Capítulo 8: Perdón
Los acontecimientos de hace unas horas no paraban de repetirse en mi mente una y otra vez sin piedad alguna.
Las palabras de Anna me taladraban la mente.
El rostro congelado de Hans me estremecía el alma y aquel dulce "te amo" me sacudía el corazón.
—No—Hans negó varias veces con la cabeza y Anna detuvo a Kristoff poniendo una mano en el pecho de este para dejar que el príncipe de las islas del sur se explicara—. No estoy enamorado de Anna. Me sacrifique por ella porque—Hans me miró y dio un suave apretón a mis manos. Una corriente eléctrica me recorrió la columna y el corazón me latía como si tuviera un tambor en el pecho—estoy enamorado de ti, Elsa. Sabía que te rompería el corazón volver a lastimar a tu hermana, así que por eso lo hice—acarició mi mejilla con ternura—. Te amo, Elsa.
Ahí estaba el acto de amor verdadero y yo no podía creerlo.
Después de aquella declaración de amor yo había salido corriendo y, como esta vez no sepulté a Arendelle en nieve, nadie salió a buscarme.
Había venido a refugiarme al único lugar que me daba cierta sensación de libertad, donde podía ser quien era en realidad sin herir a nadie y estar sola, lo cual me ayudaba a pensar.
Mi preciado castillo de hielo.
Mi obra maestra, claro, después de Olaf.
El único ruido que se escuchaba era el repiquetear de mis tacones al chocar contra el grueso suelo de hielo mientras caminaba de un lado a otro pesando y pensando, evitando sentir más nada para no provocar una enorme catástrofe climática, una vez más.
Me abracé a mí misma luchando por protegerme de mis pensamientos, recuerdos y... sentimientos.
Me sentía tan divida, mi mente y mi corazón tenían una guerra, la cual parecía no tener final alguno. Además, mi corazón estaba roto entre Anna y Hans.
Nunca creí que eso fuera a ser posible algún día, pero aquí estaba, sin saber que debía elegir o si estaba mal lo que sentía.
La cabeza no paraba de darme vueltas y comenzaba a sentir unas punzadas en las sienes. No había podido dormir en toda la noche, me había pasado dando vueltas por el castillo ya fuera llorando o rompiendo algunas cosas sin hacerle daño a nadie.
Pensé en los días que habían pasado y todo lo que había ocurrido entre Hans y yo.
Él se había vuelto un amigo cercano para mí, incluso, sentía que él me podía entender a la perfección. Nunca había experimentado esa clase de conexión con alguien, ni siquiera con mi hermana pequeña. Tenía sentimientos por Hans y me negaba a ponerles algún nombre solo porque me habían hecho sentir que estaban mal.
Los recuerdos de hace un año aún me perseguían por las noches como fantasmas que me cazaban en la oscuridad.
— ¿Elsa?
Mi corazón comenzó a martillear de una forma alocada contra mi pecho al escuchar aquella voz que me hacía estremecer de formas que nunca había experimentado.
— ¡Fuera de aquí!
Jadeé al escuchar el gruñido del enorme muñeco de nieve que había creado para defenderme y protegerme.
Corrí por las escaleras lo más rápido que pude y al llegar al penúltimo nivel de las escaleras pude ver como la criatura hecha de nieve sacaba al príncipe de las islas del sur en contra de su propia voluntad.
—Malvavisco—lo llamé con firmeza, pero a la vez de forma gentil y él se giró para verme—, bájalo.
De mala gana él puso a Hans en el suelo y este se sacudió sus ropas reales intentando quitarle las arrugas que mi creación le había hecho. El príncipe alzó la mirada y al encontrarse con la mía se quedó en silencio por un largo momento. Las piernas me estaban temblando y yo solo quería salir corriendo de ahí. Las murallas que él con cuidado y en silencio había derrumbado en mi interior volvieron a ser erguidas y elevé todas mis defensas para no ser lastimada de nuevo.
