-Ese niñato arrogante... -murmura al policía gordo. Así le ha apodado McClain.
-Ya, lo se. -murmura Keith. Quiere quitarle importancia al asunto. Es que si no se va a volver loco. McClain puede llegar a ser un puto imbécil que te insinúa mamartela y después se abre en canal. Es una caja llena de sorpresas. Una caja un poco hija de puta. -A veces puede ser... -el guarda niega y aigue vociferando. No le deja acabar.
-¡Como puede ser tan cretino, a su edad yo no estaba en la cárcel! -Keith respira hondo y se sienta en su silla. Se sirve un café de la máquina. -¿Sabes que hacía yo a su edad? Yo trabajaba. Para mi familia. Y luego estudiaba. Ni un rato para mariconadas de esas.
-Ya buen...
-¿Sabes que le falta? Una hostia. Una buena hostia a tiempo... -ríe en voz baja de forma casi sarcástica. Se reirá por no llorar. - ...quita mucha tontería.
-Es de mi edad. Somos jóvenes y en fin... -murmura Keith. Y era cierto. Lance era unos años más joven, 2 o 3, poco más. Si Keith tenia 24 Lance tendría 21. Algo así.
-Es un gilipollas Keith. Un gilipollas. -por alguna razón, ese insulto molesta al azabache.
-Está en la cárcel. No creo que sea tan fa...
-¿Y? Yo estoy vigilando. Hasta los huevos de que me toreen.
-Pero ellos han cometido delitos. Quien sabe si se arrepiente o...
-¡Que se va a arrepentir! Están locos. -Keith frunce su ceño.
-Yo no les llamaría así.
-¿Cómo entonces, maricones desquiciados?
-No. -Keith frunce el ceño. -Simplemente pienso que cada uno tendrá sus motivos y tal vez hayan casos más lógicos de mala actitud.
-¿Les estás defendiendo?
-No. -el asiático bufa. -Pero que aquí dentro hay...
-Que si. Mucho tarado. Que me da igual. -Keith suspira y observa como el policía gordo de pone frente a las cámaras. Sin duda ambos lados son una auténtica mierda. Aún así Keith parece llegar a entender la actitud de algún que otro preso. Joder, que violaron a su hermana... abusaron de ella y de su madre. No es que le defienda, es que una violación es una violación. Ha matado un trocito de su hermana.
-No todos son así. -el hombre ríe y niega.
-Acabas de llegar novato. Acabas de llegar. -suspira y se gira cara a las pantallas de las cámaras. Keith simplemente le mira de arriba a abajo. Pedazo de impertinente, piensa.
El anochecer llega a la cárcel.
Las cenas suelen ser un puto incordio.
No suelen haber peleas, pero el hambre de los presos es terriblemente asesina.
Lance camina junto a Hunk. Ambos sonríen.
-No le quedará mucho. Que se yo, ¿tres chocolatinas? -Lance sonríe. Si quieren hablar de eso, deben usar otros términos. Y chocolatinas es el más atractivo y a la vez es más alejado.
-Pues hay que acabar. Las tres chocolatinas te las comes en tres tardes.
-No, no. Pon... cuatro o cinco.
-¡Si hombre, se ponen malas Hunk! -el samoano ríe. -¿Estará bien Pidge?
-Podemos llamar luego. He conseguido unas monedas a cambio de un par de porros.
-Genial. -mira a su alrededor y deja que llenen su bandeja de comida. -Antes de ir a la celda hay que ir. Si se hace tarde cerrarán las líneas.
-¿Donde está el pelirrojo? -murmura un hombre alto, con los brazos tatuados. Le conocen. Es Kollivan, un tipo que ingresó allí hace años. Hurtos, atentado contra la autoridad y atentado a la salud pública. Una joyita. ¿Por qué? Robar en una joyeria para dar algo que meterse a la boca a sus dos hijos. Él, padre y viudo.
-Está en el hospital.
-¿Que le ha pasado?- el hombre frunce el ceño. Su poca barba afeitada encanece y su cabello está recogido en un pequeñísimo moño. Ahí dentro es como la autoridad, más o menos. Uno de los que más se respetan. Y uno de los que más se puede temer.
-Nada. Están con una operación.
