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Tener veintitrés años es realmente agotador.

Para empezar, crecí en una familia muy unida y solidaria, por lo que las probabilidades de convertirme en una persona cariñosa, paciente y amable eran altas. Es por eso que estoy realmente agradecido a mis padres, ellos me enseñaron el valor de la empatía y lo gratificante que es ayudar a los demás.

Por otro lado, el amor que le tengo a los animales comenzó desde mi niñez, acompañado de Sparky, mi fiel compañero canino. Ese amor que le tenía me llevó a soñar con ser veterinario. 

O como aquella vez, que salvé a la gata de mi vecina, que se estaba atragantando después de comer una rata entera. Fue una situación muy cómica que hasta el día de hoy me causa gracia, ya que nunca supe qué pasaba por la cabeza de ese felino... pero ver la gratitud en los ojos de su dueña por salvar a su mascota me hizo darme cuenta de que este era el camino que quería seguir, medicina veterinaria.

Luego de titularme de la carrera que me apasionaba, probé suerte y empecé a buscar empleo por mi cuenta, pero no fue fácil. Mientras más joven, menos eran las oportunidades de conseguir un buen trabajo con un buen sueldo. La gente ve a los jóvenes recién egresados como personas explotables e ignorantes, ya que al no tener experiencia laboral, creen que pueden manejarlos a su antojo. Esa triste realidad me desanimaba muchas veces, pero mi determinación no me permitió rendirme.

Es por ello que decidí mudarme a Seúl, un lugar del que se hablaba mucho en los periódicos y las noticias por la cantidad de maltrato animal y trata de personas. Las clínicas veterinarias estaban repletas de animales necesitados de atención médica por falta de personal. El titular del periódico que leí una mañana parecía un llamado a la acción.

—"Se necesita personal urgente, buena paga."—estaba escrito aquello en la portada del periódico, en letras grandes y rojas. 

No dudé ni un segundo y me empecé a prepararme para la entrevista que tendría a la mañana siguiente.

Llegó el tan esperado día. Apenas bajé del autobús, me encontré con una ciudad que aparentaba ser próspera, tan llena de vida, pero sabía que en realidad tenía un lado oscuro que suplicaba por ser enfrentado.

Seúl no solo me ofrecía la oportunidad de trabajar en lo que amaba, sino también de marcar una diferencia. Y qué mejor que hacerlo estableciéndome en el centro de la ciudad, mientras trabajaba cerca de la clínica veterinaria más reconocida de todo Daegu.

Además, así aprovechaba al máximo el corto camino hacia el trabajo. Porque resulta que mi cama y yo tenemos un serio problema de dependencia y apego precisamente en las mañanas, pero me las he arreglado para llegar siempre a tiempo, no antes ni después.

Anoche traté de dormir lo más rápido que pude, porque mi jornada de ayer terminó muy tarde. Tenía la esperanza de que me sentiría bien descansado por la mañana, pero no fue así. Es por eso que hoy, las ganas de querer dormir cinco minutos más, cobraron mucha fuerza, pero me contuve como pude. De hecho ni desayuné por llegar a la hora exacta, no quería dar una mala imagen a mis colegas.

He estado tratando de adaptarme al horario de trabajo a tiempo completo, pero me resulta complicado. No entiendo como mi compañero Seokjin puede soportar eso y más.

Pienso seriamente en que Seokjin padecía de alguna especie de esquizofrenia. El trabajo es tan matado que ya se pueden ver las consecuencias en él, y digo esto porque llevo ya un mes trabajando codo a codo con él y cada que puede, vocifera que nadie más que él puede tener el apellido "Kim" al lado de su nombre. Lo más probable es que si yo me llamara Kim Jungkook, tampoco querría respirar el mismo aire que yo.

Lo curioso es que detrás de esa fachada dramática y un poco loca, hay una persona increíblemente dedicada a su trabajo y a los animales, al igual que yo. Es por eso que lo considero más que un simple colega. Fue el único que tuvo la paciencia de darme un tour completo por las instalaciones de la clínica, algo que me resultó verdaderamente útil luego. Además de su peculiar sentido del humor y el gran conocimiento que posee hicieron que me sintiera bienvenido.

Así llegamos hasta la actualidad, donde he de decir que estas últimas semanas han tenido un ritmo muy intenso, pero a pesar de eso, cada día que trabajo en aquel lugar, me confirma que he tomado la decisión correcta, haciendo lo que amo. Claro, omitiendo el hecho de laburar hasta tan tarde y despertarse desde muy temprano, pero es algo de lo que ya me he acostumbrado afortunadamente.

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