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Fotografías del pasado

(21 de febrero del 2019, Londres, Inglaterra)

Este era el tercer libro que leía en un día. Mis padres se habían ido de casa una semana y me habían prohibido salir sin su consentimiento. "Shaka, no quemes la casa, con eso basta", eso me habían dicho, no sabía de dónde sacaban esas ideas tan locas de que yo sería capaz de hacer algo como eso. Para colmo no paraba de llover, y uno de tantos rayos acabó con la luz en el barrio.

Por el mismo motivo, tampoco fuí al colegio. La tormenta pintaba mal, y los destrozos parecían ser grandes, así que me había librado por hoy.

Eso podría haber significado que sería un día perfecto para mi. Con el consentimiento total de no ir al colegio y sin la obligación de salir fuera.

Claro, de no ser porque junto con la luz se fué el wifi.

Esto me había obligado a buscar otras formas de entretenerme. Y efectivamente me puse a leer libros, el problema era que no me molestaba leer un libro, pero cuando ibas por el tercero la lectura empezaba a cansar.

El libro que acababa de terminar ya lo había leído antes. En mi estantería solo había tres o cuatro libros que había comprado en la primaria. El último que me faltaba por leer se llamaba "El abecedario con imágenes", y no tenía pensado leer ese.

Un tanto cansado, bajé a la cocina en busca de algo para picar. Agarré el pan que reposaba encima de la encimera y abrí el armario buscando un par de onzas de chocolate.

Con cuidado de no tropezarme con nada, busqué casi a tientas los cajones donde mis padres guardaban las velas. La tormenta no hacía más que empeorar, y ya tenía la sensación de que era de noche.

Con un poco de esfuerzo y un par de coscorrones, al fin encontré un candelabro que mi padre había comprado después de ver la bella y la bestia. Para mi suerte justo al lado había una caja de cerillas. Con cuidado de no quemarme prendí las tres velas que conformaban el candelabro.

Sintiéndome como en una película de terror, subí los peldaños de la escalera llegando enseguida a mí habitación, que era tan solo la primera a la izquierda. Bostecé un poco antes de abrir la puerta y me encontré con la ventana de mi cuarto abierta y las gotas gruesas de la lluvia cayendo a plomo sobre el edredón.

Mis reflejos felinos me mantuvieron mirando con los ojos abiertos sin hacer ningún movimiento. Lo máximo que llegué a hacer fué poner una mano delante de las llamas del candelabro, en mi mente tenía sentido.

Luego de ver embobado un rato como mi cama se empapaba finalmente reaccioné, cerrando la ventana con un golpe seco.

Miré al edredón ahora empapado. Mierda, si quería dormir bien esa noche tendría que ir a cambiarlo.

Normalmente el edredón nos duraba un buen rato, así que los guardábamos en el desván. Recapitulando, hacía demasiado que no subía allí. Pero primero tenía que hacer algo con él edredón mojado.

Con el edredón en una mano y el candelabro en la otra bajé las escaleras rumbo al salón. Casi me caigo dos veces, nunca antes había respetado más a la gente que lavaba esas cosas.

Lo extendí en el espacio libre del salón, entre el sillón y la cocina. No sabía donde más ponerlo, estaba lloviendo fuera y no tenía un lugar lo suficientemente alto y largo como para colgarlo. No le di más vueltas a la cabeza y subí de nuevo al piso de arriba.

Tenía la tentación de entrar en mi habitación y quedarme allí, pero era mejor acabar con el problema del edredón rápido.

Así que giré el rumbo y me dirigí hacia la izquierda en el pasillo. Por esa parte de la casa no había casi nada, y menos ventanas, así que estaba caminando en completa oscuridad.

Al llegar al fondo del pasillo alcé él candelabro en dirección al techo, y pude vislumbrar un hilo con una anilla que colgaba de una puertecita en el techo.

Vacilé un momento, a mi mente empezaron a venir recuerdos de todas la películas de terror norteamericanas que había visto, y de las cuales había aprendido que ir al desván completamente a oscuras nunca era buena idea.

Luego a mi mente también vino la imagen de cómo sería dormir esa noche tan fría sin edredón.

