Fly boy in the sky.
¡Hola mis bonitos lectores! ¿Cómo saben que extrañaré un fic? Le hago un epilogo más grande que mi futuro, debía ser pequeño y bonito, quedó una abominación gigante, perdón. Pero quedé muy contenta con el resultado, lo tiene absolutamente todo, es pura escencia de Fly boy y salió en tiempo record, me sorprendió mucho. Empecé a escribir Fly boy hace 11 meses exactamente, ha sido una de las historias más divertidas que he escrito en mi vida. No puedo agradecerles lo suficiente por el acogimiento que le dieron al fic, con sus comentarios, con sus votos, con sus leídas. Aunque yo invierto mucho tiempo planificado, escribiendo y editando mis tramas, ustedes tambien con todo el amor que les dan. Entonces, la echare de menos, es una trama especial para mí. Solo gracias por tanto cariño. ¡Espero que les guste! La palabra final le tiene Ash.
—Shorter... —Él dejó de sorber su refresco antes de mirarme, el día estaba caliente, las canchas de deportes se encontraban atiborradas—. ¿Crees que gimo bonito? —La Coca-Cola cayó contra las gradas.
—¿Qué? —Sus lentes terminaron encima de su regazo—. ¿Qué fue lo que dijiste? —La vergüenza me quemó las orejas, crispé los puños hacia mi vientre, dándome el coraje para preguntarlo de nuevo.
—¿Me imaginas gimiendo bonito? —Entonces él acomodó una palma encima de mi hombro con una inquebrantable seriedad.
—Sé que hemos hablado de cosas aún más raras... —Él tomó aire antes de continuar—. Pero no seas asqueroso, hombre. —Y yo quise tumbarle la mandíbula.
—¡Tú me convertiste en esto! —La atención de Shorter vagó hacia el refresco perdido. Aunque apenas acababa de caer ya se estaba evaporando, el empaque de plástico rodó hacia las canchas, la pajilla quedó embarrada de musgo—. Hazte responsable. —Él trató de pretender seriedad al acomodarse los lentes contra el arco de la nariz.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Yo y Eiji no lo hemos hecho durante un tiempo y quiero, ya sabes... —Bajé el mentón y jugueteé con mis manos—. Queremos tiempo de calidad. —Las mejillas me ardieron, los latidos me explotaron—. A solas.
—Oh. —El descaro chispeó en el ambiente—. ¿Vas a polinizarlo en la playa? No sabía que eras un exhibicionista, Lynx.
—¡Claro que no! —Me apoyé contra las gradas de madera—. Pero pagaremos un hostal bonito y habrá una atmósfera romántica. —De repente su ceño se tensó y esa sonrisa socarrona cesó.
—¿Tendrán sexo en el mismo hostal donde todos nos quedaremos? —Los mofletes me calcinaron y la boca me trepidó—. ¡Amigo! Vamos a celebrar a Fish Bone, no a bajarte la calentura. —Estiré mis piernas hacia el peldaño inferior, mis zapatillas rasparon la granita, eran esas converse rojas y geniales que Griffin me obsequió para compensar las anteriores, esas que estaba cuidando mucho mejor. Arrojé la nuca hacia atrás, sintiendo al verano flagelarme. Érase una vez un niño perdido en Nunca Jamás.
—No puedo creer que tengamos nuestro propio álbum. —La indignación se redujo a un buque de papel flotando en un altamar descolorido—. Apenas recuerdo esa presentación, me sentía realmente mal, pensé que mi actuación nos había costado el premio.
—Hicimos mierda a la banda de Arthur. —Aún me retorcía las tripas escuchar su nombre. Petulante y mentiroso, hizo trampa en el amor—. Me alegra tenerte por fin en la carrera ¿sabes? Siento que perteneces a este lugar. —Luego de un año atrapado en la facultad de deportes, iniciaría en la pasión por la que mi corazón clamaba. Sino fuese por el chico de los cielos, jamás habría tenido el valor para descubrirme.
Estando perdido, él me encontró.
—A mí igual me alegra haberme cambiado de carrera. —Sin embargo, nos encontramos solo para perdernos en la locura de enamorarnos. Sonreí, enfocando mi atención en su calentamiento desde las gradas. La libertad no tenía dueño, sin embargo, se encerraba en jaulas—. Shorter...
—¿Qué pasa? —Las jaulas tenían candados, no obstante, las pértigas se convertían en llaves. Detuve el mundo para que girase al revés cuando enfoqué mi atención en esos cristales polarizados.
—Gracias por haberme hablado ese día en el bar, nada de esto habría pasado si no nos hubiésemos hecho amigos. —Él lució repentinamente avergonzado frente a mi gratitud. Lo que era ridículo, por supuesto, acabábamos de hablar sobre gemidos masculinos.
—Sí. —Pero él se encogió en una sudadera asquerosamente brillante—. Deberías agradecerle a tu homosexualidad de closet, fue eso lo que te empujó a querer impresionar al Fly boy. —Y me regaló una sonrisa de pura comprensión. La nostalgia fue la espina perdida de mi golondrina, el carmesí fue la lluvia que me purificó.
—Tienes razón. —Érase una vez un chico enamorado eternamente de la libertad, anhelándola en un soneto de imposibilidad como el sol a la luna, rodeado de astros que vanagloriaban su belleza pero abandonado a millones de años luz, suplicando para escaparse del olvido y entablar charlas nocturnas con su pequeño cosmos. Él debería ser la noche de mi día.
