Capítulo 35
En uno de los extremos de la cadena de cavernas luego de haber llorado hasta el cansancio: Theodor, Shimu, Mushi y Lutza. Se encontraban sentados, tiritando del frio que la tormenta había traído a la cueva. Tenían hambre, estaban cansados y el lugar además de ser incomodo, olía a orines.
Los pequeños estaban sentados alrededor de Theodor. Él mitad humano mitad vampiro tenía a Destructor entre sus brazos y a Elizabeth recostada sobre sus pies. Todos pensaban que Elizabeth había muerto pues no se movió por más que la movieron y llamaron. Podrían haber tomado su pulso, sentir su aliento simplemente ver como se movía su pequeño pecho, pero ninguno de los niños de no más de tres años sabía nada de esto.
Ya no tenían energías para quejarse o llorar, la abundante luz que brindaba la flora y los hongos a su alrededor era lo único que evitaba que no entraran en histeria o pánico.
Ninguno se atrevía a proponer que debían de moverse. Frente a ellos había un túnel que bajaba hacia algún lado, pero la falta de vegetación dentro de este lo hacía cada vez más oscuro a medida que se alejaba de la caverna.
Devolverse tampoco era una opción, el hazasayi había huido en esa dirección y el miedo que le tenían hacia que les fuera imposible siquiera contemplar la opción de salir por ahí.
En medio de ese silencioso y depresivo silencio Elizabeth abrió sus hermosos ojos dorados. Lo primero que sintió fue dolor de cabeza, el reflexivo movimiento de su cuerpo alerto y asusto a los niños que ya se habían acostumbrado al silencio y la quietud.
― ¡Eli!
― ¿Eli!?
― ¡Eli!
― ¡Eli!
Todos los pequeños empezaron a exclamar apenas escucharon a Theodor, quien al sentir el movimiento de su hermana grito su nombre de la dicha.
Todavía con dolor de cabeza los gritos de felicidad de su hermano y amigos solo empeoraban la jaqueca. Luego, al mover su cuerpo, sintió la humedad en sus pantalones. Su cara se puso roja de la vergüenza, pero pronto notó que a ninguno de sus amigos le importaba. Todos lloraban de alegría, vitoreando que Elizabeth había vuelto de entre los muertos.
― Eli ¿viste el cielo? ― preguntó Mushi siendo el primero en calmarse.
― ¿El cielo? ― preguntó Elizabeth extrañada.
― ¿No te moriste? ― volvió a preguntar Mushi.
― Creo que no me morí ― respondió Elizabeth sentándose y mirándose las manos.
―Menos mal, no quería que nos dejaras― agrego Theodor colocando a Destructor en el suelo con cuidado y abrazando a su hermana.
― ¡No! estoy sucia― protesto Elizabeth, pero su hermano no le hizo caso y la siguió abrazando con fuerza.
―Lutza feliz que Eli bien― dijo Lutza sorbiendo mocos.
― ¿Ahora qué hacemos? ― preguntó Shimu, sabiendo que Elizabeth era la más inteligente de los cinco.
Elizabeth lo pensó por un momento, pero el dolor de cabeza la hizo reacia a intentarlo con esfuerzo.
―No, no lo sé― respondió la pequeña cerrando sus puños.
El ambiente se tornó pesado de nuevo, si ni siquiera Elizabeth sabia como sacarlos de este problema, significaba que no había salida. Tendrían que vivir por el resto de sus vidas en esta cueva.
En ese momento Mushi notó un movimiento en el túnel.
― ¡Otro monstruo! ― gritó despavorido.
Todos voltearon a mirar y de entre las tinieblas un nuevo hazasayi, mucho más pequeño que el primero, salió arrastrándose.