Mandé las escenas a descansar al fondo de mi mente, no pensaba dormir esa noche sin edredón con el frío que estaba haciendo.

Así que más o menos decidido, agarré la anilla y estiré del hilo, abriendo la puerta y dejando vía libre a una escalera que se precipitó peligrosamente sobre mí.

Mis reflejos felinos no me fallaron esta vez y provocaron que girara con demasiada fuerza hacia la pared del pasillo, dándome un golpe en la cabeza. Eso me pasaba por dramático.

Sobandome la cabeza miré a la escalera, viendo se dirigía a hacia un agujero en el techo donde solo había oscuridad y donde no hacía más que salir polvo. El metal de la escalera estaba oxidado, y cuando puse un pie en ella crujió levemente.

Digamos que el paisaje no era muy alentador.

Haciendo de entrañas corazón subí todos los peldaños, quedando solo en una habitación completamente a oscuras, sintiendo el frío recorriendo en mi espalda, la inevitable sensación de inmensidad al estar en un sitio relativamente desconocido y no poder ver a más de diez centímetros de mi.

Juraba que si algo se movía en ese momento me moría allí mismo.

Así que con paso lento (y poco firme) me adentré en el desván en busca de alguna fuente de luz. En eso que sentí algo rozar mi brazo, y un fuerte golpe a mí izquierda.

En ese momento supe lo que tenía que hacer.

Correr, correr mucho, definitivamente correr. Creía que nunca había corrido más en toda mi vida.

Literalmente lancé el candelabro por el hueco de la escalera, oyendo cómo aterrizaba en el pasillo. Y con una velocidad que hubiese dado envidia al mismísimo Usain Bolt, corrí a las escaleras y bajé los peldaños de dos en dos.

Estuve un rato tendido en el suelo, intentando recuperar el aire perdido. Me estaba empezando a replantear eso de dormir con edredón.

Pero me puse a analizarlo con la mente fría.

Vale, era un desván, un desván lleno de cosas, podría haber chocado con cualquier cosa y por ende haber hecho que las otras se cayesen. O... podría haber habido un asesino serial esperando a apuñalarme en cualquier momento.

Por el bien de mi salud mental, prefería creer la segunda. Pero eso no quitaba que me gustase sufrir y que tal cual yo iba encendiendo las velas del candelabro, mi mente iba conjurando todo tipo de teorías extrañas sobre lo que eso podría haber sido.

Así que, aún más asustado que antes, volví a subir los peldaños de la escalera intentando hacer el mínimo ruido posible (por si las moscas). Y enfoqué a todos los lugares que pude. Mi objetivo en ese momento era encontrar una fuente de luz mejor que la que tenía ahora, al menos para aliviar un poco la tensión.

Casi lloro cuando encontré una linterna tirada en el suelo, tan antigua que estaba seguro que el modelo anterior había sido un farolillo. La luz que emitía era tenue, pero suficiente para poder llegar a ver una pequeña ventana al ras del suelo. Las los típicos tragaluces que se podrían encontrar en cualquier desván. Tenía la persiana bajada, así que la subí. Entraba poca luz pero al menos era algo. Miré el cielo un rato, aún no despejaba pero estaba seguro que llovía menos que antes.

Mi idea era recoger el edredón e irme lo más rápido posible. Pero me pudo la curiosidad, no podría dormir tranquilo por la noche si no averiguaba qué fué lo que me rozó el brazo y causó el estruendo anterior.

Descubrí que si juntaba el candelabro y la linterna prehistórica lograba una fuente de luz medianamente aceptable. Así que con mis dos "armas" en mano, me dirigí con pies de plomo hacia el mismo sitio donde el "accidente" había sucedido.

Vacilante, acerqué con manos temblorosas el candelabro hacia la esquina. Y lo que vi fueron un montón de juegos de Nintendo desperdigados por el suelo junto a una tele de tubo con la antena rota y dos palos de hockey viejos y con precinto que también se habían caído al suelo.

Justo al lado un par de Game Boys reposaban cubiertas por un grueso manto de polvo sobre una pila de cartuchos, algunos fuera de sus cajas o sin la pegatina. Todo colocado encima de una maleta marrón apoyada en el suelo.

