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De costurera a modista

Mi pobre abuela se había quedado viuda e iba a planchar a las casas de los oficiales de la Armada. Para ella, acercándose a los cincuenta años, suponía un esfuerzo considerable; pero allí aprovechaba para comentarle a todo el mundo lo buena costurera que era su hija.

Después de perseverar un poco, consiguió que la esposa de un teniente de la Armada española, siempre muy atareada, con tres hijos y embarazada de otro más, se interesara por sus servicios. Ese fue el primer trabajo remunerado que tuvo mi madre. Josefa entonces apenas contaba 17 años, pero era bajita, estaba delgada y parecía más joven de lo que era en realidad. Aún recuerda su primer día de trabajo. La señora de la casa se quedó mirando, escrutándola sin disimulo:

—¿Tú eres la costurera? Yo he pedido una mujer y tú... tú eres solo una niña.

Pero enseguida empezó a demostrar toda su valía. Mi madre confeccionó la ropa de los tres niños y preparó la del cuarto por venir... La señora estaba sorprendida por la profesionalidad con la que mi joven madre manejaba la Singer: quizá, después de todo, contratar los servicios de «esa niña» había sido una buena idea.

Cuando nació el hijo que esperaba, descubrieron que presentaba dificultades. El recién nacido necesitaba continuas atenciones de su madre, y la joven Josefa se hizo imprescindible. No hay ni que decir que mi madre, «esa niña», no defraudó. Siendo novata, a veces se equivocaba, pero se esforzaba mucho y trabajaba con pasión. Consiguió ganarse el respeto de la señora. Además, no le faltaba valentía: ella siempre se atrevía a todo...

—Josefa, tengo esta tela y le he explicado lo que quiero: ¿usted se atreve a hacerlo?

Para aquella pregunta, que llegó a hacerse habitual, mi madre tenía siempre la misma respuesta. Por supuesto que se atrevía. Josefa siempre lo intentaba.

Pronto surgieron nuevas clientas. Empezaron a llamarla las hijas y las esposas de los comandantes del Arsenal. Sus primeros trabajos, hay que decirlo, reflejaron la falta de experiencia, pero en solo unos meses las cosas empezaron a mejorar y la joven costurera comenzó a asombrar a sus clientas con su talento natural para el hilo y la aguja. Ella era pura intuición. Improvisaba, se adaptaba y aprendía sobre la marcha...

Me contaba mi madre que había una clienta que siempre decía lo mismo:

—Josefa, es usted maravillosa. Usted y yo vamos a montar un taller en la calle Mayor. Yo pongo el dinero y usted pone el talento y el trabajo.

Pero no era más que el comentario de una clienta entusiasmada. Solo buenas palabras. Mi madre sonreía y nada más. De sobra sabía que esa señora no disponía de liquidez suficiente para iniciar un negocio tan ambicioso.

Durante toda la semana, mi madre recorría la ciudad de punta a punta visitando los domicilios de sus clientas. Cada día visitaba a una distinta. No daba abasto. Recorría toda Cartagena: la calle del Aire, la muralla del Mar, o, incluso, la propia Base de Submarinos de la Armada. Iba a sus casas y allí, en el taller con la máquina de coser que tenían preparada, acordaba con la clienta lo que quería que hiciera, la tomaba medidas a ella o a sus hijos, y confeccionaba en casa de la clienta el vestido con la tela que proporcionaban. Naturalmente, la máquina era siempre una Singer, una máquina que conocía muy bien. Al final, probaba sus creaciones y ajustaba lo necesario para dejar la prenda lista para lucirla.

Era un mundo en el que sabía moverse. Las clientas llegaban por recomendación, por el boca a boca. Ellas se conocían entre sí. A menudo, alguna maliciosa, intentaba sonsacarla sobre la vida de otra clienta. Chismes y cotilleos, pero en esos casos mi madre actuaba profesionalmente: callaba y no soltaba ni una palabra. Bien sabía que si se ganaba fama de indiscreta perdería a casi todas sus clientas.

