
Nazareth (36)
A Nazareth Kramer.
Hay cinco tipos de almas. Yo soy la quinta según las aseveraciones de tu padre y las últimas notas del conde Mornay en el manuscrito que hoy, perdóname, dejo en tus manos para que decidas qué hacer con él. A mí se me acabó el tiempo, querida; y entre las personas a las que considero capaces de tomar en sus manos este oscuro secreto, tú eres la que encabeza ese listado. No lo tomes como una venganza, porque cuando sepas a lo que estás destinada después de que yo removí el hilo de tu vida, tal vez el peso te caerá en los hombros si no tienes la compañía adecuada.
Nunca tuve tiempo de pedirte perdón.
Y no voy a hacerlo. ¿Tiene caso, siquiera?
Sigue leyendo, Naza. Te prometo que al final hay un halo de esperanza para ti...
Sobre las segundas oportunidades de las que hablaba la carta no sabía nada. Su casa se encontraba más sola que nunca; ¿esa soledad era lo que Dios le había deparado ahora que tenía en sus manos el diccionario, como castigo? Contemplaba las llamas de una chimenea recién adecuada en la gran sala principal de la mansión. Afuera, una tormenta de nieve lapidaba la villa en la que vivía. Sus vecinos estarían festejando la navidad, y la servidumbre que se quedaba con ella andaría en la cocina, brindando con el ponche del que le habían servido un poco —por lástima—. Sus pensamientos, sin querer, se habían dirigido a la carta de Alex, y a la de Charlie, que llegó el día anterior y que devoró como si fuera un alimento y ella estuviera muerta de hambre. Culpaba a su padre, y al conde, pero no pudo evitar sentir algo oscuro, apelmazado en el pecho, junto a otras cosas. Cosas que eran una consecuencia directa de esa carta.
Charlie le había escrito algo muy personal, muy afín con él... Ya firmaba como el conde de Aberdeen y Naza no contuvo la zozobra al imaginarse que, en alguna vida paralela, ella hubiera llevado ese título... Apretó los ojos y se llevó los dedos al puente de la nariz; hizo a un lado la carta, dejándola sobre la mesa del café. El reloj marcaba la una de la mañana y el frío había arreciado, pero no tenía sueño, así que cruzó la pierna y se dejó envolver por el calor, sin abandonar los lúgubres pensamientos que la acompañaban desde hacía cuatro meses.
Había terminado dejando también el máster en lingüística. No por miedo, ni por falta de tiempo, sino porque al segundo mes de su reingreso había tardado muy poco en recordar a quién conocía para acercarse; Alex estaba muerto y Charlie... a él jamás iba a atreverse a pedirle que le ayudara. No. Creía que sus conocimientos en relaciones ya eran lo suficientemente crudos como para añadirle la vergüenza que le provocaba leer tanta paciencia y cariño en sus líneas. Así estaba bien.
Medianamente, al menos.
Unos pasos apresurados surcaron la habitación; Naza cerró los ojos y se concentró en la voz de la muchacha que se había quedado junto con su madre aquella noche para atenderla.
Le dijo—: Hay alguien en la cocina que la busca. Lo lamento, señorita, entró por la puerta trasera, pero dice que es urgente que la vea.
—¿La cocina? —preguntó, contrariada.
La chica lo corroboró con un asentimiento y regresó por su camino cuando Naza se puso de pie. Le tomó solo un par de minutos estar en la cocina, frente a frente con Poppy, que ya había tomado un lugar en la isla y aceptaba, justo en ese momento, la taza que su ama de llaves le ofrecía.
—No las regañes; les he dicho que somos como hermanas —dijo. Su notable alborozo, por primera vez, parecía fingido.
Nazareth tuvo el repentino deseo de abrazarla, pero en lugar de eso se cruzó de brazos y la miró con detenimiento, hasta que rompió el contacto visual.
—Eh, hola —dijo, titubeante; señaló con el pulgar el pasillo detrás—. ¿Quieres pasar?
Poppy le agradeció a la mujer el café, siguió a Naza y fue allí que esta se percató del equipaje. No hicieron mención de él, sino que se movieron rápido y, ya a solas, se miraron por alargados minutos, como si fueran un par de personas que no sabían qué decirse primero. Poppy tenía un negocio en Escocia, una carrera que le daba muchos frutos, y además contaba con el apoyo total de Charlie.
Un halo de preocupación se cernió a su cabeza. Contuvo el aire y esperó a que ella dijera algo... O no iba a resistir la incertidumbre. Se sentó lentamente en el sillón y Poppy, que no dejó su taza en ningún momento, la imitó acercando una silla.