Me acerqué a mirar todo aquello, probablemente se hubiese caído cuando él palo de hockey hizo palanca con los juegos.

La verdad, casi no me acordaba de que todo eso existía. Recordaba haber utilizado un par de aquellas cosas alguna vez, pero con la poca luz se me dificultaba acercar el candelabro o la linterna lo suficiente como para verlo bien y recordar.

De repente vi algo con una textura más parecida al cuero. Enfoqué con la linterna un poco mejor hacia donde lo había visto (por miedo a quemarlo con el candelabro) y encontré lo que parecía ser un cuaderno con hojas amarillentas, desgastado y roto por los bordes.

Lo abrí y vi un par de fotos. Pero antes de fijarme bien, decidí cerrarlo para bajar y verlo con más calma en mi habitación. Me incorpore reposicionando las cosas en mis manos, quedando a mi izquierda el libro y la linterna y a la derecha él candelabro.

Bajé las escaleras y tuve la sensación de que me olvidaba de algo. Me quedé allí parado aproximadamente unos cinco minutos intentado recordar.

Hasta que como una iluminación vino a mi mente. Yo no había subido a por el álbum de fotos, yo había subido porque tenía frío, es decir, a por el edredón.

Iba a darme un golpe en la cabeza por lo olvidadizo que era, pero recordé que con la mano con la que me iba a pegar tenía un candelabro, así que se me pasaron las ganas.

Dejé el álbum en el suelo, y volví a subir (por tercera vez) en busca del edredón.

Al fin ya estaba tranquilito en mi cama. Había ido a por las sábanas y colocado el edredón, ahora estaba como si ninguna lluvia repentina me hubiese obligado pasar por una verdadera odisea para conseguir un edredón.

Cuando me senté en la cama me di cuenta de que me faltaba algo. De nuevo tuve que pensar otros cinco minutos para descubrir que me había olvidado el álbum de fotos en el pasillo debajo de la buhardilla. Tuve que volver a cruzar el pasillo y recogerlo.

Así que si. Ahora al fin estaba recostado en mi cama, apoyado en la ventana para asegurarme de que no se abría, y con él candelabro y la linterna enfocando a la cubierta de cuero (evidentemente falso) que sostenía en mis manos.

La gruesa capa de polvo se hacía demasiado evidente con solo pasar el dedo por encima, revelando que en realidad que su color era mucho más oscuro de lo que realmente parecía.

Sin más dilación, me propuse a abrir el cuaderno entre mis manos, sonando un ruido agudo, como cuando despegas algo que lleva mucho tiempo sin tocarse.

La primera foto que vi me sorprendió.

Una foto de un suelo borroso; por lo que veía siempre había sido así, y no era solo que fuese lo suficientemente tonto como para tomarla, sino que incluso la imprimí.

Más allá de eso, me fijé en que la imagen estaba pegada (con lo que parecía pegamento de barra) al cuaderno, que en vez de ser un álbum de fotos parecía un cuaderno escolar reacondicionado.

Decepcionado con mi yo del pasado, y sin saber que iba a encontrarme continué pasando las páginas (pues no tenía recuerdo alguno de ese cuadernito).

En la siguiente página estaba yo sentado en el suelo con una Game Boy. La habitación era amarilla y yo me apoyaba en el marco de una puerta con cortinas de cuentas.

En ese entonces tenía el pelo bastante más corto y se me notaba que estaba mucho más moreno. En la foto estaba frunciendo el ceño mientras pulsaba con fuerza los botones de la consola. Tenía que admitir que casi ni me reconocí cuando me vi de primeras.

Un recuerdo me golpeó como un piano cayendo de un quinto piso cuando pasé la página. Un niño pequeño, de unos seis años (la misma edad que tenía yo en la foto anterior) estaba haciendo lo que se podría llamar un selfie. Sostenía otra Game Boy, solo que esa era roja (al contrario de la mía, que era verde).

No sabía que sentir exactamente en ese momento, aquel niño era Mu.