—Ash... —Pero éramos un poco de los dos. Su belleza era una alabanza para la luna, rebajada a la cotidianidad pero impasiblemente etérea en una red entretejida de cristales plateados, pequeña e inocente, implacable en paralelo. Destrozaba marejadas y nos deleitaba con un ciclo de iridiscencia.
—¿Sí? —Su beldad era una luna incomprendida. Pero a la vez era mi sol, ese que estaba allí fulgurando tímidamente en las mañanas para encender la palidez de mi corazón. Me pregunté si yo sería eso para él y me dio ternura saber que sí.
—¿Cómo te sientes con la denuncia? —El día se nubló. Fruncí la boca, amargado. La peste fantasma a Old Spice me retorció las tripas, el sudor me afiebró—. Las noticias no han dejado de hablar sobre eso, quería saber si estabas bien.
—Le dieron un par de años de condena pero seguramente saldrá pronto, ya conoces a la justicia de este país. —Aun así, agradecía los esfuerzos de mi hermano mayor. Me relajé contra las gradas, reflexivo—. No creo que Griff deje el caso en paz, fue bastante intenso el juicio ¿sabes? —Él vaciló antes de acariciarme la espalda.
—Lo sé. —Cierto...—. Estuve ahí. —Detrás de esa fachada galante se ocultaba una fidelidad incomprensible—. Están saliendo más testimonios, me alegra escucharlo. —Presioné los párpados y me encogí contra el escalón. Era una rosa abrazándose contra sus propias espinas o un sol en extinción suplicando por más tiempo.
—Max me dijo lo mismo. —Fue una mierda hablar primero dentro de la facultad—. Podemos armar otro caso de esa manera, con más víctimas será más fiable. —Al principio me dio rabia, sin embargo, necesitaba perderme para encontrarme con la cabeza fría. Me costó entender que cada quien procesaba sus heridas de manera irrepetible, no existía una forma correcta ni un tiempo idóneo para hablar. Era válido quebrarse apenas pasara.
—¿Eso es lo que quieres? —Y también lo era demorarse una eternidad. Algunos, se desmoronaban. Otros, jamás se profesaban preparados—. ¿Seguir con esto adelante? —Y eso estaba bien, no eran menos valientes, sus almas todavía sangraban, no menospreciaría el sufrimiento siendo Peter Pan.
—Creo que sí. —Entrecerré la mirada tras contemplar directamente al sol—. Fox también está siendo investigado por corrupción. —Antes de que Shorter pudiese opinar—. Pero maneja bien a los equipos deportivos. —El blanco y el negro se aunaron. A fin de cuentas, eso éramos los seres humanos, un mosaico impasible de imposibles pero posibles al mismo tiempo. Enfoqué mi atención en las canchas—. Él está feliz, es todo lo que me importa.
—Ash... —El chico con los ojos más bonitos del mundo y el mundo más bonito dentro de ellos me sonrió desde la explanada—. Creo que sí gimes bonito. —El desagrado fue cósmico.
—¡No seas asqueroso! ¡Eso se escuchó gay! —Él tumbó la mandíbula y frunció el ceño.
—¡Tú empezaste!
—¡El Fly boy va a saltar!
Y regresamos al inicio estando en el final.
¿Por qué los humanos anhelaban la libertad?
Cada vez que me lo cuestionaba me bastaba con verlo saltar.
Él volaba alto, más alto que nadie.
—¡Vamos Eiji!
Él se posicionó sobre la pista antes de acariciar el tubo de fibra de vidrio sabiendo que era la misma extensión de su alma, esos grandes ojos cafés se encendieron con una pasión inefable frente a la línea de partida, más potente que la luna bebiendo de las marejadas pero más delicado que el canto de un mirlo. Una tímida sonrisa me despojó de la cordura antes de que empezase a correr. Ni siquiera vaciló al acercar sus codos hacia sus costados, sus mejillas se tiñeron con un arrebatador carmesí, esa matita abenuz se convirtió en un lío en esta acuarela descolorida que llamábamos vida. Como si hubiese robado el instante, él cortó el viento y me arrebató el corazón en una fotografía. La razón me palpitó con fuerza, sus piernas surcaron la irrealidad, la sombra del poste se convirtió en sus mismas alas, perdí el aliento. La pértiga se clavó en el suelo para que volara. Él solo se alzó por el tubo para surcar los cielos. ¿Cuántos segundos estuvo allí suspendido? ¿Dos? ¿Tal vez tres? Para alguien atrapado entre la perpetuidad de la vocación y lo efímero de la inspiración, puso una cara realmente maravillosa. Esa expresión fue la que me atrapó ¿no? Esa que desafiaba la muerte, rompía al destino e imponía verdad. Sonreí, vislumbrando esa declaración pura e inquebrantable por la libertad.
—Quiero casarme con él. —Ni siquiera supe cuándo había abierto la mandíbula—. Lo amo tanto, apenas nos graduemos tendremos un hijo, un perrito y una cabaña en Cape Cod para veranear.
—No empieces otra vez. —Su flequillo rebotó luego de aterrizar en la colcha, su sonrisa fue tan bonita que quise llorar. ¡Dios! No era justo adorarlo tanto, ya iba casi un año, debería superarlo.
