«Mi hermano es un completo idiota», eso pensó Yuji mientras con el corazón helado, salía corriendo de los alrededores de la sala de cine. Había estado tan esperado tanto por este día, para disfrutar de una película aunque fuese solo, y ahora no podía evitar sentir una mezcla de ira y preocupación. Su hermano, Sukuna, quien tiene su misma edad.
Sukuna siempre había sido un completo problema, una constante en su vida que, a pesar de todo y por muchas veces que lo imaginase, no podía simplemente apartar de su vida. Desde pequeños, Yuji sabe que siempre ha sentido algo extraño y más oscuro en su hermano gemelo.
Una rabia que no podía entender ni controlar. Y no importaba cuántas veces lo intentara, nunca lograba mantener alejado a su hermano de todos esos problemas que no hacían más que perseguirlo. Suspiró, agitadamente, después de atravesar varias cuadras hasta llegar a su casa.
Sabe que al otro lado, no hay realmente nadie esperándolo, más que su hermano. Después de todo, su historial familiar es una tragedia. Sus padres murieron cuándo eran más pequeños, y quedaron al cuidado de su abuelo, quien había fallecido el año pasado.
Al llegar a la puerta, rebuscando en los bolsillos de su sudadera, saca su segunda copia de llave. Las manos le temblaban, sobre todo porque no estaba seguro de qué iba a hacer al ingresar dentro. De todas formas, con expresión severa y calmada al mismo tiempo, se sorprendió al encontrar justo delante de la puerta a un amigo de su hermano, más o menos.
Su nombre era Choso Kamo, y por alguna razón, los considera a ambos sus hermanos pequeños. Y aunque está seguro de que Sukuna nunca lo admitiría en voz alta, realmente está agradecido de que siempre ofrezca su mano para ayudar.
—Choso, ¿dónde está? —preguntó el chico de ojos claros, sin aliento, y dejando la puerta abierta tras de él.
El mencionado se giró hacia él, con su rostro atormentado de siempre y con un movimiento ligero de manos, señaló hacia el fondo, hacia las habitaciones.
Choso trabajaba en la policía, y por algún motivo que no entiende, siempre había mantenido un ojo sobre ellos; atento, cuidándolos siempre. Yuji le preguntó una vez sobre ello, pero se limitó a responder que ambos les recordaban a sus hermanos. Quienes, descubrió mucho más tarde y por investigaciones a hurtadillas, habían sido asesinados en un mal atraco.
Yuji no se atrevió a preguntar por ellos nunca.
—Está en su habitación. Lo saqué de la comisaría hace unos minutos, está bastante golpeado pero anda grave. Aunque... deberías hablar con él —explicó con voz baja el más mayor, mientras sacaba sus propias llaves de la casa—. Tengo que regresar para explicar todo esto, pero Yuji, en serio, no podré seguir cubriéndolo mucho tiempo más.
—Gracias por todo lo que haces por nosotros, Choso. En serio. —El hombre de cabellos oscuros y agarrado en dos moños sobre su cabeza, asintió para tras un corto abrazo, salir de la casa.
Yuji esperó a que la puerta se cerrase nuevamente y le echó valor. Agradeció, de todas maneras, que Choso fuera su número de contacto para emergencias, y que por la confianza que se tenían desde hacía varios años, no dudó en hacerle copia de la llave de seguridad de su casa. Confiaba en él, tanto como en su único hermano.
Y claramente, Sukuna sabía sobre esto. Era al único al que le permitía acercarse a ambos, tan profundamente.
Regresando al tema de importancia de antes, Yuji respiró hondo antes de adelantarse hacia las habitaciones. Tenían solo dos, la de la izquierda era la de Sukuna, la de la derecha era la suya. Cuándo su abuelo vivía, ambos compartían la misma habitación y la de Sukuna era la de su abuelo. Todo cambió cuándo se murió, pero Yuji agradece ahora tener más privacidad, después de todo, ya no eran tan unidos como antes.
No desde que Sukuna tomaba como tradición salir a buscar peleas y darle jaquecas de cabeza.
