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Глава 2


Cuidado con lo que deseas












La comida está desapareciendo de la mesa, pero el vino y el vodka siguen y siguen llegando. Los más adultos están hablando y riendo con cada vez más fuerza y menos educación. Todos quieren poner a Ignat al día sobre sus actividades y vida en general, para que no se preocupe tanto por los acontecimientos sociales de los últimos días.

Al final del comedor se encuentran los más jóvenes, charlando también sobre sus vidas y otras ocurrencias, pero sin licor de por medio; observando a sus padres y tíos de forma burlesca y hasta con cierta desaprobación.

A parte de Ogárkov, quien ya tiene una familia con la que puede disfrutar el momento, los demás jóvenes se aburren con rapidez debido a la incomodidad y poca libertad que tienen al lado de sus tutores, por más que ellos no estén del todo dentro de sus cabales. Quieren un respiro; y todos ya saben más o menos a dónde ir para obtenerlo.

—¿Y? ¿Quién le dice a papá? —propone uno de los chicos—. ¿Voluntarias?

—¿Por qué nos miras a nosotras? —se queja una de sus primas.
—Pregúntale tú —añade su hermana inmediatamente.

—Papá me va a mandar al diablo. Si van ustedes dos con cara de cachorrito seguro les hace caso.

—¿¡Cómo que "cachorrito"!?
—¡Degenerado! Se supone que son los caballeros los que deben poner la cara por las damas como nosotras...

¡Jah! —irrumpe otra prima en la discusión—. ¿No sé cansan de creerse princesitas? ¿Cuántos años tienen?

—¿Y está?
—Preferimos ser princesitas... ¡a ser una salvaje nómada cazadora!
—Eres un chiste de mujer...

"Mujer, mujer, mujer". Es de lo único que mierda hablan. No sé qué es lo que...

—¡Karolina! —interviene una prima mayor, con una voz dura—. Basta ya. No las jodas así. Sabes cómo se ponen —dice luego en voz baja, conservando su dureza.

Karolina, ante la reprensión, solo guarda silencio con amargura, mientras que las otras dos se mofan.

»Ustedes también, basta. Ya no peleen. —Y las dos se quedan quietas y calladas como piedras.

—Miriam, cada vez que estás con ellas, pareces su madre, ja ja ja —comenta el segundo de los primos varones.

—Ay, que agradezcan las dos que sus madres están conversando con mis tíos. Si no, ya les hubieran gritado. Y a esta, le hubieran dado su legendaria bofetada por hablar como campesino.

—A ti también.

—No, la verdad. Yo sé cuándo me están escuchando y cuándo no.

—Ah, ¿sí? ¡Oh! Bueno, está bien. Quiero caminar de una vez. Qué alguien vaya a preguntar a papá si podemos ir.

—Preguntale tú, Bogdan, por favor. Estoy repleta. Si me voy a levantar para no ir a ningún lado, prefiero quedarme sentada.

—Bien. Bien. Iré. —Se levanta con pereza para ir al lugar de su abuelo.

»Papá Grégori, muchas gracias por la comida. Estuvo deliciosa...

El viejo voltea sin saber muy bien lo que dijo. Pero al menos lo pudo discernir—. Ah. De nada, hijo. De nada... ¡Ja ja ja!... —Responde, y se vuelve a sumergir en su conversación.

Bogdan insiste—. Mis primos y yo estamos satisfechos, y queremos ir a caminar. ¿Podemos ir al invernadero?

—¿Eh? Pregúntale a tu abuela. Está en la cocina.

—Sí, papá Grégori. Muchas gracias. —Echa un suspiro, y se dirige al lugar.

Sus primas ven que él se retira, perdiendo un poco la esperanza de salir a estirar las piernas.

Algunos minutos después, Bogdan vuelve con una respuesta positiva, y todas se levantan aliviadas. Agradecen a la familia, y se van en fila.

