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La fuerza de una ilusión

Josefa tuvo que madurar rápidamente, pues era necesario. Aunque ella seguía haciendo cosas de niña, observando desde su mundo de muñecas debió comprender que los asuntos de la familia requerían su atención.

En algún momento de la década de los cincuenta, aquella niña soñadora que jugaba con los vestiditos de su muñeca, mi madre —que apenas contaba doce años en el año 1950–, comprendió que tenía que empezar a hacerse cargo de las tareas más sencillas del hogar. Ella era una niña y las niñas ayudaban en la casa: tenían que aprender para cuando se hicieran mujeres, y llegaran a ser amas de casa. Además, ella era muy despierta, y lo aprendía todo rápidamente.

Sus hermanos —suele ocurrir con los chicos— no maduraron tan rápido; ellos no tenían obligación de ayudar en la casa. Ellos eran niños. Por el contrario, a menudo se lamentaban de que Josefa era una mandona que siempre estaba poniendo orden, siempre diciéndoles lo que había que hacer, siempre intentando organizarlos... y lo peor es que además lo hacía sin ser la hermana mayor. Ellos no solían hacer caso a sus habituales peticiones, claro, pero no por eso Josefa dejaba de intentar mantener el orden; además de ayudar en las tareas del hogar en lo poco que podía, pues no era más que una niña.

Mi madre no fue al colegio. A lo más avanzado que llegó es a ir a casa de una señora del barrio que recogía a la niña y le enseñaba a leer y escribir y las cuatro reglas aritméticas básicas. Era una niña, y bastaba en principio con que aprendiese a realizar las tareas del hogar.

En 1946 mi abuelo se había jubilado como auxiliar en el Arsenal. Había empezado a cocinar todos los días, porque se le daba muy bien, como la mayoría de las cosas que hacía. Pero en lo económico comenzaron a estar un poco justos de dinero en la familia; así que tuvieron que adaptarse a la reducida pensión de Onofre. En aquellos tiempos mis tíos eran todavía demasiado jóvenes para trabajar y mi abuelo ya estaba retirado.

Tenían lo justo para vivir, pero no sobraba dinero para caprichos, ni para sueños; porque los sueños eran un lujo de ricos. Durante un tiempo, mis abuelos pensaron que los sueños quedaban prohibidos en la familia. Simplemente, no se los podían permitir. Los sueños costaban dinero.

Pero mi madre, esa niña, no podía dejar de soñar. Pretender que Josefa no tuviera ilusiones era como ponerle puertas al mar, como esperar algo imposible.

Así que, un buen día, ya con catorce años, Josefa le comentó a sus padres el interés que tenía por las cosas del coser. Su mundo de muñecas se había quedado pequeño y ella necesitaba otro mundo más grande en el que desarrollar su ilusión por la costura. La niña quería aprender, quería conocer. Quería crecer.

Esto era algo que no estaba mal visto. En los años cincuenta se había producido cierta relajación en las costumbres sociales respecto a la restrictiva década anterior. Que una mujer tuviera inquietud por la costura —una labor de mujeres, como enfermeras o comadronas o maestras de escuela— no estaba mal, al menos en Cartagena.

El problema era el dinero; pero se enteraron de que subiendo por la calle principal del barrio —la calle del Submarino— había una casa en la zona de San Félix en la que una señora enseñaba a mejorar las técnicas de coser. No cobraba mucho y podían permitírselo, bastaba con recortar un poquito de otros sitios.

Mi madre empezó a asistir a una casa de costureras junto a otras alumnas. Ella se sentía ávida por conocerlo todo, por aprender. Normalmente las alumnas cosían a mano. Se sentaban en unos taburetes pequeños, y cada una de ellas recibía un tablero que apoyaban en su regazo. El tablero era rectangular con una especie de recorte en el centro en forma de semicírculo para que les encajase bien en la cintura: allí se disponían los paños y las telas para practicar la costura. Mi madre era todo ilusión y se aplicaba cuanto podía. La señora tenía una máquina de coser, pero no la utilizaban mucho.

Y fue así que la joven Josefa se enamoró de ese mundo de pliegues y fruncidos; de ojales y jaretas, de pespuntes; de la cinta métrica en el cuello y mídeme la sisa; de hilo y aguja para asegurar un botón; de alfileres en la boca y cógeme los bajos de la falda; de patrones pintados con jaboncillo y córtame esa tela al bies...

En aquellos tiempos estaban muy extendidos los talleres de costureras, las fábricas de las obreras del hilo y la aguja, una industria floreciente que suministraba trajes y vestidos a las tiendas abiertas al público. Sus padres pensaron que quizá Josefa, en unos años, podría conseguir trabajar en alguno de ellos. Había entonces numerosos almacenes que vendían ropa. Estos establecimientos o bien demandaban productos de los talleres o contrataban directamente costureras, como Almacenes Carthago, en la calle Cuatro Santos y en las Puertas de Murcia; Almacenes El Águila, en la calle del Duque; Confecciones César, en la calle del Aire y algunos otros más.

