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-TRES-

Me levanté como pude y quedé mirándolos sin gesto alguno. Ellos parecían igual de confusos que yo, y eso no sabía si me animaba o me ponía aún más nervioso. Las risas de los niños pasaron a segundo plano, y el olor a cloro se hizo demasiado evidente. Los latidos de mi corazón ralentizaban cada vez más él tiempo, y sentí una abrumadora sensación de calor en él rostro. De nuevo sabía que exageraba, pero estaba realmente nervioso. Sabía que probablemente hacía el ridículo, y que estaba empeorando la situación, pero no me sentía capaz de actuar como una persona normal, y la simple acción de saludar me parecía lejana e irreal.

En medio de mi pequeña crisis existencial, se acercó a mi un chico de cabellos largos y castaños, que, a pesar de su gran cuerpo y sus rasgos afilados, desprendía un aura de familiaridad y ternura que me calmó durante un momento. Se paró frente mío, y fué entonces cuando noté que dentro de él, podrían haber cabido cuatro de mi, debido a su gran estatura y corpulencia. Me tendió una mano, y yo le extendí la mía temblorosa.

-No tengo ni la más mínima idea de quién eres, pero encantado, soy Aldebaran- Esbozó una sonrisa que hizo que la sensación de agobio que antes me abrumaba prácticamente desapareciera. Sonaba como si en realidad estuviese feliz de conocerme, no como la mayoría de gente que había conocido, que siempre lo dijeron de forma repetitiva y mecánica, por mera cortesía. Eso logró, que, sin aún conocerle, estableciera las bases de un vínculo que eventualmente se convertiría en uno de los más grandes de mi vida.

El resto de chicos, después del saludo, pareció simplemente olvidarse de mi existencia y volvieron a las actividades que anteriormente les habían entretenido. Y yo, conociéndome, me sentí satisfecho con no haber muerto. Eso sí, en el fondo muy fondo, me molestó no haber podido captar su atención por más de diez segundos.

Aldebarán movió la mano dando a entender que lo siguiera. Le hice caso y me senté junto a él en una toalla verde y amarilla. Justo delante estaba sentada una chica con el cabello lila, justo de mi mismo tono (eso sí que era buen gusto) y recogido en una coleta de caballo. Su bañador era rojo con franjas blancas, y lucía unas gafas de sol con forma de corazón puestas como una diadema, parecía una chica pin-up secada de los años 50. Ella me miró sonriente y extendió su mano.

-Hola, encantada de conocerte, soy Saori- le di la mano y ella me echó una mirada - Por cierto, me encanta tu pelo- al final esa gente resultaba mejor de lo que esperaba. Entonces caí en que aún no me había presentado y debía decir algo, sobretodo después de la entrada apoteósica de antes.

-Encantado, soy Mu, y perdón por aparecer de esa forma- ella movió su mano restándole importancia.

-Ya estamos acostumbrados a que sus hermanos mayores hagan cosas así de raras- bueno, eso me reconfortó un poco, resultaba que no solo mi hermano era un poco ratito, sino que todos sus amigos lo eran. Que suerte la suya. Aldebarán se giró hacia mí y sonrió. Aunque, todo fuese dicho, en el poco tiempo que llevaba allí no había dejado de sonreír ni siquiera por un momento. Pero esa sonrisa cambió por otra, esa vez una sonrisa de duda, si eso existía.

-Pero, tengo una pregunta, ¿porque te ha traído literalmente a rastras?- buen punto, si lo pensaba, no me estaban haciendo demasiadas preguntas, teniendo en cuenta que no me conocían de nada y que literalmente caí a sus pies. Así que decidí simplemente decir la verdad.

-Mira, pues resulta que soy medio asocial, y que mi hermano Shion es amigo de los vuestros, y ya desesperado por que hiciese amigos me trajo aquí. Sólo que en él proceso uno de sus amigos no se fió de mi, buena decisión, teniendo en cuenta que me iba a escapar, por lo que decidió traerme aquí a la fuerza- ellos dos soltaron un "ahhhhhhh", dándome a entender que ya entendían, por lo visto se les hacía normal.

El resto de la mañana no fué tan mal como esperaba. Aldebarán y Saori congeniaron conmigo mejor de lo que esperaba y construimos una especie de burbuja dentro del grupo general. Nadie me preguntó quién era ni por que estaba allí, pero no pareció importarles mi presencia. En medio de la conversación me enteré de que Saori era la nieta de Mitsumasa Kido, el hombre más rico del que yo tenía conocimiento. Ella al final nos invitó a su casa, nos dijo que la esperásemos a las puertas de la piscina para pasar a recogernos después. Y sorprendemente yo acepté.