—Él es mi pingüino, Shorter. —Pero no podía, él me encantaba en toda la extensión de la palabra y más allá. Su arete de obsidiana fulguró contra el sudor, ese que era nuestra promesa contra el destino, ese que era la piedrita que elegimos para nuestro nido—. Lo amo tanto que me duele. —Antes de que él pudiese arrojar un comentario sarcástico, la diversión pereció.
—Parece que llegó un pingüino rompehogares. —Contuve un alarido—. Se quiere comer a tu novio.
—¡No es verdad! —Mizuno Kazuhiko, el rival autoproclamado de Eiji Okumura, se trasladó hacia nuestra universidad y se convirtió en su amigo de confianza con una escalofriante naturalidad—. Son cercanos porque los dos son japoneses, se sienten comprendidos en la brecha cultural. —Él lo ayudó a levantarse con un tirón de manos y le extendió una botella de agua.
—Mira. —Estaba tocándolo con demasiada confianza—. Está haciendo una danza de apareamiento frente a Eiji.
—¡Shorter! —Le golpeé el hombro, inflando las mejillas y tensando el entrecejo—. Eres el peor amigo del mundo, no me metas miedo.
—Pero pareciera estarlo cortejando. —Ahora que me fijaba, el sujeto tenía un tenue sonrojo en los mofletes. Él bajó su palma desde los hombros de mi adoración hacia su cintura—. Es bastante guapo, no me extrañaría que Eiji te abandonase para hacer un nido con él. —Me levanté de las gradas.
—Eres de lo peor.
—Así me amas. —Él me arrojó un guiño debajo de los lentes—. Ahora ve a marcar territorio con tu pingüino. —Obedecí.
Aunque me arrastré enfurruñado para defender mi título de futuro esposo, ese uniforme de pertiguista me distrajo demasiado. La boca se me secó al verlo bambolearse encima de la colchoneta, observar a mi novio con poca ropa siempre era un estrago, esos shorts enmarcaban de manera pecaminosa sus torneadas piernas, los músculos en sus brazos se podían apreciar a la perfección bajo esa camiseta, el sudor convirtió el chocolate con leche que era su piel en polvo de estrellas. Babeé, siguiendo a las gotas deslizarse desde su frente para perderse en su clavícula, si las cosas salían bien podría catar directamente de él. Me acerqué y su perfume me intoxicó, adoraba su aroma, sus rubores durante las prácticas, su determinación, el brillo que alumbraba sus ojitos luego del cansancio. Y de lince feroz llegué como gatito mimoso, clamando por atención. Lo abracé por los hombros y alcé el mentón, Mizuno medía casi dos metros. ¿Cuál era el fetiche de mi pareja con conseguir amigos gigantes?
—Ash. —Pero él pareció tan feliz de verme, me hice pequeño dentro de mi chaqueta deportiva—. Te estaba esperando para irnos. —¿Alguna vez me cansaría de ese infame acento? Lo dudaba, quería que él fuese lo último que escuchase en mi vida y lo primero a encontrar en la siguiente.
—Ya estamos listos con la banda. —Había abandonado a Griffin en el estacionamiento hace dos horas. La culpa no me pesó, no iba a sacar al Fly boy de los cielos—. Será un viaje divertido. —Su risa me cosquilleó contra el cuello, se me cayó el corazón tras atesorar tan tímido rubor. Quería llenarle las mejillas de besitos para comprobar si podían encenderse todavía más, beber de sus labios hasta dejarlo seco, saborear su cuerpo hasta que se perdiese con el mío.
—¿Te tienes que ir? —Entonces recordé la presencia del indeseable.
—Creo que no nos hemos presentado. —Extendí una palma, galante—. Soy Aslan Jade Okumura. —Su expresión anonadada no tuvo precio—. El marido del Fly boy. —Presioné un beso contra sus onditas y él se encogió apenado. ¿Cómo pudimos pasar dos semanas separados por esa ruptura? Necesitaba compensar el tiempo perdido.
—No sabía que estabas casado. —Porque sí, era tiempo perdido sino lo compartía con él.
—De hecho, iremos a renovar nuestros votos maritales a Brooklyn. —Mizuno retrocedió en la colchoneta, espantado—. ¿Quieres ir? Habrá pastel y todo.
—No, gracias. —Él se tropezó con sus zapatillas—. Tengo que seguir practicando Ei-chan, nos vemos. —Cuando se volteó le saqué con fuerza la lengua. Como un pingüino victorioso luego de una pelea, agitando sus plumas encima de su nido y graznando para intimidar.
—¡Ash! —Él infló los mofletes y tensó el entrecejo—. ¿Ahora eres un Okumura? —Acaricié su mohín, divertido. Mis palmas se deslizaron por ese provocativo uniforme deportivo. Fue curiosa la manera en que mi vida empezó a cobrar sentido tras anhelar la verdadera libertad.
—Me gusta más Eiji Callenreese, pero ese sujeto no lo entendería. —Entonces él me regaló un puchero absolutamente adorable y yo perdí la razón. Él entrelazó nuestros dedos y presionó un beso contra mis nudillos, lindo. Los gritos en las canchas se profesaron lejanos.
—A mí igual me gusta más. —Los árboles se mecieron con suavidad, me quité la gorra de béisbol para ponérsela encima—. Guardo la colchoneta en la bodega y nos vamos. —Su flequillo se curvó hacia el exterior bajo la visera, el blanco le sentó a la perfección. Suspiré, imaginándolo con un traje blanco caminando hacia al altar. A Ibe eso no le gustaría para su hija virginal.
