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Capítulo 1

Mía.

Septiembre 2020.

Hoy los nervios me comían por dentro, empezaba un nuevo ciclo en mi vida académica: Bachillerato. Algunos lo conocen como undécimo grado o penúltimo año de Instituto. En mi caso era el primer año en una nueva institución, el anterior al que iba no tenía los dos últimos cursos y tuvimos que cambiar.

Sophie había entrado en él hacia un año, el curso anterior al mío, como yo repetí noveno, iba un curso más atrasada. Pero eso ya no importaba porque entre Sophie y yo hacia más de un año que ya no teníamos relación alguna.

Sin embargo encontré amigos nuevos con los que si que sentía que encajaba aunque tenían sus más y sus menos, pasamos un verano increíble y por fin, tenía un grupo de amigos mixto.

Me miré al espejo una última vez, llevaba un top blanco con un 89 dibujado en azul, uno pantalones negros. Mi pelo castaño que ahora estaba medio corto caía por encima de mis hombros totalmente alisado.

Hoy era el día de la presentación, nos dirían nuestros horarios y nos enseñarían las habitaciones, sí, era una institución con residencia, de la cual podíamos salir por las tardes con justificación y los fines de semana si así lo deseábamos.

—Te me estás haciendo mayor. —dijo mi madre apoyada en el marco de la puerta de mi habitación mientras yo terminaba de meter las cosas en la bolsa.

—Mamá, voy un curso atrasada.

Sentí su mano tocar mi hombro y me giro hacia ella que me miraba con sus ojos vidriosos.

—Estoy muy orgullosa de ti.

Acto seguido me abrazó. Los problemas de salud que había acarreado desde 2017 me habían impedido muchas veces lograr mis altas notas de antes de ello y poder acudir a clases con normalidad era casi un milagro. Es una pena decirlo con tan solo dieciséis años.

—Ya sabes lo que tienes que hacer cuando le ves, cuentas hasta tres y respiras hondo. —dijo acariciándome la cabeza. Bufé.

--Mamá, lo de Jay hace más de un año ya. Está más que superado y además tengo a mis amigos conmigo, todo va a estar bien, mamá. Ya lo verás. —Le sonreí.

La fortuna de la vida me hizo coincidir en el nuevo Instituto con Jay, cuando lo supe tuve la esperanza de solamente encontrármelo por los pasillos, pero tuve la maravillosa fortuna, nótese la ironía, que coincidimos en la misma clase. Era prácticamente imposible que nos tocara juntos ya que él había cogido ciencias de la ingeniería y yo humanidades, pero por alguna extraña razón esas dos modalidades eran las que menos alumnos escogían así que desde la directiva habían mezclado esas dos clases. No todo podía hacerme coincidir con Jay durante todo el tiempo y corrí con la suerte de que solo compartíamos unas cuantas clases.

El teléfono se iluminó con un mensaje de mi amiga Anna.

Estoy lista, cuando quieras.

Lo bloqueé nuevamente y miré a mi madre haciéndole una sonrisa de lado, me miró con unos ojitos brillantes que me indicaron que me fuera ya o se iba a poner a llorar. Si estaba así porque empezaba bachillerato no me quiero imaginar cuando dentro de dos años me vaya a la universidad. En tres horas volvía a casa porque como dije antes solo era la presentación y llegaba el fin de semana, las clases de verdad comenzaban el lunes donde el domingo ya teníamos que estar instalados.

Salí de casa rumbo al encuentro con mi amiga que iba vestida como una diva total, llevaba su pelo rubio suelto y alisado dejando caer un flequillo a cada lado, sus jeans ajustados de color negro se amoldaban a su bonito cuerpo, en la parte de arriba se había puesto un top verde militar y una chaqueta vaquera sin mangas.

--Vas que lo rompes. --dije mirándola de arriba abajo. Estaba preciosa, a parte ya de que es guapísima si se ponía conjuntos así me hacia sentir muy poca cosa a su lado.

--Anda ya, tú sí que estás que lo rompes. --dijo y después me dio un abrazo. —Estoy muy nerviosa.

—Menos mal, no soy la única.

Podía parece una tontería, pero entrar en un nuevo ciclo, en un nuevo instituto donde hay personas que conozcas y quizás no, me tenia muy nerviosa. Por un lado también me daba emoción porque podía conocer a gente nueva. Pero por lo general me daba un miedo tremendo.

Durante el trayecto al Franklin High School que no quedaba muy lejos de nuestra casa, estuvimos conversando sobre cómo iba mi relación con Grayson. Era mi novio desde hacía siete meses, comenzamos a salir el catorce de febrero de este año, habíamos tenido nuestros líos en verano de 2019, pero luego él gustaba de otra chica por lo que yo me tuve que intentar olvidar de él y ser sólo su amiga. Ese día de San Valentín me confesó que había empezado a sentir más que una amistad por mí y comenzamos a salir. Pero ahora, no sé si por el tiempo o por otra cosa no estábamos atravesando el mejor momento de nuestra relación, estábamos como más distantes.