De repente todo cobró mucho sentido en mi cabeza. Recordé cómo Mu me había regalado ese cuaderno en mi décimo cumpleaños. Recordé cómo se había excusado mil veces ese día por no darme un regalo mejor.

Como una bombilla que no había sido encendida en años, los recuerdos comenzaron a iluminar mi mente como un proyector en el cine.

(19 de septiembre de 2012; Sauraha, Nepal)

Estaba en mi casa jugando a Pokémon en la Game Boy. El calor era insoportable, y la humedad después del Monzón era tremenda. Llevaba una camiseta de tirantes, aunque de igual manera estaba empapado en sudor. Tenía la impresión de ser un plato apetitoso para cualquier tipo de mosquito.

Había aprovechado que mi padre tenía puesto el ventilador por un rato y estaba justo delante, haciendo valer cada centímetro de aire que salía de aquel aparato. Me hice una coleta para dejar vía libre al aire hacia mi nuca

Detrás mío las noticias sonaban, más como un adorno que como otra cosa, pues nunca las escuchaba.

A pesar de ser el día de mi cumpleaños, estaba solo en casa. Mi padre se había ido a una parcela que poseíamos en la cual cultivabamos arroz. Y justo por el hecho de ser mi cumpleaños, me había dejado quedarme en casa.

Estaba a punto de capturar un ralts en cuanto oí un par de golpes en la puerta. Me hubiera levantado emocionado a abrir, pero el calor y la humedad me mantenían demasiado cansado como para mostrar tanto entusiasmo.

Con un tanto de dificultad, me levanté del suelo, apoyandome en mis manos y dejando mis pies descalzos en contacto con las frías baldosas.

Me dirigí hacia la puerta, abriéndola sin esperar ni un momento. Justo en frente mío estaba Mu, con una sonrisa y una bolsa de plástico con un asa rota en las manos.

Podría decir que parecía que tenía tanto calor como yo, aunque no lograba entender su obsesión por dejarse el pelo largo y encima no hacerse nunca coletas ni nada, sería muy práctico con el calor que llegaba a hacer por esas épocas.

Recordé sonreír mientras le dejaba pasar al salón, a lo que él fué corriendo hacia el ventilador, ocupando el sitio que yo ocupaba antes.

–Ya ni me dices hola al entrar, ni un abrazo ni nada– Miré reprocharte a Mu, a lo que él me devolvió la mirada y río colocando una mano delante de su boca (él siempre hacía eso).

–Lo siento Shaka, pero ya hace demasiado calor para dar abrazos, mejor si te mantienes lejos que das mucho calor, además de que estás empapado en sudor.

–Tú tampoco estás mucho mejor– Ambos reímos y me senté a su lado, un tanto resignado por estar más lejos del ventilador que antes. Mu se estaba quitando las zapatillas, tirandolas a una esquina acto seguido.

Cuando me cansé de estar cara al ventilador con los ojos cerrados, miré hacia la bolsa que había traído Mu consigo.

–¿Qué tienes ahí?– Extendí mis manos hacia la bolsa, en busca de ver lo que tenía dentro, o al menos entretenerme un poco molestando a Mu. Pero (contradiciendo sus propias palabras) se tiró encima mío, deteniéndome de revisar su contenido.–¿No decías que hacía mucho calor y que no querías estar encima mío?

–¡Pero no vale! ¡Es una sorpresa, no la puedes ver!– reí levemente mientras le veía luchar por mantenerme inmovilizado y conseguir la bolsa al mismo tiempo.

Tenía que admitir que me encantaba hacer de rabiar a Mu, pues era más volátil de lo que parecía.

Al fin consiguió hacerse con la bolsa y tuvo la seguridad de que me había rendido por un rato, por lo que corrió dirigiéndose hacia mi habitación.

Intenté seguirlo, pero para cuando le alcancé él ya había cerrado la puerta en mis narices y oí el sonido del pestillo cerrándose.

–Mu, ¿Qué haces?– Dije apoyándome en la puerta, empezando a escuchar sonidos de cajones y armarios abriéndose y cerrándose.

–¡Preparar tu sorpresa!– Su voz se oía más débil al tener una puerta en medio.

Al ver que pasaba el tiempo y Mu no tenía pensado salir me di por vencido y me senté apoyado en la puerta.

