Capítulo 22
El día de la incursión llego, Darthañan y Frigglene comenzaron el día como cualquier otro. Darthañan bajo a preparar el desayuno mientras Frigglene despertaba y alistaba a los pequeños.
―Eli, Tod ya es de día. Tienen que despertarse o llegaremos tarde a donde el señor Crispa― dijo Frigglene abriendo las cortinas del cuarto.
Elizabeth se despertó de inmediato y antes de que su hermano pudiera comenzar su pelea diaria con su mamá para quedarse más tiempo en la cama lo amonesto.
― ¡Tod no vayas a arruinar nuestros planes!
El pequeño Theodor al escuchar el grito de su hermana se despertó y al recordar los planes que tenían para el día de hoy se levantó de inmediato.
―Estoy listo, tenemos que salir rápido. No hay tiempo para bañarse― Exclamo Theodor saltando de la cama.
Frigglene apenas acababa de agarrar las cobijas de su hijo y con la boca abierta titubeo por un momento. ¿Qué sucedía con su hijo? Jamás lo había visto despertarse tan rápido ¿Estaría creciendo?
Sin embargo, sus dudas no duraron mucho. Apenas escucho a Theodor decir que no se iba a bañar se volteó de inmediato y lo agarró del cuello de su pijama.
―Ni lo creas señorcito, aquí no tenemos cochinos.
―Pero no hay tiempo― protesto el pequeño.
―Tod, entre más rápido nos arreglemos más rápido podremos salir― dijo Elizabeth pasando por el lado de su hermano y madre.
―Entendido― respondió Tod sin ninguna resistencia.
<Parece que lo hubiera entrenado su hermana> pensó Frigglene al ver las extrañas reacciones de Theodor.
―Vamos Destructor es hora de bañarse― proclamo Theodor antes de salir del cuarto siguiendo a su hermana.
En ese momento de entre las cobijas, que Frigglene aún tenía entre sus manos, se movió un bulto y de improvisto el pequeño panda rojo que su hijo había traído salto y lo empezó a seguir.
― ¡Theodor Pralefur! ¿Cuántas veces te he dicho que no puedes dormir con destructor? ― gritó enojada Frigglene, sus ojos se habían tornado rojos y sus colmillos habían crecido un poco.
Frigglene ya le había explicado a su hijo que los animales tenían que dormir en el primer piso, incluso habían pedido prestada una cama para mascotas a la doctora Kolia que como pasatiempo criaba varios animales en su villa.
Las sorpresas no pararon ahí, los dos pequeños pidieron vestirse con corteza de corium un material parecido al cuero, pero de origen vegetal. A Frigglene no le sorprendió que Theodor pidiera este tipo de ropa pues en los días cuando ella no decidía era cuando Theodor quería verse como un guerrero lepiota. Al contrario, Elizabeth jamás le había pedido vestirse con este tipo de vestimenta por su falta de color y diseño, por lo que esto sumado al extraño comportamiento de Theodor la hizo empezar a tener el presentimiento de que los dos pequeños tramaban algo.
Cuando bajaron Darthañan los recibió con chocolate caliente, panes recién horneados y queso, por alguna razón los dos niños habían estado pidiéndoles queso durante los últimos dos días y por fin, hoy, Darthañan pudo organizar un desayuno con el apetecido alimento.
―Cariño, si me hubieras cocinado algo habría aceptado salir contigo mucho antes― comento Frigglene dándole un bocado a uno de los panes.
―Sabes que el arte de la cocina no está bien vista en Marburkan, se supone que es trabajo de los sirvientes― respondió Darthañan mientras les repartía a los pequeños sus respectivas porciones.
― ¡Hmm! ― saboreo Theodor el pan.
―Jajaja creo que a alguien le gusta mi famoso pan de trigo y miel.
La comida termino sin imprevistos y pronto salieron de la cabaña. A diferencia de los demás días, Darthañan llevaba dos pequeñas mochilas sobre sus hombros. La noche anterior se habían reunido con los niños y les habían explicado que estarían por fuera durante algunos días por trabajo y que durante ese tiempo se iban a quedar con el señor crispa.
Al parecer los pequeños no entendieron muy bien a lo que se referían, pues ninguno de los dos se puso a llorar ni se opusieron a la idea. Darthañan y Frigglene esa noche antes de dormir, habían discutido sobre lo angustiados que se sentirían sus hijos al notar que sus padres no iban a regresar por la tarde.
Al llegar a la villa del señor Crispa notaron que había un pequeño alboroto. Shimu y Mushi se encontraban jugando con Lutza mientras que los dos sirvientes personales de los hijos de Helvella descargaban varias maletas de una carreta arriada por un animal bastante peculiar, era la extraña combinación entre un buey y un sapo, hecho de lechuga y coliflor. Por otro lado, los padres de Lutza, la doctora Anya y el doctor Kolia estaban dentro de grandes robots de color blanco transportando un baúl de color morado con corazones rosas.
