Sabes que yo jamás juego con los sentimientos de la gente, que no engaño a las chicas, no les miento y siempre soy claro con ellas —musité, agarrándola del brazo con dureza.

Pude detectar en la expresión de su rostro una emoción nueva y desconocida: desprecio, resentimiento y furia contenida, una mezcla de todo eso. Su mirada cargaba también con un intenso dolor que se veía reflejado en sus pupilas.

—Claro, eres tan claro con ellas que a veces rompes sus ilusiones sin remordimientos. Eres tan claro que vienes, las destruyes y después te vas. No te das cuenta de que al marcharte les rompes el corazón.

Me quedé impactado, congelado al escucharla. Se oía tan sincera, tan resentida y tan dolida que también me hacía sentir culpable por algo que ni siquiera podía comprender todavía.

Sin soltarle el brazo, me incliné hacia su rostro para leer lo que intentaban decirme sus ojos de color miel.

—¿Seguimos hablando de mí o has soltado todo eso para despistarme y sacar a Reagan de en medio?

A Elizabeth no pareció agradarle mi cuestionamiento porque, literalmente, explotó y descargó toda su ira en mi contra.

Sus ojos empañados me miraron inexpresivos y gélidos; desprendían tanto hielo y frialdad que comenzaban a quemarme.

—¡Estoy cansada de que no puedas verlo y comprenderlo! ¡Joder, tú me tienes cansada!

Mi mirada se ensombreció y mis facciones se endurecieron. Al recuperarme de su ataque verbal, me sentí más desorientado que nunca.

Si lo que quería era verme alterado, lo consiguió al soltar ese comentario.

No me di cuenta de que la estaba lastimado mientras presionaba su brazo con una fuerza y brutalidad descontroladas. No pretendía hablarle con tanta dureza y tampoco quería sonar como un insensible y cruel egoísta, pero tenía que hacerla reaccionar y no encontré otra forma, además de esa, aunque pronto me arrepentí de herirla al soltar mis crudos y realistas pensamientos.

—¡Maldición! ¡Basta ya Elizabeth! Estoy jodidamente harto de tu terquedad en este tema —la amargura en mi voz me bloqueaba la garganta—. Te he dicho que no vas a salir con el estúpido de Reagan y eso es lo que vas a hacer. Comprende que solamente está jugando contigo y te está manipulando. Estos días solo se te ha acercado porque busca engañarte y usarte. ¿Me oyes? Y una vez que obtenga lo que quiere, y te seré claro, lo que quiere es acostarse contigo, te va a dejar porque así es él; solamente se burlará de ti, no te tomará en serio...

—¡¡Cállate ya, Asher!! Me tienes harta, estoy hasta la mierda de que creas que no soy suficiente para él ni para ningún otro —exclamó ella, completamente fuera de sí, alterada y destrozada emocionalmente—. Déjame vivir mi vida y olvídate ya de ser mi salvador, porque al intentar protegerme solamente me estás destruyendo.

La irritación cayó de lleno sobre sus hombros y no fue capaz de desprenderse de ella. De un segundo a otro, se levantó de la silla tan deprisa que casi se llevó la mesa consigo.

Entendí muy tarde que la había ofendido al decirle que Reagan solamente planeaba usarla y que no la tomaría en serio. Ella malinterpretó mis palabras y creyó que quise decir que ella no valía lo suficiente para que alguien le prestara atención de verdad. Me sentí un completo idiota y solo en ese instante entendí que me interrumpió a la mitad de mi discurso porque había sonado como un auténtico cabrón insensible.

Me incorporé de inmediato y me pasé las manos sobre el cabello con frustración.

—Aguarda, Beth, no quise expresarme así, yo simplemente pretendía...

—Pretendías hacerme sentir terrible y lo conseguiste, así que guárdate tus opiniones y detente ya. Entiéndelo, esto no depende de ti, soy yo la que tomará sus decisiones.

Ella se dio la vuelta, dispuesta a marcharse, como si fuera necesario dejarme atrás para respirar de nuevo.

—Pero Beth... —quise dar un paso en su dirección, pero ella levantó una mano para indicarme que no la siguiera.

—No puedo más, ya no quiero discutir contigo, tu actitud y tu comportamiento me duelen, deja ya de lastimarme.

Todo el enfado que se había acumulado en mi interior se disipó y fue sustituido por una sensación desgarradora y dolorosa. Sentirme de esa manera fue terrible y devastador. Sentía que estaba perdiendo a mi mejor amiga.

La vi abriéndose paso entre los estudiantes que venían entrando a la cafetería. En un abrir y cerrar de ojos, la perdí de vista; cuando la localicé, ya estaba al otro lado de la puerta corrediza, a más de diez metros de distancia.

Al alejarse, fue dejando una ruptura muy profunda entre nosotros, y esa misma sensación de quiebre fue la que me rompió por dentro, porque ahí supe que nuestra conexión amistosa ya no volvería a ser la misma. Todo era mi culpa, yo fui el único culpable.

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