—Te ayudo. —Pero me dio igual.
Fue dentro de ese viejo contenedor donde comprendí que los ángeles también lloraban. Podía haber pasado un año, sin embargo, lo recordaba a la perfección. Él estaba allí, hecho un ovillo sobre la misma torre de colchonetas que estábamos tratando de acomodar, tiritando por el gélido del campus, porque él es friolento pero tiene la manía de andar desabrigado, la amargura brotó de sus ojos para deslizarse por sus mejillas en una llovizna de purificación, la hinchazón en sus párpados me resultó desalmada. En ese entonces no lo entendí, pero verlo así fue sumamente destructivo. Como si me estuviesen arrebatando un pedazo con semejante tristeza, como si fuese cuestión de almas gemelas encontrarnos de esa manera. Me senté, la gomaespuma tembló, él me imitó, sin preguntas ni respuestas. Sabiendo que esto éramos los dos. Él se acurrucó a mi lado. El lugar apestaba a mugre y se hallaba ridículamente escarchado.
—Nunca me había gustado nadie hasta que te conocí. —Fue una confesión casual y penosa—. Pensé que jamás me enamoraría pero cuando te vi... —Alcé mi mirada hacia el techo, enfocándome en las abolladuras de la lata, contando estrellas en pozos cristalizados—. Sentí que te había estado esperando toda mi vida. —Él apretó mi mano contra la orilla.
—Sé bien a lo que te refieres. —Probablemente se trató de un encuentro predestinado—. Los días que rompimos me sentí tan mal. —O quizás, el amor nos había atontado—. Aunque nos separamos unos pocos días, no me imagino pasando por eso otra vez. —Él dejó caer su cabeza contra mi hombro. La respiración se me agitó, sus toques fueron aleteos de mariposa contra un capullo desolado. ¿Cómo expresar tan inefable lazo?
—Yo tampoco. —Sí, era tonto, los seres humanos no venían de a dos pedazos—. No puedo creer que esa canción ganase el concurso, pensé que nos descalificarían luego de que salté del escenario. —No obstante, anhelaban la complementariedad. Él gimoteó, despacio.
—¿Cómo pudiste pensar que no estaría allí? —Frederick Arthur era una serpiente ponzoñosa—. Prometí estar en primera fila, apoyándote. —Al sujeto no le bastó con recabar en la inseguridad de un niño herido, sino que se mantuvo omnipotente durante estos meses. Porque las exparejas podían ser amigos ¿no? ¡Al diablo! Jamás lo toleraría.
—Lo sé. —Mis piernas pendieron contra la torre de colchonetas, el polvo fue un mar dorado para este bote de gomaespuma—. Pero temía que me odiaras, debió ser realmente asqueroso darse cuenta de qué... —Entonces él acunó mis mejillas y me arrojó esa sonrisa, esa que gritaba: «aunque el mundo entero esté en tu contra, yo siempre estaré a tu lado».
—Te amo. —Le bastaron dos palabras para deshacerme—. Americano idiota. —Y dos más para hacerme sonreír—. Si te he apoyado durante todo el proceso de la denuncia es por algo.
—Mi torpe japonés. —Delineé los bordes de su rostro con lentitud, memorizando cada una de esas facciones de sol en esta noche artificial dentro de la bodega—. No te merezco. —Él negó, arrugando la nariz para recordarme a un conejito.
—Yo no te merezco a ti. —Si hubiese sabido que lo conocería en este lugar hace un año—. Eres maravilloso, Aslan.
—No, yo no te merezco. —Habría desafiado a la misma realidad para arrancarle ese momento a lo efímero—. Eiji... —Y así grabarlo en nuestra eternidad—. ¿Cómo estás con tu familia? —Aunque se encogió de hombros, se mantuvo a mi lado. Su piel se había erizado, tenía frío.
—Estamos en contacto, pero a fin de cuentas, Ibe es quien me está cuidando. —Por eso me saqué la chaqueta de béisbol para protegerlo en esta tormenta—. Él me quiere dar empleo como modelo y asistente ¿sabes? —Él volvió a dejar que le acunase los hombros con aquella prenda, le seguía quedando grande, los bordes le llegaban hasta la cadera y los puños apenas le cubrían los dedos.
—¿Eh? —Le sentaba a la perfección—. ¿Me debo preocupar por la competencia, onii-chan? —Él carcajeó entre dientes. Por mucho que compusiese no lograba equiparar la belleza de ese sonido. Era adictivo, ligero y francamente surreal. Me di vueltas para podernos embrollar—. ¿Necesito ponerme más guapo para intimidar a tus fans? —Él bufó.
—Esa debería ser mi línea. —Enredando sus brazos alrededor de mi cuello—. Tú eres quien se irá de gira para promocionar el álbum. —Lo recosté contra la gomaespuma—. Ni siquiera me has dicho cómo se llama, me siento ofendido. —Su respiración martilló contra mis tímpanos, sus dedos se contrajeron en el velo de la juventud.
—Deberíamos aprovechar el tiempo que nos queda a solas, luego discutiremos lo demás. —Ronroneé, descarado—. Necesito recargar energías antes de encerrarnos con esos idiotas en el auto. —Él se inclinó para cerrar la brecha entre nosotros dos. Aunque apenas había luz dentro del contenedor, sus ojos relumbraron más que nunca. Fui la polilla cegada por el resplandor, fui el sol eternamente enamorado de la luna y el gorrión que murió de puro amor. Elevé su mentón.
