La noche se llenó de los gritos que llegaban hasta su habitación. Era su padre y su hermana discutiendo, otra vez.
Ella en realidad, lloraba. El único que gritaba era el dueño de la casa y de las vidas de todos.
Las relaciones entre su padre y su hermana eran imposibles. Las discusiones y los llantos se repetían con frecuencia en la Finca, desde unos años atrás.
—¿Qué pasa? —preguntó a la mujer que entró a su habitación con una charola en las manos, apresurada; llevaba para el niño Joaquín, una taza de chocolate recién batido, dos piezas de pan dulce y un plato de estofado de pollo.
—¡Ay niño! ¡La niña Juana está haciendo enojar a Don Vicente otra vez!
—¿Se negó a casarse con ese otro viejo asqueroso que padre trajo ayer?
—Si niño. ¡Hasta le dijo que antes de que él la obligue, tragará veneno! Mejor ni salga ahora porque...
Los pasos en la escalera retumbaron en las paredes. Catalina no podía huir. Dejó la charola sobre la mesita y bajó la mirada lo más posible. Hubiera querido enterrarla, encontrar resguardo entre los cimientos de la casa y las raíces de los árboles. Alejarse todo lo posible de la mirada siniestra de Don Vicente y de su ave.
Su padre entró a la habitación después de llamar una vez a la puerta. No tenía intenciones de esperar, eran las buenas maneras.
En su expresión de fastidio, en las profundas líneas que rodeaban su boca, en la nariz arrugada se veía con claridad lo mucho que todo a su alrededor le desagradaba. Sus hijos, la servidumbre, incluso la deliciosa cena. Los sonidos de aleteo eran lo único que se escuchaba. El ave, siempre el ave en su hombro, en su brazo o en su perchero.
La mirada gélida se posó sobre la mujer por un momento.
Joaquín, que ya se disponía a dar buena cuenta de su cena caliente, se puso de pie y bajó los ojos. Don Vicente quería decir algo, pero al final no se atrevió o se la pensó mejor. Durante los últimos años, su mirada se volvió vidriosa, su aspecto descuidado y su actitud iracunda era cada vez más dificil.
Salió de nuevo, sus pasos resonaron lejanos hasta el final del pasillo donde el sonido de la puerta de sus habitaciones dio un espacio de descanso a todos en la casa.
—A veces Don Vicente me da miedo —dijo Catalina.
—A mi también —Joaquín y los dos testigos invisibles estuvieron de acuerdo.
🌾
Mucho más tarde, una figura furtiva entró a la habitación de Joaquín por la ventana. Era una visita esperada.
La casa dormía, los sirvientes entregados al descanso a un huerto de distancia y los ocupantes de la casa grande, pernoctaban sin tener idea de los jóvenes amores que se enredaban entre finas sábanas en las noches más oscuras.
Catalina tampoco lo sabía. Hubiera callado, por supuesto, rezado mucho en silencio y llorado mucho, pues el riesgo que su hijo corría al vivir ese idilio prohibido era el más grande de todos.
Y Juana María, demasiado perdida en su propia tragedia de honra marchita, no solía ni siquiera mirar a su hermano a los ojos.
Bernardo era una sombra más de la noche. Su ausencia no era motivo de preocupación en las habitaciones de los trabajadores. ¿Qué hombre no se pierde una noche entre las piernas de una moza si encuentra la oportunidad?
Como otros, también se escabullía de su petate de jornalero cuando todos dormían y regresaba mucho antes del amanecer, para evitar encontrarse a los primeros en levantarse. Nadie preguntaba. Eran los secretos de la cama de cada quien.
Ninguno hubiera sospechado que la cama caliente que recibía al robusto hijo del indigena y la mulata, era el hijo del patrón, el niño Joaquín.
La imposibiilidad del hecho los mantenia a salvo.
