Capítulo 51
Sigurd se encontraba boquiabierto. Ya era bastante extraña la forma en que Theodor veía el mundo. Ahora Elizabeth rescataba a un desperdicio de la sociedad sin ni siquiera dudarlo ¿Cómo los estaban educando sus padres?
―Gracias, gracias― el enano tomó la mano de la niña intentando expresar la gratitud que sentía.
Sigurd al ver esto no sabía si intervenir o no; por un lado, el enano podría ser peligroso y por el otro si escalaba un conflicto ¿Qué podría hacer un cobarde como él? Pero pronto el enano soltó a la niña.
―Perdón señorita ¿dónde están mis modales? ― se disculpó Doblin intentando limpiarse las manos en los harapos que utilizaba como ropa.
Theodor, quien iba por la mitad de su pincho, notó lo que acababa de suceder. Mirando entre su mano y el enano soltó un suspiro al llegar a la conclusión de lo que debía de hacer. Dándole un último y pequeño mordisco a uno de los pedazos de carne estiro su manita ofreciéndole a Doblin lo que quedaba de su pincho.
Los ojos del enano y de Sigurd se abrieron al ver que el niño también había decidido compartir su comida. Postrándose en el suelo, con la frente tocando el pavimento, Doblin volvió a agradecerles a los pequeños el gesto de generosidad.
Enseguida el enano se levantó y empezó a devorar los pedazos de carne que le habían dado. Nunca en su vida había comido algo tan delicioso.
―Listo― dijo Elizabeth sacudiendo sus manos empezando a caminar en otra dirección.
―Eli espérame― dijo Theodor limpiándose la grasa de su boca en la manga de su camisa.
Los dos pequeños pronto se convirtieron en el centro de atención en el mercado de pulgas. Por un lado, estaban sus extravagantes y coloridas ropas hechas con flores; y por el otro, estaba el intimidante nerthus que los seguía a todas partes comprando cada cosa que les llamaba la atención.
Darthañan y Frigglene se dirigieron al mercado de pulgas cuando terminaron las compras que consideraron pertinentes. Y mientras caminaban buscando a Sigurd, pues esperaban poder identificarlo entre la multitud, empezaron a escuchar a las personas a su alrededor.
―Esos jóvenes amos deben de ser nobles de las islas altas― dijo un voidmaw que estaba haciendo fila para comprar el curioso pincho de ferampig.
― ¿Qué haría un noble de las islas altas trayendo a sus hijos a un basurero como este? ― pregunto un canogon de color marrón semi rosado.
―Sí, nunca en mi vida he visto a un noble que se preocupe por la gente de la calle― respondió una mujer canogon de color gris.
Darthañan levanto una ceja al escuchar ese último comentario. El trabajo de los nobles era administrar las tierras para cuidar de todos los ciudadanos.
―Deben de ser hijos de algún comerciante rico― dijo un enano que tenía su rostro adornado con lo que parecían cuatro bigotes.
― ¿Y cuando has visto que los comerciantes les enseñan a sus hijos a regalar dinero? ―pregunto una yintreck viendo al enano como si fuera estúpido.
―Pero si no son hijos de nobles ni de comerciantes ¿Cómo es que tienen esas finas ropas y tanto dinero?
Las orejas de Frigglene se movieron al escuchar esas palabras. Algo dentro de ella le empezaba a decir que estaban hablando de sus hijos, pero por alguna razón sentía que no eran buenas noticias.
―Frig, ahí está Sigurd― dijo Darthañan señalando al enorme nerthus.
Cuando se acercaron lo suficiente pudieron ver como los dos pequeñines caminaban enfrente de Sigurd entregando pinchos de comida a la gente que veían tirada por la calle. El Nerthus, quien cargaba la enorme bolsa de donde los niños sacaban los alimentos, de vez en cuando cambiaba los pinchos cuando Tod o Eli entregaban algo que la persona no podía comer. Una fila de más de veinte indigentes los seguía de cerca.
― ¿De dónde sacaron tanto dinero? ― Frigglene le pregunto a Darthañan sin entender como habían comprado todos esos alimentos. Si su esposo les había dado tanto no tendrían para subsistir durante el viaje.
―No fui yo― respondió Darthañan entendiendo el significado de la pregunta de su esposa.