—¿Qué esperas, Callenreese? —Su aliento se derritió en mis labios como caramelo—. ¿No querías renovar los votos maritales? ¿O era pura habladuría? —El jodido descaro que me entregó en ese pestañeo fue indescriptible. Me encantaba todo de este hombre. ¿Cómo era posible? Amoldé mis palmas contra sus caderas y lo acerqué.
—Tú te lo buscaste, onii-chan.
—¡Diablos, no! —Nuestros dientes chocaron frente al grito en la puerta—. Sabía que los encontraría de calientes escondidos aquí. —Yut-Lung Lee se cruzó los brazos bajo el vientre, decepcionado.
—¡¿No sabes tocar?! —Pero él hizo caso omiso a mis reclamos y se metió al contenedor.
—Todos están en la camioneta, nos vamos. —Ninguno de los dos pudo contradecir a tan imponente presencia.
Yut-Lung Lee era aterrador.
—¡Suban!
¿Existía algo peor que Griffin Callenreese cantando durante dos horas a todo pulmón?
Escucharlo en un dueto con Max Lobo.
Utilizando como excusa el tamaño de la camioneta, nos logré salvar para que viajásemos encima de la cajuela. Los caminos hacia Brooklyn se hallaban terriblemente desbaratados. El agonizar de los neumáticos contra el pedrusco me heló la sangre, la congestión era insufrible, el humo del tubo de escape se impregnó hasta mis pulmones, tosí con fuerza, dejándome caer contra el extremo que daba hacia la ventana. Bones, Kong y Alex se encontraban convulsionando en el interior al no poder escapar de tan desafinada tonada. Suspiré, aferrándome a la pancita de Eiji.
—No puedo creer que los dejaras ahí dentro. —Shorter negó, recostado en las piernas de Yut-Lung Lee—. Eso fue un golpe bajo. —Nuestras mochilas habían forjado una pequeña montaña al otro lado de la maletera, el sol pegaba fuerte y la fatiga era iridiscente.
—¿Quieres cambiarles de lugar? —Mi mejor amigo palideció.
—No dije nada. —Mi cadera se estrelló contra el metal en un espasmo paralizante, la patente chirrió, amenazando con desprenderse—. Pareces más sensible con ellos, ¿pasó algo? —Asentí.
—Max y Griff están más pegados que nunca, son desagradables.
La denuncia contra Dino Golzine fue la gota que impulsó a mi hermano mayor para que se viniese a vivir a Nueva York. Me emocionaba la idea, fueron años de exuberante soledad luego de que se enlistase en la guerra, finalmente lo podía recuperar. Además, Jim tampoco se cerraba ante la posibilidad de visitarnos, nuestra relación se profesaba mejor, mucho mejor. El viejo no solo me apoyó en la corte, sino que terminó una semana en prisión por tumbarle la mandíbula al director. Nunca lo vi tan furioso como cuando lo confrontó, era agridulce contemplarlo asumir su rol de paternidad, sin embargo, me agradaba. Aunque a veces predominaba la incomodidad, avanzábamos. Le gustaba preguntarme por Eiji y me escuchaba practicar las canciones de Fish Bone, incluso me compró una nueva guitarra para que no tuviese que usar la del dinero manchado. Le costaba trabajo cambiar, se notaba que lo intentaba y a veces fracasaba, pero apreciaba el gesto. De cierta manera esta experiencia me devolvió a mi papá y me regaló uno extra con Max Lobo.
—¿Ustedes finalmente aceptan que están en una relación? —Las caricias de Yut-Lung Lee encima de esos mechones morados cesaron ante la pregunta del japonés—. Es que parecen más empalagosos que antes.
—Estamos a prueba. —El orgullo lo hizo bufar—. Pero creo que sí. —Y el romance lo hizo sonreír. Rodé los ojos, el petulante me llamó exagerado luego de mi declaración de amor cuando él era un melodramático. Me recordó a la luna en un sentido completamente diferente a mi sol.
—No seas orgulloso, bebé. —Shorter le pellizcó la mejilla—. Te mueres por mí. —Entonces el aludido carcajeó, irónico.
—Ya quisieras, bebé. —Los mimos retomaron su curso bajo el son del sarcasmo, estiré mis piernas sobre la cajuela y dejé que el viento me colorease, el rebote de mis zapatillas contra el metal fue estruendoso, las mochilas se bambolearon hacia el otro extremo de la ventana—. Tú te mueres por mí, ni siquiera lo disimulas.
—Son asquerosos. —Ellos se dieron la mano—. Tengan algo de decencia humana. —Contuve una arcada frente a tan empalagosa escena. Habían personas que simplemente carecían de vergüenza. Presioné un beso contra el moflete de mi amante y me restregué contra su espalda.
—¡Mira quien habla! —Llegamos a un semáforo en rojo. Me levanté, apoyándome contra el soporte de la ventana—. ¿Qué diablos estás haciendo, Lynx? —La ciudad me golpeó en un eterno vibrar, las luces de los edificios fueron un caos ensordecedor.
—Saboreando Nueva York. —De pronto la señal cambió y la camioneta se movió.
—Nos darán una multa si te ven haciendo eso, Lynx. —Era verdad, no obstante, Eiji se levantó sin dudarlo para hacer esta tontería conmigo. Alcé los brazos hacia el cielo y navegué entre nubes—. ¡¿No se supone que tienes 200 puntos de IQ?! ¡Te estás comportando como un idiota!