Al cabo de un rato la puerta se abrió para atrás, tirándome a mí en el proceso. Acabé en los pies de Mu, mirando hacia arriba y viendo cómo intentaba contener una carcajada que estaba a punto de salir. Me levanté con apuro para conservar la poca dignidad que me quedaba y hice un gesto de sacudirme el polvo y desdoblarme la ropa.

–Estaba todo totalmente planeado– Ahí Mu no pudo contenerse más y comenzó a reír, otra vez poniendo una mano delante de su boca. Me arrastró a mí en él proceso, pues no pude evitar ser contagiado por su misma risa.a risa.

Se agachó hasta donde yo estaba y me tendió un paquete envuelto en un folio de cuadros. Me incorporé de nuevo agarrando el paquete. Miré extrañado a Mu, e inspeccione un poco el objeto que acababa de obtener.

–Es tu regalo de cumpleaños, acabo de envolverlo con un cuaderno que tenías en la estantería y que te vi utilizar en clase para hacer lo que tú calificas como dibujos– Mu finalmente se sentó en el suelo al lado mío, mirando como sostenía el regalo entre las manos.–Lo siento mucho por no haberte conseguido un regalo mejor.

–Mu, todo lo que me regales tu está bien, no tienes porque disculparte, de hecho no hacía falta que me hubieras hecho un regalo– Busqué algún doblez para poder abrirlo sin necesidad de romper el papel, pero al estar un rato buscando me acabé cansando y desgarré el papel para tardar menos.

En mis manos quedó un cuaderno de cuero falso, un poco roto por los bordes y con las páginas amarillentas. Lo abrí y vi las fotografías que Mu había hecho un par de años antes.

–En serio, lo siento mucho por no tener un cuaderno mejor, además el cuaderno está muy viejo, siempre lo veía rondando por casa, y mi padre me dijo que nadie lo quería...–Mu seguía con su murmullo constante de disculpas. No me quitaba ojo mientras pasaba las páginas del álbum.

–Me encanta– Paró de golpe su sarta de disculpas y me miró extrañado. Yo le sonreí y le di un abrazo.–Eres el mejor amigo del mundo.

Mu me sonrió y correspondió al abrazo. El resto del día lo pasamos jugando a la Game Boy, como mi padre no volvía hasta la noche nos dió tiempo a hacer unos cuantos combates pokémon.

La noche cayó y ya era hora de cenar. Improvisamos un par de fideos instantáneos e hicimos uno de más para mi padre. Cenamos los tres juntos y Mu se quedó a dormir en mi casa.

(21 de febrero del 2019, Londres, Inglaterra)

Cerré el cuaderno entre mis manos. Rara vez recordaba las cosas de cuando vivía en Nepal, desde que me mudé a Inglaterra mi vida había cambiado mucho. Era increíble como ese momento que antes atesoraba tan avaramente ahora estaba escondido en un cajón de mi memoria.

Había sido demasiado tiempo sin desempolvar esos recuerdos con Mu. Miré el cuaderno a mi lado y alargué la mano para abrirlo. Repasé muchas veces las mismas páginas. Volviendo a ver las mismas fotografías una y otra vez.

Llegué de nuevo a la última página, pero noté que al estar pasando de página tantas veces, una esquina de la tapadera se estaba comenzando a levantar. Alarmado por saber si lo estaba rompiendo me fijé más en ese punto en concreto.

Cuánta fue mi sorpresa al descubrir que eso no era la tapadera. Parecía como si una página se hubiera pegado con la cubierta, quizás por eso no me había dado cuenta de su existencia antes. Pensé que podría haber sido una foto, ya que al estar pegadas con pegamento de barra, era muy probable que se hubiese pegado con la tapadera al ser cerrado. Curioso por saber que había allí estiré de la esquinita que se había estado soltando, y con mucho cuidado de no romper el papel fui despegando la página.

Mi confusión no hizo más que aumentar cuando me di cuenta de que lo que había en el reverso de la página no era una fotografía, sino una nota. La caligrafía definitivamente no era mía, pero por los trazos se podría decir que eran de un niño de no más de doce años. Lo cual quería decir que no podría ser de otra persona más que de Mu. Con el corazón yendo a mil leí lo que ahí ponía.

