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Capítulo 2: Maldito cuerpo

Rápida para no ser víctima de las miradas que acarreaba su retraso, Dell se enjuagaba la boca en el diminuto baño de las visitas. Álvaro se había encerrado más de veinte minutos en el baño principal y no tenía intenciones de salir de allí.

—¡Necesito ocupar el baño! —gritaba Giselle mientras se servía el expreso bien cargado.

—Mamá...

—Hija, ¿tienes para comprarte algo para comer?

—Sí, pero, oye...

—¡Álvaro! ¡Es la última vez que lo repito! ¡El desayuno está servido!

—Escúchame, quiero hablar contigo antes de que llegue mi hermano.

—Dime —respondió la madre sin dejar de moverse rápida entre los quehaceres de la cocina.

—Quiero ir a comprarme ropa, pero...

—¡Álvaro, me voy! ¡Te dejo la plata encima de la mesa!

—No quiero ir sola. ¿Acompáñame?

—Hija, sabes que no puedo. ¿Qué hora es?

Dell miró su celular rosado.

—Faltan cinco minutos para las ocho.

—¡Es tardísimo! Me voy. Dile a tu hermano que...

—Ya sé —se adelantó desganada.

—Dell —dijo su madre tomándola del mentón y hablándole directo a los ojos—, no quiero que sigas con lo mismo de siempre, ya es demasiado. Eres casi adulta y debes saber controlar los sentimientos. Te haré una transferencia a tu cuenta desde mi oficina y te comprarás lo que necesites.

—Gracias —respondió concentrada en los botones del blazer de Giselle.

—Por favor —terminó de agregar antes de cerrar la puerta— que sea algo bonito.

¿Qué habrá querido decirle? ¿Que toda su ropa era un conjunto de desperdicios reciclados? Seguro sí, y seguro tenía razón.

—¿Dónde está la plata? —preguntó un despeinado y sorpresivo Álvaro.

—Al lado del cereal.

—Bien. Adiós.

—A... —alcanzó a decir antes que la puerta chocara contra el portal.

Sabía que para partir debía esperar unos minutos después de que Álvaro saliera de la casa. No debía toparse con él —o mejor dicho, él no debía toparse con ella—. Caminó. El mismo olor a pintura fresca, los mismos árboles sacudiendo sus ramas con el viento, el mismo perro del vecino tirado en el suelo con las patas abiertas y los ojos tristes, las nueve canciones antes de ver el edificio y otra vez la sensación en el estómago que le recordaba quién era y cómo debía comportarse en público. Mientras avanzaba, algunas risas dirigidas a su espalda le pesaban. ¡Qué incomodidad! ¿Habrá sido un chico que también sufría de bullying la persona que creó los audífonos? Esa sería la causa más lógica para querer desaparecer del mundo en la música.

Siguiendo con la mirada las líneas rectas de los pastelones, logró distinguir los únicos zapatos de colegio con tacos y de inmediato un escalofrío le recorrió el pecho. Una mano le tocó bruscamente el hombro. Era ella, Mariana Andrade. Dell se quitó los audífonos lentamente, para que el trecho entre el tiempo actual y el que estaba por venir fuera lo más extenso posible.

—¡Delicia! —exclamó la pelirroja con su séquito a cuestas.

—¿Sí, Mari?

—¡Mira lo que te traje! Hoy mi novio me regaló un pastel de avellanas con chocolate y pensé: "¿Estará loco que cree que me podré comer esto?" ¡Si ni la mitad me cabe! —se largó a reír—, pero pensé en ti, que tienes harto espacio donde meter este pastel.

Con una mano se tapó la boca y con la otra le entregó un bulto en un papel café. Las cuatro chicas que acompañaban a la popular Mariana no dejaban de reír forzadamente tras cada intento de chiste de su líder.

—Gracias —dijo Dell deseando no estar allí.

—¿Te lo quieres comer ahora? —preguntó burlescamente Clara, la mejor amiga de Mariana.

—¡Sí, que se lo coma ahora! —alentó otra chica del grupo.