—¡Oh vamos, Yut! —El nombrado bufó—. ¡Sé estúpido con nosotros!
—¡Al diablo! —Y sonrió antes de levantarse para saborear América con todos nosotros.
Nos dimos las manos y desplegamos nuestras alas hacia el cielo, la brisa nos besó los cabellos, la carretera fulguró en lo que pareció ser un paisaje sacado de Nunca Jamás. Ni siquiera en mis más locos sueños me había imaginado algo así. Nos pusimos lentes de sol queriendo lucir geniales, los gritos de Max se perdieron bajo una sinfonía de carcajadas, la contaminación se acribilló contra los cristales polarizados y fue real. Solo nos dejamos llevar en esa destartalada maletera mientras las luces nos bañaban y me enamoraba de la vida. Fue mágico e imprudente. Me sentí como un adolescente tonto y rebelde por millonésima vez. Porque no era ni el niño perdido, ni la rosa craquelada, ni el ruiseñor sacrificado, ni el leopardo congelado. Solo era yo y diablos, aún me quedaba una infinidad por descifrar.
Porque cada día yo era un poco más.
—It's Brooklyn baby!
Brighton Beach era un oasis en medio de la ciudad. Su paisaje exótico en una disonancia sencilla le confería un aura paradisiaca, era la encarnación de la serenidad con olas tan transparentes que sostenían el cielo y arena tan blanca que vanagloriaba al marfil. Un mosaico de casas con apariencia rústica relumbró frente a puestos de chatarra y arriendos de sombrillas, habían pocas personas durante esta época del año. Acomodamos nuestra carpa cerca del mar. La escena fue digna de un cuadro de Van Gogh. Me estaba quitando las converse cuando su belleza me quitó el aliento. Eiji se hallaba contemplando el océano, la sal le meció los cabellos hacia atrás, el atardecer lo agasajó con una suavidad extraordinaria, él aleteó sus pestañas y proyectó su propia noche estrellada, sus palmas se acomodaron encima de su cintura. Mechones de girasoles negros, rostro angelical, mejillas de romance juvenil, ojos de ensueño, repletos de galaxias apagadas pero despiertas al mismo tiempo, labios de tentación resaltados por leves hoyuelos. Lucía suave y reconfortante.
Él era mi hogar y yo...
—Ni siquiera escondes lo mucho que lo amas. —La voz de Griffin me hizo saltar—. Ahora entiendo de dónde surgió la inspiración para tus canciones. —El calor me quemó las orejas, la arena me hizo cosquillas cuando me levanté del suelo, quedé sin zapatillas y dejé huellas—. ¿Le has dicho sobre el álbum de Fish Bone?
—Todavía no. —Algunas conchitas contrastaron contra ese lienzo blanquecino—. Estoy nervioso, es un gesto demasiado cursi y no quiero intimidarlo. —Él alzó una ceja, indignado. La brisa se hallaba fría. El murmullo de las olas fue impasible.
—¿Casarte con él no fue cursi? —El furor me hirvió en las venas—. ¿O pedirle ser tu pingüino? —La mandíbula se me congeló—. ¿O querer mostrarle los rubios de ahí abajo?
—¡Griff! —Él carcajeó antes de golpearme la espalda—. ¿Cómo sabes eso?
—Max me lo contó.
—Viejo chismoso. —Aunque el aludido se encontraba armando la carpa, paralizó sus movimientos solo para mirarme feo—. Te lo estaba preguntando en serio. —Fue reconfortante poder hablar estos temas con mi hermano mayor. El maricón de Cape Cod no era más que un niño necesitado de valor—. No quiero espantarlo con tanto compromiso.
—¿No usa nuestro apellido? —El puchero fue inminente, me enfoqué en un caparazón en el mar.
—Es que Eiji Callenreese suena bonito. —Y lo hacía, podría pronunciar su nombre durante el resto de la eternidad sin cansarme jamás, me encantaba—. La banda estuvo de acuerdo, pero aun así... —Él me revolvió el cabello, paternal. Antes de que el hombre que fumaba en lugar de respirar dejase de ser un monstruo, este soldado fue quien me protegió. Él era mi héroe, mi hermano mayor.
—Eiji adorará el gesto. —Los chicos se quitaron las camisetas para correr hacia el mar—. Porque lo hiciste tú y ya. —Sonreí, apenado. Solía mofarme de Griffin por ser un maldito romántico.
—Gracias por apoyarme en todo esto. —Irónico que el tiro me hubiese salido por la culata cuando se trataba de cursilerías. Supuse que no era cuestión de carácter, sino de la persona correcta en el tiempo adecuado—. Y gracias por creerme con lo de la denuncia, pudiste desligarte pero te mantuviste a mi lado. —No se trataba de una desesperada necesidad por encajar, sino de un tierno deseo de complementariedad. No éramos nuestras propias piezas.
—Claro que sí, Aslan. —No obstante, en lo irreverente radicaba la belleza de un mosaico—. Prometo seguir insistiendo hasta que Dino Golzine pague. —Y aunque todavía aborrecía a ese sujeto, sentirse tan acobijado durante esta tempestad me ayudó. Me hizo entender que no fue mi culpa y que yo era valioso si tantos me amaban. Aunque claro, de vez en cuando los traumas llegaban de golpe.
