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Descendientes

La primera en despertar fue Meg, se encontraba en un lugar frío y lúgubre, el ambiente hizo que se le pusiera la piel de gallina e, inmediatamente, empezó a temblar. Tratando de adaptar su vista a la oscuridad se dio cuenta de que se encontraba encerrada en una jaula colgante, a su lado, en otras jaulas, se encontraban sus amigos aún inconscientes.

Un ruido a sus espaldas la abstuvo de llamarles, girándose vio un lago de tonos oscuros y verdosos, demasiado desagradable y poco higiénico, pero, a pesar de lo horrible que era, no había nada extraño en él. Cuando se giró de nuevo se encontró con alguien de pie junto a su jaula, el sujeto estaba vestido completamente de negro y llevaba una máscara, de la cual, sobresalían un par de cuernos.

— ¿Quién er..?

El sujeto le hizo una señal para que guardara silencio, de su traje sacó un juego de llaves y abrió su jaula, luego se dirigió hacia las de sus amigos e hizo lo mismo.

Una vez las jaulas estuvieron abiertas se dirigió hacia Meg y le tendió la mano instándola a salir. Un poco dubitativa y pensando que la situación ya no podía empeorar, aceptó la mano del extraño y salió. Una vez fuera corrió hacia donde estaban sus amigos, intentando asegurarse de que estuvieran bien, cuando notó que estaban respirando y que no tenían ninguna herida en sus partes visibles, se giró hacia el extraño que les había ayudado, pero él ya no se encontraba, solo estaban los tres en esa mazmorra fúnebre.

Sacudiendo fuerte los hombros de sus amigos, después de cinco minutos logró que despertaran.

— ¡Agh, casi que no!
— ¿Qu...é? — preguntó Chaz despertándose, se sentó y miró a su al rededor — ¡Ay, no! ¡AY, NO! ¡KAL, ¿AHORA QUÉ NOS HICISTE?!

Kal se sentó y miró el lugar en el que se encontraban.

— Mierda, admito que esta vez me superé — masculló mientras se frotaba los ojos y miraba al rededor.
— ¿Están bien? ¿Les duele algo?
— Solo la confianza — dijo Chaz asesinando con su mirada a Kal.
— ¡Ay, por favor! No creo que esto haya sido del todo mi culpa.
— Claro que sí, siempre es tu culpa.
— ¡Oigan! Compórtense, de una vez por todas — exclamó Meg exasperada —. Piensen, ¿cómo llegamos aquí? ¿Qué recuerdan?
— Ehm, estábamos contigo en la finca — dijo Kal dubitativa, intentando recordar —, luego estábamos en una fiesta de disfraces..., ¿en otro país?
— Creo que es algo así — continuó Chaz —, habían unos champiñon...
— ¡CETAS! — Gritaron Meg y Kal al tiempo.
— Eso, había un círculo de cetas y saltamos dentro — continuó Meg.
— ¿Creen que nos comimos las cetas?
— No recuerdo haber comido algo — dijo Chaz —, pero alguien nos ofreció Jamón.
— Mierda, mierda, mierda — masculló Kal, mientras se ponía de pie y salía de la jaula —. ¿No recuerdan lo que sucedió? Si es real, al parecer nos teletransportamos a un lugar raro, con monstruos y cosas así.
— Ay, Kal, por favor — dijo Chaz mientras ponía los ojos en blanco y salía de la jaula —, obviamente estábamos demasiado drogados con esa cosa que nos diste.
— ¿Por qué insinúas que todo siempre es mi culpa?
— ¡Porque todo siempre es tu culpa!
— ¡Cállense! ¿Escuchan eso? — preguntó Meg en un susurró. Todos se quedaron en silencio, escucharon un ligero movimiento en el agua, cuando se giraron hacia el lago, vieron una sombra. Se quedaron mirándola fijamente, sólo cuando la sombra extraña sonrió, mostrando sus afilados y blancos dientes, el grupo decidió actuar.

— Piernas — dijo Kal en un suspiro —, para qué las tengo — dicho esto tomó la iniciativa y corrió dirigiéndose hacia las únicas escaleras que había en el lugar.