—¿Tienes hambre, Delicia?

—No, gracias.

—¡Dale! ¡Todas sabemos que te mueres por comer!

—¡Mari, dile que se lo coma!

—Cómetelo ahora. Acuérdate que en clases ya no podrás hacerlo —dijo y con cada palabra hacía un gesto diferente con la cara.

Con el rostro comenzándole a arder, Dell sonrió haciendo fuerza para no soltar ni una lágrima . Abrió cuidadosamente el paquete, como si se tratase de un magnífico presente, y para no faltarles el respeto encajó en su boca la humillación decorada con avellanas.

—Te estaba buscando.

Repentinamente, Julián apareció para presenciar el denigrante espectáculo. Dellaysa sintió cómo el corazón se le sacudía debajo del polerón.

—¡Bebé! —exclamó Mariana, dándole la espalda a Dell.

—¿Qué estás haciendo?

—Disculpa, pero no pude decirle que no a esta pobre niña. Sabes que no puede ver algo dulce sin tentarse.

Todas rieron a carcajadas, mientras Dell, todavía masticando, se limpiaba los labios sin percatarse que su pegajoso brillo labial mantenía adherida una miga en la parte superior de su boca.

—¡Mira lo que tienes ahí!

—¿Alguien tiene un espejo que le preste? ¡Se los ruego!

Dell, impaciente, volvió a limpiarse con las mangas de su polerón, pero la miga seguía allí, siendo su peor enemiga por siempre.

—¡Estás muy roja! —agregó Rebeca, enterrando bajo diez capas su valor.

Julián dudó un segundo. Desde los once años había heredado la vieja costumbre de llevar un pañuelo de tela en el bolsillo. "Todo hombre debe cargar un pañuelo", le había dicho su abuelo. "Cuando te encuentres con una señorita que se sienta vulnerable, verás lo útil de tenerlo a mano."

—Toma —dijo el chico al final, compartiendo su pañuelo por primera vez.

—¡Oye! —exclamó Mariana—. ¿De verdad andabas con eso en el bolsillo?

Con los ojos rojos, Dellaysa tomó el pañuelo y lo refregó delicadamente en su boca. Luego lo extendió para devolvérselo al dueño.

—Tranquila, no creo que lo vuelva a usar —señaló la pelirroja y en una mirada demostró su asco.

—¿Por qué no? —preguntó él.

—¡Ay, tonto! Mejor vámonos. El timbre ya sonó.

Esa última mirada que le regaló Julián antes de tomarle la mano a su novia le hizo creer por un segundo que lo sucedido no fue lo peor. Pero Dellaysa no era tan optimista. Volvió a ponerse los audífonos fingiendo que su corazón seguía entero. Con las fuerzas que le quedaron en sus piernas temblorosas caminó en búsqueda del tacho de basura más cercano para desechar lo que quedaba del pastel. No fue sino hasta llegar al baño de mujeres y encerrarse en una caseta cuando logró soltar la pena contenida en un llanto silencioso. Sentada sobre el inodoro hacía creer al resto de las chicas que un malestar estomacal la tenía tanto tiempo allí. Al cabo de diez minutos, se encontraba completamente sola. Un poco más calmada, soltó sus manos empuñadas y pudo ver la marca de sus uñas enterradas en la piel. Ya no tenía caso entrar a clases, había perdido demasiado tiempo y no quería ser tan evidente. Necesitaba disimular un poco. Buena opción era ese inodoro, que en tal intimidad ya era casi parte de ella. Sobre su mano derecha permanecía el pañuelo que Julián le había entregado un momento antes. Lo miró con la palma abierta y los ojos llorosos. En un costado de la tela distinguió lo que parecía ser una letra. Estiró el género con cuidado y las iniciales J y G aparecieron bordadas con hilo dorado. Con la yema del dedo índice recorrió el relieve de las letras, lentamente, como si estuviera acariciando las mejillas del mismo Julián. Una nueva lágrima se deslizó despacio por su rostro, hasta detenerse en la hendidura que se le formaba bajo el mentón cada vez que sonreía.