🌾
Los gritos de siempre lo hicieron despertar con sobresalto; su padre, queriendo reformar a su hija, no perdía la oportunidad de recordarle que era una perdida sin valor. Algo faltaba esa mañana, pero Joaquín no se dio cuenta, adormilado todavía. Se levantó de inmediato, los dolores del amor que Bernardo solía dejar en su cuerpo le provocaban sonrisas irrefrenables.
Ya se vestía cuando Catalina entró a su habitación, apresurada.
—¡Niño! ¡Su hermana se fue! ¡No durmió en casa!
Eso era lo que faltaba; el llanto de Juana María.
—¿Cómo que se fue? ¿Y el niño?
—No se lo llevó. Todavía está con las otras criadas. Petra se lo llevó al mercado apenas salió el sol. A ver si no se enoja más el patrón.
—¿Y padre?
—Está gritando en su despacho. ¡Por favor, niño! ¡No vaya a contradecirlo! ¡Está más enojado que nunca! ¡Yo no sé de qué sea capaz!
—¿Qué ha dicho?
—Hartas palabras duras, niño. ¿sabe que debería hacer usted? Escriba al Amo Don Pedro. Yo llevo la carta lueguito que la termine. ¡Que venga, él tal vez pueda calmarlo y...
Los pasos en la escalera hicieron huir a Catalina. Joaquín terminaba de calzarse cuando su padre entró.
—Tu hermana —dijo con un tono tan gélido que le hizo sentir escalofríos— ¡Nunca volveremos a mencionar su nombre en esta casa! ¡Para mi está muerta! ¿Queda claro?
La criada asintió, Joaquin susurró un "si, padre".
—Voy a hacer de ti un hombre. ¡Basta de tonterías! Irás a España a estudiar Leyes. Y a tu regreso, haremos los arreglos y cortejarás a una de las hijas del señor Hernán de Revilla.
Ya he hablado con él. Tiene una doncella de once años. A tu regreso, será casadera.
"Como ordenes, padre" respondió. Ni por asomo pensaba que podía oponerse a la voluntad de hierro del dueño de todo.
El viejo dijo a Catalina justo en la puerta.
—Prepara el equipaje. Se irá en el próximo tren que vaya a Veracruz.
Joaquín tenía demasiado miedo, como para atreverse a decir otra cosa. Don Vicente pareció calmarse con la buena actitud de su hijo y salió cojeando de la habitación.
—¿Y tu hermana? —preguntó Ángel.
—Catalina me contó días después que estaba con el padre de la criatura. Era un inglés que no tenía ni en donde caerse muerto. Él se la llevó apenas pudo juntar unos pesos para la boda y un techo. No volví a saber de ella, nadie la mencionó otra vez.
—¿Y que dijo Bernardo de tu viaje?
—Se puso triste.
A su alrededor, la escena cambio y comenzó a pasar todo de prisa. Escenas borrosas, una tras otra. Llegó a la conclusión de que, siendo observador de recuerdos, estos estarían fragmentados o rotos. En efecto, algunas veces, los puntos más lejanos a donde llegaba su mirada se notaban extraños. Como desgastados.
Tal vez pasaron días o semanas. O sólo fueron horas. No preguntó más al espectro para no ver la tristeza en sus ojos de color miel.
Los hechos que se superponían como una pelicula mal montada, editada por un neófito iletrado, ralentizaron su vertiginosa secuencia de fotogramas oníricos que lo mareaban, hasta llegar a un amanecer rosa y gris.
Algunos sirvientes cargaban un carro de mulas con el equipaje. Joaquín, vestido con un saco y corbata, aquellos pantaloncillos rojos y una mirada de tristeza muy grande, se alejaba en dirección del huerto.
Nadie le prestó atención. El fantasma y Ángel lo siguieron.
—Yo tuve la culpa— dijo de pronto—. Padre me entregaría unas cartas antes de irme y después iria a montar por las tierras. Mi tio Pedro y Doña Cándida, mi tía, iban a llevarme a Veracruz, pero no llegaban todavía.
