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Capítulo 42

A la mañana siguiente en uno de los comedores dispuestos para la tripulación Sigurd se encontraba mirando el paisaje con la mirada perdida. A diferencia de las personas que empezaban a llegar para desayunar, él estaba sentado en el mismo lugar desde la noche anterior. Intento ahogar sus penas en alcohol sin mayor éxito.

Había viajado a Morgrum con varios de sus compañeros. Eran los hombres más fuertes de su pueblo y se habían ofrecido para participar en la guerra contra la invasión de los espectros de la muerte. El campo de batalla más peligroso de Almawarth sería su gran momento de gloria.

Quien diría que la gloriosa aventura que imaginaron terminaría en tragedia. Las horrorosas criaturas en esa oscura isla eran mucho más aterradoras de lo que cualquiera pudiera imaginar. Y al cabo de una semana Sigurd no lo pudo soportar más y decidió escapar, dejando atrás a sus compañeros que aun sobrevivían.

La deshonra, la cobardía, el miedo y la vergüenza lo habían consumido. Y en los últimos días había pensado en acabar con su vida en más de una ocasión. Sigurd empezaba a ver la muerte como la única salida de sus tormentos.

Fue mientras contemplaba esos oscuros pensamientos que una pequeña manito jalo la manga de su camisa.

―Señor, señor― la cría de humanos lo saco de su trance.

Volteando su cabeza Sigurd pudo notar como esos grandes ojos dorados lo miraban con fascinación.

― ¿Qué quieres pequeño?

Su voz denotaba lo cansado y afligido que se encontraba, pero por alguna razón sintió en que por lo menos debía de darle una pequeña sonrisa al niño.

― ¡Eres increíble! ― dijo el niño. Sus ojos parecían brillar.

Sigurd suspiro, ya no merecía que nadie lo llamara así.

― ¿Has matado gente con esos cuernos?

El pequeño niño señalo su cornamenta. Sigurd soltó una pequeña risa por primera vez en mucho tiempo. La cornamenta en su cabeza no era para atacar, aunque eran fuertes como sus huesos solo servían como defensa, al atacar en cualquier situación era mejor usar un arma.

―No he matado a nadie con mis cuernos― Sigurd le siguió el juego ― ¿Por qué preguntas?

La cría humana mostro una expresión llena de dolor, bajo su mirada y con una suave voz respondió:

―Si yo tuviera cuernos en mi cabeza habría podido proteger a Shimu.

Sigurd pudo inferir un poco de lo que el niño estaba hablando.

―Ser fuerte es distinto a tener valor― contesto Sigurd hablando desde su propia experiencia.

―Pero, pero yo no soy fuerte ni valiente... Cuando nos atacó el monstruo me hice pipi― dijo el pequeño cerrando sus pequeños puños con fuerza, su rostro se había puesto rojo y sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.

Sigurd no supo que responder por un momento. Él, un cobarde que abandono a sus amigos solo era un desperdicio del gran poder que poseía.

Viendo como el pequeño intentaba contener su llanto una idea paso por su cabeza.

― ¿Cuál es tu nombre pequeño? ― preguntó Sigurd recogiendo una de las lágrimas que se le habían escapado al niño con uno de sus dedos.

― Teo... Theodor― respondió el pequeño alzando su mirada.

― ¿Qué harías si tuvieras gran poder?

―Protegería a mis papas y a mi hermana― respondió el niño sin dudarlo ni un momento.

Sigurd medito en las palabras del pequeño. Su razón para querer poder era opuesta a la razón por la que él había conseguido el poder que tenía. ¿Era esta tal vez una señal mostrándole que sus objetivos hasta el momento eran errados?

―No, no, no también protegería a Mushi y a Lutza― el niño corrigió su respuesta.

Sigurd abrió sus ojos al escuchar como el pequeño empezaba a añadir nombres a la lista de las personas que protegería.

―Y para que no se pongan tristes también tendría que proteger a sus papas― dijo Theodor colocándose una mano en la quijada.

―Y Mushi tiene a sus hermanos.

―Y sus hermanos tienen amigos. Y a mí no me gustaría que Eli se pusiera triste.

―Y sus amigos tienen papas y hermanos.

―Y ellos tienen más amigos, y más hermanos y más papas.

La cabecita de Theodor se empezó a sobrecalentar con todas las conexiones que empezaba a hacer.

― ¡Jajaja! Quieres proteger a todos― Sigurd estallo en carcajadas. Conocía gente que buscaba proteger a otros. Había toda clase de personas que buscaban su propia visión de lo que era la justicia. Pero querer proteger a los demás para que nadie se sintiera triste era una hermosa forma de ver el mundo.

