Chào các bạn! Vì nhiều lý do từ nay Truyen2U chính thức đổi tên là Truyen247.Pro. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền mới này nhé! Mãi yêu... ♥

Preludio


NOTA: HOLA!!!!!!!!!! Como verán, ya comienza el punto de quiebre yyyy me encantaría que me digan, aparte de qué opinan de lo que pasa, quiénes están leyendo esta historia. No me importa que no voten o no comenten, con un "Yo leo" me conformo. Quiero conocerlos y que sepan que aunque la historia es muy importante para mí, si ustedes no estarían del otro lado seguro que no habría avanzado tanto con la trama. Haré mi mejor esfuerzo para terminarla dignamente y una vez que eso suceda, también espero contar con ustedes para saber en qué debo concentrarme cuando la reescriba (porque lo haré), edite y publique (porque lo sueño). Sin más, que disfruten de este pequeño preludio. Un abrazo <3 





Según lo acordado, el papá de Emilia la buscó para llevarla al cine. Habían decidido pasar algo de tiempo juntos, sin nadie que pudiera intervenir; era el momento de tener un rato a solas.

La muchacha se despidió de sus tíos y salió a la calle, encontrándose con un taxi estacionado y Héctor de pie al costado de la puerta trasera que la esperaba abierta.

Un poco extrañada de que no usara su propio auto, subió con una sonrisa y el corazón extrañamente ansioso. Estaba un poco nerviosa porque sería la primera vez, desde su reencuentro, que podrían tener una charla padre e hija. Se notaba que él compartía algunas emociones pero lograba disimularlas con más naturalidad.

Vieron una comedia porque era la mejor opción para la ocasión y luego fueron a una cafetería para ocupar una mesa en el lugar más tranquilo y resguardado, una esquina iluminada con luz tenue. Pidieron dos licuados con tostados y, una vez solos, se miraron con cierta incomodidad.

—Gracias por venir.

Emilia sonrió. Era una frase correcta, pero sentía que estaba de más.

—Gracias por volver —respondió mirando el servilletero, incapaz de ver el efecto de sus palabras.

Se creó un silencio tenso, en el que la joven se dedicó a separar los sobres mezclados de azúcar y edulcorante. Héctor solo la miraba, abriendo de vez en cuando la boca y cerrándola ante la aparición de mejores opciones. Finalmente se decidió.

—Lo siento mucho. Si tan solo pudiera saber lo que es mejor para ti, lo haría.

La muchacha, que justo terminaba con su tarea autoasignada, levantó la vista.

—Lo sé. Lo sé —Forzó una sonrisa que fue correspondida con igual empeño.

—Aquí tienen. Que disfruten su merienda —comentó la moza mientras depositaba el pedido con prisa, como si sintiera la energía tensa de la conversación.

—Gracias —respondieron al unísono.

La ventana, que estaba al frente de la mesa, mostraba a la gente que pasaba por afuera, totalmente ajena a ellos. La noche comenzaba a caer y el viento mecía las hojas de las palmeras del estacionamiento que podía divisarse desde allí.

—¿Sigues pensando en irte...?

—Sí —lo interrumpió—, me iré la capital en dos semanas.

—Bien. ¿Qué harás?

—Trabajaré.

—¿Dónde vivirás?

—Alquilaré un departamento. Mis tíos ya están viendo un par de opciones. Su primera condición fue que les permitiera encargarse de eso.

—Eso me deja más tranquilo. ¿Podré visitarte? ¿Aceptas que te ayude?

—Sí... me encantaría.

—¿Vivirás sola?

—Sola. Quiero estar... sola.

Emilia estaba por decir que quería estar lejos de sus tíos y de sus vecinos. No quería ponerlos en riesgo.

Héctor se limitó a asentir con una sonrisa ladeada.

—¿Es verdad que estás saliendo con el menor de los Lucón? Pregunto por lo del otro día.