—¿Por qué dices que fue tu culpa?
—Yo sólo quería verlo.
—¿A quien? ¿Qué cosa fue tu culpa?
Joaquín levantó la mano y señaló al árbol grande, un sauce llorón que derramaba sus hojas y ramas como si fueran líquidas.
Bernardo estaba ahí, desgranando mazorcas de maíz para el nixtamal del día. Al levantar la mirada, no sonrió mostrando las perlas y las estrellas a las que Joaquín estaba acostumbrado. Parecía serio, casi enojado.
Ángel no se acercó. No quiso escuchar nada de lo que los jóvenes amantes tuvieran que decirse. Era desolador, triste en extremo. Aquellos dos chicos no mayores que su Misha y que él mismo estaban igual de enamorados.
La diferencia era la sociedad. Las cosas en el siglo XXI seguían siendo difíciles, pero había más apertura. Al menos sus padres sabían ya que se querían.
¡Cuántas vidas perdidas en la espera de la integración! ¡Generaciones y más generaciones!
Joaquín, el del recuerdo, se arrodilló ante Bernardo.
Aquél nada más extendió la mano para acariciar el suave mentón con dedos toscos y sucios.
—Él tenía miedo de que nunca volviera. Creía que yo lo olvidaría.
Bernardo dejó su tarea, se levantó, sacudió la basura que el maíz dejó en su ropa. Discutían. Uno se expresaba con fuertes manoteos, el otro bajaba la cabeza y negaba. Al final, la discusión la ganó Bernardo. Tomó a su Joaquín del brazo y tal vez un poco a fuerzas, lo llevó detrás del árbol, echando una mirada alrededor.
Nadie a la vista.
Pronto, sonidos que Ángel no desconocía, surgieron del improvisado tálamo. Incómodo, se obligó a quedarse quieto al lado del fantasma que, sin embargo, miraba las nubes color durazno y naranja iluminarse. Otro amanecer prendia en llamas el horizonte.
—Fue la última vez que vi el sol —recordó con melancolía. Tal vez al final, cosas pequeñas y cotidianas como los amaneces son las que más se echan de menos.
Un ruido se escuchó, gente aproximándose. Al cabo de unos minutos, Don Vicente y dos hombres aparecieron
—Padre me estaba buscando para darme las cartas. Tenía prisa de irse. Si tan sólo lo hubiera esperado en casa...
La voz de Joaquín fue reconocible. Don Vicente, viejo, decrépito, con todo el cabello blanco brotando en mechones encima de las orejas, despeinado por el viento, era igual de aterrador que el fantasma que Ángel temía. Se golpeaba la pierna con un látigo o fuete. Desde la perspectiva de Ángel, no podia verlo con claridad. El espectro de su hijo se escondió detrás de Ángel.
—¿Tienes que ver esto?
—Una y otra vez —respondió, con la voz ahogada a espaldas de quién, si hubiera podido, se hubiera negado también a presenciarlo.
—¡Es terrible!
—Lo fue.
Don Vicente indicó algo a los hombres. Ellos permanecieron en el lugar, a la espera. Pero él avanzó para comprobar con quién su hijo se estaba haciendo hombre. Golpeaba su muslo, sus dedos se cerraban y abrían aferrando el mango del instrumento. Tal vez su hijo quería llevarse un buen recuerdo de su tierra.
De todos modos, le molestó tener que buscarlo.
Aún sin ver su rostro, en sus pasos, en sus hombros que se levantaron, en el repetido golpeteo del del cuero, la ira profunda era legible y atemorizante.
El árbol ocultó el resto. No los gritos, ni los insultos; "bestias, animales, ímpios, arderán en el infierno".
Lo que Ángel vio fue al heredero Landa de SotoMonteros, con la ropa desarreglada y los pantalones abiertos, yendo a parar al suelo por el violento tirón que le dio su padre.