Se adentran en la propiedad, y atraviesan el gran edificio para por fin llegar a la parte trasera. Allí se encuentran con los gigantescos jardines traseros de la mansión, con animales tallados en las hojas de los arbustos y árboles perfectamente cónicos.  Los chicos observan maravillados los arreglos en las plantas; no importa cuántas veces los hayan visto antes. Pasan por la placita circular en el centro exacto del jardín, cuyo piso es un colorido mosaico de la creación de Adán. Cada milímetro del jardín está pensado y diseñado para que sea un intento de representar el Edén y su teórica belleza.

Una vez en el gran invernadero, empiezan a hablar con la libertad que tanto ansiaban en la mesa.

—¿Cómo están Ogárkov y Zinaída, Miriam? —pregunta Bogdan—. Supe que dejó de trabajar con tus padres y consiguió un nuevo empleo.

—Sí, va a ir a trabajar al banco internacional, en Moscú. Lo está dirigiendo un alemán.

¡Guau! Qué bueno. ¿Y qué harás tú cuando se vaya?

—Supongo que lo de siempre. Tampoco es que yo pueda hacer algo por mi cuenta. Lo cierto es que me gustaría irme con él.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué no sé lo dices a tus padres?

¡Tsh! No lo soportarían. Ya tienen toda mi vida planeada. No los soporto.

—Te entiendo. Les puedes decir que irás a una universidad allá.

—Me falta poco para terminar mis estudios aquí, y mis padres, por supuesto, lo siguen pagando. No puedo irme así de la nada. Además, pagar una universidad en la capital por más tiempo les saldrá todavía más caro. No tengo excusa.

Bogdan se queda en silencio, lamentando lo de su prima—. Lo siento.

Ella inhala hondo, aprovecha de llenar sus pulmones con el delicioso aroma de las plantas frutales para, después, echar un largo y apesadumbrado suspiro—. A veces quisiera que todo terminara de una vez. Que todo se vaya a la mierda— comenta último.

—A veces. Sí —piensa Bogdan—. Oye, ¿y no has pensado...

—¿De qué hablan, chicos? —entra Karolina a la conversación.

—Miriam quiere irse a Moscú con su hermano; y no puede.

—Oh, sí. Ya me lo imagino: sus padres.

—Con ustedes, al menos tengo un respiro. Menos mal que vamos a estar aquí todo el día.

—Sí, el abuelo tambien invito a algunos trabajadores de buena clase y a sus familias a festejar está noche. Quizá hagamos algunos amigos —menciona Karolina con un tono juguetón—. Ellos viven dentro de la ciudad; puede que los empecemos a ver más seguido a partir de hoy.

El trío ríe, caminando por los pasillos. Observan a las gemelas contemplando la vegetación y preguntando todo tipo de cosas a los cultivadores que la cuidan. El aroma es exquisito por donde quiera que ellos vayan. La vida vegetal simplemente les es tranquilizadora.

—¿Y qué hay de ustedes? —pregunta Miriam a Karo y Bogdan—. El próximo año terminan la escuela, ¿no?

—Ay, sí. Un martirio.

—Definitivamente.

Miriam ríe de nuevo—. Quisiera volver a tener su edad. Mis padres no me exigían tanto cuando estaba en la escuela.

»¿Y qué harán cuando acaben?

—Mi padre me enseñará a administrar a los campesinos de sus tierras— responde Bogdan—. O eso dice. Me dió una explicación muy vaga.

—Quisiera introducirme a la ópera —contesta Karolina—. Ya se lo he dicho a mis padres, y están de acuerdo.

—No me extraña: tienes una buena voz.

—Eso es cierto —corrobora Bogdan—. Sería bueno que practicaras ahora mismo para que algún maestro te recomiende el año entrante.

—El tío Stanislav canta en el coro de la iglesia. El te podría enseñar algo —suma Miriam al consejo.

Karolina atesora cada consejo. La familia entera no se ve muy seguido, por lo que no muchos pueden saber lo que el otro hace a sabe a detalle. Ella siente que es su oportunidad de oro.

Siguen su camino por el vivo complejo, conversando sobre cosas que sus padres no aprobarían ni de chiste. No les importa que los jardineros los oigan. Así se pasan algunas o varias horas, entre carcajadas y demás emociones; no solamente en el invernadero, sino también en la azotea y los balcones de la casa, dónde contemplan el cielo cambiar de color.