Meg y Chaz no dudaron en seguirla.

— Está bien, ahora sí creo lo de la teletransportación y los monstruos — dijo Chaz.

Los tres corrieron escaleras arriba, pasando por lugares extraños pero hermosos, sin embargo, si no había alguna puerta, no les interesaba.

Al final, cuando ya no hubo más escaleras que subir, se encontraron en un enorme hall, con muchas puertas. La luz del día les hizo doler los ojos.

— Y, ¿ahora qué? — preguntó Chaz.
— Pues, buscamos la salida — dijo Meg adelantándose a ellos, Kal inmediatamente la detuvo.
— Quédate entre Chaz y yo.

No fue ni una pregunta, ni sugerencia, fue una orden, clara y concisa. Meg no refutó y procedió a hacerse detrás de ella.

Kal tomó la delantera, se aseguró de que no hubiera nadie y atravesaron el hall corriendo, la puerta que decidieron atravezar los llevó a un lugar cálido y agradable, parecía una bodega de alimentos, habían muchas cosas que parecían comida, comida normal, de su mundo. Había pan, uvas, queso.

— Sea dónde sea que estemos, la comida parecer ser buena — asintió Chaz.
— Sí, pero esto no es la salida.

Dentro de la aparente bodega había otra puerta, los tres se dirigieron hacia ella, notando que era una cantina. Había mesas, taburetes, barras y una especie de cocina.

Resoplando, Kal se dio la vuelta para volver por donde habían llegado, sin embargo, su camino se vio obstruido por alguien que ya habían visto antes, un joven de cabellos azules, ojos verdes y orejas puntiagudas, Kal quedó frente a él, a pocos centímetros de su torso, para poder verle la cara tuvo que estirar mucho el cuello.

— Vaya, vaya — dijo el peliazul de forma socarrona y con una sonrisa burlesca.

Kal retrocedió unos cuantos pasos, poniendo a Meg a sus espaldas. Segundos después apareció alguien más, un joven de cabello negro y con un parche en el ojo. Iba a decir algo pero se interrumpió al ver a los tres jóvenes, su ojo se abrió por la sorpresa, luego se encogió cuando esbozó una sonrisa seductora.

— Vaya, vaya, pero, ¿qué tenemos aquí?
— Deberías ir por Miiko — dijo el de cabello azul, el del parche se retiró, no sin antes mirar a las chicas de forma seductora.
— Entonces, ¿por dónde pensaban escabullirse los pequeños ratones?
— Eh... — Kal empezó a hablar, pero no sabía que decir —, no lo sé, estábamos conociendo el ¿lugar?
— Interesante y, ¿quisieron explorar el lugar donde almacenamos nuestra comida? — el peliazul se acercó a Kal, volviendo a quedar demasiado cerca.
— Por supuesto — respondió ella, esta vez no quiso retroceder, se quedó ahí frente a él, aunque no era capaz de mirarlo a los ojos —, lo primero que haces cuando llegas a un lugar es buscar donde puedes comer.

Antes de que el peliazul respondiera entró al lugar el joven de cabello negro, junto a la mujer zorro, el colosal monstruo que los había intentado llevar a las mazmorras, un hombre con un cuerno en la frente y el de cabello plateado que había intentado agarrar a Meg.

— ¿¡Qué hacen ustedes aquí!? — exclamó la mujer zorro, aparentemente llamada Miiko — ¿cómo se escaparon?

Kal abrió la boca para responder, sin embargo se detuvo y se giró hacia Meg, la verdad no sabía cómo habían salido de las jaulas, ya estaban abiertas cuando despertó. Meg se aclaró la garganta tímidamente y miró a Kal con preocupación.

— Cuando despertamos nuestras jaulas estaban abiertas — dijo Kal —, no sabemos bien qué fue lo que sucedió.
— ¿Esperan que nos creamos eso? — preguntó el peliazul poniendo los ojos en blanco y cruzando los brazos.
— ¿De qué otra forma pudimos haber salido? — preguntó Kal, imitando los gestos del peliazul.
— Te lo repetiré una vez más, humana — amenazó el peliazul acercándose más a Kal -, ¿cómo escaparon?