Durante el periodo de la República, en los años treinta, la mujer se había comparado en igualdad de condiciones con el hombre, a menudo desarrollándose profesionalmente sin mayores problemas. Ese aspecto se había reflejado en sus vestidos al estilo europeo, con amplias hombreras, ceñidos a su cuerpo, pero con faldas algo por debajo de la rodilla. El influjo de las actrices del cine era notable. Muchas mujeres se maquillaban como estrellas del celuloide. También se buscaba la ropa práctica, incluso algo masculina, propia de una mujer que salía a la calle y trabajaba, como el traje sastre.

La moda y el papel de la mujer, sin embargo, cambiaron de manera drástica después de la guerra. En los cuarenta la moral dominante se volvió mucho más estricta y recatada. Asignaba a la mujer el rol de esposa y madre. Ama de casa, cuidadora de niños, encerrada en el hogar y con el objetivo principal de la maternidad abnegada. Las mujeres que salían demasiado de casa, leían mucho o tenían en mente otras labores diferentes estaban mal vistas, salvo en casos muy contados.

Los domingos mi madre solía ir a misa a la iglesia del Inmaculado Corazón de María. Cuando ya era un poco más mayor tuvo que empezar a vestirse adecuadamente, con la vestimenta al uso consistente en prendas oscuras, falda larga, medias negras y, por supuesto, mantilla.

La influencia entonces del catolicismo era muy fuerte y se prefirieron faldas muy por debajo de la rodilla, vestidos tradicionales, conservadores, más amplios para esconder la figura femenina, sin enseñar los hombros. Los escotes pronunciados no eran considerados decentes. Las medias negras se hicieron necesarias y, cuando no se tenía dinero para comprarlas, se recurría a diversos trucos como pintarse las piernas para que parezciera que las llevabas, utilizando mil argucias, como el hollín de un corcho quemado que tizna la piel.

Para volver al misterio
de las piernas,
los modistos han lanzado
al viento... de su clientela,
modelos de faldas largas,
las cuales puede que vuelvan,
y así ganará, lectores,
(no creo que nadie pierda),
además de la moral,
la ilusión que siempre alienta
en el hombre ante lo oculto,
aunque luego, la sorpresa
sea más bien un desengaño,
cuando no haya componendas.

El Noticiero de Cartagena, 13 de septiembre de 1947.

Los religiosos percibían la moda de Francia con desconfianza, como una mala influencia. España se intentaba cerrar ante las tendencias del diseño de París, pero era imposible. En medio de este panorama desolador, estaban las llamadas "chicas topolino". Las jóvenes hijas de las familias más pudientes mostraron un poco de rebeldía, dejándose seducir por la estética internacional, con trajes elegantes, algo escandalosos, con faldas por debajo de la rodilla aunque cortas para la moral del momento. Se las llamaba así porque esas chicas conducían automóviles: el topolino era el nombre de un coche italiano popular entre los que tenían dinero para pagarlo. Posteriormente, avanzada la década de los cuarenta, su estética se rinde ante el vestuario de las femmes fatales, como la Gilda de Rita Hayworth.

Por supuesto, para el resto de la población —que era la inmensa mayoría— no había derecho a la rebeldía. Faltaba lana y algodón, los tejidos escaseaban y nadie pensaba en tirar la ropa del pasado aunque ya no estuviera de moda. Se reaprovechaba, se reciclaba, adaptándola a los nuevos gustos. Las mujeres cosían en sus casas para darle una nueva vida a la ropa usada.

Las revistas para mujeres en los años cuarenta estaban fuertemente ideologizadas, por la influencia de la propaganda y la visión estrecha y atrasada de la mujer que tenía el Régimen. En las siguientes décadas estas publicaciones darían paso a otras más comerciales, menos adoctrinantes, que buscaban el entretenimiento como objetivo principal. Estas últimas contenían temáticas de decoración, recetas de cocina, consejos de belleza, sobre los hijos y todo lo que podía interesar a las mujeres en el hogar. A mi madre le gustaban El hogar y la moda y Ama.

Por supuesto, también había revistas exclusivamente de moda y costura, con numerosas fotos de vestidos. Estas publicaciones comenzaron a circular y, cuando los pobres las ojeaban, por un momento soñaban despiertos con otros mundos posibles, mundos de lujo y belleza más allá de lo imaginable en el que el estómago siempre estaba lleno y se podía ser feliz.

Pero, entre todas las revistas, la preferida de mi madre era Burda. La revista creada por Aenne Burda era la mejor. A pesar de ser una publicación de origen alemán, podía leerse traducida al español. La idea de la señora Burda fue crear una revista de moda para las familias más modestas, que no tenían los recursos para adquirir esos vestidos tan sofisticados. Lo importante es que incluía patrones y, si alguno de los vestidos de las fotografías te gustaba y eras un poco hábil, podías hacértelo tú. Por si esto no fuera suficiente, los patrones venían adaptados a diversas tallas. A mi madre le encantaba, no tenía dinero para comprarlas todos los meses, pero de vez en cuando adquiría alguna.

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Tags: #biografia