—Lo sé. —De vez en cuando me resultaba imposible recomponerme—. Gracias. —En esos instantes tenía a personas que me amaban a pesar de esta jodida personalidad, y se recostaban a mi lado mientras el mundo se acababa.
—Ahora ve a divertirte con tus amigos.
El dolor dolía menos si era compartido.
—¡Ash! —Eiji estornudó mi nombre contra la brisa—. ¡Ven a jugar con nosotros! —Y yo no tardé en llegar a su lado.
Estuvimos horas tonteando en el agua, armamos desde un partido de waterpolo con el flotador de cocodrilo de Bones rebajado a pelota, hasta carreras hacia las boyas. ¿Quién diría que Yut-Lung Lee sería tan hábil nadador? El mar se agitó en una competencia de saltos donde Kong nos aplastó, comimos chatarra y nos concebimos especialmente rebeldes por meternos de inmediato a la marejada, armamos castillos de arena que la espuma destrozó, los construimos demasiado cerca de la orilla con baldes improvisados con botellas. Me sentí como un pingüino buscando la piedra más bonita de toda la playa para extendérsela. Y fue gracioso pensar así luego de un año, fue bonito. Pronto sería nuestro primer aniversario.
—¿Vas a seguir haciendo pucheros? —Estaba tratando de reconstruir mi castillo con la ayuda de esas pequeñas manos—. Sería más inteligente moverlo ¿sabes?
—Lo sé, pero si hago eso el océano me ganará. —Ninguno de nosotros cedió en esta competencia autoimpuesta contra el mar, era personal—. Te construiré una casa bonita para que vivamos. —Su risa me quemó la boca, tenía arena metida hasta en el traje de baño y sal escurriendo por las narices.
—¿Este es tu ritual de apareamiento, amor? —Él alzó una ceja, divertido—. Porque no está funcionando. —Mis manos se congelaron contra la portilla de arenisca. Sonreí con picardía, arrojándome hacia él—. ¡Ash! —Caímos en la orilla, su espalda terminó salpicada por el mar—. ¡No! ¡Detente! —Entonces inicié una guerra de cosquillas.
—¿Qué tal esto? —Su carcajada fue desesperada—. ¿Esto sí está funcionando? ¿Mi ritual de apareamiento te parece irresistible? —Él se retorció entre mis brazos, intentando liberarse. Sus rodillas se tensaron encima de la arena, su nuca quedó embarrada con algas.
—¡No seas infantil! —Pronto, ambos estábamos riendo como niños mientras jugueteábamos con arenisca y flotábamos entre espuma iridiscente—. ¡Ash! —Él estiró sus palmas, pensé que me devolvería las cosquillas, sin embargo, apretó mis mejillas y me jaló para besarme. Fue un roce apenas perceptible entre nuestros labios.
—Te amo. —Fue lo suficiente para dejarme embriagado—. Maldición, te amo tanto. —Apoyé mi cabeza contra su vientre. Eran pocas las oportunidades que tenía de vislumbrarlo sin polera, me gustaba su pancita porque a pesar de hallarse definida era increíblemente suave—. Cásate conmigo. —Él me sonrió, dulce.
—Sí. —La espuma le arrastró los cabellos y los llenó de conchitas—. Me casaré contigo por segunda vez, Aslan Jade Okumura. —No pude resistirme más y efectivamente llené esos mofletes de puros besos. El caramelo de su piel fue una disonancia intoxicante bajo la brisa salada. Me separé.
—Eiji Callenreese... —Me levanté de la arena—. Fúgate conmigo. —Él miró a nuestro alrededor, los chicos estaban demasiado distraídos burlándose de los ancianos por ser incapaces de alzar la tienda.
—Vámonos.
Me importaba un demonio la manera en que él me tocaba cuando estábamos a solas, él podía tomar mi mano si no había nadie en casa. Me pregunté si le gustaba cuando estaba lejos. Si me fui y lastimé mi cuerpo, ¿él me amaría igual? Podía sentir que todos mis huesos volvían y estaba anhelando el movimiento. Papá nunca aprendió realmente a vivir solo, era una maldición y estaba creciendo. Él era un estanque y yo un océano. Todas mis emociones se sentían como explosiones cuando él estaba cerca, y encontré una manera de matar ese sonido.
—Ash. —Oh cariño, soy un desastre cuando no estoy contigo, necesito que te quedes aquí—. ¿Acá está bien? —Me rompí todos los huesos el día que te encontré llorando en el lago.
—Lo está. —¿Fue algo que dije para hacerte sentir como una carga?—. Acá está bien. —Oh, y si pudiera recuperarlo todo, te lo juro.
—Bien.
Que te sacaría de la marea.
Nuestras huellas quedaron escritas sobre la arena en ese rincón secreto de la playa. Nos sentamos frente a la orilla del océano, él se encogió contra sus rodillas por el gélido, su atención pendió hacia la puesta de sol. El paisaje fue una acuarela de irrealidad rojiza. Sus cabellos se mecieron bajo la corriente haciéndolos lucir aún más esponjados, pude distinguir los granos de sal pendiendo en sus puntas, pensé que se asemejaba a una galaxia y me reí bajo los lentes del enamoramiento, él presionó los párpados con calma e hizo que nuestros hombros se acariciaran. La arena se hallaba húmeda, Brooklyn se impregnó a cada fibra de mi ser, la espuma empapó mis pies. A pesar del frío, me estaba derritiendo por él. Perdí el aliento tras alzar el mentón. Era injusto que alguien fuese tan hermoso. Crispé los puños encima de mis pisadas. Amarlo convirtió al inicio en insuficiente y a la incertidumbre en expectación. Nos profesábamos tan jodidos en este amor.
