
Zopilote
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El Huapango de Moncayo es un tema emblemático.
Recomiendo que lo escuchen A partir de que se menciona.
Si lo hacen antes se van a distraer.
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—¡Abuela! ¡Mira! —Señaló Ángel asustado, muy asustado, igual que si hubiera encontrado el cañón de un arma frente a su rostro. Un par de ojos negros de asesino estaban sobre ellos.
—¡Dios Santísimo! ¡Ángel! ¡Mi niño, ve para allá! —dijo la anciana también muy asustada. Empujó al adolescente intentando separarse unos metros de él, para comprobar a cuál de los dos estaba mirando el ave.
Aquél pajarraco negro y feo siguió con ojos redondos y oscuros al muchacho, cercano a cumplir quince años, pero cuando se quedó quieto, volvió la mirada a la vieja y en ella los dejó.
La mujer se puso pálida.
Se sabía mayor, tenía setenta y nueve. Pero no estaba precisamente esperando la muerte.
¿Quién está preparado? Ella tenía siete días a partir de ese momento para estar lista.
—¡No! ¡Abuelita! ¡A lo mejor...!
— Sí, m'ijo, tú no te preocupes. —Pese a la palidez de su rostro, le sonrió a su nieto.
—¡Ve al doctor, abuelita! ¡Vamos! Si tienes algo malo, a lo mejor se puede revertir.
La mujer le sonrió, con esa paciencia comprensiva que sólo un amoroso anciano tiene. El entendimiento de las verdades profundas, como que la muerte nos llega a todos y nos duele perder un ser querido, pero seguiremos adelante, era algo que aún no podía explicarle. Asintió nada más por darle gusto a su nieto, pues ¿qué sentido tendría dejarlo angustiado, pensando en los hubieras?
—Sí, m'ijito, me acompañas mañana. Ahora, vamos a preparar una buena cena. ¿No te parece que la ocasión amerita que cocinemos para la familia? Anda, llama a tu padre y a tu madre y diles que los quiero hoy aquí para cenar. Y ayúdame también a llamar a todos tus tíos. Diles que quiero verlos y que vengan. Que vengan hoy o mañana, ¡que vengan lo más pronto posible!
Ángel se soltó a llorar abrazado de su abuelita. También ella lloró con su nieto y no tanto por ella. Llega una edad en que los huesos ya duelen tanto, los ojos no sirven y ni comer bien se puede, ¡hace tanto que las estaciones se suceden siempre igual! Tantos años que se va siendo cada vez menos partícipes del mundo, con menos que decir o quizás más, pero con menos personas a quiénes importen las palabras de un viejo. Morir no es el peor de los males.
¡Pero que tristeza ver lágrimas en los ojos de su muchachito querido! ¡Más querido que su propia hija! Un amor dorado, sin la responsabilidad y con décadas de ternura a cuestas. ¡Y de paciencia! ¡Y de asombro! Que con los hijos propios no se puede amar con tanta sabiduría ni con tanto tiempo.
—¡Ya, m'ijito! ¡Para ya de chillar! ¡Te entiendo, mi muchachito! ¡Te entiendo de verdad! ¡Imagínate cuando vi al pajarraco ese! —El zopilote los miraba fijamente— ¡Con los ojos sobre tu abuelo! ¡Chillé así como tú! ¡No, qué va! ¡Como diez veces más y no se lo quería decir...!
—¡Pues claro que no, abuelita!— Ángel se limpió la nariz como no lo hizo en diez años, con la manga de su suéter. Una mancha de húmedo brillo quedó como testigo—. Si yo le digo a mi mamá... —Y soltó a llorar con más fuerza. Las lágrimas parecían pequeños y gordos pingüinos transparentes, lanzándose al mar de aire.
Ninguna gotita quería recorrer el camino lento de los pómulos y las mejillas, se arrojaban directo desde el borde de las pestañas, empujadas por la siguiente y la siguiente y se acumulaban, de tantas que había. Estaba llorando a chorros con las mejillas secas.
—¡M'ijo, ya deja de chillar así que se te van a poner los ojos como dos jitomates! Van a creer que te pegué y me van a acusar de violencia, violencia intro... ¡Esa palabreja que usa tu mamá! —dijo su abuelita, alarmada.
Ángel soltó una carcajada sin dejar de llorar. Porque lo divertido no le quita lo triste a la muerte. Y la muerte no le quitaba lo divertido a su abuela. La histeria se hizo cargo de la situación y ambos lloraron y rieron a turnos o al mismo tiempo. Se burlaron del pajarraco y de la muerte. Comenzaron a hacer chistes y entre más negro el humor más risa les daba y el dolor de la perdida anticipada se volvió sublime.
—M"ijo, voy a escoger la ropa con la que quiero estirar la pata. Por favor, les dices a todos que respeten el pudor de una vieja y no me anden mirando las carnes. ¡Que no me vayan a estar encuerando cuando ya esté toda tiesa!
—Sí, abuelita —respondió Ángel con la voz rota. No desolada. Entre risas y llantos la garganta no le daba para más, pero ya tenía el principio, la base de la conformidad, que en los siguientes días se haría más fuerte. Reírse de la muerte y después con ella, es abrazarla y saberla amiga, una hermana. La última compañera de asiento en un bus que todos tomamos.
—¿Y puedes conseguir, en ese bicho tuyo que toca música, una canción que me gusta? —. Otra vez el muchacho asintió.
El portón del garaje se abrió. El auto de la madre de Ángel entró despacio y ella bajó mientras el portón se cerraba automáticamente.
—¿Qué está sucediendo aquí? —Preguntó la mujer—. ¿Ángel, porqué estás llorando?
—Abuelita me golpeó, mamá. Fui víctima de violencia intrafamiliar.
Sandra parpadeó; sus antenitas de madre captaban algo, pero las risotadas de su madre y las prisas, siempre las prisas haciéndola correr, la despistaron.
—¡Deja ya eso y ayúdame a llevar las compras! —. Tan acelerada como siempre, pasando de la cosa importante actual a la siguiente inmediata—. Déjalas en la cocina.
—¡Sí, mamá! —respondió Ángel y acudió a ayudar a su madre con las bolsas del súper mercado, suspirando profundamente. A Sandra tampoco le pareció demasiado raro que su hijo obedeciera tan rápido. Lo agradeció; un problema menos. Además, Ángel era casi siempre un buen chico. Normal, revoltoso como cualquier adolescente. Sin embargo, había sido criado con tanto amor que era de lo más tratable. Sandra pasó por alto que su madre también tenía los ojos enrojecidos.
Ángel no podía ser un adolescente normal en esos momentos. Estaba muy triste de saber que perdería a su abuelita en apenas una semana. Se daba cuenta, también, que su mamá tan apurada como siempre iba por la vida, no iba a notarlo y podría perder la oportunidad de decir cosas importantes a su propia madre, como; "te quiero mamá", "aunque te culpé de mis sufrimientos en la juventud, te comprendo ahora", "te agradezco que me dieras todo lo que me diste", "perdóname porque te he dedicado tan poco tiempo, preocupándome en cosas que en gran orden de la vida son sólo banalidades"
—Mientras bajan eso, voy a ver que vamos a cenar mi amor. M'ijito, ¿me ayudas cuando termines con esas cosas?
—Sí, abuelita, ahora voy.
Si el amor es cotidiano, es fácil perderse las sutilezas. Sandra cerró la cajuela de su auto y los dejó solos, mientras iba a buscar a su recamara algunos documentos.
***
El funeral de su abuela fue muy concurrido. Acudió toda la familia; parientes que radicaban en lugares lejanos a la ciudad, vecinos, conocidos del mercado y las tiendas. Y es que su abuela dedicó sus últimos días a llamar a todos para decirles que los amaba. A cada uno lo invitó a comer, cenar o tomar café esa semana. Recibió visitas, incluso, cada día tuvo dos o más tertulias en las que cocinaban, comían, alguien sacaba una guitarra y una botella. Y un rato después todo volvía a comenzar.