Al llegar al instituto de lejos vimos a muchos grupos de jóvenes agolpados en la puerta, algunos hablaban con sus amigos, otros se reían, algunos simplemente miraban sus teléfonos y otros vivían su reencuentro después de verano. Todos los alumnos que entrábamos hoy éramos de décimo, undécimo o duodécimo, ya que los cursos anteriores habían entrado el lunes para tener la semana.

Crucé la esquina que había para llegar hasta la puerta y entonces fue la primera persona que vi, tenía su pelo rubio castaño alborotado y vestía una camiseta de mangas cortas negras que dejaba ver unos bíceps más tonificados, había hecho ejercicio en verano, usaba unos pantalones vaqueros grises y calzaba unas Nike Air Force One.
Nos cruzamos, yo le miré, él a mí no. El ambiente se volvió más tenso y el aire comenzó a pesar, sólo deseaba que Grayson apareciera para que todo se volviera un poco más respirable.

—¿Qué te ocurre? —dijo Anna cuando vio que me costaba tragar saliva.

—Acabo de cruzarme a Jay.

Ella le empezó a buscar con la mirada pero ya no estaba, y aparte tampoco le conocía.

En la entrada encontramos a Grayson, Shane y Alex. Eran nuestros amigos, estaban un poco locos, pero se les tenía cariño y habían sido muchas aventuras juntos.
Grayson tenía los ojos marrones, un tupé de cuatro metros, no exagero, el pelo negro con algunas canas a las que verdad yo nunca les di una explicación porque tan solo tiene quince años. Sí, era menor que yo, pero me sacaba como quinientos metros de altura, para darle un beso tengo que llamar a los bomberos para que me den una escalera.
Shane era alto, tan alto como Grayson. Tenía el pelo un poco rizado porque no tenía gran abundancia, era delgado y los ojos de color marrón.
Alex sin embargo, tenía el pelo castaño rubio y era de la altura de Anna y yo, vamos que no pasaba del metro sesenta y cinco. Era delgado y tenía los ojos marrones mezclados con un tono claro.

Ellos estaban sentados en un banco todos riéndose, sin embargo a mí todavía me faltaba el aire después de haberme cruzado con Jay. Ya estaba más que superado, pero la espina de que fueron muchas cosas, mucho tiempo y muchas heridas aún la seguía teniendo.

Gray se levantó y me agarró de la cintura para darme un beso en la frente, yo le abracé. Llevaba sin verlo como tres semanas porque teníamos muchas cosas que hacer, preparar maletas, materiales... Por lo que se nos hizo imposible vernos.

Detrás de Gray, sin yo quererlo, inevitablemente, divisé a Jay con sus amigos sonriendo por algún comentario que le había hecho Adrik, su mejor amigo. Sonreí de media cara y pensé en que siempre me había gustado su forma de sonreír. Su mirada fue a un lugar en concreto, a mí. La aparté rápidamente con nerviosismo y besé a Grayson cortándole la frase que me decía.
Jay no podía pensar que estaba captando mi atención, Jay tenía que ver que yo sin él había seguido adelante.

La hora de entrar a la presentación llegó y yo me fui con Grayson y Anna hacia dentro ya que los dos habían caído en mi clase, lo cual me alegraba porque así no estaría sola. Rodeamos todo el patio hasta entrar por un salón que dividía en dos edificios la institución. Fuimos por el de la izquierda y subimos dos escaleras hasta llegar al aula. Los treinta y siete alumnos charlábamos con nuestros amigos y a pesar de estar agarrada de la mano de Gray, no pude quitarle ojo a Jay que estaba justo delante mía.

—Muy bien, vayan pasando y eligiendo sus lugares. —dijo nuestro tutor indicándonos por cuál puerta debíamos entrar.

Jay, Grayson, yo y Anna fuimos los últimos en entrar. Mi exnovio eligió un sitio al final de la clase rodeado de todos sus amigos mientras que Anna y yo nos sentamos juntas en la primera fila y Grayson se sentó justo detrás mío con otro chico más que se llamaba Jesús.

El profesor comenzó dando la charla de que bienvenidos todos aquellos alumnos que no habíamos estado nunca en ese instituto y que esperaba que este año no solo aprendiéramos mucho sino que también tuviéramos muchos recuerdos que llevemos con nosotros en nuestro futuro.

—A continuación, diré el número de habitación, casillero y asignaturas de cada alumno. —A cada alumno le dijo su asignatura y su habitación correspondiente junto con el número de su casillero. —Jay Miller, habitación trescientos nueve, casillero cuatrocientos setenta y uno.

Cuando pronunció su nombre y su apellido un escalofrío me recorrió el cuerpo y las ganas de girarme a mirarle fueron más fuertes que nada. Le vi ahí asintiendo con atención a lo que el tutor estaba diciendo, apuntando cada asignatura que tenía y también pendiente de lo que le decía su amigo, lo vi todo como si hubiese sido a cámara lenta y no mentiré, disfruté mucho viéndole sonreír posteriormente a haber tomado nota de todo.

—¿Qué pasa? Dicen su nombre y no puedes evitar girarte a mirarle ¿no? —dijo Grayson con tono burlón. Él sabía perfectamente mi pasado con Jay y el motivo por el que lo habíamos dejado, sabía de su engaño y también sabía lo difícil que fue para mí superarlo. Aunque lo dijo de broma, no pude evitar excusarme.

—¡no! Claro que no, qué cosas tienes. Solo mire hacia atrás porque allí hay una vieja amiga mía. —Y aunque le había mentido, no lo había hecho del todo, cierto que había una amiga mía, tenía el pelo castaño con mechas rubias y rizado, se llama Chloe.

—Ya lo sé, amor. —dijo y me extendió la mano para que yo la diera, lo hice y me dio un apretón con una sonrisa.

Luego me giré a seguir mirando al profesor.

—Mía Smith, habitación trescientos ocho, casillero cuatrocientos setenta y tres.

dejé de prestarle atención cuando supe que iba a tener la mala suerte de coincidir con ese ser que me había hecho tanto daño más de lo previsto, dos un casillero nos separaba y la habitación era la de enfrente, si esto es una prueba destino, por favor para ya. Lo de Jay lo logré superar no lo pongas más en mi camino.

Por lo demás la clase transcurrió normal hasta que llegó la hora de conocernos mejor.

—Jay, ¿a quiénes de este aula conoces? —dijo el profesor con la intención de saber cuál era el círculo que rodeada a la persona que yo un día quise.

—A Adrik, a Will, Kylie, Jane...

No me nombraría, si algo sabía de Jay Miller en un año de relación y en tres conociéndole es que su cobardía no le permitiría decir que me conocía. Antes de seguir nombrando hizo una pausa para respirar. —Y a Mía.

Me quedé de piedra y me giré a mirarle pero entre tanta gente y tantas cabezas no lograba encontrarle, levanté un poco el cuerpo del asiento con la intención de que no fuera muy descarado pero poder mirarle, cuando de repente una chica se movió hacia un lado y lo dejó al descubierto, nuestras miradas se encontraron sin querer como si hubiesen estado buscando algo, entonces lo entendí. Me había estado buscando a mí.

El resto había sucedido normal y no faltaba mucho para que terminase la clase y pudiéramos irnos a casa, pero yo era de extrema urgencia la que necesitaba saber la hora que era para tomarme mi medicamento. Pregunté alumno por alumno y nadie tenía reloj y los teléfonos nos habían hecho apagarlos al entrar en clase.

—Creo que Jay tiene reloj. —dijo una chica de pelo negro con un piercing en el frenillo del labio superior, María se llamaba.

—¿De verdad nadie más tiene?

La chica negó con la cabeza. Tomé aire y me acerqué hasta la mesa de Jay con Adrik y tuve que armarme de valor para poder articular alguna frase. Llevaba más de tres meses sin cruzar una sola palabra con mi ex y ahora iba a pedirle la hora, de locos.

—Hola, Adrik. —dije dirigiéndome hacia el chico sentado a la derecha, rubio de ojos azules. Sentía la mirada de Jay clavada en mí y moví piernas para controlar mi nerviosismo. —Hola, Jay.

Me dedicó un gesto de saludo.

—Verás necesito saber con extrema urgencia la hora que es y nadie más usa reloj, me han dicho que tú si, así que si me dejas ver la hora, por favor.

Por un momento pensé que iba a burlarse de mí porque se me quedó mirándome fijamente, pero luego se llevó la mano a la muñeca y me tendió su reloj para que yo misma viese la hora. Pero menuda sorpresa me llevé al verlo, ese reloj lo conocía bien, muy bien. Era el reloj que le había regalado por nuestro aniversario, aún lo llevaba. Tragué un nudo y miré la hora. Solté el reloj.

—Gracias.

—De nada.

Fueron las simples y cortas frases que cruzamos en lo que restó de clase, no me atreví a mirarlo más, me daba miedo que me pillara viéndole o que Grayson pensara algo que no era.

Finalmente las tres horas finalizaron y salimos de lo que el domingo se convertiría en nuestra residencia. Me despedí de Grayson y Alex que vivían al otro extremo del pueblo y seguí mi camino hacia casa con Shane y Anna.

Miré hacia la puerta y vi a Mar, seguida de ella vi a Jay recibiéndola con una buen abrazo. Me molestó, solo diré eso.

Todo esto iba a ser más difícil de lo que pensaba.

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