-Anda. Me alegro por el enano. -sonríe. Una vez su bandeja está llena observa a Lance de reojo. -A ver si te pasas por mi celda o algo. -Lance ríe mientras observa como se llena su bandeja. -Echo de menos esas manitas...
-Y más que lo harás. -bromea entre risas. El hombre sólo puede mirarle el culo de reojo y desaparecer de camino a su mesa. Hunk suspira.
-¿No te jode? ¿En serio que no te jode?
-Tio, llevamos así un año. -responde el cubano al samoano. - ¿Te crees que ahora me voy a poner exquisito?
-Tampoco lo espero... -bufa. Lance busca con la mirada a alguien, y no, no lo encuentra. No es como si buscase un culo de escándalo que lleva junto a su muslo una porra y una pipa. No, no estamos hablando de Keith. Va a otra cárcel, no le conocéis...
-¿Qué buscas?
-No... -suspira. -Lotor. No le veo.
-Está en un vis a vis íntimo.
-A estas horas. -clava su tenedor en el trozo de carne empanada.
-Si, yo que se. Como a veces les tienen tan vigilados igual han elegido a posta esta hora. -Lance suspira.
-Bueno, tema chocolatinas. -el moreno sonríe y apoya su mejilla en la palma de su mano. -Después del juicio de mañana me como una. Después de eso y de la tarde en recepción. -levanta su dedo índice y sonríe.
-Tu en recepción. Que peligro.
-Si es dar la ropa. Tampoco soy tan malo. Aquí donde me ves fui cajero. -mueve sus dedos sonriendo y levanta el mentón. -Son 4.50, efectivo o tarjeta. No, la bolsa no es gratis.
-Y puñalada que te crió. -ríe Hunk.
-Puñalada no, pero la caja igual se la come. -ambos ríen.
Si algo valora allí dentro es a su compañero. Es su hermano. Se ha vuelto su hermano. Sin él no sería capaz de nada, no, desde luego no.
Da igual que tema salga (excepto el sexo de Lance), ambos se complementan. Alguna vez su madre le enseño que no tiene que encontrar alguien que la agrade o le llene al 100% , sino alguien que sea un trozo de él, su 20% o su 40%, que sea vital pero no imprescindible. Que ambos puedan vivir lejos pero juntos a la vez. Y eso era Hunk. Era como su otro trozo. Era su hermano. Además de Pidge, claro.
Keith no cuida ni vigila comedores.
Está ocupado escuchando como un chico de melena blanca tiene sexo con una chica de melena rubia y anaranjada, con aros y chicle en la boca, el mismo que han tenido que requisarle.
Están ahí, follando como animales, soltando jadeos y gemidos en grandes cantidades.
Odia estar ahí. Lo odia. Prefiere otra cosa, de verdad. Preferiría estar en los pasillos de celdas. Al menos a las insinuaciones cerdas puede hacer oídos sordos. A los gemidos que se escuchan por la puerta que tiene detrás no.
Los gemidos van desapareciendo mientras suben de intensidad: un orgasmo.
Bufa y rueda los ojos. Que acaben ya por Dios.
La puerta se abre unos minutos más tarde. Lotor permanece en ella mientras la chica sale de allí, sonriendo, con el pelo recogido en una coleta alta.
-Vamos. -murmura Keith. El alguno camina detrás suya, cabizbajo.
Le cachean: brazos, hombros, omoplatos, espalda y pecho, vientre. Entrepiernas, muy a su pesar la zona genital, muslos, gemelos y por último zapatillas. Nada de nada. El alguno pasa por la máquina de metales. Nada de nada.
Vuelve a las celdas con Keith.
-¿Has cenado? -murmura. Asiente.
-Si. Antes del vis a vis.
-Bien. -murmura. El albino entra a su celda y se sienta en su cama. -A las once y media, cerramos celdas.
-Lo se. -y con una mirada seca del coreano, se da la vuelta.
Lotor espera unos minutos de más. Cuando se asegura de que se ha alejado y no le ve, se acerca al espejo del baño. Se quita los extensiones. Bajo las pinzas, un pequeño plástico.
Bajo la lengua, otro plástico en forma de óvalo.
-¡Corre que queda un cuarto de hora! -Lance marca como puede el teléfono. Está nervioso. Le cuesta recordarlo. Marca y suspira.
-¿Que digo? -sisea de forma alarmada.
-¡El Alejandro ese que te inventaste! -Lance pone los ojos en blanco. Chasquea la lengua. Y el tono se corta.