A medida que la gente se iba yendo para comer, observé cómo mi hermano recogía sus cosas, y me despedí de Saori y Aldebarán. La piscina era mucho más silenciosa en ese momento, y debido al sol de mediodía y la poca cantidad de gente, parecía una olla hirviendo a punto de evaporar. El sonido de los niños jugando y las charlas de los adultos, fueron reemplazados por un sutil pero continuo silbido, parecido al sonido que producían las cigarras.

Me uní a mi hermano y me despedí de sus amigos. Y de vuelta a casa me tuve que meter otra vez en ese infierno con ruedas llamado coche. La verdad es que se me hizo más corto que la ida, pero eso no quiere decir que se me hiciera menos pesado. Ahogado salí de allí y me dirigí corriendo a mi habitación. Ni me molesté en escuchar lo que Shion me decía.

Me tiré en la cama, agotado, la verdad es que él estar con personas, por muy bien que me llegasen a caer, drenaba toda mi energía. Así que, aprovechando que aún no íbamos a comer, puse en el tocadiscos el vinilo de Abbey Road, y abrí un libro de poemas que robé a Shion hace unos años. La verdad es que encontraba los poemas fascinantes. Eran como los mismos autores, y a la vez un reflejo del lector. Habían poemas que podías llegar a entender, y algunos que jamás lo harías. Ciertos poemas cobraban sentido con el tiempo, las palabras dejaban de ser simples letras, para adquirir un significado, para proclamarse como tuyas. Así mismo era el porque me encantaba recitarlos, podría pasarme horas leyendo, y nunca cansarme de la sensación que provocaban. Era como si mi boca se llenara con las propias palabras, y ellas mismas me transportaran fuera de mi habitación, fuera de la materia, hacia una idea inalcanzable, hacia mí y él todo a la vez.

"A Dafne ya los brazos le crecían

y en luengos ramos vueltos se mostraban;

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos que el oro escurecían"

Miré al sol, el mito de Apolo y Dafne. Era realmente devastador y a la par enternecedor. Apolo en realidad fué un dios muy castigado en ese aspecto, y aquel poema de Garcilaso de la Vega lo resumía a la perfección. Dejando atrás los aspectos técnicos, era triste y hermoso a la vez, casi como un oxímoron. Reflexioné por un momento. El sol se colaba entre mis cortinas blancas, resplandecía único entre el vasto cielo completamente azul, tan hermoso y a la vez tan desolador. La luz se reflejaba en los pocos muebles de mi habitación, apenas una silla blanca, un tocadiscos y una mesa de madera. Tampoco es que cupiera mucha cosa más, ya que mi cama ocupaba la mitad de la habitación.

Justo entonces me llamó mi hermano desde la cocina, ya era hora de comer. Bajé la escaleras aún en trance, pensando todos en los distintos significados que una misma cosa podría tener. Y al bajar el último peldaño de la escalera me encontré a Shion que colocando dos ensaladas sobre la mesa ya puesta. Él había empezado hace un tiempo con su "plan de vida saludable", con el cual quería tener una dieta más balanceada. Evidentemente, omitía el hecho de que por la tarde se comiera cinco bolsas de patatillas y dos helados, tratando de encubrirlo con solo una ensalada para la comida. Lo malo es que yo sí comía la ensalada, pero no me dejaba ni nombrar a las patatillas, cual sacrilegio se tratara. Un poco cansado me senté en la mesa frente a él, y agarré el tenedor. Él me miró brevemente y empezamos a comer.

-Bueno, ¿y qué tal todo con los chicos?

-Bien

Shion me miró mal, sabía que él quería una respuesta más concisa, pero, ya me conocía.

-Bien, esta tarde quedé con dos de ellos.

Entonces mi hermano dejó caer los cubiertos abruptamente en la mesa y se levantó. Acto seguido se puso a hacer movimientos extraños en el aire, lo que yo reconocí como su "baile de la victoria", el cual me había tocado presenciar más de una vez; y algunas veces, delante de personas, en momentos que hubiese podido calificar como unos de los más vergonzosos de mi vida. Se volvió a sentar prácticamente dando saltitos y me miró con una amplia sonrisa. Cualquiera hubiera pensado que exageraba demasiado, pero a mi no me extrañaba que reaccionase así, ya que hasta yo estaba sorprendido. Cual cotilla se acercó un poco a mí y preguntó emocionado.

-Entonces, ¿con quién vas a quedar?

-Con Aldebarán y Saori- Shion simuló que se secaba una lágrima.

-Miralo, si ya queda con chicas y todo

-Emm, Shion

-¿Si, Mu?

-Soy Gay- la habitación se quedó en silencio por un momento.

-Espera, vuelve a repetirlo, que se me olvidó actuar sorprendido

Ambos reímos. En momentos como ese, amaba tener un hermano así. Sin embargo, dentro de poco, tendría que ir a casa de Saori, y eso me ponía más nervioso de lo que hubiese querido. Nuevamente, mi habilidad social se pondría a prueba, en mi opinión, una de las pruebas más difíciles. 

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