No se limitó a tocar a su habitación, simplemente con un giro del pomo, se dio permiso él solito. Allí dentro, en la cama de sábanas rojas, estaba Sukuna, desplomado y con una expresión de furia mal contenida. Tenía la ceja rota, con un corte profundo que todavía sangraba ligeramente.
Su labio estaba partido y los nudillos de ambas manos, que sujetaban furiosamente su móvil, estaban hinchados y morados; una señal clara de que había golpeado algo, o a alguien, con todas sus fuerzas. Probablemente lo primero.
Yuji vio cómo Sukuna lo miraba de reojo, tras cerrar la puerta de su habitación y su mirada era afilada, llena de resentimiento, pero también de algo mucho más profundo. Algo que él sabía que estaba allí, aunque su hermano nunca lo admitiera en voz alta. Durante muchos años, Sukuna siempre había sido protector con él, obsesivamente incluso, aunque muchas veces lo disfrazara de actos de desdén y agresividad.
Por eso, es que muchas veces cedía, porque siempre había una razón de peso para sus arrebatos. Aún así, no podía evitar enfadarse y preocuparse al mismo tiempo.
—¿Qué demonios estabas pensando? —preguntó, incapaz de contenerse.
Sobre todo, porque siempre era lo mismo: Sukuna metiéndose en problemas y él recogiendo los pedazos de desastre que dejaba.
Su hermano bufó, desviando la mirada. Se había cerrando en banda, seguro.
—No es tu maldito problema. No necesito que te metas en mi vida, mocoso. Puedo arreglármelas solo.
Pero Yuji apretó los puños, frustrado. Porque por mucho que dejara pasar las cosas, lo único que se merecía era una explicación, ¿no? Estaba cansado de que su hermano se comportase como si no necesitara a nadie, como si de alguna manera todo el mundo fuese su enemigo.
—¿Arreglártelas solo? Te recuerdo, por si lo has olvidado, que Choso te ha salvado el trasero por enésima vez este mes —señaló, dando varios pasos hacia él, para quedar más cerca—. Y estoy muy cansado de repetir esta historia una y otra vez.
Eso pareció enfurecer a su hermano, porque soltó su móvil para enfrentarlo.
—No entiendes nada. No quiero tu lástima, ni tu ayuda. Yo también estoy cansado de escuchar tus cantaletas una y otra vez, ¿sabes? —Pero aunque Yuji advirtió la amenaza en su voz, no retrocedió.
Yuji lo conocía demasiado bien y sabía que algo lo había desatado, porque hace dos días le había prometido en la cara que trataría de contenerse y estaba seguro de que había una razón de peso para su ira contenida y, al mismo tiempo, demasiado explosiva.
—¡Pues deja de hacer estas cosas! ¡Si cambiases como me prometes, nada de esto pasaría de nuevo! —Ante esto, Sukuna se levantó bruscamente de su cama, acortando la proximidad en ambos. Pero Yuji se negó a ceder esta vez—. ¡Siempre es lo mismo contigo! ¡Te metes en peleas, en problemas, y luego me empujas cuándo quiero saber que te pasa!
Sukuna, sorpresivamente, lo agarró del cuello de la sudadera. Yuji se obligó a dar varios pasos hacia adelante, pegando más sus rostros por un pequeño tirón por parte del otro. Aún así, colocó sus manos sobre la de su hermano, intentando hacerle entender.
—No somos niños, Sukuna, ya es hora de que te des cuenta de que esta clase de comportamiento tuyo, que todo esto, no está bien —se limitó a decir, notando como los ojos se le aguaban.
Sukuna, por su parte, apretó los dientes, con la mandíbula bastante tensa.
—¿Y qué harás, Yuji? ¿Seguirás persiguiéndome como un perrito faldero? No necesito a alguien que me dé lecciones de vida, mucho menos alguien que vive bajo por lo que me mato a palos para conseguir. —Su hermano lo sacudió brevemente, obligándolo a trastabillar varias veces, pero su agarre no cedía—. Y si sigues metiéndote donde no te llaman, te voy a hacer daño, Yuji. Lo sabes.
Pero Yuji no podía quedarse callado, no teniendo tan cerca la respuesta. Sabía que su hermano estaba apunto de escupirlo.