—Charlie está bien, por si te lo preguntas —señaló. Le dio un trago al café humeante—. Ahora que Dunross está bajo su tutela parece haber recobrado la vida, aunque debo admitir que Eco tiene mucho que ver en ello. Hacen un buen equ...
—Poppy —la interrumpió—, no quiero ser grosera, pero, ¿qué haces aquí?
—No tengo tantos amigos como cabría esperar —musitó, con el ceño arrugado—. Y necesitaba un consejo frío.
—¿Un consejo frío?
La bruja asintió.
—¿Podrías escucharme?
—S-Sí.
Después de semanas en un claustro auto inducido, tenerla allí era como haber recibido un regalo precioso; la conectaba indirectamente con Aberdeen, Alex y Charlie. Miró a Poppy a la espera de que algo la hiciera desvanecerse de su presencia, pero aunque no parpadeó percibió que seguía frente a ella al pasar los minutos. Así que relajó los músculos y puso la mirada en la alfombra.
Poppy la había esperado en silencio como si supiera qué le ocurría o qué cosa le estaba pasando por la mente.
—Antes... —la pelirroja bajó el tono de su voz, observando la chimenea. Parecía contrariada, sin encontrar palabras para hablar o explicarse.
Naza volvió a ser ella misma mientras se percataba del miedo que, posiblemente, Poppy le tenía. Infundado no, había sido un poco dura con ella.
—Su carta me llegó ayer —dijo, quizás porque lo que necesitaba era sentirse bienvenida; hablar de lo que le aquejaba la haría saber, por lo menos, que no era la única con tantos sentimientos atorados en la garganta—. Se nota muy activo.
Alzó las cejas.
—No ha parado. —Esbozaba una sonrisa—. Y sé que ya te lo debe de haber dicho, pero te extraña.
Por acto reflejo, Naza torció una sonrisa que le supo a belladona y dijo—: Me ha dicho muchas cosas, menos eso.
—Quizás no quiere abrumarte —confesó la otra—. La aflicción del alma es perturbadora, Nazareth. Puedes tener cáncer o estar ciego, pero lo que hace que los días sean buenos o malos, sin menospreciar el sufrimiento de nadie, es precisamente la actitud con la que se vive. —Se mordió un labio—. Cuando dejé Dunross Charlie estaba bien. Me acompañó a Edimburgo, y fuimos juntos a Winndoost. El duque de Argyle me hace sentir afligida.
Nazareth estaba pensando en la razón verdadera por la que Charlie, en sus cartas, no pasaba de ser diplomático, amigable, quizás un poco más expresivo en la última, pero hizo su mayor esfuerzo por estar al pendiente de lo que Poppy decía. En lo personal, no había conocido al duque, salvo haber recibido un par de palabras que requería la educación mediana. Era un hombre frío y de mirada penetrante, que había hecho de Poppy, al parecer, una figurilla insegura.
Se tragó las ganas de preguntar por qué Charlie la había acompañado...
—¿La casa madre de los Swift? —dijo en su lugar.
—Sí, Dune me pidió que fuera. ¿Sabes lo que es una paradoja sentimental?
—Imagino —suspiró con cierto anhelo— que tiene que ver con lo que estoy experimentando ahora...
—Algo así. —Inhaló aire profundamente—. Se trata de un juego; buscar algo terrenalmente oculto, pero visiblemente imposible de hallar. Mi madre, por lo que me contaba mi abuela, era experta en ello. Aún ahora, me cuesta recordar grandes fragmentos de mi niñez. Solo tengo en mente su voz, el color de sus ojos, y esa tarde que se despidió de mí porque prometió que buscaría a mi padre.
—Ya te sigo.
—Fui a Winndoost para saber por qué las tierras están malditas. Pero, en una de las habitaciones, ocurrió algo sumamente extraño.
El interés de Naza despertó; de pronto tenía un motivo para despejar la mente y concentrarse en algo que no fuera el diccionario que la esperaba en el despacho y que había comenzado a provocarle insomnio. Resolvió que el tema que Poppy le había traído era, posiblemente, el mejor método de distracción que encontraría para desviar sus pensamientos, sobre todo si quería superar el acto horrible que había llevado a cabo contra Charlie. Un bien mayor, quizás, difícil de comprender, oscuro, como las aguas insondables del océano; pero le daba vida y ese era el cometido esperado.
De Poppy esperaba un montón de cosas.
No que la ayudase, sino que colaborara a descifrar el misterio yacido en las letras apretadas de la caligrafía de George Mornay.