―Buenos días, doctora Anya, doctor Kolia, señor Crispa ― saludaron Darthañan y Frigglene.
― ¡Oh! Pero si son Darthañan, Frigglene, Theodor y Elizabeth ¿Cómo han amanecido? ― saludo Anya.
―Muy buenos días― Respondió Crispa.
―Ya era hora de que llegaran, no sé cómo se les ocurren estas ideas sabiendo lo ocupados que estamos― se quejó Kolia.
― ¡Hola! ― gritaron Tod y Eli antes de salir corriendo a donde se encontraban sus amigos.
Luego de saludar a sus conocidos Darthañan y Frigglene voltearon a ver a los sirvientes de Shimu y Mushi saludándolos con un ― Buen día ―como era costumbre, incluso en Vorpiax el orden en que se saludaba se debía a la posición de la persona.
―Bu buenos días― respondieron los dos sirvientes un poco alterados casi soltando las maletas que estaban cargando. No estaban muy seguros de quienes eran este humano y vampira, pero con el grado de cercanía con el que los trataban sus amos podían inferir que eran personas importantes.
Y sin haberse olvidado del comentario de Kolia Darthañan le dirigió la mirada.
― ¿A qué te refieres?
― No se hagan los bobos ¿Cómo es que planean una pijamada en la villa del señor Crispa?
Darthañan y Frigglene vieron las maletas y el baúl y enseguida entendieron a lo que se refería Kolia.
― ¿Qué? ― Darthañan no pudo evitar preguntar a pesar haber organizado que sus hijos se quedaran con el señor Crispa durante unos días, no sabía cómo todo termino en una pijamada de todos los niños.
Frigglene por su parte dirigió su mirada hacia Elizabeth, la noche anterior luego de haberles comunicado que estarían por fuera unos días su hija había cogido el teléfono de la cabaña y había hablado con sus amigos. Reconociendo quien era la culpable, desapareció como si fuera humo y se materializo en frente de su hija.
―Podrías explicarme ¿Quién organizo esta pijamada jovencita?
― ¡Ai! ― se asustó Elizabeth al ver a su madre aparecer de improvisto. Pero recuperándose rápido respondió.
―Fui yo ― apunto a su pecho.
Frigglene se quedó callada por un momento, no esperaba que su hija se delatara sola.
―Y ¿Quién te dio permiso?
― ¿Tenía que pedir permiso?
A Frigglene casi se le explota una vena de la frente al escuchar la respuesta de su hija, pero dentro de ella sabía que nada de eso era apropósito.
―Eli, sé que eres muy inteligente. Pero todavía eres pequeña, tienes que consultar con tus papas antes de hacer este tipo de cosas. Los adultos estamos para cuidarlos y así evitar que se lastimen.
―Pero en una pijamada no nos podemos lastimar.
―No es solo eso. Mira allá― dijo Frigglene apuntando a donde estaban los demás adultos.
― Estas haciendo que todos realicen cosas que no tenían planeadas, e invitaste a todos a la casa del señor Crispa sin su consentimiento. No era tu casa para tomar esas decisiones. Siempre que planees algo tienes que tener en cuenta que puedes causarle problemas a los demás. Y eso es algo que una señorita bien educada no hace.
Elizabeth baja la mirada, sus ojos estaban un poco llorosos, su mamá no estaba gritando como a veces lo hacía. En este momento le hablaba con una voz suave llena de cariño.
―Pe perdón.
― No te preocupes cariño, pero siempre recuerda que hay tantas cosas buenas como malas. Jamás debes tomar decisiones sobre lo que le pertenece a los demás si ellos no te han dado permiso.
Frigglene se arrodilló frente a su hija.
― Y como todavía eres una adorable niña de tres años debes de pedirle permiso a los adultos cada vez que se te ocurran ideas como esta― terminando de decir eso Frigglene abrazo a Elizabeth.
Eli soltó unas cuantas lágrimas, por un lado, fue el hecho de saber que hizo algo malo, por otro fue que se sintió regañada. Pero dentro de ella un poco de esas lagrimas era la angustia que le ocasionó saber que la aventura que se disponía a tener con sus amigos también estaba incluida en lo que su madre le había pedido que consultara con un adulto.
Pero al pensar en todo lo que habían hecho hasta el momento se guardó las palabras que estaban a punto de salir de su boca.
Esta era la última vez que hacía algo sin contarle a sus papas prometió mientras abrazaba a su mamá.
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