La abuelita río más veces de lo que había reído en años, abrazó y besó a mucha gente. Fue la reina de la fiesta de clausura de su vida.
El séptimo día, Ángel puso en el aparato de sonido de la sala el Huapango de Moncayo, pese a las protestas que su madre y otros invitados elevaron a lo largo del día.
El chico defendió con uñas y dientes su derecho, o el de su abuela, a escuchar la misma melodía mil veces, si ella quería.
Cuando llegó la noche y las visitas se fueron o se acomodaron en las habitaciones, le entregó su propio reproductor, una lista con sus canciones favoritas y ciento cincuenta veces el Huapango de Moncayo. Cuando le puso los audífonos, el brillo de placer en la mirada cansada fue todo lo que necesitó para sentir que, al menos de su parte, hizo todo lo posible porque su abuela fuera feliz.
La anciana mujer fue a dormir con su mejor pijama; una camisa de seda negra con pantalón a juego que no había usado nunca, un regalo olvidado de alguna navidad. Y se puso calcetines, porque quería irse al cielo con los pies calientes.
El zopilote, desde el árbol que se veía por la ventana, la miraba.
Ángel se quedó con ella, acostado. Tomados de la mano, hasta que ella se durmió con los audífonos puestos y la condenada melodía que seguramente Ángel jamás iba a volver a escuchar con indiferencia. En las horas de ese día aprendió las notas, los tiempos y los silencios de la muerte.
Ya no hablaron.
¿Para qué? No hay nada tan importante que se le tenga que decir a alguien que se muere, además de Te amo.
¿En cuanto a ella? ¿Podría acaso transmitirle su sabiduría en apenas unas horas? Si ya lo había criado, lo cargó, le limpió las nalgas llenas de caca de bebé, lo regañó, lo besó, lo durmió y le dio de comer cada tarde que regresaban de la escuela.
Lo que faltaba para llevar a ese muchachito tan bueno de su niñez a su hombría, era trabajo de otros. Cuando se quedó dormida, él se fue a su habitación, arrastrando los pies. La irrealidad tocaba el mundo. Las paredes quizás no eran paredes. Eran sueños o nubes.
Algo que él no podía cruzar pero el pequeño bebé que brotó de una de ellas si podía y lo hizo gateando.
Ángel no tenía duda de que ese bebé de bucles de cabello castaño y que parecía un querubín de óleo, de mejillas regordetas, no era del mundo de los que respiran. Su mirada muerta declaraba que sus andares y ruiditos de bebé de dos o a lo sumo tres años, eran un eco de tiempos remotos. Pero esa noche Ángel estaba agotado y no hizo más caso del pequeño fantasma. Entró a su habitación, se arropó con las mantas hasta el cuello y lloró por horas, hasta el amanecer, que fue cuando el sueño le concedió una tregua.
***
Al volver del cementerio, no se sorprendió al encontrar al mismo muchacho sucio acurrucado a un lado de la escalera.
En la cocina como siempre, como ritual, las mujeres cocinaban, como lo hicieron por generaciones, demostrando su amor preparando frijoles y su tristeza con pollo con papas y costillitas de cerdo en su jugo.
Había sobre la mesa una descomunal cantidad de panes, tomó dos y nadie se lo impidió.
Se sentó junto al muchacho de pelo claro y ojos color miel. No le preguntó nada, sólo le dio un pan y comenzó a comer el otro. Y el muchacho lo miró, desvanecida la tristeza y el terror de sus ojos y sonrió un poco. Ángel, al ver esa sonrisa, se sintió un poco mejor.
—Ángel ¿Por qué estás en el suelo? —preguntó su mamá.
Sandra estaba menos triste de lo que pensó que estaría. Resultó que Ángel pudo transmitir a su madre la urgencia que aquellos hechos inusuales; las tertulias, la brutal cantidad de parientes y lo que eso singnificaba.
"A lo mejor se está despidiendo" dijo una tarde, cuando sus padres comentaban el súbito éxodo familiar a la inversa; todos sus hermanos, familiares lejanos, vecinos y amigos llegaron a verla.