Esa noche...








Los invitados ya están llegando. La familia anfitriona recibe a todos en la entrada de la gran casa. El salón principal se ha acomodado para funcionar de gran comedor, con muchas mesas circulares pequeñas para que haya espacio para el desplazamiento de las personas y la diversión, pero también para disfrutar cómodamente del festín.

Los más allegados al patriarca Grégori van directo a saludarlo a él y a Ignat. Algunos de ellos, ancianos, son héroes de guerra, y presentan sus respetos hacia el menor hijo como un superviviente de esta. Le hablan de sus experiencias en el campo ya sea con mucho pesar y otros con orgullo.

Las mesas ya están llenas y los invitados hambrientos. Cuando la comida y la bebida llegan, la felicidad inunda el sitio.

Varias familia dan las gracias antes de comer. Otras cuantas ya se lo están devorando todo. La música que acompaña los alimentos hace todavía más agradable el ambiente.

Cuando ya todos saciaron sus estómagos, son invitados a pasar a los jardines traseros a gozar de bailar y de oír la alegre y energizante música orquestada.

El invernadero también está abierto para quienes deseen contemplar las plantas frutales y arbustos florales: flores que desprenden su exquisito perfume solo de noche.

Los varones invitan a las señoritas a bailar; muchas de ellas aceptan acompañarlos en la pieza. Algunos y algunas se abstienen, y se limitan a observar como danzan los demás.

La kalinka es bailada por pocos. Es una danza tan bonita como complicada, con una melodía muy contagiosa. Pocos son los que se las pueden dar de saltarines y hasta de acróbatas.

Son contados los Alivtierovs que pueden dar un espectáculo más que digno. A muchos ya no les dan las rodillas.

Allá, en la oscuridad, se encuentra Miriam, sentada en un banco de madera, disfrutando de ver a los demás disfrutar de la fiesta. Está sola y contemplando la noche despejada de vistazo en vistazo.

De pronto es que siente un peso caer a su lado nada más. La agarró desprevenida. Es su cuñada Zinaída. Está cansada y despeinada, pero contenta, y tiene una botella de algún licor poco común en su mano izquierda que está a la mitad, y dos pequeños vasitos limpios en su derecha.

Ella la observa sonriente con esos ojos rasgados, caídos, exhaustos... Miriam la mira con el ceño fruncido pero al borde de la risa, debido más a su confusión—. Guau —suelta por instinto.

—¿Qué tal? ¿Por qué tan sola? —le pregunta Zinaída.

—No quisiera destacar mucho.

—¿Qué dices, linda?

Por la diversión y la música, no escucha bien cuando Miriam habla con mucha propiedad.

—¡Dije que no quiero llamar la atención! —alza un poco más la voz.

—Pero te veo aburrida aquí en la oscuridad. —Le extiende entonces un vasito—. ¿Quieres?

—¡Oh! No, no, nnn... —echa un rápido vistazo para cerciorarse de que los rectores de sus padres no estén. Y efectivamente no están—. ¿Qué es?

—Se llama Mezcal —menciona agitando su botella—. Y está bueno.

—¿Otra de esas bebidas exóticas?

—Tu abuelo tiene raros pero encantadores gustos, je je.

—No por nada trabaja en esto; y por todo el mundo. —Ella recibe el vaso y se deja servir por su cuñada.

—Toma pequeños sorbos para... ¡No! ¿¡Qué haces!?

La joven se ha tragado entero el destilado. Ahora, no puede dejar de toser y retorcerse. Siente que hay fuego en su estómago, y qué el humo y su ardor recorren su esófago para salir por su boca cual chimenea de horno industrial.

La joven señora quiere explotar de la risa. Deja el envase y su vaso a un lado en el suelo para después pisotear su superficie y aplaudir—. ¿¡Dónde hay un camarógrafo cuando lo necesitas!? —grita, y sigue riendo.

Mientras, Miriam sigue tosiendo, y con las justas puede balbucear—: ¡Joder, mierda!