Kal, esta vez sin dejarse intimidar, dio otro paso, quedando mucho más cerca del peliazul.

— Te lo repetiré una vez más, peliazul — usó su mismo tono de voz —, despertamos y nuestras jaulas estaban abiertas — gesticuló cada palabra.

Ambos se miraban desafiantes, retándose a decir algo más.

— Devuélvanlos a las mazmorras — ordenó Miiko.
— ¡Nosotros no volverémos allá! — exclamó Kal, interrumpiendo el contacto visual con el peliazul —. Nosotros no somos delincuentes, no tenemos por qué estar en unas malditas jaulas, ni siquiera sabemos quienes son ustedes y en dónde estamos.
— Tuvieron su oportunidad de hablar — bufó el peliazul.
— ¡Ay, por favor! Eso no cuenta.
— Está bien — dijo Miiko par sorpresa de todos —, los escuchamos, ¿quiénes son ustedes?

Kal se aclaró la garganta y miró tímida a sus amigos, quienes la incitaron a que hablara.

—Muy bien — dijo ella dando un paso al frente —, mi nombre es Kal'hal, hija de la unión de las familias Cut y Rawson, descendientes de caballeros militares. A mi derecha — se giró hacia Meg —, se encuentra Megara, hija de la unión de las familias Bellamy y Aldrich, familias de gran influencia política, con más de veinte años en el gobierno, toda una tiranía — masculló lo último, ganándose un ligero golpe por parte de Meg —, y a mi izquierda Chaz, hijo de la unión de las familias Hemsley y Gibbs, empresarios y grandes promotores de la industria textil.

Los tres sonrieron.

— Nos están tomando el pelo, los malditos insolentes — exclamó el peliazul.
—¿Qué? ¡Claro que no! Ustedes nos preguntaron quiénes somos y les dije quiénes somos.
— ¿¡Cómo llegaron aquí!? — gritó Miiko.
— Mejor yo hablo, caballero militar — Chaz se adelantó —, estábamos en una finca, salimos a caminar, vimos unos champiñon...
— Eran cetas, maldita sea — masculló Kal.
— Ya tuviste tu oportunidad, ahora cállate y déjame hablar — le susurró —, entramos al círculo de hongos — continuó hablando —, luego algo brilló y aparecimos en ese lugar con el cristal.
— Atravesaron un círculo de brujas — masculló el que tenía un cuerno en la frente.
— Sigo sin entender por qué aparecieron ante el cristal — refutó Miiko —, se supone que tenemos hechizos para evitar precisamente eso.
— En este momento aún tanteo la posibilidad de que estoy loca, créame que nosotros no podremos darle esa respuesta, aún no entendemos lo que está sucediendo — dijo Kal.
— Yo creo que saben más de lo que dicen — volvió a hablar el peliazul —, sigo sin creer lo que dicen respecto a cómo salieron.
— Este ya me está hartando — empezó Kal sulfurandose, mientras daba unos pasos hacia él -, escucha, duende...
— ¿Cómo acabas de decirme?
— DUUEEENNN...
— Ehm — interrumpió Meg, mientras halaba a Kal hacia atrás, para separarla de la confrontación —, la verdad es que alguien abrió nuestras jaulas.
— ¿Qué? — preguntó Kal en un susurro.
— ¿Quién? — preguntaron las personas extrañas.
— Un sujeto enmascarado y vestido de negro — contestó mientras se sonrojada al ser el centro de atención.
— ¡No puede ser! Y nosotros aquí perdiendo el tiempo — exclamó Miiko muy furiosa.

Inmediatamente empezó a darle ordenes a Jamón. En cuanto éste salió de la bodega de alimentos, Miiko se giró hacia ellos.

— Que vuelvan a las mazmorras.
— ¡No vamos a volver ahí! — exclamaron Kal y Chaz al tiempo.
— No tengo tiempo para esto, encárguense de ellos — masculló mientras salía del lugar.
— A las mazmorras — dijo el peliazul con una sonrisa burlona.
— Maldito, duende.

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