—¡Esto no es normal, Sukuna! —replicó entonces, levantando la voz—. ¡No puedes seguir así, destruyéndote a ti mismo y a mí en el proceso! ¡No puedes seguir metiéndote en problemas y esperar que yo simplemente mire para otro lado!
El agarre de Sukuna pareció temblar por un segundo y usó su última carta.
—¡Eres mi hermano! —gritó, con los ojos emocionados. Su corazón latía desbocado—. ¡Eres lo único que me queda! —Y ahí fue donde su hermano cayó.
Sukuna lo liberó de su agarre, temblando y con la cabeza gacha. Lo apartó de un empujón y retomando un hueco en su cama, sostuvo su cabeza entre sus manos. Yuji no podía verle el rostro, pero sabía que su hermano lo necesitaba.
—Maldito mocoso. —Lo escuchó decir con una voz rota y aún así, con mucho menos rabia que antes.
Yuji lo tomó como su oportunidad para tomar asiento a su lado, con cuidado. Observó su móvil tirado hacia un lado y cómo el jefe de Sukuna, de su trabajo, le pedía hacer horas extras en la noche. Odiaba todo eso, odiaba cómo su hermano se mataba por los dos para sacarlos hacia adelante.
Cuándo su abuelo murió, Sukuna decidió abandonar los estudios en la universidad (a pesar de tener un futuro mucho más brillante que el suyo y ser más listo) y se puso a trabajar. Obviamente, Yuji quiso hacer lo mismo, pero su hermano amenazó con pegarle si se atrevía a seguir sus mismos pasos. Por lo que, un año más tarde, continúa estudiando en medicina. Su sueño era volverse un veterinario, amaba a los animales.
De todas maneras, un silencio vacío y pesado los rodeó, casi era sofocante. Yuji decidió ignorar los mensajes de su molesto y estúpido jefe, para mantener la vista sobre su hermano, intentando organizar sus propios pensamientos.
No sabía ahora cómo empezar, pero no tuvo ni la oportunidad de pensarlo, porque Sukuna aprovechó su silencio para soltarse.
—Yuji... —empezó su hermano, con la voz ronca por la tensión acumulada—. Lo siento.
Yuji lo miró, con sus ojos grandes y brillantes, para denotar en su hermano una tristeza que odiaba ver. Era como si de repente, cada palabra que estuviese apunto de decir, lo rompiera por dentro más que cualquier otra cosa. Quiso abrazarlo, pero se detuvo a tiempo.
—Siento todo esto —Sukuna continúo, y su voz era más suave que antes—, no debería haber reaccionado así. Pero Mahito... —Y ahí estaba: la respuesta—. Él... dijo algo sobre ti, algo que no podía dejarle pasar a ese cabeza de sebo. No podía dejar que hablarse de ti de esa manera. Espero que lo entiendas, mocoso.
Yuji entendió con esas pocas palabras lo que quería decir. Mahito era uno de los pocos amigos que él no soportaba cerca de su hermano, era muy raro. Y ahora con esto, no podía caerle todavía peor. Digamos que, al dejar Sukuna la universidad, se hizo un par de compañías que a Yuji no le gustaba ni un poquito. Pero no decía nada, porque después de todo, eran amigos de su hermano.
Volvió a asentir, para agacharse y tomar un botiquín que su hermano solía esconder por allá abajo. Yuji lo había visto varias veces al limpiar la habitación; se dispuso a sacar vendas, gasas, una pomada y un poco de alcohol, mientras decía:
—Sukuna... —comenzó, dudando por un momento antes de continuar—. No puedes protegerme de todo. Lo entiendo, en serio, y aprecio lo que haces por mí, pero... no quiero que te destruyas por mi culpa.
Su hermano se quejó en bajo cuando al agarrarle los nudillos, dejó caer un poco de alcohol en ellos. Aún así, no se apartó de su caricia y lo dejó hacer.
—No me estoy destruyendo, sólo exageras, mocoso —murmuró con delicadeza Sukuna, aunque no pudo evitar notar una debilidad en su voz—. Pero... No quiero perderte, Yuji. Eres lo único que realmente me importa en este mundo y no soporto la idea de que algo te pase por mi culpa.