—"¡Joder, mierda!" ¡Ja ja ja ja ja...! —la remeda casi con crueldad, pero sin esa intención—. ¡Perdón! Eres tan graciosa. ¡Qué tierna! Tienes q... je je... Tenías que bebértelo... a pequeños sorbos.

—Mal... —tose un par de veces—... Maldita sea.

Zinaída amenaza con reír de nuevo—. Muy bien, muy bien. Calmémonos. Ya basta.

—Basta tú, ¿no?

—Sí, sí. —Inhala hondo y exhala despacio para botar las risas de una vez—. Tu abuelo dice que esto no se bebe como tal —empieza a contar con una gran paz—, sino que hay que "besarlo". Muy suavemente. Eso es lo que le dicen las personas que lo fabrican, según cuenta él.

—¿"Besos"? ¿"Pequeños sorbos"?

—Exactamente: "pequeños sorbos". Pero tú... —se aguanta las risas de nuevo—. ¿Quieres un poco más? Ahora ya sabes cómo se toma —le menciona mientras se agacha a recoger la botella y su vaso.

Por su parte, Miriam vigila que sus padres aún no se aparezcan.

La mujer sirve para ambas. Ve que la hermana de su esposo está a punto de besar el destilado, pero la detiene para brindar—: Ey. Por más momentos así.

—Amén —contesta la joven, y chocan vasos.

A sorbitos se lo beben para sentir todo su sabor como se debe. La señorita es la más impresionada.

—¡Ah! Te gustó, ¿cierto?

—Sí. Supongo que sí. Es... —busca la palabra más indicada, chasqueando los dedos— ¿seco? No. Es un... aguardiente. Algo... Un poco dulce, pero arenoso, me parece.

—Te dije que está bueno.

Las dos se relajan, sonrien, y contemplan la fiesta, ya sin dirigirse palabra alguna.

En eso, Miriam recuerda que tiene algo que preguntarle, solo que no sabe cómo plantearlo.

Ella es pésima improvisando. La noche aún es jóven a pesar de que esta esté muy avanzada. Aún así, solo es cuestión de tiempo para que se vayan y no la vuelva a ver hasta quién sabe cuándo.

—Zinaída. ¿Cuándo se van a Moscú mi hermano y tú?

—Mañana mismo, al anochecer.

—Ah. —Y no sabe qué más decir—. Ehhh... En verdad los voy a extrañar. A Iuriy, sobre todo.

Emm... Sí.

La conversación se está volviendo infructífera e incómoda. Es mejor ser directa.

—¿Dónde está Ogárkov?

—Está adentro. Creo que en la cocina.

La jovencita agradece, y se levanta a buscar a su hermano.

Zinaída podría hablar con ella sobre ese tema si ella se lo hubiera dicho, pero al fin y al cabo, que su cuñada vaya a vivir con ellos es una decisión que solo su esposo podría tomar.

Caminando entre la multitud, Miriam entra a la mansión y lo busca por todas partes. Pregunta por todos lados: en el gran salón, en la cocina, en los balcones y la azotea. Pero nada.

Decide ir a su habitación a buscarlo. Es poco probable que lo encuentre allí. Sin embargo, cuando llega a su puerta, el lugar parece estar ocupado. Deduce de inmediato que es él, pues su voz es inconfundible. Parece estar acompañado, pues se escuchan algunos vozarrones y murmullos.

Las dudas y los malos pensamientos entran en la cabeza de la señorita. Abre la puerta con suma delicadeza y asoma su ojo izquierdo.

Ogárkov sí está acompañado, pero de sus padres. Él está contra la pared y sus padres frente a él.

La situación es de todo menos agradable:

—¡Todo estaba yendo de maravilla! ¡Teníamos un futuro para ti, hijo, hasta que te metiste con esa...! ¡desvergonzada mujerzuela!

—¡Que ya te dije que no la llames...

Un bofetazo del padre lo calla de inmediato.

—¿Osas gritarle a tu madre... —el señor hace una pequeña pausa para coger al hijo de su camisa y acercarlo a su rostro—... cómo una señora cualquiera? ¿Eh? —Y lo vuelve a lanzar contra la pared—. ¿Imbécil?