― ¡Aaahhh! ―
Todos los pequeños empezaron a gritar. Theodor cubrió el malherido cuerpo de Destructor, el pequeño panda rojo se encontraba inconsciente, y aunque no fue por valor instintivamente intento proteger el cuerpo de su mascota. Elizabeth escondió su cabeza entre sus manos, cerrando los ojos como si eso fuera a protegerla del insecto. Lutza salió corriendo del lugar hasta un sitio en el que todavía podía ver a sus amigos. Mushi quedo paralizado, mirando fijamente a la asquerosa y terrorífica criatura que parecía la combinación entre un cien pies y una mosca.
Shimu por su parte en ese momento recordó las palabras que su padre le había dicho a sus hermanos mayores en una discusión mientras cenaban.
― Una persona solo es valiente cuando vence el miedo.
― ¡Pero un guerrero de verdad nunca se asusta!
― Latispora, no asustarse no tiene nada que ver con el valor.
― No asustarse es simplemente no sentir miedo. Cualquiera puede no sentir miedo cuando ve una mosca.
―Pero, en los momentos más difíciles: Cuando un guerrero se encuentra de frente contra la adversidad, cuando se para contra un dragón o un titán, cuando los mismos espectros del inframundo atentan contra la vida de sus seres más queridos y no retrocede un solo paso. En esos momentos y solo en esa clase de momentos en donde el miedo recorre cada célula de sus seres que una persona demuestra que es un guerrero de verdad.
Una mirada de determinación apareció en el rostro del pequeño lepiota. Metiendo una de sus manos en el bolsillo de su pantalón sacó un cristal que tenía la forma de una flecha. Y agarrándolo con fuerza empezó a correr hacia el hazasayi.
― ¡Guaaaarrrg! ― rugió el pequeñito.
El hazasayi se sorprendió por un momento, pero de inmediato se lanzó contra Shimu. El pequeño hongo se orino, pero continúo corriendo hacia donde el insecto. Y utilizando todas sus fuerzas intento cortar al Hazasayi.
El insecto esquivo torpe ataque del niño y aprovecho el momento para morder su pierna.
― ¡Au! ― grito Shimu del dolor y con las lágrimas saliendo de sus ojos aprovecho que su enemigo no se movía para enterrarle el cristal.
― ¡Kreee! ― el asqueroso insecto chillo cuando Shimu lo apuñalo.
La criatura dejo de morder a Shimu y empezó a retorcerse, pero Shimu utilizó todas sus fuerzas para mantener el pedazo de cristal enterrado en su cuerpo. Al cabo de un tiempo el insecto dejo de moverse.
―Lo sabía, soy el mejor guerrero del mudo― alardeó Shimu al haber vencido a su enemigo.
― ¡Plop! ―
Su cuerpo cayó al suelo exactamente después.
― ¡Shimu! ― gritó Mushi corriendo hasta donde su hermano.
Theodor, Elizabeth y Lutza voltearon a mirar cuando escucharon el grito de Mushi, y rápidamente se acercaron a donde había caído Shimu.
― ¿Cómo te sientes Shimu?
― ¡Gracias Shimu!
― Nos salvaste a todos Shimu eres nuestro héroe.
El pequeño lepiota sonrió débilmente al escuchar a sus amigos reconocer lo genial que era. Su rostro que antes era blanco se empezaba a tornar grisáceo, cada vez se le dificultaba más respirar y por alguna razón su cuerpo se sentía pesado. En la pierna donde lo había mordido el hazasayi sentía como si cientos de insectos le hicieran cosquillas, pero no tenía fuerzas para reírse.
―Voy a dormir un ratico. Nosotros los héroes necesitamos dormir de vez en cuando― dijo débilmente Shimu.
Mushi y los demás asintieron mientras lloraban, por alguna razón se sentían tristes a pesar de que Shimu los había salvado. Un sentimiento dentro de ellos les decía que algo no estaba bien.
<Sabía que era el más valiente de todos> pensó Shimu con una sonrisa. En ese momento cerró sus ojos para descansar, la pelea de verdad lo había cansado mucho. <No sabía que las peleas cansaban tanto> pensó mientras perdía el conocimiento.
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