Su madre no era tonta y era su madre, supo de inmediato lo que quiso decir, sumó dos más dos y lo multiplicó por el factor de lo abismal y lo desconocido, que fue siempre una línea paralela en la realidad de su familia.
—¿Vio al ave? ¿El ave la vio a ella? —Preguntó por primera vez mirándolo con algo más que lo de siempre hay entre padres e hijos. Se vieron uno al otro de persona a persona, de pariente a pariente, de soldado a soldado en la misma trinchera.
—Sí. Y yo también ví al zopilote mirarla.
—¡Cristo redentor!
Y salió corriendo en dirección a la habitación de su madre con tiempo suficiente para aclarar una vida de maternidades compartidas, para perdonar o pedir perdón por todas las injurias que son parte de ser hija y de ser mamá.
***
—Este es un buen lugar para estar en un velorio. Me siento menos solo.
A su lado, invisible para la madre, el muchacho de los ojos miel sonrió. Sandra también se sentó a su lado, en el piso, quizás por primera vez en veinte años, sin que le importara su pantalón de lana o sus zapatillas de tacón alto.
—Aquí siempre se siente frió. Mi abuela decía que esas eran tonterías y creo que yo me parezco un poco a ella. Pero mi madre alguna vez me dijo que en esta casa vivió un hombre muy cruel. Lo que hizo con sus hijos fue terrible.
—¿Qué hizo?
—Mi mamá me contó que el hombre era estricto. Encerró a su hijo porque su conducta era inmoral. Me acuerdo que yo ni sabía que era "inmoral".
— ¿Y qué era? —Ángel vio de reojo como el muchacho soltó el pan y se ponía triste de nuevo.
—Pues quién sabe, mi mamá no me explicó. Y...
— ¿Y?
—Y ya —. Sandra sonrió por haber picado la curiosidad de su hijo y dejarlo así —. Era pequeña. Menor que tú, tendría diez o nueve años.
Por unos minutos, los tres separados por una línea en la que no se cruza voluntariamente muy a menudo, mirando dentro de sí mismos, en sus recuerdos.
—Siempre te voy a agradecer que me permitieras despedirme de mi madre.
Ángel no le sonrió, no tenía ganas de estar contento, aunque tampoco estaba muy triste. Pero el muchacho de los ojos claros volvió a sonreír. Y el bebé, que se chupaba el dedo, aferrado a la última columna del pasamano de la escalera, lo miraba, con sus mejillas llenas y sus ojos oscurecidos por la muerte vieja.
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Este capítulo tiene lágrimas de verdad. Está dedicado a la perdida de una madre querida. Y de una abuela querida. Al escribirlo lloré, mis mejillas si se cubrieron de llanto y no me importó que la gente mirara, nada podía hacer para dejar de llorar.
En otro lugar del mundo, al mismo tiempo que Celia se ponía su piyama de seda negra para estrenar en la muerte, una amiga mía, tan querida, estaba perdiendo a su madre.
Más o menos al mismo tiempo que yo escribía esto, con una diferencia horaria de ocho o nueve horas. Es decir que si para mi eran las ocho de la noche, ella estaba en la madrugada del día siguiente.
Sé que sentí la muerte de su madre en tiempo real. Y cómo era muy triste aunque en ese momento no sabía que era lo que estaba ocurriendo y como la mejor manera de lidiar con emociones (con mis emociones) es escribiendo, puse los dedos a trabajar y comencé a escribir "Hambre".
Pasaron tres días antes de que supiera que de alguna manera que no comprendo ni trato de explicar, me conecté con hechos que sucedían del otro lado del mundo y plasmé la tristeza del adiós mientras esa madre a la que no conocí se iba del mundo y a esa hija a la que adoro, aún no le era revelado que su madre había partido.
Para ella es esta historia, es lo único que puedo darle, escribir su tristeza remota, que no sé si pueda servir de algo.
Las flores dan su color incluso aunque el ciego no pueda verlo.
No soy flor ni ella es ciego. Somos amigas.
Esta es mi manera de estar con ella, aunque sé que su dolor es tan grande aún que probablemente no vendrá a leerlo.
Para B.
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