—Extraño de sobrenatural, supongo.
Ella sacudió la cabeza.
—Extraño de maldito. Y tiene... tiene que ver conmigo. —Había mirado a otro lado; Naza recordó sus ojos rojos como la sangre, inyectados de múltiples energías, como si fueran escáneres. Allí era una chica común, asustada por algo—. Pensé que mi enamoramiento por Dune...
—¡Poppy!
Arrugó las cejas.
—Bah, eso no importa ahora —espetó, regañándose a sí misma. Naza rechazó la idea de reírse—. Lo que importa es que mis visiones respecto a Dune se intensificaron cuando estuvimos allí. Nazareth, algo horrible pasó en ese castillo; la noche en la que murió mi madre, hubo una tormenta y yo... mi abuela dice que adopté cierto hermetismo que me duró poco. Por entonces ella ya era una bruja reconocida y no tuvo problemas al criarme, pero... Cada vez que preguntaba quién era mi padre... Algo malo pasaba en la casa. Pensaba que mis pesadillas se intensificaban debido a la reunión de Occultus: tanta energía en esas discusiones...
—¿Y esas reuniones se llevaban a cabo en Winndoost?
—No sé hasta qué punto están involucrados, pero siento la sangre clamar desde la tierra. —Clavó con intensidad sus ojos en ella; Naza sintió un verdadero escalofrío—. No es demoníaco, sin embargo. Es algo que no he sentido antes.
—¿Qué les da a los nobles por provocar estas cosas?
Se levantó, azorada, y fue a ponerse junto a la gran ventana que daba al jardín. El manto de nieve era cada vez más espeso, la paciencia de Naza cada vez más reducida.
Y el miedo que le causaba el saber que siempre estaría rodeaba de ese tipo de eventos era horrendo. Cuando se cruzó de brazos otra vez, Poppy ya se había apoyado con la cadera en el alféizar. Aún no se quitaba el abrigo. Naza intentó recordar si había pedido que le prepararan una habitación. Echó una mirada hacia el pasillo, deseando que el ama de llaves entrara.
—El clan Swift, según lo que pude encontrar, fue uno de los que propuso la persecución de las brujas; eran muy supersticiosos. Pero no hay más información. Parece como si...
—La hubieran clasificado.
—Sí.
—¿Qué es lo que estás pensando? ¿Qué visiones son las que te mortifican?
Notó que se le arrebolaron las mejillas, pero respondió a pesar de ello—: Veo... escucho una voz profunda, de hombre; Dune, mientras no estaba su padre, me permitió entrar a la galería privada. Había una pintura de un hombre que... —Miraba la nieve caer, a través de la ventana—. Se parece mucho a Dune.
—¿Friedrich de joven? —inquirió Nazareth, ya con el corazón latiéndole a mil por hora.
—No. —Poppy cerró los ojos—. Lo último que vi antes de desmayarme, fue esto... —Se agarró el medallón que le colgaba del cuello; era una especie de magnolia, que se engarzaba con una cadena y una pluma. El oro era fino y el botón de la flor era un diamante rosa—. Pero Alistair Swift, el hermano mayor de Friedrich, lo llevaba sujeto al reloj de bolsillo, que le colgaba del pantalón; como si...
—Ojalá pudiera ver una foto.
—El pintor no se percató de ello, o tal vez sí. Lo único que sé, es que ese es el hombre de mis sueños y no Dune. El parecido es tan grande... Yo no...
—Si era el hermano mayor, eso quiere decir que...
—Alistair tendría que haber sido el duque, sí. —Se miraron en silencio. Naza no sabía qué decir y Poppy continuó, con aspecto compungido—: Intenté buscar información de su muerte, pero no hay nada. Lo cierto es que los Swift están muy metidos en la corrupción del parlamento y la justicia del Reino Unido. Tienen demasiadas influencias. No tuve tiempo de indagar entre la servidumbre... El duque volvió a casa y no le agradó la idea de que yo estuviera allí, aun cuando Charlie le dijo que iba con él.
Con un asco inaudito, Naza se le acercó un paso.
—¿Crees que sea algo como lo que viste de mí? Tal vez que Alistair haya muerto por algo similar a lo de Jane...
—Por eso estoy aquí —confesó Poppy—. Necesito que me ayudes. ¿Por qué Alistair tuvo primero el medallón?
Nazareth lo tomó entre sus dedos. Poppy era mucho más alta a tan solo unos centímetros de su cara. El medallón era una reliquia; leyó una inscripción en el borde, que posiblemente dataría del siglo XVII. O antes. El blasón le era desconocido, pero bastaba con llamar a un experto en heráldica, algún amigo de su padre.
Mientras analizaba a la luz de una lámpara las curvas del grabado, Poppy fue a instalarse y regresó con la criada una hora más tarde, ya sin sus enormes faldas. Llevaba consigo un pantalón de lino, una blusita y un cárdigan rosa, que le resaltaba el pelo y las pecas del rostro. Naza estudió la belleza sobrenatural de la que era poseedora, incapaz de apartar la vista.
—Creo que sé con quién ir —le dijo—. ¿Quién te lo dio?
—Mi abuela, cuando cumplí los dieciocho —suspiró—. Dijo que ya era hora. Entonces comenzaron las visiones.
—Poppy, si puedes ver a tu abuela, ¿por qué no le preguntas?
—Los muertos no pueden intervenir en los asuntos de los vivos.
Naza se echó a reír. Poppy la imitó en seguida y, cuando se repusieron, ella fue la primera en hablar—: Tengo una corazonada. Mi madre era una bruja... Renunció a su don para poder casarse con mi padre. Y nuestra antigua casa estaba muy cerca de Winndoost. A veces las maldiciones se regresan...
—¿Piensas que tu madre maldijo a Alistair?
—Pienso que alguien oculta muchas cosas. Y que esas cosas harán que Dune sea libre...
—Así que Dune.
—¿Soy tan patética? He vivido sabiendo que no podíamos apartar nuestros caminos por ninguna circunstancia. Y no puedo negarme a ayudarlo solo por un sentimiento que él ni alimentó ni alimentará jamás... Sería egoísta.
Por un instante, Nazareth se vio tentada de decirle que no tenía nada de malo cuidar de sí misma; aunque sabía que Poppy no le había lanzado ninguna indirecta, se había sentido como tal. Había dejado Dunross precisamente por un motivo —visto desde un ángulo egoísta— que solo la beneficiaba a ella, sabiendo que dejaba allí a alguien que le importaba. Sin embargo, siguió charlando respecto a las visiones de Poppy. La tonalidad era bastante oscura; brujas, sacrificios, y los sueños de la chica, con ese hombre metiéndose en su cabeza.
También estaba ese amor por Dune... Que, a leguas de distancia, se veía que era más puro que lo que ella sentía por Charlie. Más puro de lo que él transmitía en su última carta, que recordó letra por letra, mientras la pelirroja le narraba sus andanzas por el gran castillo de la familia Swift.
Querida Nazareth:
Te ruego me perdones si resulto un incordio; no trato de serlo. He querido llamarte estos días, pero el trabajo no me ha permitido estar a solas a horas respetables. Anoche demostré una especial insatisfacción cuando, a las nueve, cuatro de la mañana en Cambridge, me atacó un horrible sentimiento de desesperación; quería escuchar tu voz aunque fuera para que me dijeras por qué motivo sigues sin aceptar hablarme. Luego recapacité; a una persona no se la obliga a recibir un cariño que no desea. Ni siquiera debería hablarte de cariño, por Dios. Estoy dispuesto a admitir que esto se está convirtiendo en un calvario; el título me viene grande, las respuestas que doy no son las correctas, en el auto escucho música clásica y toda ella, cada nota, cada llave, cada acorde, lleva tu nombre y el sonido de tu risa; en esta vida es lo primero de lo que tengo noción. Tu risa —y de pronto parece que la tarde del solar fue solo un juego macabro de mi imaginación—. También miro a través de la ventanilla del auto mientras me dirijo al parlamento... Me han citado tantas veces por el tema del título y la repartición que recién hice (te alegrará saber que Eco es mi vecino y amigo más cercano por ahora), que ya me he planteado varias veces el renunciar a todo. Pero no serviría de nada.
A menos de que tú me lo pidieras y que ese título, la posición social, la distancia entre un continente y otro, fuera tu petición para decirme cualquier cosa que explique este silencio. Lo siento mucho si estoy pareciéndote pesado... Reconozco que pasar la navidad en un castillo con un total de trescientas habitaciones, entre galerías y túneles, a solas, me pone nostálgico; le dije a Poppy que no te escribiría más, pero Eco trajo una botella de Leroy. Y me ha puesto papel y pluma sobre la mesa. Tiene pensado dejar el arma en mi sien hasta que no le entregue la carta; considera que debería ir a por ti.
Pero antes quería desearte felices fiestas.
No es un abrazo lo que quisiera darte y, sin embargo, es lo que te envío.
Otra vez, perdona la osadía.
Tuyo, Charlie.
PD: ¿Debería ir a por ti?
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