"Querido Shaka,

Te escribo para darte tu regalo de cumpleaños mega sorpresa. Dime, ¿te acuerdas del DVD de Kung Fu panda que tenías y que amabas tanto? Bien, desde el momento que lo perdiste no hiciste otra cosa más que comerme la cabeza con lo dolorosa que había sido su pérdida.

Así que, para no oírte más, he estado ahorrando para comprarte uno nuevo. Ya se que han sido años, pero comer un helado todos los días de verano contigo no ha salido barato, así que dejemoslo en que fué tu culpa, por goloso.

A lo que iba, ya te he comprado el DVD, lo escondí en tu maleta, en el doble fondo, se que nunca miras ahí, y quería asegurarme de que leyeras esta carta antes de encontrar tu regalo. Así que, espero que lo disfrutes querido amigo.

PD: Ahora entiendes porqué el profesor de lengua me puso un diez en la evaluación, ahora no te quejes de que tengo enchufe ni de que le haga la pelota."

Sentía un nudo en la garganta, supuse que era la emoción. No se donde Mu vió que podría encontrar eso pronto, yo siempre había sido bastante lento con ese tipo de cosas. Dejé la libreta en la cama, y corriendo agarré el candelabro y la linterna que dejé en la mesita de noche.

Me dirigí por el pasillo hasta volver a llegar a la trampilla que daba paso al desván. Recordaba haber visto mi maleta allí, y quería ver si el DVD de Mu seguía dentro. Subí las escaleras de metal con cuidado de no caerme y volví a estar en la oscuridad de la buhardilla.

Mucho más decidido de lo que había estado antes fuí con paso firme hasta el sitio donde había recogido el cuaderno. Y efectivamente, allí estaba mi maleta vieja, debajo de las nintendos y los cartuchos de la Game Boy.

Quité todo lo que tenía encima y abrí la cremallera con cuidado. Con la linterna enfoqué el fondo de la maleta, encontrando allí la cremallera que creaba una especie de doble fondo. Tanteé con la mano y mi corazón fué a mil cuando logré distiguir la forma rectangular de la carcasa del DVD.

Abrí la cremallera y agarré el DVD, no se veía demasiado bien, pero lograba distinguir la portada de la película "Kung Fu Panda". Casi me puse a llorar cuando comencé a rememorar esos tiempos.

(13 de octubre de 2009; Sauraha, Nepal)

Estaba buscando por todos los cajones de la habitación, no lograba el DVD que me habían regalado el día de mi cumpleaños, y no podía soportar el hecho de estar sin ver a tigresa (mi ídola) más tiempo.

Me detuve cuando escuché el sonido de un obturador detrás mío. Me giré y vi a Mu en el marco de la puerta con su nueva cámara de fotos en las manos, había estado muy obsesionado con ella últimamente. Además acababa de venir de la peluquería y traía el pelo más corto de lo normal.

–¡Mu! ¡Tienes que ayudarme a encontrar el DVD de Kung Fu Panda!– Agarré de los hombros a Mu y me puse a llorar. Él mantuvo la calma (a veces admiraba la paciencia que me tenía) y me agarró de los hombros.

–No te preocupes Shaka, seguro que lo encontramos–Dejó su cámara sobre mi cama y me ayudó a seguir buscando.

No lo encontramos ese día, ni esa semana, a pesar de que estuvimos todo el tiempo posible buscando no logramos encontrarlo.

Un día Mu me estaba intentando convencer de ir al campo de fútbol a jugar a Hockey y yo seguía empeñado con ir a buscar la película. Y sacando paciencia de donde no la había Mu llegó a una conclusión razonable.

–Shaka, cuando fuimos a Katmandú te llevaste el DVD, ¿no?–sabía por dónde quería ir, y no me gustaba, pero asentí con la cabeza. –Entonces, ¿no crees que podrías haberlo dejado en él reproductor de DVD del hotel?

Eso tenía más sentido de lo que querría admitir. Me puse a llorar de nuevo y Mu desesperado por qué pasara página me tendió su cámara de fotos.