― ¡Theodor Pralefur! ― la voz de una mujer retumbo en el comedor.

― ¡No puedes salir corriendo por ahí tu solo! ― Frigglene amonesto a Tod alzándolo entre sus brazos.

―Perdón mami― se disculpó Theodor.

Frigglene soltó un suspiro, como iba a regañarlo si lo primero que hacía era pedir disculpas.

―Tienes que ser más paciente. Cuando tu papá termine de arreglarse todos desayunaremos juntos.

Theodor asintió con la cabeza, apenado de abrir la puerta y salir corriendo hacia el comedor.

―Perdón señora.

Un Nerthus le dirigió la palabra a Frigglene. Su apariencia podría decirse que era parecida a la de un fauno o un quinoid venado combinado con un licántropo. Tres pares de cornamentas salían de su cabeza: el más grande apuntaba hacia los cielos con majestuosidad; el segundo par, recorría la parte trasera de su cabeza protegiendo su nuca y su cuello antes de apuntar hacia el cielo; y el tercer par, de un tamaño más pequeño, cubría su rostro y sus fauces por los lados apuntando hacia el frente. Tenía cuatro ojos y dos grandes orejas. Su pelaje era negro y naranja. Su fornido cuerpo exudaba el gran poder que contenía, debía de estar en los niveles más altos de la segunda magnitud.

―Perdón, no era la intención de mi hijo molestarlo― Frigglene se disculpó intentado evitar problemas. El hombre frente a ella parecía violento y la vampira no quería llamar la atención mientras viajaban.

― El joven Theodor no ha sido ninguna molestia― respondió el Nerthus y arrodillándose frente a la madre e hijo declaro con una solemne voz.

―Más bien, sus palabras me han sacado de las tinieblas que me agobiaban. Si mi señora lo permite, este cobarde quiere enseñarle todo lo que sabe. Aunque no soy digno, quiero seguir por el resto de mi vida al joven Theodor y estar presente ante las grandes hazañas que lograra.

Frigglene parecía una estatua, no sabía ni que decir ni que pensar. Fue tal el shock que le ocasionaron las palabras del Nerthus que asintió con su cabeza inconscientemente.

Al ver a la mujer asentir el Nerthus continuo con sus palabras.

―Yo Sigurd juro por mi vida que tratare a Theodor como mi señor y mi amo.

Acto seguido se cortó la palma de la mano y le ofreció su sangre a la pareja de madre e hijo.

Mientras la impactante escena estaba sucediendo en el comedor, en el cuarto Elizabeth se encontraba sola. Darthañan se estaba duchando, Theodor se había escapado y su mamá había salido a buscarlo.

Había estado sentada mirando por la ventana las nubes y aves que de vez en cuando aparecían, pero pronto esta actividad se tornó aburrida. Saltando a la cama de sus papas se dirigió a los armarios y empezó a esculcar entre sus cosas haciendo un gran desorden. En el compartimiento de una de las maletas encontró una caja que tenía la forma de un libro.

Agarrando la caja tuvo que usar todas sus fuerzas para moverla hasta la cama. Examinándola con atención pronto encontró lo que le había llamado la atención: el candado mágico. El extraño aparato que colgaba de la caja parecía un rompecabezas. Su papa siempre la había felicitado cada vez que resolvía uno de los difíciles rompecabezas que a veces le entregaba.

Imaginando que encontraría algún juguete o deliciosos dulces dentro de la caja; empezó a mover los engranajes del rompecabezas, intentando descifrar el curioso artefacto.

No pasaron más de cinco minutos desde que la pequeña niña empezó jugar con el candado que una enorme cantidad de energía se sintió por toda la embarcación. Pero tan rápido como sucedió, desapareció.

Darthañan, Frigglene y Sigurd fueron los únicos en sentir la ubicación de donde salió la energía al ser los únicos tripulantes en la segunda magnitud.

Sigurd no habría investigado esa energía pues lo que fuera, solo podría traer problemas, y con su espíritu quebrado tenía miedo de muchas cosas que antes le habrían provocado risas. Pero al ver a Frigglene salir corriendo en la dirección de donde salió la energía, cargando a Theodor, utilizo todas sus fuerzas de voluntad para seguirlos.

El momento en que Frigglene llego al cuarto soltó un suspiro de alivio, Darthañan y Elizabeth se encontraban bien. Y al ver por segunda vez, pudo notar como Darthañan, quien se encontraba con una toalla en su cintura estaba mirando boquiabierto a su hija. Siguiendo su mirada Frigglene pudo distinguir lo que se encontraba entre los brazos de su hija: el candado mágico.

El objeto que nadie había podido abrir había sido resuelto por una niña de tres años.


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