Acercó el pañuelo a su nariz y aspiró con fuerza el aroma de su amado. Volvió a respirar tres veces más, llevando hacia sus adentros a Julián, incorporándolo infinitamente más en su ser, más de lo que ya estaba, de lo que siempre había estado. No podía odiarlo, ¡cómo después de ofrecerse para entregarle su pañuelo! ¡Cómo odiar ese aroma! ¡Cómo odiar esa última mirada compasiva! Pero qué vergüenza le daba cuando recordaba lo sucedido. la tierra se abriera para tragarla y no devolverla jamás. ¿Por qué no fue capaz de decir que no? ¿Por qué no era capaz de hacer algo aún ahora? ¿Por qué se escondía en el baño como si tuviera ocho años? ¿Será eso vivir la vida? ¿O será sólo respirar? En realidad ahora no quería ni siquiera respirar.

El sonido de "Crush" de David Archuleta la hizo estremecer: "Mamá llamando".

—Hola —atendió con la voz débil.

—¿Qué pasó?

—¿Por qué?

—¿Estás llorando?

—No.

—Dime la verdad. ¿Pasó algo malo?

—No —volvió a repetir un poco más creíble.

—Bien. Llamaba para avisarte que ya te deposité. ¿Irás después de clases al mall?

—Sí.

—Disculpa por no acompañarte. ¿Por qué no le dices a tu amiga que vaya contigo?

—No tengo amigas acá.

—¿Y esa chica? ¿Pamela?

—Ella nunca viene.

—Ah, bueno, debo cortar. ¡Que tengas un lindo día!

—Adiós —dijo y ya no sintió ganas de llorar.

Se levantó del sillón improvisado y en el lavamanos se limpió con agua las penas. Quedaban pocos minutos para que una avalancha de estudiantes se movilizara por la escuela. Así que dirigió sus pasos hacia la cafetería donde compró un paquete de galletas y una Coca Cola helada. Se sentó cerca de la escalera, en una banca que parecía estar lo suficientemente escondida y comió con culpa. Tocaron el timbre y sus mordiscos se apresuraron. Botó la basura en el tacho y con miedo avanzó hacia su salón de clases. Adentro de la sala el ruido era insoportable. El vecindario completo podía oír el ajetreo de las hormonas revoloteando limitadas únicamente por los cuerpos jóvenes. Mariana sentada sobre una mesa dejaba ver sus piernas, despertando el deseo de cada hombre que la miraba. Frente a ella se encontraba Julián, con los brazos extendidos y el ceño fruncido. Dellaysa no pudo evitar pensar que debía estar regañando a la arpía por haber sido tan inhumana con ella. Si no hubiese sido testigo de un beso de treinta segundos, su predicción podría haber tenido cabida. Decepcionada, se acomodó en su puesto y en un ágil movimiento liberó dentro de su bolso el pañuelo. Sin más que hacer y debido a que no le fácil fingir, sacó del bolsillo de su polerón el celular. Revisó una y otra vez las fotos que Pam había tomado hace meses: pedazos de boca, de pies, de manos, de Julián. Entre el ruido típico de los estudiantes sin profesor, distinguió la voz de su amado por entre todas las demás. Continuando con la farsa, no despegó la vista del teléfono, pero su atención entera la tenía cada palabra que salía de la boca del muchacho.

—Tuve que hacerlo —dijo Julián sentado tres puestos más atrás.

—¿Por qué? ¿Otra vez Mari-la-psicópata?

—Sí.

—¿Y hasta cuándo se lo vas a permitir?

—Ya hablé con ella.

—¡Oye, Galano, no sé cómo la aguantas! Aunque al mirar ese par de piernotas, que se meta en tus cosas no parece tan grave.

—¡Idiota! —exclamó sonriendo.

—¿Y escondías algo interesante? ¿Algo con culo y buenas tetas?

—No. Pero de todas formas odio que me revise las cosas. Lo peor es que habló con varios de mis amigos.

—¡Esa mujer sí que es de armas tomar! ¡Dale duro! ¡Bien duro, Galano! —se escuchó una palmoteada.

