Marzo, 2009 — 2 Años atrás.
EIR
Todos los días por la mañana, exactamente a eso de las siete menos veinte, Lára dejaba una charola con el desayuno en la mesita de noche, abría las cortinas de mi habitación y luego preparaba mi ropa dejándola perfectamente estirada y planchada a los pies de mi cama; a veces y casi siempre con una caricia sobre mi frente me despertaba como si de su propia hija se tratase y entonces se marchaba de la habitación para que yo me preparase para salir de la cama. Lára llevaba con nosotros más de veinte años, lo sé porque ella había estado allí desde que mi madre se había quedado embarazada de mí y antes de ello, había estado al servicio de la familia de mi padre.
Aquel día se cumplían cuatro meses desde que papá se había muerto. Había estado toda esa semana a cargo de mi abuela en su casa que estaba exactamente a quince minutos a pie de la mía. Mamá por supuesto se había largado en uno de sus viajes de negocios y a pesar de que ya casi nunca hablábamos sin gritarnos después de tres palabras ella insistía en que no podía quedarme sola en casa como si eso significara que estaba cumpliendo con su rol materno.
Yo no la odiaba, porque no puedes odiar a tu madre sin amarla. Es que tan sólo éramos incompatibles. Aunque ella se empeñaba en no aceptarlo. No al menos frente a mí.
El día de mí cumpleaños número seis mis padres me llevaron a un concierto que ofrecía la filarmónica de Berlín; papá era pianista de profesión mientras que mamá se desempeñaba en el rubro agropecuario. Recuerdo que quedé tan impresionada con el espectáculo que en ese instante, siendo aún una cría, supe que yo debía seguir ese camino y entonces papá se convirtió en mi principal mentor. De la misma forma en que yo encontraba mi destino mamá supo que yo nunca sería la hija con la que ella había soñado.
No nos llevábamos e incluso después de que papá muriera nuestra relación no fue capaz de prosperar.
A pesar de aquello, ella plasmó todos sus esfuerzos por inculcar en mí la entrada en sociedad como uno de los eventos más importante en mi vida, aunque sin surtir muchos frutos. Las hijas de las amigas de mi madre me repudiaban en cierta forma porque yo nunca tuve los mismos intereses que los niños comunes y corrientes. No me gustaba jugar con muñecas ni tampoco era muy buena con los deportes. Luego, mientras hacía mi grunnskóli en el conservatorio de música de Reikiavik y al fin parecía que me rodeaba de gente que al entendía mis intereses, yo demostraba ser demasiado vanguardista para el pensamiento clásico de mis compañeros y profesores. Al cabo del tiempo, fue más sencillo asumir que me era más fácil y menos agotador ser alguien solitaria que intentar encajar en el estatus de la popularidad.
Los días en el conservatorio nunca habían sido malos del todo. Amaba la música y por sobretodo amaba el piano, mi madre no podía decir lo mismo, aunque ella hubiera preferido que hubiese acabado el grunnskóli allí con un gran título en vez de haberme retirado a un año de acabar para convertirme en lo que ella denominó con muy poca prudencia como un caso perdido.
Y lo era, estaba completamente jodida. Hasta que apareció Óskar.
Observé la charola a mi costado sin ánimo alguno de ingerir alimento. No tenía hambre, hacía semanas que no tenía hambre por las mañanas ni a ninguna hora convencional para comer. Mi abuela, mi madre y todos se habían dado por vencidos en eso de obligarme a acompañarlos en las comidas del día. Lára seguía llevándome los desayunos a diario aunque se encontrase luego con la charola intacta.
Lo cierto es que me embutía durante el día cualquier cosa. Principalmente chocolatinas de la máquina expendedora que estaba en la bomba de servicio cerca del muelle. Allí pasaba la gran mayor parte del tiempo, observando el mar y sin hacer mucho más. No regresaba hasta después del atardecer a casa para volver a salir y volver embriagada por la madrugada.
Mi abuela, mi madre y todos también se habían dado por vencidos sobre ese asunto. Lára también había dejado de sermonearme.
