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≡Parte única≡

    Haise Sasaki, se sentía incompleto. No era de extrañarse, considerando que prácticamente todos sus recuerdos estaban perdidos. Pero aún así, le molestaba de cierta manera. De verdad quería encontrarse con alguien que lo conociera, quién fuera.

    Con eso en mente, salió a pasear por las calles de Tokio. En su momento, no pensó lo peligrosa que se había vuelto la situación gracias a los ghouls. De todas formas, no es como si pudiera quedarse en su casa para siempre. Ya nadie hacía eso.

    ¿Estaba mal esperar encontrase con alguien pronto? ¿Alguien que le dijera Ey, Haise, soy x persona, ¿me recuerdas?”? Para nada. Muchos harían lo mismo, de estar en su lugar. Lastimosamente, eso no pasó. Estuvo caminando por más de dos horas de forma inútil, pues nadie se tomó la molestia de siquiera voltear a verle. A veces, las personas se concentran demasiado en sus propios asuntos.

    Se preguntó a sí mismo qué tan solitario había sido, antes de perder la memoria. Tal vez, aquella era la respuesta. Pero no se rendiría tan fácilmente, no dejaría de intentar. Estaba camino a  casa, cuando de repente, pudo oír una risa a lo lejos. Alegre, suave pero descontrolada al mismo tiempo. Alzó la vista y lo vió. Un joven azabache, reía sin parar, sentado al borde de la azotea de un alto edificio abandonado. Dándole la espalda al vacío.

    Dándole la espalda a la muerte.

    Se alteró sin poder evitarlo, ¿qué estaba haciendo ahí? ¿pensaba tirarse? Antes de que pudiera pensarlo, sus piernas ya se movían solas, corriendo escaleras arriba. Su mente estaba nublada, por un único pensamiento.

“Espero que no sea ya demasiado tarde.”

    Exhausto, logró llegar a la parte más alta. Abrió la puerta y ahí, ahí estaba, aún quedaba tiempo. Un precioso muchacho, cuyas carcajadas, sonaban forzadas. Era raro, para qué mentir, desde su ropa grande, hasta sus costuras. Pero a los grises ojos de Haise, la palabra "raro", podía ser sustituida por "especial" o "único". Sí, eso le quedaba mejor.

    Dio unos pasos al frente, alertando al otro de su presencia. Aquel dejó de reír, quedando su rostro con una extraña mueca, que, quizás, intentaba parecer una sonrisa. Se veía tan falso...

—¿Estás bien? —fue lo primero que el más alto pudo articular. Apenas un par de segundos fueron suficientes, como para hacer que se diera cuenta de que acababa de preguntar una estupidez.

    El aludido, ensanchó su sonrisa.

—Sí —respondió con simpleza. De cierta forma, le causaba gracia ver el efecto que provocaba en las personas. Aunque, también, sentía curiosidad. ¿Desde cuándo los desconocidos se preocupaban por él? Decidió preguntar —¿Por qué?

—¿Eres consciente de que puedes caer en cualquier momento? —y le contestaba con otra pregunta. Genial.

—Sí. Realmente no me importa —se sinceró. La expresión de Haise, lo dijo todo.

—¿Vas... a tirarte? —casi se enoja al ver "fingida" confusión, en la cara del otro.

—¿A qué te refieres?

—Sabes de lo que hablo —reprochó —Pero no tienes que hacerlo. Mira, no te conozco y no sé por lo que estés pasando, pero déjame decirte que todos los problemas se pueden solucionar y que, de seguro, tienes a alguien que se preocupa por ti. Al menos una persona.

   El de cabello negro, abrió ampliamente los ojos. Así que a eso se refería. Las risas, volvieron a llenar el ambiente. Al menos, estas sonaban más sinceras que las anteriores. Sasaki comenzó a cuestionar la salud mental del joven que tenía frente a sí.

—¡Con que de eso se trata! —exclamó, luego de recobrar la compostura —Vaya, ¿de verdad pensaste que yo...? —sin poder evitarlo, volvió a reír un poco más.

—¿Qué pasa? ¿Tan equivocado estoy?

—Bastante, sí. A todo esto, no me has dicho cómo te llamas  —mencionó.

—Sasaki Haise —esperó unos segundos, a que el otro se presentara también. En lugar de eso, obtuvo una mirada curiosa —¿Qué? No es un nombre tan extraño.

—Lo sé, lo siento. Es que me recordaste a alguien, eso es todo. Soy Suzuya Juuzou, por cierto.

    Sin tener algo mejor que hacer, fue con él, apoyándose para mirar la ciudad desde la lejanía. Había buena vista desde allí, eso no podría negarlo. Tal vez, por eso Suzuya se había metido en ese sitio en primer lugar. Lo miró.

    Sus grandes ojos rojos, no estaban dirigidos a la ciudad, sino al cielo. ¿Qué le llamaba tanto la atención? Las tonalidades violetas, con el montón de estrellas, eran habituales, rara vez cambiaban. Volvió a mirar la ciudad. ¿Cambiaba seguido? No. Quizá, el otro ya la había visto montones de veces y se había aburrido de ella.

    Sonrió. Incluso si no era un conocido, si no estaban hablando hasta el cansancio, su compañía resultaba cómoda, de alguna forma. Eso era suficiente.

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