-Hospital Kerberos, ¿dígame? -Lance traga saliva.
-Si, hola, me llamó Leandro Álvaro. El otro día llamé a su compañera. - la otra línea permanece en silencio. -Queríamos saber sobre el estado de Pidge Holt.
-Lo siento pero esa información es privada. -Lance bufa.
-Ya pero... es que hemos llamado y nos han dicho lo mismo. Sólo saber como está.
-Lo siento pero no puedo hacer eso.
-Si, sólo mirar el listado de pacientes. Sólo saber si ha ido bien todo... por favor... -silencio.
-Siento no poder transmitirle dicha información.
-Pero... -y se oyen algunos guardias llamar por ellos.
-¡Eh, no son horas, a las celdas!
-Vale. Muchas gracias. Chao. -y cuelga. Se gira levantando las manos.
-¿Que coño hacéis?
-Nada nada. -murmura con el ceño fruncido. -Aún no cierran las líneas.
-A las celdas. Vamos. -murmura el policía. El cubano suspira. Se gira junto a Hunk.
Cero noticias de Pidge.
Es la hora de dormir.
Cuando entra a las celdas se encuentra dos cosas: una persona asquerosa de melena blanca recostada en el colchón, leyendo, y en la lejanía de los pasillos un policía de culito prieto y melena que reconocería en cualquier lado.
Suspira y se sienta en su cama.
-Me debéis 600 pavos. - murmura sin levantar los ojos de su libro. Hunk mira a Lance. No se mueve.
-600 pollas en la boca. -mira de reojo a Lotor. Tiene unas ganas de pegarle una paliza... no se lo puede imaginar nadie. Con una mano peina su cabello y con la otra juega con sus dedos con el collar que cuelga de su cuello. Lo besa y cierra los ojos. Aún no escucha pasos.
Las celdas se cierran.
Espera a ver su melena y oir los pasos de Keith acercarse a su celda para sisear. Pero nada.
Ni caso. Resiste, piensa.
-Keith. -susurra. El azabache trata de ignorarlo. -Keith. -alarga las vocales. -Chino. - murmura. Tiene las manos agarrando los barrotes.
-Cállate por Dios. -bufa Lotor.
-A la próxima mierda que salga de tu boca te la rompo. -gruñe sin siquiera mirarle. El albino chasquea su lengua. -Keith. Va. -y el azabache, algo molesto, sube las escaleras metálicas.
-Que cojones quieres.
-Se me duerme un brazo. -susurra.
-McClain no me cuentes historias.
-Que me tengo que tomar la medicina. Los ratoncidas esos.
-Raticidas.
-Eso. -susurra. -Que me voy a poner más malito. -Keith bufa. Porque va en contra de las normas no seguir la medicación de un preso, que si no...
-Vamos. -la celda se abre, pero con llave y en silencio. Lance sale sonriendo. -Y el resto a dormir. -gruñe el azabache. Hunk alza los hombros. Si fuera por él...
McClain camina tras él, con las manos tras las espaldas, esposadas. Normas allí dentro, ya sabéis.
Salen de allí y caminan por el pasillo hacia enfermería.
Llegan.
-Hogar dulce hogar. - murmura McClain.
-Siéntate en la camilla y cállate. -gruñe de nuevo.
-Estás cabreado hoy, eh. Te lo noto. Yo noto esas cosas.
-Genial. -murmura irónicamente. Está buscando entre los armarios.
-La otra noche interesado en mis antecedentes y hoy borde. ¿Ha pasado algo en clase? -murmura riendo el moreno. Apoya sus codos en sus rodillas mientras mira su culo.
-No. -sentencia.
Saca la caja de pastillas. McClain aparta a tiempo la mirada de allí abajo.
-Toma.
-Un vaso de agua porfa. -Keith le lanza una mirada con la frase de "tío no me jodas grabada" a fuego. -¿Qué? He sido educado. Que si no me atraganto.
-Tienes 21 años... -bufa.
-Que mono, te sabes mi edad. ¿Sabes cuando es mi cumple? Es en julio. Aún queda pero te puedes ir mentalizando.
-Si. Bebe. -le tiende el vaso. Coloca la pastilla en si lengua y acto seguido, da un largo trago al vaso. Suspira y mira a Keith.