Una fuerte tos cortó con la atmósfera tranquila del lugar e hizo que todos se voltearan hacia la joven que se tapaba la boca mientras trataba de recuperar la normalidad. Emilia, que se había ahogado con el licuado al tragar mal, se deshizo en ademanes. Estaba más preocupada en corregir a su padre que a su respiración.

—No... cof,cof... eso no —respondió con la voz cortada. La imagen del chico del sauce y el recuerdo de la canción que le había dedicado se instalaron en su mente en perjuicio de su estado.

Tomó un sorbo grande de agua y se secó las lágrimas que se habían amontonado en sus ojos a causa del esfuerzo. La mueca divertida de su padre no ayudó a que este último líquido pasara bien, y la tos volvió con igual ímpetu.

—Hablemos de otra cosa o terminaremos en urgencias —comentó con sorna disimulada antes de terminar su bebida.

*****

—Listo.

Julien cerró la valija y la colocó al costado de la puerta de su habitación. Diana estaba sentada sobre la cama, perdida en sus pensamientos.

—Te extrañaré mucho —le dijo para traerla a la realidad.

Ella pestañeó y se volvió hacia él, y luego hacia la maleta lista para partir en su compañía.

—Ya te estoy extrañando —respondió con los ojos húmedos.

Cortó la distancia y abrazó a su hijo con fuerza. Jamás pensó que sería el primero en irse de la casa. Aunque solo sería por casi dos meses, su corazón de madre le decía que debía preocuparse. Estaba claro que no era el viaje de placer y distensión que le habían explicado con tanto énfasis. Por lo menos, Chester lo acompañaría durante la primera semana. Algo tramaban a espaldas de sus padres, algo que era tan grande como un elefante en la cocina.

Bajaron las escaleras sin ningún apuro. Abajo esperaban Chester y Octavio.

—Llamen todos los días, avisen dónde están, con quién, qué hacen...

—Sí, mamá.

—Si no lo hacen llamaré a la policía e iré personalmente a buscarlos. ¿Me entienden?

—Fuerte y claro —comentó Julien.

—No me guiñes el ojo porque no sé si me dices la verdad o te burlas de mí —expresó enfadada, señalando con el dedo a su hijo menor.

—Chicos, obedezcan a su madre.

Ambos asintieron y les dieron un último abrazo antes de partir. La puerta de la casa no se cerró hasta que los jóvenes desaparecieron en el auto de Baltazar.

*****

Cuando Emilia regresó a su casa, feliz por haber pasado una tarde en compañía de Héctor, se encontró a su tía consolando a Diana, quien lloraba en su cocina como si hubiera ocurrido una tragedia. Su corazón se paralizó ante la escena. Se acercó rápidamente y le puso una mano en el hombro para que la mirara.

—Se fueron.

—¿Quiénes?

—Mis hijos.

—Son vacaciones, tranquila —repitió Marina lo que tantas veces le había dicho a su amiga—. Los chicos necesitan este tipo de viajes.

—Y me dijeron que tú también te vas, ¿por qué todos nos dejan?

En ese momento, la joven dejó escuchar y se sentó, sin poder comprender por qué no le habían dicho nada.

—¿A dónde se fueron?

—Con Baltazar, dicen que lo conoces. Dime si es alguien de fiar —la sujetó de los hombros en un intento de aferrarse a algo.

—Sí... es un amigo nuestro. ¿Pero a dónde van?

—Un viaje. Un viaje... un viaje... solo eso me dijeron. Quieren conocer el país o algo así. Yo no le veo sentido. ¿Y con qué dinero? Ches tiene algo ahorrado, pero no creo que les alcance. Rechazaron nuestra ayuda. Se van con ese desconocido que no me inspira confianza. ¡Emilia, debes hacerlos recapacitar! Por favor, te lo suplico. Hoy se fueron a su casa y parten a la madrugada. No quisieron que vayamos a despedirlos... todo es tan extraño, tan repentino.