— ¿Qué haces aquí?
La piel se me erizó al escuchar mi propio tono de voz lleno de tanta frialdad que casi había escupido escarcha por la boca.
—Yo... necesito hablar contigo.
—Habla.
—Elsa—él comenzó a subir los peldaños de hielo y fruncí el ceño. No, no te acerques, por favor—, ¿por qué huiste así de mí?
Caminé hacia atrás luchando por mantener una distancia segura de él, no porque le tuviera miedo, sino por qué así era más fácil mantener mi guardia en alto y él no podría traspasar mis murallas.
—No. No... hui de ti.
Eso era medio mentira.
—Te declaré mi amor y tú... tú solo saliste corriendo.
Aparté la mirada de la suya mientras me retorcía los dedos con nerviosismo. Mi corazón se estaba retorciendo en mi pecho y estaba doliendo demasiado. Él estaba cada vez más y más cerca y podía sentir como mis murallas, al igual que mi cuerpo, se tambaleaban peligrando por caer.
—Yo...
—Elsa—sin darme cuenta Hans ya se encontraba frente a mí y estaba tomando mis manos entre las suyas. Mi cuerpo entero volvió a estremecerse y me atreví a mirarlo, lo cual fue un error. Todas mis defensas se vinieron abajo. Sus ojos me miraron por un largo de manera que sentía que él estaba escudriñando mi alma y no podía evitar sentirme desnuda—, lo dije en serio. Estoy enamorado de ti. Te amo.
—No sigas.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos y aparté mis manos de forma abrupta mientras me alejaba de él. No podía seguir sosteniendo su mirada.
—Elsa—suspiró con pesadez y se pasó una mano por la nuca—, sé que te hice demasiado hace un año, pero no sabes lo arrepentido que he estado por las heridas que causé en ti y en tu hermana—cerré los ojos y apreté los parpados sintiendo como las lágrimas me quemaban—. He estado intentando redimirme con ustedes, Anna no me ha dado una oportunidad, pero tú...—abrí los ojos y me atreví a verlo ahora que había guardo silencio. Él apretaba sus labios mientras me veía con tristeza—tú viste al verdadero yo, este soy yo, Elsa—tragó saliva—. Tú me has conocido mejor que nadie y... solo quiero que...—se abrazó a si mismo mientras me miraba con pesar—. ¿Crees que podrías perdonarme? —Volví a apartar la mirada al sentir que las lágrimas comenzaban a resbalar por mis mejillas—. Perdóname.
Sentí como si una mano se metiera en mi pecho y tomara mi corazón sin piedad alguna para apretarlo hasta dejarlo completamente seco y sin vida. Entonces me di cuenta de que no importaba lo que pudiera sentir por Hans, nunca iba a poder perdonarle todo aquel sufrimiento.
— ¿No lo ves? —murmuré y volteé a verlo. Los recuerdos y el dolor que nos causaban floraron entre nosotros como neblina venenosa. Me dolía tanto que incluso sentía que mi propia alma se estaba quemando—. ¡No puedo!
El dolor reflejado en el dulce rostro de Hans se sintió como un puñetazo en el estómago.
—Entiendo—susurró.
—Vete—sentí un terrible nudo en la garganta—. Quiero que te vayas de Arendelle—él quiso protestar, pero lo interrumpí—. Tú y todos tus hermanos, váyanse de mi pueblo.
Él tragó saliva e intentó dar un paso hacia mí.
—Elsa...
— ¡Vete!
Me miró por un largo tiempo y pude ver como sus ojos se llenaban de lágrimas, pero apartó la mirada antes de que pudiera ver como la primera lágrima caía por su mejilla. Quiso retirarse con toda la dignidad y el porte de un príncipe, pero aun así su tristeza era demasiado notable.