Y fue así como, gracias al éxito de mi madre y lo que aportaban sus hermanos, mi abuela pudo dejar de planchar a domicilio y empezar a disfrutar de una vida un poco más confortable, a pesar de su reducida pensión. Sus hijos, esos hijos que tanto le había costado sacar adelante, ahora tomaban el relevo.

Una vez me contó mi madre que tuvo que confeccionar una chaqueta de sastre muy difícil. Era de invierno y a rayas. Al final, tras mucho esfuerzo y un trabajo concienzudo, la clienta quedo muy satisfecha y la felicitó efusivamente.

En otra ocasión, tuvo que vestir a una niña con una tela de cuadritos rojos. La clienta pidió un traje de nido de abeja. Salió tan bien que en años posteriores lo hizo siempre que tuvo la oportunidad. Muchos años después, su hija (mi hermana) tendría uno; también sus nietas, es decir, todas las niñas de nuestra familia recibieron una copia del vestidito.

En otra oportunidad, confeccionó un traje globo para la hija de un comandante de la Armada muy difícil. Siempre trabajaba siguiendo las indicaciones de sus clientas hasta que, un buen día, empezó a ser algo más que una costurera:

—Josefa, tengo esta maravillosa tela de vichy, ¿qué me sugiere usted?

Mi madre no lo dudó. Ella era así. Tomó un lápiz y un papel y comenzó a bocetar. Diseñó un elegante vestido de fiesta... Fue un éxito. Su clienta, la esposa de un comandante, quedó encantada y lo estrenó en una visita al Club Náutico, en el que las familias de los oficiales lucían sus mejores galas.

En la vida nunca se sabe. A veces se pasa mal y la vida parece como un oscuro túnel sin fin, del que parece que nunca vas a salir. Pero ocurre que, un buen día, tarde o temprano, la fortuna te sonríe y simplemente sales del atolladero, y las condiciones mejoran. Tus esfuerzos comienzan a dar frutos y puedes empezar a levantar cabeza. La economía de la ciudad se movía y era posible ganarse la vida.

Tan bien le iba a mi madre que hasta le salió un pretendiente. Las casas de los comandantes de la Armada española eran grandes. En ellas cada uno de los sirvientes tenía un área de trabajo: criadas que atendían la casa y limpiaban, cocineras, planchadoras... Su puesto era el de modista. Puntualmente, cuando estaba cosiendo, la criada o la cocinera traían una bandeja a su puesto de trabajo con algo para que comiese rápido y pudiese seguir cosiendo sin perder el tiempo. Se solía llevar bien con sus compañeras. Un día, una de ellas dijo algo que la dejó sorprendida:

—Me he enterado de que le gustas al repostero. Tú ya te has dado cuenta, ¿verdad?

Mi madre respondió sin darle importancia al tema, como si el asunto fuera irrelevante; pero —sin duda— pensó que este era un tema que había que estudiar detenidamente.

En las casas de los comandantes siempre había algún recluta que estaba cumpliendo el servicio militar en Cartagena, y que servía en la casa de algún mando para ahorrarse unas cuantas guardias aburridas. A cambio de eso limpiaba el metal y hacía de chico de los recados. Estos reclutas que servían en las casas de los mandos eran llamados popularmente «reposteros».

Así que, un día, Josefa se hizo la encontradiza con el chico, pero no hubo fortuna. Y es que era tan tímido que, cuando la veía, se callaba y se ponía colorado. Se cortaba, vamos. Lo intentó alguna vez más, pero fue imposible. ¡Una pena! O no. Bueno, en mi caso he de decir que ¡una suerte!, y es que tengo que confesar que en otro caso podría haber ocurrido que yo no naciese... No soy objetivo en el asunto, no.

Tenía tantas clientas que un buen día ocurrió algo tan inesperado como sorprendente; aunque, si se piensa un poco, era lo normal, el siguiente paso lógico a dar para una modista con éxito. La esposa de un comandante se lo dijo:

—Si no le importa a usted, Josefa, le recomiendo una amiga mía que quiere conocerla a usted. Trátela bien. Carmencita es la hija del Almirante.

—¿El Almirante? ¿Cuál es su dirección?

—No se preocupe por eso. Un coche oficial irá a su casa a recogerla.

—¿Un coche oficial?

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