Estaba por cumplir los 16 años cuando mi padre se murió. Se fue sin más una mañana del 23 de noviembre luego de dejarme en la escuela como cada día. Dijeron que había muerto de forma instantánea por lo que no había sufrido, pero yo no me lo creí jamás. Porque no podía creer que su rostro desfigurado por el impacto del choque no le provocasen siquiera la sensación de pánico de que iba a morirse. No era concebible.
No le vi el rostro desfigurado, no me permitieron hacerlo así que su último recuerdo debería de haber sido el de esa mañana, cuando me besó la mejilla y me dijo que me amaba.
—Hey, haz que Phetersson se cagué en sus pantalones de la emoción —había dicho al momento en que salí del coche. Yo sólo había entornado los ojos ante su tan característico ánimo —. Mucha mierda, Eir —finalizó con la voz elevada por sobre la ventanilla mientras que yo salía de espaldas con el bolso al hombro y elevaba mi mano con el pulgar alzado. La noticia me llegó antes de que pudiera presentar mi composición, la primera de verdad. Dijeron que tan sólo me había desmayado y que cuarenta minutos después, desperté.
No recuerdo haber llorado hasta el día en que hablé con Óskar sobre él, aunque técnicamente él me obligó a contárselo y la verdad, es que he de suponer que él simplemente ya lo sabía para aquel entonces.
Yo podía soportar la jodida muerte de mi padre, podía soportar odiar a mamá y podía soportar que mi familia creyese que era una cría que desperdiciaba su vida. Pero no era tan fuerte, no fui capaz de soportar que Óskar me mintiera, ni mucho menos pude soportar no saber todo sobre él como él lo sabía de mi. Me hacía sentir vulnerable, débil y yo, yo no quería jamás volver a ser débil frente a alguien. Por eso, esa noche luego de que hiciéramos el amor y durmiera abrazado a mí, me solté de su agarre a primera hora de la mañana y me marché; me marché lejos de él. En ese entonces no imaginaba la consecuencia de mis actos.
Conocí a Óskar una noche de viernes. La noche del viernes de la semana anterior al aniversario de la muerte de mi padre. No recuerdo los detalles de nuestro encuentro por mí misma porque en ese momento estaba demasiado borracha y perdida a causa de las drogas y el alcohol que me había metido. Tan sólo sé que los guardias del antro nos estaban echando fuera luego de que Ari se moliera a golpes con otro sujeto y Páll y Leifur se unieran a la pelea. En un intento temerario por alegar mis derechos inexistentes y absurdos acerca de que quedarme en el bar clandestino terminé siendo rempujada por otro sujeto contra una pared, si tenía o no intenciones perversas nunca lo sabré con exactitud porque una parte de mi está completamente segura de que estaba muy predispuesta a provocarlo. Allí fue cuando Óskar me rescató.
Lo que sí recuerdo con claridad fue la mañana en que desperté en su habitación. Era la habitación de un hotel de no muy buena pinta. La cabeza me daba vueltas y la jaqueca provocada por la resaca me golpeaba de forma escandalosa la sien. Supuse que Óskar no era más que un sujeto con el que me habría liado esa noche. Lo había hecho en un par de ocasiones antes. Me embriagaba, me drogaba y terminaba en la cama con cualquier sujeto y aunque muchas veces no recordaba nada de la noche anterior no terminaba de importarme demasiado. O al menos eso creía yo. Pero entonces cuando le vi sentado allí en el sofá con la cabeza gacha y darme cuenta de que estaba profundamente dormido algo hizo eco en mi interior.
No fue ternura, ni amor, ni ningún sentimiento agradable hacía ese hombre que estaba en frente a mí y el con el cual obviamente no me había acostado. Porque allí estaba yo, en un lugar desconocido y con un sujeto desconocido que no se había aprovechado de mi estupidez. Allí estaba preguntándome por primera vez en mucho tiempo de qué se trataba todo eso, aquello en lo que había convertido mi vida lanzándome en picada y sin precaución alguna a tocar fondo; yo quería tocar fondo y no sabía que esperaba conseguir luego. Recuerdo que las lágrimas comenzaron a brotar silenciosa e involuntariamente y en ese momento Óskar despertó.
Nos miramos fijamente por un tiempo que me pareció eterno y yo pensé que tan sólo quería detenerme. Acabar con toda la rabia y dolor que me consumían.
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