Cuando la puerta de hielo se cerró con un ruido seco permití que mis piernas cedieran y caí de rodillas en el suelo llorando con tan profundo dolor y amargura que me consumían por dentro comiéndome el alma trozo a trozo.
Sentía mi corazón, literalmente, partido en dos.
El naranja de la hermoso atardecer acariciaba las montañas y al pueblo de Arendelle.
Me recargué en el barandal de hielo y me permití disfrutar de la vista desde mi balcón en el castillo de hielo.
Mi mente comenzaba a imaginar y soñar, pero rápidamente frené esos pensamientos.
Soñar es demasiado peligroso, termina rompiéndote más. Los sueños, a veces son una esperanza demasiado vacía.
— ¿Elsa? —las lágrimas volvieron a agolparse en mis ojos al escuchar la voz de mi hermana menor. Quería girarme y abrazarla con fuerza para llorar, pero sabía que ella no me entendería. Apreté con fuerza el barandal—. Elsa, ¿está todo bien?
No.
Nada está bien.
—Me siento mejor.
Ella se detuvo a mi lado y apoyó los codos en el barandal poniendo su cabeza entre sus manos admirando también el atardecer.
—Es hermoso.
—Sí.
Ambas nos quedamos en silencio por un momento y sabía que para ella estar callada era algo muy difícil, no iba a durar más que unos minutos, pero apreciaba que se esforzara por darme unos momentos de tranquilidad y paz en silencio.
Ella suspiró con pesadez y sabía que el silencio había terminado.
Bajó la mirada y dejó apoyada la mejilla en una sola mano mientras la otra tazaba pequeñas figuras imaginarias sobre el hielo.
—Hans y sus hermanos se preparan para irse. Mañana es la boda. Tal vez, ellos deberían...
—No. Le he ordenado a Hans que se marche con sus hermanos.
— ¿Por qué?
Me aparté del barandal para entrar al castillo.
—Por que tenías razón, Anna, él solo ha traído desgracias a nuestras vidas.
—Pero—ella me había seguido y lo sabía solo porque su voz y sus pasos se escuchaban a mis espaldas—creí que se amaban.
— ¿Amor? —la volteé a ver—. Anna, no puedo enamorarme de un monstruo. ¿Olvidaste lo que nos hizo?
Usé las mismas palabras que ella me había dicho en el baile.
Mi hermana menor bajó la mirada y vi que se sentía apenada, tal vez arrepentida de haber dicho todo eso.
—Yo...—cerró los ojos y suspiró—me equivoque respecto a Hans, una vez más.
—Espera, ¿qué?
Aquello me tomó por sorpresa y fruncí el ceño. Anna alzó la mirada dejando ver que sus ojos estaba llorosos y mi corazón se encogió. Odiaba demasiado verla llorar. Era una de las mil cosas en ella que me partían el corazón.
—Me equivoqué, Elsa. Hans no es lo que yo creía.
—No, él...
—Sé lo que hizo—me interrumpió—, lo que nos hizo a las dos, pero ya no veo al Hans que conocía hace un año. No conozco a este Hans de ahora, pero te puedo asegurar algo. Él nunca me miró como te mira a ti.
Di un paso hacia atrás sintiendo como aquellas palabras me daban una cachetada.
Mis mejillas comenzaron a arder.
— ¿Qué?
—Elsa, después de lo que pasó en la fiesta me fui a mi habitación y me encerré. Era demasiado para procesar.
—Dímelo a mí.
—Olaf se escabulló a mi habitación y ambos estuvimos hablando. Él me hizo darme cuenta de cosas que... no había visto o nunca había pensado—conocía esa sensación con Olaf. Él, a veces, era demasiado tierno hasta el punto de ser bobo, pero luego llegaba a sorprenderte con su enorme sabiduría escondida como un tesoro—. Hans vino a hablar conmigo—mi corazón volvió a latir de forma alocada y abrí los ojos en gran manera—. Por eso supe que le habías pedido que se fuera, pero no podía creerlo, creí que era decisión de ellos y solo era un pretexto para alejarse del peligro. Además ya sabes cómo...—negó con la cabeza varias veces—. Ese no era el punto—cerró los ojos y dejó escapar el airé con suavidad por la boca—. Perdoné a Hans. Me di cuenta de que el odio no iba a cambiar nada de lo pasado, solo me estaba haciendo daño a mí misma y... a ti.
— ¿A mí?
La miré algo sorprendida por sus palabras.
—Elsa—ella tomó mis manos—, te perdono—solté un jadeo ante esas dos simples palabras. Ella nunca me las había dicho y yo no sabía lo mucho que necesitaba oírlas hasta que salieron de su boca y las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin control—. Te perdono por todos esos años que sentí que me habías abandonado. También te perdono por ese accidente, que claro ya no lo recuerdo. En especial, te perdono por todo lo que pasó hace un año. Nunca te he odiado, eres mi hermana, pero ahora sé que realmente necesitabas escucharlo. Te perdono, Elsa.
—Anna.
Me lancé a sus brazos y ella me sostuvo. Ambas nos unidos en un cálido abrazo de hermanas lleno del amor que siempre nos hemos tenido, a pesar de la separación, del dolor, de la tragedia y de todo.
—Ahora, por favor, perdónate a ti misma, Elsa—se apartó y con sus pulgares limpió mis lágrimas—. Nada de esto ha sido tú culpa.
—Pero Anna...
—Shhh...—ella me sonrió de forma tan dulce que me hizo sentir una calidez en el pecho—. A veces la gente hace malas elecciones si están asustados o estresados—las palabras de Anna me estaban calando en lo más profundo del corazón y eran como un bálsamo para mi alma herida—. Sé que el perdón no puede ser fácil, pero es importante dar el primer paso—me volvió a abrazar y susurró en mi oído—. Déjalo ir, Elsa.
Cerré los ojos y sentí como lágrimas calientes comenzaron a correr por mis mejillas y alguna manera sentía que esas pequeñas gotitas estaban limpiando y liberando mi alma rota.
Algo dentro de mí estaba sintiéndose libre y el peso que había estado cargando durante años se estaba desvaneciendo.
—No has de abrir tu corazón, pues ya se abrió. Libre soy, libre soy, no puedo ocultarlo más—me aparté de Anna y comencé a cantar con más fuerza—. Libre soy, libre soy, libertad sin vuelta atrás. ¿Qué más da? No me importa ya—las lágrimas se habían secado en mis mejillas mientras daba vueltas intentando bailar—. Gran tormenta habrá. El frío es parte también de mí.
Comencé a reír a carcajadas sintiéndome por fin libre.
¡Al fin era libre!
Cerré los ojos y aspiré con fuerza el aire fresco sintiéndome como si yo fuera una nueva persona.
Entonces el peso de la realidad me cayó encima.
Hans estaba por irse.
—Anna, creo... creo que no debí pedirle a Hans que se fuera.
—Elsa, nunca te había visto tan feliz y... Lo siento, todo fue mi culpa.
—Eso no importa ya—acaricié su brazo mientras le sonreía, pero la sonrisa desvaneció poco a poco mientras pensaba en volver a ver a Hans y que todos estos sentimientos encontrados que tenía por él volvieran a surgir—. Tengo miedo.
—Elsa—ella me sonrió con cariño—, se feliz—ambas nos miramos con grandes sonrisas en el rostro sintiendo como toda la oscuridad que se cernía en nosotras se desvanecía. La sonrisa de Anna se borró—. ¡Hans esta por irse! Cuando me vine ellos estabas subiendo las cosas al barco—miró por el balcón el sol de Arendelle que casi terminaba de esconderse entre las montañas—. ¡Debemos irnos ahora!
Miré por última vez el hermoso pueblo de Arendelle que se había estado ganando parte de mi corazón, al igual que su gobernante lo había hecho.
La tristeza me estaba oprimiendo el pecho y la cabeza no paraba de palpitarme debido a las lágrimas que habían estado luchando por retener. De camino al pueblo me había permitido llorar como desde la muerte de mi madre no lo había hecho, creí que nunca nada en la vida me dolería tanto como eso.
Que equivocado estaba.
No quería irme, pero amaba demasiado a Elsa y no quería seguir dándole problemas o causándole más dolor. Así que lo mejor para ella y Anna sería que me marchara de ahí, tal vez para siempre.
—Hans—me giré al escuchar que George me llamaba—, estamos listos para zarpar.
El corazón se me encogió en el pecho y los pulmones se me cerraron. Lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza. Me di la vuelta para subir al enorme barco que nos llevaría devuelta a las islas del sur. No podía decirle casa, ya que en mi corazón sentía que este era mi hogar, al lado de Elsa. Pero ahora yo me marchaba dejando la mitad de mí ser y mi corazón en este pequeño pueblo.
Para cuando el barco zarpó el sol se había ocultado por completo, como si de alguna extraña manera se estuviera despidiendo de mí.
Apoyé las manos sobre la orilla del barco y a la distancia pude ver a dos figuras que se acercaban corriendo a toda velocidad hacia el muelle.
Fruncí el ceño cuando reconocí que eran la reina y la princesa de Arendelle.
¿Qué estaban haciendo ellas ahí? ¿Se estaba asegurando de que en verdad nos fuéramos?
Vi que Elsa bajó del muelle para ir a tierra. Tomó la orilla de su vestido y lo alzó ligeramente para no pisárselo. Colocó un pie con cuidado sobre el agua del fiordo y esta empezó a congelarse a su alrededor.
Me quedé con la boca abierta cuando ella comenzó a correr en nuestra dirección.
¿Qué estaba intentando hacer? ¿Por qué venía hacia acá?
Con cada paso que ella daba mi corazón se aceleraba más y más mientras el agua debajo de sus pies se congelaba.
El hielo alcanzó a nuestro barco y este se detuvo con una sacudida que nos hizo tambalear a todos. Cuando pude recuperar mi equilibrio sin pensarlo dos veces bajé del barco dando un brinco. Algo dentro de mí me rogaba que corriera al encuentro de Elsa.
Mis botas golpearon el sólido hielo y comencé a correr con todas mis fuerzas. Cuando la tuve de frente la detuve entre mis brazos para evitar que ambos termináramos estrellándonos.
—Elsa—murmuré agitado, pero sorprendido de que ella estuviera aquí y de que hubiera corrido hasta acá sobre el agua. Aparté un mechón de su frente—, ¿qué sucede? ¿Estás bien?
Ella cerró los ojos mientras luchaba por recuperar el aliento. Podía sentir como su cuerpo se estremecía y la verdad es que él mío se comportaba de la misma manera que el suyo.
—Hans—abrió los ojos y mi corazón vibró ante la dulce mirada que ella me estaba dando, algo dentro de Elsa había comenzado a cambiar—, te perdono.
Me quedé perplejo ante aquellas simples palabras que llevaba tanto tiempo queriendo escuchar y ahora se sentían tan irreales. No podía creer que ella al fin lo había dicho y realmente lo sentía.
Tomé su rostro entre mis manos y admiré aquellos hermosos ojos donde no vi ningún rastro del odio o rencor. Por primera vez la veía feliz y sin ninguna sombra que la estuviera persiguiendo o atormentando, tal vez había aun un poco de dolor, pero juntos trabajaríamos para sanar.
Sentí ganas de besar esos labios, pero algo en mí me dijo que aún no era el momento para eso, ella un no estaba lista.
Tal vez más adelante.
Me incliné y me conformé en dejar un suave beso sobre su frente. La atraje hacia mí para envolverla en mis brazos.
—Gracias, Elsa.
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