—¡Lo mismo hizo con Misha cuando nos besamos! —exclamó Ángel, entendiendo por fin cuál era el gran problema del espectro terrible. Si Joaquín se veia obligado a ver todas las cosas una y otra vez, el padre repetía lo que ocurrió esa mañana.
Ese era el infierno, sin duda.
A una orden, el par de hombres lo alejaron a rastras. Joaquín pataleaba y suplicaba pero nada podía hacer para evitarlo. Sus ruegos tampoco detuvieron el brazo de su padre que se descargó implacable hasta que los gritos de Bernardo dejaron de escucharse. El anciano transformado en un demonio de cabello blanco, lleno de ira infernal, flagelaba con furia.
Cuando Bernardo quedó en silencio, Don Vicente arrastró enérgico, su leve cojera.
Llegó hasta su hijo, del cabello lo llevó consigo hasta la casa de los sirvientes.
—¡Saquen a todos de la finca! ¡No quiero a nadie aquí! —Los trabajadores obedecieron de inmediato. Nunca vieron al patrón tan furioso— ¡Dejen a esa basura en el suelo —dijo, refiriendose al cuerpo de Bernardo que permanecía detrás del árbol. ¿En que estado?
Ni el fantasma ni Ángel lo sabían.
Los hombres cumplieron órdenes. Era el patrón. Nada podían hacer si valoraban su trabajo.
Pasaron tan cerca de donde Ángel observaba que casi lo traspasan.
El terror en la mirada de Joaquín le causaba vértigo. Una estrechez en el vientre, un vacío, caliente como el aliento de una bestia, un aroma a nada, amargo, que le revolvía las entrañas.
El miedo tiene su propio hedor amarillo, es frío, quema, se envuelve alrededor de la garganta, un efluvio que asciende desde las grietas resecas, que inmoviliza desde el alma hasta el corazón.
Ángel quiso comprobar que Bernardo estuviera vivo. Pero el borde del sueño en el que estaba se volvió gris e incluso alcanzó a percibir oscuridad.
Comprendió el porqué; Joaquín nunca supo que ocurrió con Bernardo, no tenía esa memoria y Ángel no podia explorar recuerdos que no existían.
Se apresuró a seguir al padre y al hijo, para presenciar la más cruel de las injusticias. El muchacho suplicaba perdón, lloraba de tal forma que rompía el corazón. Pero su padre no tenía compasión alguna. Vio al hombre abrir una puerta y lanzar a su hijo escaleras abajo. Cerrar con violencia. Ya no era un hombre en ese momento.
La cordura que tal vez hubo en el huyó para poder cometer esos actos depravados.
Ángel se quedó con el aterrado muchacho en la oscuridad. Sí el tiempo pasaba o permanecía inalterado, no podía saberlo, pero aquello se sintió eteno. En algún tiempo, tuvo la impresión de ver un poco mejor. Pero sólo podían distinguirse oscuridades densas de oscuridades impenetrables. El llanto del hijo enterrado en vida se detenía a ratos. Después volvía.
Escuchó al muchacho arrastrarse por la escalera. Joaquín golpeó la puerta por lo que pareció una eternidad. Gritó por un perdón y una piedad que jamás llegaron, hasta que la voz se le acabó.
La negrura se alargó como un oceano sin viento. Y nada cambió nunca más. El fantasma no estaba o si seguía con él, no tenia modo de saberlo.
Esa quietud era enloquecedora. Nada ocurría, ni siquiera una rata correteando, ni ruidos, crujidos o pasos.
Joaquín ocupó algo del tiempo que le quedaba de vida rebuscando comida, avanzando a tientas. Lo tocó todo en ese espacio que el testigo no sabía que tan grande era y ninguna cosa encontró. Aquella habitación no era una bodega, porque de serlo, frijoles o maíz almacenados pudieron hacer, tal vez, una diferencia. Quizás hubiera sido peor. La agonía pudo ser más larga.
