Capítulo 12
Los días empezaron a pasar, Darthañan y Frigglene se reunieron con Helvella y sus 5 hijos mayores, Darthañan había decidido explicarle a su esposa la existencia de las familias guardianas los secretos que sabían y la gran labor que cargaban sobre sus hombros. Helvella incluyo algunos detalles, como por ejemplo la alianza juramentada que tenían estas familias bajo la mesa, a simple vista nadie podría notar esta gran alianza que se esparcía por los cuatro reinos del imperio.
Frigglene tardo varias horas en digerir toda la información, no podía creer que incluso el emperador y su corte pertenecieran a las familias guardianas, pero más preocupante aún era el hecho de saber que la alianza más poderosa dentro del imperio tenía un traidor entre sus rangos más altos.
―Voy a salir con Fusca y Brevi. Albella, quedas a cargo de Vorpiax en mi ausencia― ordeno Helvella.
―Entendido― respondieron los tres al tiempo.
Enseguida se dirigió a Darthañan y Frigglene―No salgan del castillo por el momento, nadie puede enterarse de que siguen vivos. Algo me dice que esto es mucho peor de lo que pensamos.
Helvella se levantó de su silla e indicándole a los dos de sus hijos que había seleccionado que lo siguieran. Los tres desaparecieron en ese instante.
Esa noche Darthañan y Frigglene tuvieron una larga discusión en su habitación, en la que al final decidieron que permanecerían en el castillo para recuperarse por completo. Seguirían en Lhimkio máximo por un año y sin importar como se desarrollarán las cosas partirían con sus hijos hacia la isla imperial.
Los días continuaron pasando y pronto ya habían transcurrido dos meses, en los que Helvella y sus hijos todavía no habían regresado.
Esa mañana Elizabeth y Theodor fueron despertados por Frigglene.
―Buenos días dormilones, ya es hora de levantarse― dijo Frigglene corriendo las cortinas florales del cuarto que estaban compartiendo los dos niños.
―Hola mami― dijo Elizabeth abriendo sus ojos y desperezándose.
― ¡Mmm! ― fue el único ruido que hizo Theodor agarrando las cobijas de diversas hojas para enrollarse en estas.
―Cariño Eli ya está despierta solo faltas tú ― dijo Frigglene con una sonrisa.
Elizabeth se sentó en el borde de su cama de madera de roble para ver como su hermano ignoraba a su mamá.
― Tod si vuelven a llegar tarde a donde el señor Crispa, se me va a caer la cara de la vergüenza.
― ¡Mmm!
―Bueno, no me dejas más opción Theodor.
Los ojos de Elizabeth se abrieron al ver el aura rojiza que salía de su madre. Frigglene agarro las cobijas y de un jalón se las quito a Theodor, quien dio tres vueltas en el aire antes de caer de nuevo sobre la cama.
― ¡Au!
―Nada de Aus ― dijo Frigglene agarrando a Theodor por la cintura ― es hora de bañarse.
―No, no me quiero bañar― empezó a gritar Theodor mientras que su mama lo sacaba del cuarto.
Elizabeth se levantó y los siguió sin decir nada. Para cuando llego al baño su mama ya había desvestido a Theodor y lo había metido en la ducha. Frigglene la ayudo también a quitarse el pijama y la dejo entrar para bañarse.
El baño al igual que toda la cabaña estaba hecho de madera y la ducha consistía de una roca con una formación mágica, que con la ayuda de unas ramas con formas circulares permitían un funcionamiento adecuado.
Frigglene suspiro al verlos a los dos en la ducha pensando en lo afortunada que era de que podía bañarlos en una tanda. Salió por un momento y arreglo la ropa que llevarían el día de hoy. Los vestidos en Vorpiax eran en su mayoría de fibra de distintas plantas con los colores primarios como base de las distintas vestimentas (Rojo, verde y azul). Cuando volvió encontró a los dos pequeños cantando y marchando alrededor de uno de sus juguetes.
―Listo ya es hora de salir― dijo Frigglene alistando las toallas.
―Otro ratito mami― respondió Elizabeth.
Frigglene volvió a suspirar. Todos los días era lo mismo, no importaba si era el turno de ella o de Darthañan, estaban empezando a poner problema por todo.
Luego de cinco minutos los tres bajaron arreglados.
―Buenos días papi― dijo Elizabeth acercándose y dándole un abrazo a la pierna de Darthañan.
― ¿Cómo amaneció mi florecita? ― pregunto Darthañan levantando a Elizabeth y llenándola de besos.
― ¡Qué asco! Los besos son para los débiles ― grito Theodor parándose sobre una de las sillas del comedor.
Frigglene lo agarro entre sus brazos y lo beso en la mejilla haciendo el mayor ruido posible.
―Ahora eres un debilucho.
― ¡Noooo! ― Theodor gritó intentando lavarse la mejilla con su mano.
―Ya va a estar listo el desayuno, ve y siéntate junto a tu hermano y tu mamá― dijo Darthañan bajando a Elizabeth.
Mientras comían, los ojos de Darthañan y Frigglene se cruzaron, y ambos pudieron ver la felicidad que los llenaba. Los niños podrían haberse vuelto mucho más revoltosos, ruidosos y caóticos los últimos días, pero la satisfacción, que ambos sentían por dentro, al verse sentados juntos en la mesa, era una emoción que no se podía comparar con nada más.
Al terminar, ambos padres salieron junto a sus hijos para llevarlos a la villa del tutor privado que había en el castillo. Theodor se encontraba corriendo por todos lados y apurando a sus papas para que caminaran más rápido pues se acababa de acordar que hoy, después de clase, el señor Crispa los llevaría a los establos para ver los animales del castillo. Elizabeth, por el contrario, iba caminando con cuidado pues no quería ensuciar el hermoso vestido que su mamá le había colocado hoy. Era amarillo y bonito por lo que no quería arruinarlo por nada del mundo.
Al llegar a donde el señor Crispa pudieron ver como los otros tres niños ya se encontraban jugando en uno de los jardines. Theodor no tardo nada en darle un corto abrazo a cada uno de sus padres y salir corriendo hacia donde sus amigos. Elizabeth se tomó el tiempo para darle un beso en la mejilla a cada uno, y luego salir corriendo como su hermano. La emoción de ver a sus amigos le hizo olvidar su intención de no ensuciar su vestido amarillo.
―Buenos días señor Crispa― saludaron ambos padres al acercarse al tutor.
― Buenos días― respondió el señor Crispa con una sonrisa.
El tutor del castillo era un Krisyll, la misma raza que le había ocasionado curiosidad a Darthañan cuando estaban subiendo el teleférico. Este a diferencia de los que había podido ver en los últimos días era mucho delicado a la vista, pues en vez de verse fuerte como una roca como los demás seres de cristal, se veía como si estuviera compuesto de vidrio y se pudiera romper en cualquier momento.
Sus cuatro piernas de atrás eran iguales a las que habían visto, pero las dos frontales que en otros Krisyll se veían imponentes, eran bastante delgadas y finas, casi como las cuatro traseras.
―Muchas gracias por cuidar de nuestros hijos― dijo Darthañan.
―No hay ningún problema, la educación es mi vocación y todos estos niños tienen potenciales increíbles. Nada me hace más feliz que saber que estoy educando a la siguiente generación― respondió Crispa cruzando los dos finos y delicados brazos que salían de su cuello.
―Los dejamos en tu cuidado― dijo Frigglene agarrando la mano de Darthañan y saliendo de la villa.
Ya le había pasado varias veces en que dejaba que Crispa y Darthañan entablaran conversación, cada vez que sucedía su mañana se desperdiciaba por las conversaciones de esos dos. Y no iba a desperdiciar el tiempo que tenía para ejercitar su cuerpo y su magia.
Mientras tanto el en jardín los pequeños se saludaban.
―Hola Theodor, Elizabeth― dijeron los gemelos lepiotas.
Estos eran los hijos menores de Helvella, quienes median un metro y se veían gordos como un champiñón. Al todavía ser inmaduros sus sombreros y sus cuerpos seguían siendo completamente blancos.
―Hola Mushi, Hola Shimu ― saludaron Theodor y Elizabeth.
La historia de los nombres de estos dos pequeños lepiotas era bastante peculiar pues su madre había tenido que bajar a la isla inferior de Morgrum a lidiar con unos seres espirituales que se estaban saliendo de control y no pudo estar para el día en que iban a germinar. Por lo que su padre, Helvella, con su falta de sentido para nombrar llamo a un retoño Shimu y al otro lo llamo igual, pero invirtiendo las silabas.
Muchos de los sirvientes del castillo miraban con pesar a estos dos desafortunados retoños pues nadie se esperaba que su padre, quien todos creían que era bueno en prácticamente todo, fuera tan malo nombrando a sus hijos.
― ¡Tod! ¡Eli! ― dijo una voz femenina mucho más inmadura que los otros cuatro.
―Hola Lutza― dijo Theodor.
― ¿Cómo estas Lutza? ― pregunto Elizabeth.
―Yo, bien, yo, feliz ― respondió el enorme gorila de cristal.
Cualquier desconocido pensaría imposible que esta gorila morada de un metro ochenta en sus cuatro extremidades, fuera la hija de los pequeños gorilas de cristal de treinta centímetros Anya y Kolia.
Pero esta era la peculiaridad de la extraña raza de los Pikmi. La madre pone un huevo de 5 centímetros que a lo largo de veinte seis meses crece hasta llegar a los dos metros. De este nace un bebe con capacidades físicas sobre desarrolladas, pero con un intelecto bastante bajo. En el transcurso de su vida, la energía de su cuerpo concentrada en su fortaleza física pasará a fortalecer su mente, por lo que cada vez será más pequeña e inteligente.
Una muestra espectacular de los extremos evolutivos a los que llega la vida para sobrevivir en ambientes peligrosos.
― ¿Qué están haciendo? ― pregunto Elizabeth acercándose a los gemelos lepiotas.
―Encontramos un gato muerto― respondió Mushi.
―Creo que lo mato Lutza― añadió Shimu.
― ¡Yo, no! ―grito Lutza enojada golpeando el suelo con fuerza.
―Estoy casi seguro de que así la mataste―volvió a decir Shimu, pero esta vez en voz mucho más baja.
―Déjenme ver― dijo Theodor abriéndose paso entre los gemelos.
Frente a él vio a un pequeño panda rojo que se encontraba de costado. Sus ojos dorados brillaron por un momento sin que ninguno de los niños se diera cuenta. Agarro al pequeño animal del cuello, le abrió la boca y metió su mano en la boca de este.
― ¡iu! ― exclamaron los demás niños al ver que Theodor metió su mano en la boca del gato muerto.
Theodor no se molestó y saco del animal una fruta a medio comer. El panda rojo empezó a estornudar y vomitar de inmediato creando una mayor conmoción entre los niños. El señor Crista, que ya se había despedido de los padres de Theodor y Elizabeth, se acercó a donde los pequeños al notar la conmoción y al ver lo que había sucedido dijo.
―Haz salvado una vida joven Theodor ― Exclamo Crispa.
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Espero les haya gustado el capítulo. =)
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