–Toma, haz un par de fotos, seguro que te diviertes–De mala gana agarré la cámara y al no saber cómo funcionaba hice una foto sin querer. Estaba demasiado enfurruñado como para seguir intentando y le devolví la cámara a Mu.

–Wow, es la única foto que has hecho con mi cámara, prometo que algún día la imprimiré- Mu dijo eso y acto seguido escuché un pequeño pitido provenir de la cámara, lo que pude identificar como el sonido que indicaba que la foto había sido guardada en la galería.

–Yo no quiero una cámara, quiero mi DVD– Me crucé de brazos y me negué a ir a jugar al Hockey en toda la tarde.

(21 de febrero del 2019, Londres, Inglaterra)

Y ahora tenía ese DVD en mis manos.

Recordaba que en aquel entonces hacía un año que yo acababa de llegar a Nepal. Y por lo tanto medio año desde que conocía a Mu, y ya me tenía una paciencia enorme.

Lo conocí porque nuestros dos padres eran amigos de la infancia en Nepal, mas ninguno de los dos nacimos allí. Yo nací en la India, mientras que Mu era tibetano. Nuestros padres volvieron a Nepal un año después de que la guerra civil acabase, y nosotros fuimos con ellos.

Pero mi madre era inglesa, y decidimos mudarnos aquí con ella hace cuatro años. Para despedirnos, hicimos una especie de viaje de despedida con Mu donde fuimos a Katmandú.

Me acurruqué en mi sitio recordando aquel viaje.

(25 de abril de 2009; Katmandú, Nepal)

Iba en el asiento trasero mirando el paisaje en la carretera. Mu estaba al lado mío, mirándome con preocupación.

–Shaka, prométeme que cuando hablen no te vas a quedar trabado como haces siempre– Mu hizo un intento fallido de hacer una broma para animar el ambiente.

–¿Qué sentido tiene hablar con la gente aquí si me voy a ir?– Contesté lo más cortante que pude. Mu resopló de mala gana en su asiento, se notaba que estaba cansado de esto.

–Mira Shaka, es el último día que estoy contigo, quiero aprovecharlo, además, siempre podemos hablar por Messenger o por Facebook– hice oídos sordos a lo que él dijo, y el resto del viaje lo pasamos en silencio, cada uno mirando por su ventana sin decir nada.

Pero en cuanto llegamos allí poco a poco se me fué olvidando por qué estaba enfadado, y empecé a disfrutar del viaje con Mu.

Llegamos a una tienda donde vendían helados, así que Mu entró a comprar un helado para los dos, mientras yo me quedaba fuera y nuestros padres en el bar de al lado.

Vi a Mu disponerse a pagar detrás del mostrador cuando sentí que el suelo comenzó a temblar. No me dió tiempo a reaccionar cuando recibí un golpe seco en mi nuca que casi me dejó inconsciente. Sólo llegué a ver como el techo de la tienda en frente mío se derrumbó antes de que todo se volviese negro.

(21 de febrero del 2019, Londres, Inglaterra)

Después me di cuenta de que Mu había muerto. No pude asistir a su funeral, pues ya me había ido a Inglaterra. Me llevé ese cuaderno de fotografías como un tesoro preciado, pero nunca lo abrí, por miedo de rememorar el dolor que pasé en aquel momento.

Un chispazo iluminó la habitación, ese día no lloré. Abrí el DVD entre mis manos y enchufé la tele de tubo del desván, conecté el reproductor de DVD y me puse a ver la película, como había estado haciendo cuando le conocí a él.

Al final, yo era quien elegía como quería recordar. Tenía miedo de sacar del cajón todo tipo de recuerdos dolorosos que me causó su muerte, pero no contaba con que las personas cuando mueren se conviertían en historias. Pequeños pedazos de memorias y anécdotas que contamos sobre ellos. Y Mu no era una persona triste, yo no quería recordarlo como eso, preferiría rememorarlo entre las páginas amarillentas de un cuaderno con olor al pasado y textura rugosa, dejando que una sensación cálida se extiendiese por mí pecho y una sonrisa volara libre entre mis labios.

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