― ¡Papi, mami! ― gritaron los niños al ver a sus papas.
La multitud de pronto se abrió, dándole paso a los dos pequeñines. Ni Darthañan ni Frigglene supieron cómo reaccionar, pero al ver a sus hijos corriendo para abrazarlos no dudaron en devolverles el abrazo.
Viendo toda la atención que tenían sobre ellos Darthañan decidió que era mejor no seguir en ese lugar.
―Vámonos, ya casi es la hora del almuerzo― dijo alzando a Elizabeth.
Frigglene asintió y cuando iba a cargar a Theodor se dio cuenta de donde había salido la idea de todo esto.
―Theodor, cuando realizas cosas buenas no tienes que esconder tu brazo derecho― dijo Frigglene viendo que el pequeño estaba imitando a Laxus.
―Si mami― respondió Theodor sacando su brazo de su camisa.
Enseguida los dos salieron del mercado de pulgas cargando a sus hijos. Sigurd y los veinte tantos pordioseros caminaban detrás de ellos.
Llegando a una de las plazas interiores de Gorudo, Darthañan no pudo aguantar más deteniéndose y preguntando: ― ¿Qué quieren? ― ser seguido en silencio por tantas personas sospechosas lo estaba poniendo nervioso.
Sigurd se movió a un lado dejando que tanto Darthañan como Frigglene pudieran ver a quienes los seguían.
Todos los vagabundos se detuvieron arrodillándose en silencio. Todos estaban flacos y sucios, el olor que se desprendía de sus cuerpos apestaba.
―Les pregunte ¿qué quieren? ― volvió a decir Darthañan un poco exasperado. Esto no era exactamente viajar en perfil bajo.
Ninguno de los indigentes hablo. Doblin uno de los enanos entre los mendigos apretó sus puños y se armó de valor.
― ¡Queremos servir a la familia de los jóvenes amos! ― gritó Doblin debido a los nervios que tenía
Darthañan volteo a ver a su esposa, primero Sigurd y ahora todas estas personas. ¿Qué carajos pasaba con sus hijos?
Frigglene alzó sus hombros indicándole que tampoco sabía qué hacer.
―Solo si están dispuestos a entregarnos su sangre de forma voluntaria los recibiremos― proclamo Darthañan una vez decidió que tanto aceptarlos como rechazarlos era una mala idea.
La forma en que lo pensó fue que el hecho de entregar su sangre de forma voluntaria haría que todas estas personas reconsideraran su decisión. Practicamernte estarían volviéndose sus esclavos y ninguna persona cuerda estaría dispuesta a entregar su libertad por un poco de comida. Sigurd era una cosa, pero encontrar más locos era poco probable.
Y como Darthañan lo predijo varios de los indigentes empezaron a levantarse y caminar con los hombros agachados y signos de tristeza en sus rostros. Uno a uno empezaron a irse las personas; sin embargo, al contrario de lo que llego a pensar Darthañan dieciocho seres permanecieron arrodillados frente a él.
―Estoy hablando enserio― dijo Darthañan sacando un pequeño cuchillo de acacia mágica que guardaba en su cinturón.
― ¿Los va a matar? ― pregunto Theodor preocupado al ver a su papá sacar el cuchillo.
―No cariño ¿Cómo se te ocurre? Va a realizar un contrato como el de Sigurd― respondió Frigglene rápido para que las palabras de su hijo no causaran un malentendido.
Ninguno de los mendigos se movió. Había cosas peores que servir bajo alguien de buenos principios. Además, se habían resignado a vivir en la calle. Muy bien sabían que de encontrarse en el reino de Zhenkster habrían muerto como esclavos hace mucho.
Darthañan soltó un suspiro, resignado le paso la pequeña Elizabeth a Sigurd y comenzó con los procedimientos para realizar el contrato con los dieciocho individuos que de ahora en adelante les serian leales.
Seis voidmaws, cinco enanos, cuatro canogons y tres yintrecks.
Aunque los costos de viaje se incrementarían considerablemente esta era la inversión que deberían de pagar para reunir nuevas fuerzas para protegerse de sus enemigos.
Y así el día terminó con la adición de nuevos miembros.
En el olvido quedo el hecho de que Sigurd había sido el que patrocino con sus propios fondos la donaton de los pequeños. Nadie nuca se entero.
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