Dell, detenida en una foto que mostraba sus zapatillas, se mordió los labios.

—Cállate —respondió Julián sin dejar de sonreír.

—Entonces, ¿cuál es tu nueva cuenta?

—¿Tienes donde anotarla?

Sin darse cuenta, Dellaysa buscó una hoja de notas en blanco. ¿Qué estaba a punto de hacer?

—Julián stream veintiocho.

—¿Tienes cuenta , verdad?

—Sí.

Sin saber por qué o para qué, pero la tenía. ¡La cuenta de Julián era tan suya como el pañuelo azul cargado de perfume amaderado!

—Lamento la demora —dijo la profesora de historia mientras acomodaba sus libros sobre el escritorio —por favor, tomen asiento, comenzaremos con la clase.

Celular en silencio. Julián pasando por su lado, camino a los primeros puestos, dejando en el aire una nota de cedro y vainilla.

—¿Se acuerdan lo que estuvimos viendo la clase pasada?

Sólo una mano levantada. La de Irene Díaz, alumna que no fallaba

—Irene.

—La geografía mundial.

—Muy bien. Ahora quiero que todos... —mantuvo el silencio por unos segundos— Mariana, ¿puedes guardar ese espejo, por favor?

Sin cambiar de posición, Mariana alzó la mirada e hizo chocar el envase del espejo con exagerada fuerza.

—Como decía, proyectaré una imagen que quiero que ustedes puedan interpretar. Observen el siguiente mapa. ¿Alguien podría decirme qué representa?

Dos manos alzadas.

—Clara.

—¿Es un mapa del mundo?

—Obviamente lo es, Clara. Pero este representa algo especial. Volvamos a observar un mapa del mundo estándar. A ver —se habló a sí misma mientras retrocedía un par de diapositivas—, ¿lo ven?

—Sí —respondió un desganado unísono.

—¿Es completamente igual al que les estaba mostrando? ¿Qué diferencias pueden distinguir?

Hace un minuto que Dellaysa tenía la respuesta en su mente.

—El segundo está deformado. América del Sur aparece mucho más angosta que en el mapa estándar, al igual que África —precisó Franco.

—Muy bien. ¿Qué criterio representa, entonces, el mapa no estándar?

—Profesora.

— ¿Julián?

—Es la pobreza.

—¡Excelente! Para ser más precisos, el siguiente mapa representa la distribución de las riquezas, o en adverso, la pobreza de algunos continentes o parte de ellos. Si se dan cuenta, como dijo Franco, América del Sur, así como África, pasan de poseer un espacio geográfico amplio, a uno casi imperceptible. ¿Qué querrá decir eso, señorita Mariana?

—¿Perdón? —preguntó subiendo la cabeza rápido.

—Por favor, ponga atención a la clase y deje el celular de lado. Retomo, eso quiere decir que en dichos continentes no llega o llega muy poca de la riqueza producida en el mundo. ¿Algún comentario?

—¡Yo!

—Amanda.

—Se puede interpretar que el continente europeo, América del Norte y Asia son geografías muy enriquecidas, ya que en el mapa aparecen infladísimos.

—Exactamente —señaló la docente tan dulce como una madre lo hubiese hecho—. Para mí son como dos señoras gordas que se han alimentado muy bien.

Dell lo vio venir.

—¡Como Dellaysa! —refregó Mariana, tan ácida como de costumbre.

El curso completo enardeció en carcajadas. Con el único sentido que le sobrevivió al bombardeo, atinó a sonreír, simulando una victoria en tal magnífica derrota. Y por si acaso él quisiera acompañarla en este dolorido momento, echó un vistazo hacia los puestos delanteros. Pero Julián se había mezclado con el resto de sus compañeros. Ya no era él. A su pesar, lo encontró riendo, sacudiendo las manos para todos lados, haciéndolas sonar. ¿Cómo podía ocurrir que el mismo chico preocupado de ayudarla hace unos minutos, ahora la asustara tanto con esa filuda corrida de dientes? Al tratar de responderse, un suspiro helado le cayó por la boca, avisándole del torrente pronto a acontecer. Pero antes de que alcanzara a caer la primera gota por sus ojos, el director abrió la puerta.

—Jóvenes, necesito saber si alguno de ustedes es amigo de la señorita Bustamante, Pamela Bustamante.

—No, señor.

—Yo tampoco.

—No.

—¿Quién es Pamela, Mari?

—La rara.

—¿Seguro que nadie la conoce? —insistió el director.

—La conocemos, pero creo que nadie habla con ella.

No era el mejor momento para reconocer que Pam era su única y mejor amiga. ¿O sí? De todas maneras esas palabras tan grandes no le cabían en la boca.

—Bien. Quiero que me avisen si saben algo de ella. No he podido contactarla ni a sus padres. Es urgente avisarle que está a punto de dejar de pertenecer a este colegio.

—¿Qué le pasó a esa alumna? —preguntó la profesora.

—No ha venido a clases hace más de un mes. Es un comportamiento totalmente inaceptable.

Así pasó la clase de historia y el resto de las otras, con Dellaysa deseando que fueran las tres de la tarde y los comentarios referentes a las riquezas de los países del norte picoteándole las ganas.

Camino al mall inhaló una gran porción de aire y en su mente dibujó tres palabras con una : fin de semana. La imponente construcción, con las tiendas más vistosas de la ciudad, parecía ser la única entretención a varios kilómetros a la redonda. Entró y se encandiló de inmediato con las luces provenientes del suelo y del cielo. Un grato aroma a maní confitado la llamaba por su nombre, y como el día había sido una desgracia, quiso darse un regalo. Compró dos paquetes que todavía estaban tibios. Mientras avanzaba por los pasillos, vestía y desvestía a cada persona que estaba a una distancia óptima para ser analizada. ¿Qué será de ellos en la intimidad? Sí, es verdad que la muchacha luce un moño elegante y tacos que rompen el piso, pero ¿será su vida tan perfecta como su apariencia? ¿O será que aquella excesiva preocupación por el aspecto oculta un terrible vacío interior? ¿Y ese joven, por qué irá tan alegre mirando su celular? ¿Conversando con un amigo sobre lo acontecido en la última fiesta? ¿O recordando viejos tiempos con la ex novia? Era imposible detectarlo si no tenía su mirada puesta en el frente.

Llegó sin darse cuenta a la vitrina de su tienda preferida. Contempló un estiloso sweater gris con diseño aleopardado. ¡Era perfecto! ¿Lo tendrían en su talle? Había que averiguar. Olvidando los malos ratos y cuando el último maní del segundo paquete le recorrió la garganta, se acercó a una vendedora para preguntarle dónde podía encontrar aquella prenda en talle XL. La mujer la acompañó y amablemente buscó por ella el sweater. Sacó el más ancho y un cosquilleo le informó que la tela era peluda. Buscó desorientada el probador y entró luego de responderle la sonrisa a la vendedora. Dejó en el suelo su bolso y se sacó el polerón del uniforme. Se vio en el espejo y volvió a sentir un repentino malestar. Sin querer hacerlo y con un mal presentimiento naciéndole en el estómago, metió la cabeza en el agujero del costoso sweater. A pesar de ser XL estaba pensado de fábrica para una chica M. ¿Qué le pasaba a esos tipos?

No pudo evitar odiarse otra vez, con los pliegues de grasa escapándose por todos lados parecía un ridículo chiste. No ejerció movimiento alguno y naturalmente lloró como hace unas horas lo había hecho: en silencio y encerrada. No quiso ni tuvo el coraje de sacarse de encima la ropa, prefirió dejarla allí a la vista de cualquiera, a su propia vista. Sólo el atrevido desplazamiento de la cortina que realizó una despistada mujer despegó a Dellaysa del escándalo mudo que mantenía en el probador. Rápida se quitó el sweater y corrió desde la tienda a su casa, con el peso de su cuerpo estorbando y el calor evaporado en humo ardiente.

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