—No solo me largo allá por el trabajo. ¿No es obvio que me largo por ustedes?

—¿Acaso olvidaste quiénes somos? ¡Todo lo que lograste hasta ahora en tu asquerosa vida! Todo lo que carajos eres... ¡¡es por nosotros!! —vocifera el señor, palmoteándose el pecho—. ¿¡Nos vas a tirar a la basura!? ¿¡Después de años de ayudarte!?

—"De ayudarme" —se burla Ogárkov—. Por favor.

Su madre también le lanza otra cachetada.

—¡Por Dios! ¡Cállate ya! ¡Pareces cualquier bastardo!

—Y hablando de eso. Nuestros negocios penden de un hilo. Si te...

—Siempre son los negocios, ¿no?

El viejo suspira para intentar hablar con calma—. Penden de un hilo, pero son salvables. ¡Te necesitamos! Y todo eso será tuyo; ¡todo tuyo! ¡Algún día! Lo que me molesta tanto es que seas tan estúpido para no ver todo el potencial que estás tirando...

—Ya les dije que quiero vivir pacíficamente con mi familia. —Hace especial énfasis en su persona.

—¿¡Y nosotros qué!? —pregunta su madre.

—¿Ustedes?

—Mucho cuidado con lo que vayas a decir, niño —advierte el señor.

—¿No se han visto al espejo, acaso? —Entonces se para firme—. Ustedes me valen mierda.

—¿¡Cómo te... —gritan los dos viejos, y lo intentan moler a golpes. Pero sus años les han quitado las fuerzas, por fortuna para el joven.

—¿¡Qui... ¿¡Quién eres!?
—Nosotros ya no te conocemos —dicen agitados.

Los padres acaban de rendirse con su hijo, y se dan la vuelta.

Asustada, Miriam cierra rápida, pero delicadamente la puerta para no ser descubierta.

Su padre dice una cosa más—: ¡Si tanto quieres irte, vete! Ya eres un extraño para nosotros. ¡Estás muerto! —Por el sonido de sus zapatos y los de su esposa, Miriam sabe que se dirigen a la puerta; y ella no duda en huir—. ¡No cometeremos los mismos errores con la hija que nos queda! —alcanzó a escuchar.

La van a oír y ver si sigue corriendo en línea recta. Así que intenta abrir una puerta que tenía al lado para esconderse.

Está cerrada. Corre hacia la siguiente, y también está cerrada. Voltea a ver con el corazón a mil, y sus padres ya están fuera de la habitación de Ogárkov.

Ellos azotan la puerta y se van por el pasillo sin percatarse de nada más, furiosos.

La pobre llegó a esconderse en una habitación que sí estaba abierta. Es la de las gemelas. Agradece que ellas sean todavía muy irresponsables.

Habitaciones más adelante, escucha que intentan abrir la suya. Sus papás fuerzan su puerta y llaman a su nombre. Pero se rinden rápido, pues dan por hecho que ella debe estar en la fiesta. Y se van. Ella lo sabe porque sus pasos están sonando por las escaleras.

Cuando ya no oye nada, en medio de la oscuridad, se sienta en el suelo, a los pies de la cama, y llora amargamente en silencio, meditando en el futuro que le espera. Piensa en un millón de cosas y estrategias para esquivar sus planes de vida de sus padres: decirle a los abuelos, hablar de una vez con su hermano, escapar así sin más... Todos inútiles según ella, debido a su gran preocupación.

«Cómo quisiera que todo se vaya de una buena vez a la mierda».













Nota:
Muchas gracias por tomarte tu valioso tiempo en leer este capítulo. Si te gustó, ¡no olvides darle una estrellita, y seguirme para más actualizaciones! Recuerda también que tengo una historia de ciencia ficción que también está en sus primeros capítulos. ¡Apóyala, por favor!

Si ves que hay algo en lo que puedo mejorar, me encantaría que lo comentaras.

Sin más que agregar. Me despido y hasta la próxima.

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