-Hay que esperar. Los efectos secundarios y eso... -el moreno mueve suavemente sus pies, que cuelgan de la camilla. -Oye.
-Qué. -Keith permanece de brazos cruzados.
-Estás muy mosqueado. ¿Ha pasado algo? -el moreno deja a un lado las bromas.
-No... bueno... -suspira con fuerza y dirige la mirada al techo. -Que el día de hoy ha sido una mierda. Si, una auténtica mierda.
-¿Sabes que va de puta madre contra eso? Un cigarrito. -el coreano bufa. El moreno lo saca de su bolsillo. -Cero drogas. Lo juro. -besa su collar. Lo acepta. Antes deja que él le de una calada. -¿Quieres... contarme así por encima que ha pasado o...?
-No puedo. Protección de datos y privacidad.
-Joder, tiene que ser chungo.
-No... es sólo... -bufa y mira sus pies. Juega con sus dedos y sus guantes. -Me he tragado un polvo entero y la charla con un... un tío retrógrado de mente.
-Que me vas a contar. -ríe Lance por lo bajo. -Hay días buenos y días menos buenos. Bueno... aquí suelen ser menos buenos y peores. -sonríe y se incorpora de la camilla. Tira el humo del cigarro y se lo pasa. -Siéntate.
-Para qué.
-Tú hazlo.
-No. Para qué.
-Para relajarte. Hazme caso. -el azabache mira a su alrededor. La puerta está cerrada, la persianas bajadas y la ventana abierta. El humo tiene que salir de allí. Descansa el culo en la camilla. Aún toca el suelo con los pies. -Debe ser una mierda vigilarnos a todos. -coloca sus manos en sus hombros. Al primer toque Keith se tensa y se alarma. En cuanto ve como McClain le masajea los hombros se relaja un poco.
-No voy a responder eso no dar información. -McClain frunce el ceño.
-Trataba de empatizar. -ríe. -Sabes tu más de mi que yo de ti. Tranquilo, tigre. -sus dedos apretan sus músculos suavemente. -Estás cagado. No voy a hacerte daño. No tengo por que hacerlo.
-Júralo.
-Te lo juro por mi hermana. -ahora puede confiar en él. Respira hondo y agacha la mirada. Lance continúa masajeandole. Ahora sus pulgares de acercan a sus clavículas. -Estás tenso. -susurra.
-Si.
-Relájate un poquito. -susurra de nuevo.
Debería estar haciendo guardia. Y ahí está, fumando un cigarro, con McClain delante suya, masajeando sus hombros. En un movimientos instintivo, coloca el cigarro en sus labios. El moreno le da una calada, mirándole a los ojos.
Tira el humo y mirándole desciende las manos a los brazos.
Parece que el masaje ha durado más bien poco. Ahora se miran la boca, con uno de ellos sonriendo. Spoiler, no sonríe el de la melena negra.
Las manos de Lance se colocan a los lados del cuerpo de Keith. Acerca su rostro y roza su nariz con la ajena.
-Voy a quitarte el estrés... -susurra. Y tras eso, un suave beso en sus labios. Keith, con los ojos en su boca y con poca paciencia con la vida, ladea suavemente su rostro. Abre sus labios y recibe los ajenos. El sabor a tabaco inunda su boca. Tras tirar de su labio con sus dientes, Lance sonríe. Besa su mandíbula mientras su mano viaja por su pecho hasta sus muslos, y desciende todo su cuerpo delante suya.
Su cuerpo finaliza de rodillas, frente a él.
Le diría algo como que no, que pare. Que no tiene que arrastrarse por una tontería como esa. Pero ¿sabes qué? A la mierda.
Está cansado, y pasa de empezar con los discursos moralistas o con una discusión.
Lance desabrocha su bragueta lentamente. Cuando se quiere dar cuenta ya tiene la ropa interior y lo que no es la ropa interior a la vista.
Se arrepentirá mañana, Keith digo.
El moreno sólo sonríe y mira de reojo a Keith.
Los efectos secundarios de las pastillas no marcan mamadas oportunas o desafortunadas.
McClain sonríe y abre su boca. Y muy lentamente su sexo se introduce en su boca. Cierra los ojos y comienza a nover lentamente su cabeza en un vaivén que acaba con Keith lentamente. Se le escapa el primer jadeo.
La noche sería, otra vez, larga.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro