Capítulo 3: La vergozosa verdad
Al caminar por los elegantes pasillos del castillo de Arendelle, sentía la mirada de Marcus clavada a mis espaldas. Mis hermanos nos paraban de murmurar y de cuestionar a nuestro hermano mayor, pero él guardó absoluto silencio.
Tragué saliva mientras rogaba que el suelo se abriera y me tragara.
Este era mi fin.
Debería haber fingido que estaba enfermo.
Los guardias abrieron las puertas del despacho de la reina y nos permitieron la entrada. Rogaba porque estos se quedaran así frenarían el ataque de mi familia, pero cuando el último de mis hermanos entró la puerta se cerró dejándome solo con ellos.
La tensión que se formó en el aire se podía cortar con un solo dedo. Paseé mi mirada por todos mis hermanos y en cada de uno de ellos vi una ira contenida, pero la mirada de Marcus fue la que me dejó aterrado.
No estaba portándose como mi hermano, sino como el rey de las islas del sur.
Él dio un paso hacia adelante y me miró de tal manera que me hizo encogerme.
—Hans—su mandíbula estaba tensa y mi nombre pareció más un gruñido—, tienes cinco segundos para explicarme que hiciste en Arendelle.
Tragué saliva y sentí mi cuerpo temblar.
—Yo...
— ¡Te dije que no debíamos traerlo!
Me interrumpió Nicholas y apreté los puños con fuerza.
¿En serio no podría explicarme?
—Se ha vuelto una vergüenza y deshonra para las islas del sur—murmuró Bartomeo mientras se cruzaba de brazos y negaba constantemente con la cabeza.
Todos, a la vez, comenzaron a hablar, opinar y gritar lo que se debería hacer conmigo sin importarles o dejarme explicar lo que haya hecho en Arendelle.
Yo solo quería desaparecer de ahí.
Estaba a pocos metros del lugar cuando alcancé a escuchar la algarabía que se estaba armando en mi despacho. Los hermanos de las islas del sur estaban teniendo una buena pelea ahí dentro. Suspiré con pesar y rogué al cielo por ayuda.
Abrí la puerta de par en par, ni siquiera les permití a los guardias que anunciaran mi llegada. El ruido cesó de pronto y me abrí paso entre los hombres reunidos hasta llegar a mi escritorio. Tomé asiento y me permití mirarlos a cada uno con la frente muy en alto.
Ser reina en un mundo tan machista no era fácil, pero mi padre me había enseñado bastante bien.
—Caballeros.
Todos los presentes, con excepción de Hans, miraban mis manos con miedo o suspicacia.
Suspiré y luché por no poner los ojos en blanco. No era digno de una reina.
Me limité a abrir un pequeño cajón de mi escritorio. Me encontré con un par de guantes que guardaba de repuesto. Uno de los muchos que tenía.
Después de colocármelos entrelace mis dedos y dejé reposar mis manos sobre el escritorio.
—Reina Elsa, por favor—comenzó el rey Marcus—, ¿qué fue lo que hizo Hans? ¿Hay algo que podamos hacer para remendar sus acciones?
Aspiré con más fuerza de la necesaria, pero necesitaba controlarme y pensar con la cabeza fría. Miré a Hans y había algo suplicante en su mirada, algo diferente que no había hace un año y me desconcertó por un segundo.
Carraspeé un poco y limpié una mota de polvo invisible de mi escritorio.
Dejé escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Cerré los ojos y los recuerdos de hace un año me golpearon con dureza, pero si quería alejar a este monstruo de mi hermana y de mis tierras, el rey tenía que saber la verdad.
Comencé relatando cuando mi hermana y Hans vinieron a mí pidiendo mi bendición para su boda.
Apreté los dedos con fuerza al recordar lo que había ocurrido.
— ¡Elsa! —me encontraba hablando con un par de embajadores cuando la voz de mi hermana llamó mi atención. Los caballeros se despidieron de mí y se marcharon—. Perdón. Reina—Anna hizo una dulce reverencia y la vi acompañada de un joven—. Ammm... Me gustaría presentar al príncipe Hans de las islas de sur.
Me tomé un momento para admirar al joven de cabello castaño rojizo y su traje blanco. Lucía como todo un príncipe. Le saludé con un suave asentimiento de cabeza y él me dedico una breve reverencia.
—Hola, majestad.
—Nos gustaría...—ambos hablaron al mismo tiempo y rieron con nerviosismo.
—Su bendición...—continuó Hans.
Ambos reían de manera tonta y eso me estaba poniendo un poco incomoda.
—Para... para nuestra boda.
Ambos se abrazaron de manera cariñosa y los miré con sorpresa.
Anna acaba de salir y... ¿quería casarse?
— ¿Boda?
— ¡Sí!—chilló mi hermana.
Mi hermana recién había conocido a este joven y ¿ya quería casarse con él? ¿O acaso no lo acaba de conocer hoy? No, eso no era posible. Era el primer príncipe u hombre que veía en años.
—Lo siento, estoy confundida.
—Bueno, no hemos resuelto todos los detalles todavía. Aún tenemos que planear la ceremonia y serviremos sopa, guisado y helado para...—se detuvo y tomó a Hans por los brazos mirándolo con preocupación—. Espera, ¿viviríamos aquí?
— ¿Aquí?
No, ellos... Anna y su esposo no pueden vivir aquí. Ya me es difícil estar lejos de Anna, pero... ¿un desconocido? Él sospecharía sobre... sobre mí.
—Pero claro que si—Hans tomó las manos de mi pequeña hermana y le miró con dulzura.
— ¡Anna! —exclamé, pero fui ignorada.
— ¡Oh! E invitaremos a tus doce hermanos aquí al palacio.
¿Doce personas más? Ella debía estar loca.
—Anna.
Las alarmas comenzaron a sonar en mi interior.
—Tenemos suficiente espacio aunque tal vez...
—Anna, no, espera. No lo harán—finalmente logré llamar la atención de mi hermana y su... ¿prometido? —. Ningún hermano se quedará aquí y nadie tendrá una boda.
Los dos me miraron decepcionados. Pero me iba a mantener firme en mi decisión.
— ¿Nadie qué?
— ¿Puedo charlar contigo? ¿Las dos?
Anna tenía que saber lo que estaba pasando conmigo. Aquello que llevaba ocultándole por años. Temía la forma en que fuera a tomárselo, pero confiaba en que mi dulce hermana reaccionara como la primera vez que se lo conté cuando éramos niñas. Pero esto debía ser solo entre ella y yo. Solo así me entendería.
—No—mi corazón se rompió en trizas ante el rechazo de mi pequeña hermana—. No, lo que me quieras decir lo escucharemos ambos.
Mi corazón dolía, así que puse mi mascara de frialdad.
—Bien. No te puedes enamorar tan pronto.
—Claro que si—se aferró a Hans—, cuando es amor de verdad.
—Anna, ¿tú qué sabes del amor de verdad?
—Más que tú. Tú solo rechazas a las demás personas.
Solté un jadeo.
Me había dado un golpe bajo. Sí tan solo ella supiera que lo hice por amor a ella y que era lo más difícil y doloroso que había tenido que hacer en mi corta vida.
—Deseas mi bendición, pero la respuesta es no—lo que había iniciado como un buen día ahora estaba terminando de la peor manera. Creía que había vencido, pero solo había sido derrotada una vez más por el monstruo en mi interior—. Ahora. Discúlpenme.
Lo único que quería era irme de ahí.
—Majestad—me llamó Hans—, tal vez puedo...
—No, no puedes—lo detuve inmediatamente—y-y te rogaré que te retires—pasé junto a un par de guardias—. La fiesta se acabó. Las puertas se cierran.
—Sí, majestad—contestó el guardia y se alejó.
— ¿Qué? —escuché a Anna exclamar detrás de mí, pero la ignoré. Como ella me había ignorado—. ¡Elsa, no, espera!
Sentí un tirón en mi mano, pero en un intento de apartarme ella se llevó mi guante.
¡No!
Jadeé y luché por recuperar mi guante, pero Anna se alejó.
Maldición.
No.
Me sentí tan desnuda y desprotegida.
— ¡Regrésame mi guante!
—Elsa, basta. Basta—suplicó apartándose con mi guante—. Ya no quiero vivir de ese modo.
Sentí mi vista nublarse por las lágrimas. Me dolía hacerle esto a mi hermana. Desde niña había sufrido solo por mí culpa. Todo era mi culpa.
Me abracé a mí misma para protegerme de todo lo que ocurría a mí alrededor y del remolino de emociones que se formaba en mi interior.
—Entonces vete.
Ella me miró dolida.
Me tragué las lágrimas y me di media vuelta.
— ¿Alguna vez te hice algo?
—No sigas, Anna.
— ¡No! ¿Por qué? —no quieres saber por qué— ¿Por qué solo me rechazas? —Los recuerdos de nuestra infancia me torturaron—. ¿Por qué rechazas a todo? —Apreté los parpados y me encogí al sentir toda la presión que Anna estaba ejerciendo sobre mí— ¿Por qué te da tanto miedo?
— ¡Dije silencio!
Algo dentro de mí explotó y todo se arruinó para siempre.
Me estremecí ante el recuerdo. Pero desde ese instante en que Hans había aparecido en nuestra vida todo se había arruinado.
— ¿Eso es todo? —murmuró confundido el rey.
—No—lo miré con frialdad y después a Hans—. Eso fue solo el inicio.
Preferí saltarme mis problemas personales con Anna y me enfoqué hasta el momento en que Hans me había llevado de vuelta a Arendelle y me encerró.
Su hermano mayor iba a protestar, pero alcé la mano para silenciarlo y continué con mi relato.
Cerré los ojos mientras narraba lo que había ocurrido en el fiordo.
Había terminado con un nudo en la garganta, pero al menos podía hablar de ello sin llorar como antes.
Abrí los ojos y me encontré con el rostro ardiendo en furia de Marcus. Miré a Hans y esté solo se encogía de tal manera que pareciera desear que la tierra se lo tragase.
—Hans—la voz del rey fue más gélida que el poder que corría en mi interior. Él se giró a mirar a su hermano menor—, ¿eso es cierto? —él no contestó—. ¿Todo por un trono?
Carraspeé un poco. De momento había terminado, pero al parecer los hermanos tenían cosas que hablar.
—Creo que necesitan un momento a solas—me levanté de mi asiento y me dirigí a la puerta—. Los dejaré a solas, vendré en un minuto para quedar en un acuerdo.
La reina Elsa abandonó el lugar y las miradas de todos volvieron a caer sobre mí cargadas de ira.
—Supongo que todos estamos de acuerdo—comenzó a decir Nathan—. Hans debe irse de Arendelle. Al fin y al cabo nosotros somos los invitados, él no.
No me atreví a mirar a otra parte que no fueran los ojos de Marcus. No importaba lo mucho que me estuviera muriendo del miedo. Temía más apartar la vista y que él se me lanzara encima.
Pude ver como su pecho subía y bajaba con lentitud, pero su respiración era pesada. Sus músculos estaban demasiado tensos como para notarlos a través de su ropa real.
—Salga. Hans y yo hablaremos a solas.
Oh, no.
La voz de Marcus me hizo sentir un escalofrío en mi espalda. El aire era más helado aquí y ahora que cuando la reina Elsa había liberado sus mágicos poderes en el salón.
Mis hermanos salieron sin protestar.
Todos conocíamos a Marcus a la perfección, algunos de ellos más que yo.
Nadie se osó a retar la orden que nuestro rey había dado.
El último de mis hermanos salió y Marcus avanzó un poco más hacia mí.
—Matar, Hans. ¿A eso has llegado?
—Marcus...
— ¡No! —Me interrumpió con rudeza—. Son dos chicas jóvenes e inocentes. Creía que mamá te había educado bien.
—Tú no entiendes...
— ¿Qué es lo que sigue? ¿Nos mataras a nosotros para conseguir el trono?
— ¡No! —tragué saliva y sentí que mis ojos escocían—. Jamás podría hacerlo. Son mis hermanos.
Marcus me dio la espalda.
—Te desconozco, Hans. Madre estaría tan decepcionada de ti.
Bajé la mirada y apreté los puños con fuerza. Había sido un golpe bajo. Él había estado presente en el momento en que me despedí de ella. Usaría sus palabras en mi contra.
Apreté los puños con más fuerza al recordar lo que ella me había dicho.
—. Mi pequeño Hans—los ojos se le llenaron de lágrimas y sentí mi corazón partirse en dos—, eres tan especial, pero nunca has sido capaz de verlo. Siempre buscas ser el mejor en algo, pero no te das cuenta que tienes habilidades para todo. Nada se te dificulta, mi niño, pero no has entendido que hay personas que son mejores y peores que nosotros. Eres bueno cariño—acarició mi mejilla limpiando las lágrimas que no sabía que habían comenzado a caer—. Tienes un corazón bondadoso, Hans, tienes el corazón más puro que he visto en mucho tiempo. Ayudas a las personas de manera desinteresada y te preocupas por los demás antes que en ti mismo. Nunca dejes que ese corazón se contamine. Mantente bondadoso y has todo de corazón. Nunca olvides que lo que está aquí—señaló con su dedo índice mi pecho donde se albergaba mi corazón—es lo que verdaderamente importa, por no decir lo único—madre tuvo un terrible ataque de tos y le estaba costando respirar—. Tú puedes ser un gran rey Hans y lo serás—asentí con la cabeza mientras aferraba su mano con fuerza—. Debo irme, pero sé fuerte, mi niño. Te amo, Hans.
—Y yo te amo a ti, mamá.
—No lo olvides, serás el rey más bondadoso. Hazme sentir más orgullosa de lo que ya estoy y sé feliz. Lucha con fiereza, no importa lo que piensen los demás pon tus sueños en primer lugar...
—Ella confiaba en que yo sería un gran rey. Dijo que luchara con fiereza, que no me importara lo que los demás pensaran. Mis sueños iban primero
Él negó con la cabeza varias veces y suspiró con un hondo pesar.
—No creo que ella se refiriera a matar—murmuró y sentí como mi corazón caía al suelo y se hacía trizas—. Te iras mañana en la mañana.
Odiaba esa forma en la que Olaf podía tocar las fibras más sensibles de mi corazón y no solo el mío, sino también el de Anna. Así que juntos eran peligrosos para mi pobre ser y me hacían demasiado débil.
De alguna forma dulce, como era común en el muñeco de nieve, logró convencer a mi pequeña hermana para que le permitiera a Hans quedarse en esta semana. Así que al llegar al salón, ambos me abordaron para que le diera una pequeña indulgencia al odiado príncipe de las islas del sur.
Al llegar a mi despacho me percaté de que la puerta estaba entreabierta, lo cual me permitió alcanzar a escuchar la conversación entre Marcus y Hans.
—Marcus—la voz de Hans estaba temblorosa y tuve que contenerme para no asomarme por la puerta y ver si realmente era él—somos hermanos, no puedes...
—No digas más—se hizo un terrible silencio—. Tú no eres mi hermano.
Cubrí mi boca para ahogar un gemido de dolor.
Dios.
No me imaginaba como me sentiría yo si Anna me dijera esas mismas palabras.
Por un momento pensé que él se lo merecía pero...
Apreté los parpados con fuerza. Nadie se merecía que su propia familia lo rechace de esa manera.
No pude evitar sentir compasión por Hans.
Me alejé unos pasos de la puerta y volví a caminar hacia ella, fingiendo que no había escuchado nada. Miré al rey que salía de mi despacho con un hondo pesar en su mirada. Aquella mirada tan vacía y llena de dolor es la misma que tienes cuando un familiar muere, pero Hans no había muerto. Aunque para él tal vez sí.
—Majestad...
—Solo llámeme Marcus.
—Marcus—entrelacé mis dedos—, mi hermana y yo hemos estado dialogando. Ambas hemos decidido darle una pequeña indulgencia a su hermano. El príncipe Hans puede quedarse, pero le aclaro que mis guardias lo vigilarán muy de cerca.
—Reina Elsa, no es necesario...
Alcé la mano para interrumpirlo.
—Insisto. Estamos de fiesta y no quiero arruinar esta semana tan importante para mí hermana. Además, queremos recordarles la bondad de Arendelle y su gente.
El rey se llevó el puño hacia su corazón y se inclinó ligeramente.
—Gracias, majestad.
Sin más que decir él se fue.
Miré con cierta incertidumbre la puerta. Del otro lado se encontraba la persona que más daño nos había causado.
Cerré los ojos y aspiré con fuerza. Debía de enfrentar a Hans.
Empujé con suavidad la puerta y entré sin hacer ruido. Algo dentro de mí se encogió al ver a Hans tan... roto. Conocía ese dolor que reflejaba su cuerpo y su mirada ausente.
Nunca, ni en mis más locos sueños, me imaginé sentir pena por Hans.
—No te culpo por estar enojada—su voz era un suave murmullo y la sinceridad en su voz me hizo estremecer—. Lo merezco—su dolor era tan palpable. Alzó su mirada y aquellos ojos azules se veían tan tristes que rogaban por un abrazo. Me permití ver fijamente aquellos ojos que me atemorizaban. Pero ante aquella tristeza y aquel dolor me di cuenta de que... ya no les tenía miedo—. Perdóname.
¿Perdonarlo?
—Elsa, ¿por qué no lo perdonas? —miré Olaf mientras fruncía el ceño. ¿Cómo se le ocurría pensar tan siquiera en ello? —. Te estas aferrando al odio, al rencor y eso te hace daño solo a ti—con sus manitas de manera tomó aquellas pequeñas bolas de nieve que fungían como pies y los movió. A veces no entendía como había podido crearlo. Dar vida a un ser hecho de nieve y que, además, fuera tan sabio—. Lo entiendo—Olaf se bajó de la cama—, todavía necesitas perdonarte a ti misma.
La voz de aquel tierno muñeco de nieve se repetía una y otra vez en mi mente.
Algo dentro de mí se removió.
Tal vez...
— ¡Ella ya no existe! Por tu culpa.
Aquellas palabras no dejaban de torturarme. Sabía que algo había pasado con Anna cuando vi que aquel joven la había levantado del suelo cuando fue a buscarme en la montaña.
Lo que tanto había evitado por años, mi mayor pesadilla, hoy se hacía verdad.
Había congelado el corazón de Anna. Ella había muerto, por mi culpa. El dolor era demasiado, no lo soportaba. Me dejé caer de rodillas sobre el congelado fiordo.
Era un monstruo.
Congelé Arendelle.
Maté a mi hermana.
No merecía ser libre, yo merecía morir.
Lo había escuchado todo a la perfección.
El silencio en el fiordo era tal que solo se podían escuchar mis sollozos, así que había podido oír cuando Hans desenvainó su espada. Él lo sabía. La única forma de terminar con el invierno que azotaba al inofensivo pueblo era terminando con mi vida y yo... no tenía otra razón para vivir.
Di un paso hacia atrás y me abracé a mí misma por la cintura de manera protectora.
Mi corazón se endureció.
Por su culpa casi pierdo a mi pequeña hermana.
— ¡No! —aparté la mirada apenada al darme cuenta de que había gritado sin haber necesidad. Le di la espalda y acaricié mis dedos con nerviosismo—. Tienes mi-mi indulgencia para...quedarte.
—Majestad, yo...—el intentó tocarme, pero me aparté con brusquedad. Hans carraspeó un poco—. Gracias.
Lo miré sobre mi hombro y volví a encontrarme con aquellos ojos azules ya no tan tristes.
Sentí un tirón en mi estómago y abrí los ojos en gran manera.
Por alguna extraña razón salí con rapidez de ahí.
Como si estuviera huyendo de él...
O de mis propios sentimientos.
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