Yuji lo miró con ternura latiente y, al mismo tiempo, tristeza. Odiaba verlo tan alicaído, por lo que supo exactamente lo que debía decir.
—Sukuna, te quiero. Lo sabes, ¿no? —Justo en ese momento, su hermano lo miró con emoción y sus ojos brillaron aguados como los suyos, aunque rápidamente apartó la mirada con furia. Yuji sabía que solo eran causados por sus propios nervios, así que se río por lo bajo, mientras seguía atendiendo sus manos—. Pero en serio, deja de meterte en problemas, o me seguirás haciendo daño.
—Lo sé, Yuji, augh. —Eso último fue por colocarle la venda sobre los nudillos con demasiada fuerza, pero Yuji ahora se dedicaba a ponerle un poco de gasa y pomada en el corte de la ceja. Por suerte, no merecería puntos—. Lo sé, pero es difícil para mí, ¿sabes? Desde que éramos pequeños, siempre he sentido que tenía que cuidar de ti, que era mi responsabilidad asegurarme de que estuvieras bien.
Yuji trató de hacer entender la verdad de las cosas.
—Y lo has hecho, Kuna —señaló, mientras colocaba una gasa en su ceja herida, a la vez que lo llamaba con su apodo de críos—. Pero ahora somos mayores y podemos cuidarnos mutuamente, ¿vale?
Ambos permanecieron en silencio y Yuji observó finalmente a su hermano suspirar, liberando parte de la tensión que había estado acumulando durante el día.
—De acuerdo, de acuerdo. Trataré de... controlarme más. Pero si vuelve a pasar —Su voz se endureció levemente y el más pequeño advirtió una amenaza latente—, no prometo quedarme de brazos cruzados, mocoso.
Yuji esbozó una sonrisa, ahora más feliz de poder entablar una buena conversación con su hermano.
—Esperemos que a ese idiota no se le ocurra decir más tonterías, entonces.
Sukuna asomó una sombra de una sonrisa, y Yuji observó otro mensaje nuevo en el móvil de su hermano. "Roch" con un corazón a un lado, acababa de escribirle un mensaje. Sonrío para sus adentros para levantarse y señalar hacia la sala.
—Ya que uno de mis días libres se ha arruinado, ¿qué te parece si pedimos algo de comer y vemos alguna película mala en la tele? —Aprovechó dar dos pasos hacia atrás, soltando lo último todo apresurado—. ¡Voy poniéndola, mientras te curas el labio y contestas a tu novia!
Después casi recibió una almohada en la cara, de no haber salido corriendo de la habitación del otro. Pero puede asegurar haberle visto encima un rostro del color rojo como un tomate. Yuji pensó mientras escapaba hacia la sala, que el amor volvía rara a las personas.
Él mismo se siente atraído hacia una amiga de sus clases. Se llama Nobara Kugisaki, pero la chica es ya de por sí totalmente inalcanzable. Si no fuese porque la ayudaba con sus compras, el chico dudaba de que si quiera le dirigiese la palabra.
Con un suspiro, comenzó a pedir algo de comida mientras por su mente se cruzó el curioso chico de ojos bonitos que había conocido en la sala de cine. Realmente esperaba poder usar esa entrada para mañana, su otro día libre. Luego escribiría a Junpei para contarle su día.
Y quién sabe, admitía por lo bajo que tenía ganas de ver de nuevo a ese chico de cabello de púas.
NIGHTYY AL HABLA (!)
muchas gracias, de todo corazón por su apoyo en esta historia. amo demasiado los problemas familiares entre sukuna y yuji. además, sé que les dije al principio que esta historia sería dulce, ¿pero sin drama? imposible. amo a mis bebés, y por cierto, debo decirles que "Roch" que en realidad se llama Rochelle, es una oc de mi bestie; de quien tengo permiso para utilizarla y juntarla con sukuna. voy a reeditar el primer apartado por esto.
gracias por todo bestie;
déjenme sus opiniones al respecto de este cap, y nos veremos pronto, fresitas.
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