Pese a que era casi impenetrable, esa oscuridad tenía profundidad, volúmen y forma. Aunque no lo parezca, la vida está presente en todo sitio, a cada instante.
Pero de pronto, comenzo borrarse. Fue mucho después que los llantos cambiaron por quejas de dolor físico. Y cuando las quejas dejaron paso al silencio, uno que duró demasiado.
—¡Joaquín! ¿Qué está pasando?
—Esta es la muerte —susurró el fantasma a su lado.
—¡Quiero volver! ¡Por favor! —la escasa realidad que le quedaba se agotaba. Era como estar en una burbuja de negrura que se hacía cada vez más pequeña. Y más allá de los bordes, un aterrador vacío.
—No puedo hacer nada. No puedo llevarte a...
Ruidos se escucharon, impactos. Algo que asustó a Ángel más, si acaso eso era posible.
Lo siguiente fue una gran claridad de luz que se derramó sobre ellos.
El fantasma estaba sorprendido.
—¡Esto no ocurrió!
—Tal vez es lo que sigue.
La luz recorrió los rincones. Debajo de la escalera, Ángel y el fantasma observaron, sorprendidos, un cadáver tendido en el suelo, en posición fetal. La ropa conservaba el color rojo que Ángel dolorosamente reconoció con facilidad.
—¡Me encontraron! —dijo. Por primera vez, sus ojos brillaron con felicidad, antes de comenzar a borrarse del mundo.
Giró el rostro a su amigo. Ambos supieron que el motivo que convirtió la casa en su prisión, ya no existía más. Su espíritu era libre porque ya había alguien que sabía que cosas ocurrieron y, más que la muerte, el olvido era a lo que Joaquín temía más.
La sensación de libertad fue casi física, aunque a falta de un cuerpo, quizás era sólo pensamiento. Ángel no siguió a tan inútil idea, de si acaso se puede sentir con la mente. Estaba contento porque su amigo viera por fin el final de su pena, aunque dolía la separación que, en esa ocasión, iba a ser para siempre.
—Busca a Bernardo. Por mi.
—Lo haré —prometió. No importaba que hubieran pasado dos siglos. Que tal vez no existieran registros. Haría lo posible porque los chicos encontraran descanso, si podía, juntos.
El fantasma sonrió por última vez. No tenía ya nada más que hacer en el mundo.
Extendió la mano, pero desapareció antes de que sus dedos alcanzaran la de Ángel, abierta hacia su amigo, que de algún modo, estaba partiendo otra vez.
Pero no solo. Ya no.
La luz se movía por todos los rincones de la habitación. Todo a su alrededor comenzó a cobrar nitidez. Después reconoció a sus padres. Las voces sonaban al principio como si emergieran del agua y se fueron haciendo más y más claras. Comentaban por supuesto, lo terrible que era esa situación.
—¿Y tú qué estás esperando? —Una mujer algo mayor, de pelo entrecano, que le recordaba un poco a su abuela, le hablo directamente a él. En voz baja, discreta, de espaldas a sus padres, como sí no quisiera que Luciano y Sandra, que contemplaban los restos de Joaquín a un par de metros de distancia, la escucharán.
—Yo...
—¡Muévete! ¡Tu güero te está esperando!
Ángel pensó en Misha y al instante visualizó su rostro tan claro como si lo tuviera enfrente. le sonreía de esa manera que enamoraba. Lo llamaba por su nombre susurrado. Todo comenzó a sacudirse. Una vez, después tres. Fue muy extraño.
Entonces se dio cuenta que no estaba recordando su rostro. El alto y guapo muchacho si estaba ahí.
Lo miraba con alivio, sorpresa y alegría mientras lo sacudía tres veces más.
Entre las brumas del despertar, Ángel, un tanto confuso, descubrió que estaba en su cama y que por fin, estaba de vuelta.
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