La mirada de las dos mujeres la presionaban tanto que estuvo a punto de confesar parte de la verdad. Seguramente tenía que ver con el entrenamiento.¿Por qué tan rápido y sin explicaciones?

—Necesito... hacer una llamada.

Corrió por las escaleras y, al llegar a su habitación, marcó el número de Ícaro. Al segundo tono le respondió con calma y le explicó que estaba con ellos. Al día siguiente partirían y sí, tenía que ver con su formación.

—Si quieres puedes venir a despedirlos. Hay pizza.

No lo pensó dos veces. Pidió un taxi, luego de bañarse y esperar a que Diana se fuera, y se marchó hacia la dirección que le dieron. Su tía le pidió que averiguara la verdad para tranquilizar a los Lucón, lo que la obligó a prometer algo que no podía cumplir. Una traición más que la hacía revalorizar la importancia de irse. Si permanecía allí no solo iba a tener que convivir con esta clase de mentiras, sino que también lo haría con el peligro de exponerlos a futuros ataques.

La noche corría a su lado a medida que viajaba por la ciudad, de una punta hacia la otra. El barrio al que estaba llegando, tenía casas grandes con profundos jardines. El auto se detuvo frente a unas enormes rejas negras, con puntas de flor de lis en su cúspide. Usó casi todo el dinero que llevaba para pagar el viaje, y se paró frente al portero eléctrico, pensando en cómo haría para volver. Tocó el timbre y empujó la puerta metálica cuando escuchó el sonido para pasar.

Una vez que ingresó al lote, se maravilló por el olor de las distintas flores que poblaban el jardín. Solo había un árbol, un viejo limonero se alzaba a mitad de camino, rodeado de calas y rosas blancas. A varios metros, la puerta principal se abrió.

Apuró el paso y saludó a Ícaro con un abrazo inesperado para el chico. Luego pasaron hacia un amplio living. La casa era de notable antigüedad pero se encontraba bien conservada y modernizada. El contraste entre sus años se evidenciaba en el alto techo del que colgaba un enorme candelabro que en algún tiempo sostuvo velas, pero ahora cargaba con luces eléctricas. Los sillones, blancos y de cuero, estaban ocupados por Julien y Chester.

Emilia trató de concentrarse en los hermanos, aunque los cuadros llamaban su atención a gritos. La sala estaba llena de objetos de arte que seguramente Jorge ansiaría ver. Además, no sabía qué podía decirles. Esperaba que ellos tomaran la iniciativa a pesar de que ella fuera la interesada.

Baltazar apareció desde lo que posiblemente sería la cocina. Traía consigo una botella de vino de apariencia costosa y la descorchó una vez que estuvo junto a ellos. Ágatha lo siguió, trayendo copas de cristal sobre una bandeja antigua.

—Quiero que brindemos por esta noche. Estamos unidos, somos fuertes y nadie nos apartará de nuestra misión.

Todos aceptaron sus copas que fueron llenadas. Luego de elevarlas, bebieron como si el líquido cerrara alguna clase de pacto. El estómago vacío de la joven protestó ante la graduación alcohólica que llegaba sin respiro. Una vez que terminó su contenido, miró hacia Julien, por instinto, y sus ojos se encontraron. El chico del Sauce todavía no acababa con la suya que permanecía casi llena. Se observaron durante un corto silencio, sin saber si sería la última vez que lo harían o cuán diferentes estarían en la próxima ocasión.

Al minuto, la voz de Baltazar rompió el hechizo.

—Julien, si no la terminas, no saldremos de aquí. Quiero saber qué tan grande es tu sed.

El joven levantó su copa y bebió hasta el último sorbo, para luego extender el brazo pidiendo más. Su mentor sonrió y se acercó con la botella en señal de su ofrecimiento.

Afuera, el rocío de la noche bañaba los pétalos de la flores del jardín. Sería una larga noche; un largo preludio para la obra que estaba a punto de comenzar, y que los requeriría como intérpretes durante quién sabe cuántos movimientos. 

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro