Todo en uno
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Estábamos en el huerto liados con la limpieza de las malas hierbas, la caseta y zona de las gallinas, limpiando a fondo la casa de Tango y lo peor para mí, ordenando mi taller. Mushu estaba con Clara mientras quitaba las hierbas de la entrada, yo estaba en mi taller guardando cosas. Clara es una obsesiva del orden, por más que le digo que en mi taller no hay porque ordenar nada, cada equis tiempo me obliga a emparejar las cosas. Ella lo llama Caos, yo le digo que sólo es aparente que para mí tiene sentido y necesito ver todas mis cosas cuando trabajo.
En casa ella es todavía peor si cabe, cosa que compensa por completo mi carencia. Eso no quiere decir que yo no haga nada en casa, más bien todo lo contrario, pero mi mesa de trabajo parece según sus palabras: un vertedero; y el resto de la casa no. Por eso a Mushu le encanta estar en mi mesa, es donde más cosas puede morder. Mientras que a ella le encanta el tener todo guardado y ordenado, de mí sólo puedes sacar ese orden meticuloso y casi enfermizo en los momentos que trabajo. Aunque desde que Mushu me acompañaba no conseguía hacer gran cosa, tenía que separarlo de algún objeto del que se hubiese encaprichado, se ensañase a mordiscos, le molestara de alguna forma que sólo él entendía y encima limpiando sus numerosos popós. Con Clara se comportaba mejor, aunque de seguro era porque no tenía gran cosa con la que "jugar" y se aburría por completo.
Comprobaba dónde poner algunas herramientas que últimamente usaba menos, entre lamentos y de pronto escuché:
—¡No! ¡Mushu, para! —Clara le estaba gritando. Al poco escuché su revoloteo, parecía huir.
—¿Qué pasa? —me asomé por la puerta para ver que hacían.
—Se está comiendo un caracol —Clara intentaba cogerle, pero él revoloteaba de un lado a otro.
Era muy cómico verlos así. Cuando lo alcanzó le limpió el pico mientras le regañaba y Mushu se quejaba porque le frotaba con un pañuelo para quitar los restos de la molla del caracol y pedazos de cascaras. Era un horror de animal. Es verdad que cuando él quería podía ser un cielo, un amor, cariñoso, pelotero, incluso había aprendido a dar besos. Era un sonido seco que hacía sin abrir su pico, a la vez que le ibas a dar uno. Te correspondía los besos y con Clara, en muchas ocasiones, se los daba sin que ella se los diese. Pero habíamos comprobado que Mushu tenía los peores defectos y alguna virtud, de los animales más comunes que se conocen como mascotas.
En esos momentos que no podía casi volar, digo casi porque acabó adaptandose a esas pocas plumas que tenía y conseguir muchos de sus objetivos con su revoloteos; era como un hámster, un gato y un perro a la vez. Escalaba por todos los sitios donde pudiese cogerse con sus patas y pico. Le daba por roer maderas, hojas de arboles, yerba, plantas o cualquier objeto que llamase su atención. Rompía las hojas de papel de libros, libretas, revistas; y las hacía pelotitas, algunas se las comía otras las dejaba caer y seguía arrancando pedazos de hoja.
Se intentaba comer todo lo que se cruzaba por el camino si te descuidabas, y si se lo intentabas quitar o bien lo escupía o bien intentaba tragárselo lo más rápido posible. Mordía los lápices, la goma de borrar y le quitaba pequeños pedacitos a los botones del mando a distancia de la tele sobre todo. En cuando veía la goma de borrar se ensañaba quitandole pedazos, dándole vueltas con su lengua callosa y sujetandola con su pata a cada mordisco para que no se escapara. Eso si no le daba por tirar todo al suelo, le gustaba oír el ruido que hacían al chocar contra éste. Lo sujetaba con el pico y asomaba por la mesa para dejarlo caer y admirar su obra, soltando un "chui" satisfecho al oír el choque. Lo que más le gustaba tirar eran los cubiertos o la goma de borrar, cuando se cansaba de quitarle pedazos.
Era bastante desagradable, a fin de cuentas con esa misma boca con la que cogía cualquier cosa, cualquiera por asqueroso que fuese; después nos pedía de comer a nosotros. Nos seguía robando la comida de nuestros platos. Descubrimos que después del mijo amarillo, lo que más le gustaba era el huevo y la carne. Ya no le daba papilla, comía de todo, aunque habían semillas que no, como las pipas, estas las pelaba y las dejaba sin comer. Le encantaba probar todo tipo de comida y más de una vez le vimos comerse algún bicho.
Su curiosidad no tenía límites, no dejaba rincón sin mirar, lo exploraba y tanteaba todo. Cuando llegábamos de hacer la compra, una vez dejábamos las bolsas en el suelo o la mesa, lo siguiente era dejarle salir de su habitación. Salía disparado hacia la bolsa más próxima y se metía dentro. Empezaba a mordisquear y comprobar lo que llevaba dentro, y si por lo que sea, veía tu mano pasar cerca, salía hecho una bala, te mordía muy fuerte y se volvía a meter en la bolsa, haciendo un ruido raro con el pico. Para sacarlo de la bolsa acercábamos la mano como señuelo y al salir dispuesto a dar el mordisco la cerrabamos. Más de una vez, nos pillaba y más de una vez nos replanteamos no dejarle salir hasta terminar de guardar todo, pero cuando nos escuchaba llegar nos llamaba e intentaba abrir su puerta histérico, cosa que no lograba gracias al gancho.
Si le tenías en el hombro y abrías algún armario, se lanzaba y desde la entrada de éste empezaba a soltar "chuis" y se adentraba poco a poco. Su armario favorito era el de la ropa, en éste se colgaba y trepaba por las chaquetas y se metía entre la ropa. Se le veía muy feliz y el oír sus parloteo con tonos contentos, te lo confirmaba aunque se escuchasen amortiguados por estar escondido entre la ropa. El siguiente armario que más le gustaba era donde guardamos el azúcar. No sé si ese armario hacía algún sonido especial porque daba igual dónde estuviese en casa, venía revoloteando y corriendo entre "chuis" frenéticos. Si le cogías y le ayudabas se lanazaba al interior del armario, si le ignorabas se enganchaba a la ropa y escalaba hasta alcanzarlo. Cada vez que abríamos el tarro se tiraba sin pensar y picoteaba como un salvaje todo lo que podía hasta que le quitabas. No le molestaba que le tuvieses cogido, seguía intentando comerse el azúcar girando y estirando el cuello, mientras no te dieses cuenta.
Cuando salíamos al huerto y estábamos ocupados o teníamos visita, le dejábamos en un árbol enorme. Subía y bajaba por sus ramas. Le arrancaba hojas si le molestaban en su camino, le quitaba cachos de corteza o según la temperatura le vías tomando el sol o la sombra. Él nos miraba desde las ramas, no nos quitaba ojo. Otra de las actividades que hacía allí era acicalarse. Sus sesiones de acicalamiento eran eternas, le dedicaba mucho tiempo a su plumaje. Si se aburría o tenía curiosidad por otras cosas que hubiesen por el huerto y alrededores, se lanzaba sin mirar por su vida. Clara se había vuelto una experta en cogerlo al vuelo, caída pausada en su caso. Su vida peligraba y el muy idiota no dejaba de hacer esa locura.
Su curiosidad en casa resultaba divertida, fuera llegaba a ser peligrosa. Su manía por ir donde Tango, llegaba a ser absurda. Se acercaba andando y revoloteando donde algo llamase su atención. Molestaba a otros pájaros que paraban por el huerto, cerca de los bebederos de las gallinas. Él se acercaba andando despacio, sujetando y mordisqueando alguna cosilla que encontraba de camino, una vez cerca de ellos imitaba su comportamiento fingiendo rebuscar algo por el suelo. Éstos le ignoraban y cuando se cansaban de hacer lo que estuviesen haciendo, beber agua o Mushu se le acercaba demasiado, invadiendo su espacio personal; salían volando dejándole sólo.
Mushu se quedaba mirando, estiraba su cuerpo a la vez que el cuello, para ver donde se iban. Clara y yo hacíamos todo lo posible por tenerle en el huerto porque parecía encantarle estar allí, sobretodo donde las aves se reunían. Pero cuando le dejaban sólo nos daba la impresión de que se quedaba triste. Cuando revoloteaba intentando irse con ellos nos rompía el corazón.
Decidimos que el día que Mushu cambiase sus plumas, no se las cortaríamos. Sí. A Mushu le volverían a crecer las plumas de sus alas y estábamos convencidos de que ésta vez no las tocaríamos. Sería el doble de feliz volando libre, que pudiese ir donde le diera la gana. No dejaría de comportarse como un hámster, porque roer forma parte de su ser, pero esta vez no estaría obligado e impedido a ser él mismo, un pájaro popeador.
Sabíamos que hay un modo de hacer que las aves no puedan volar sin necesidad de tocar sus plumas, pero por nada del universo hubiesemos tolerado tamaño brutalidad. Cortar sus plumas ya nos hacía sentir culpables de sobra. Habíamos estado todo el invierno sufriendo con sus repetidos intentos de vuelos frustrados. Cada una de esas caídas, en las que se escuchaba chocar contra el suelo y escaparse el aire de sus pulmones de una forma violenta, nos dejaba preocupados por si se hacía alguna lesión interna. En ocasiones se quejaba cuando le tocabas después de algún intento fallido o le veías encoger tembloroso alguna de sus patitas. Estábamos escarmentados. Cansados de sufrir por sus caídas. Tristes por verle impedido. Y hasta las narices de tener que limpiar popós de nuestros hombros y espalda.
Con esa decisión aceptamos lo que supondría una nueva etapa con Mushu. Clara estaba dispuesta a dejarle salir fuera y que volase libre. No me gustaba la idea, no me parecía bien dejarle salir. Tal y como lo veía era capaz de perderse. De ir donde cualquier animal y en vez de huir, meterse en su boca, para ahorrarle molestias. Ella confiaba en él y deseaba verle volar por la calle. Yo acepte que sonaba idílico, pero no podía dejar de imaginar cosas horribles.
Todavía no eran fechas de pelechar, pero una de las mañanas que Mushu salía de su habitación y se la estaba limpiando, al sacar su cama y sacudir su sábana, cayó una pluma. La cogí y me quede petrificado, era una de las plumas cortadas de sus alas. La cuenta atrás había empezado. Terminé de limpiar su comedero y poner nuevas semillas, tarea que hacíamos todos los días. Mientras cambiaba el agua, él comía de su comedero porque estaba fuera de su habitación, de no ser así no lo hacía. Se daba prisa porque sabía que en cuando terminase de limpiar lo guardaría todo y él se negaba a entrar a comer. Acabamos descubriendo que la clave consistía en estar con él. Si te quedabas con él, comía como un salvaje siempre con una pata en la entrada y estirandose para alcanzar el comedero, cogía alguna semilla, y desde la entrada la pelaba y se la comía.
Pronto Mushu tendría sus alas y en esta ocasión las iba a poder disfrutar. Clara se guardó la pluma de Mushu como si uno de los dientes de leche de Jaime se tratase. Guardamos todas sus plumas y vimos con una mezcla de ilusión y miedo como empezaba a poder volar.
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