—¿Me vas a extrañar? —El viento golpeó mi espalda y encontré un poco de esperanza en un ataque al corazón. Me dejé envolver por su calidez. Distinguí su aroma a la perfección debajo de la sal. ¿Cómo no hacerlo? Me emborrachaba de él.
—¿Por qué me preguntas eso? —Él acomodó sus mejillas contra sus rodillas para mirarme.
—Porque te irás de gira para promocionar tu álbum luego de este viaje. —La noche que fulguró dentro de esos ojos de Bambi fue inolvidable, de alguna manera siempre se las arreglaba para contemplarse diferente, era como si tuviese una infinidad de universos escondidos en su interior, a la espera de ser descubiertos, anhelando por ser admirados—. Aún no me has dicho más detalles. —Su puchero fue adorable.
—¿No te ha quedado claro todavía? —Imité su postura, la espuma nos empapó al arrastrarse por detrás—. Quiero que vayas conmigo. —La boca le tembló y las mejillas se le encendieron.
—¿Q-Qué? —Este chico me había despojado de todo lo que era con ese salto inquebrantable hacia la libertad—. ¿Hablas en serio?
—Sí... —Y aun así, ansiaba que él me quitase un poco más. Aunque todavía no fuese lo suficientemente digno para alguien como él, aunque todavía no alcanzase a ser merecedor de semejante incondicionalidad, deseaba serlo para él—. Pensé que estaba implícito. —La nariz me quemó y el corazón me latió rápido. Su arete fue la única estrella que captó mi atención.
—No lo estaba. —La tráquea se me cerró—. ¿De verdad puedo ir contigo? —Y estaba mal, era sumamente egoísta anhelar tan inefable vínculo, sin embargo...
—Esa debería ser mi pregunta. —Quería serlo. Porque estaba seguro de que terminaríamos de esta manera en cada una de nuestras existencias. A veces solo se sentía correcto, a veces solo lo sabías.
—No lo entiendo.
—Eiji. —Su nombre me cosquilleó en la lengua, él me miró con esos grandes ojos cafés—. Deberías llamar a Ibe, no te haré volver a casa. —Esos que me habían robado incontables veces el corazón, esos que detenían el tiempo, congelaban la rotación e invertían la gravedad.
—¿Puedo quedarme? —La sal me cosquilleó debajo de la nariz, relajé mis piernas encima de la marea. El océano arrulló a la luna en un bamboleo.
—No te irías aunque te dijese que no. —Su rubor fue el canto de un pajarito o el despertar de una mariposa en una crisálida—. Además, parece que es mejor para mí si te quedas. Aunque te mandase de vuelta al campus, seguiría estando preocupado por ti. —Y era presuntuoso atesorar semejantes pensamientos, no obstante, me los permití—. Así que prefiero tenerte aquí, donde puedo verte. —Los latidos se me congelaron—. ¡Di algo!
Entonces él me regaló esa sonrisa que era solo para mí, esa que gritaba: «aunque el mundo entero esté en tu contra, yo siempre estaré a tu lado».
—¿Quieres que te vuelva a pedir que te quedes a mi lado? —En esas palabras todo lo perdí. Él parpadeó, completamente anonadado—. ¿Qué pasa? —Él se inclinó, acabando con ese infame centímetro de distancia entre nosotros dos.
—Eso me ha gustado. —Mis mofletes enrojecieron con violencia—. Dilo otra vez. —Crucé mis brazos y fruncí mi ceño.
—No bromees. —Lo que debería ser una mueca acabó siendo un puchero—. ¿Entonces te gustaría? Sé que tienes al salto de pértiga pero serían solo dos semanas y... —Él arrastró sus pies hacia la marea, bajó su mentón para que formásemos un corazón tras juntar nuestras frentes.
—Me encantaría. —¿No era bonito? Veníamos en mitades—. Quiero tener toda la experiencia de la primera gira de Fish Bone. —Ni siquiera pude expresarle lo agradecido que me profesé de que él apoyase mi sueño. Encontré mi pasión por la música en una nebulosa roída. Aunque no esperaba que la guitarra se convirtiese en mi manera de relumbrar, lo hizo.
—Gracias. —Y no existieron palabras suficientes para expresarle lo precioso que era tenerlo a mi lado en esto. Fue impresionante lo mucho que mejoré estando con él. Sonreí, entrelazando nuestras manos contra la arenisca y la espuma. Supuse que a esto se referían cuando hablaban de cambiar para la persona correcta.
O tal vez, era cuestión de Eiji y yo.
Cuando regresamos recién habían armado la tienda, encendieron una fogata a pesar de la señalética y asamos chatarra para llenar nuestros estómagos. Quedamos varados en esta playa, aunque andaba sin polera no me logré enfocar en el frío ni me importó la oscuridad. De lo único que fui consciente fue de esa mano más pequeña entre la mía mientras me daba malvaviscos en la boca. Traté de disimular mi cara de estúpido en vano. Maldición, era tan feliz. Tan feliz que pensé que moriría por lo fuerte que estaba martillando mi corazón, tan feliz que debería ser un deleite prohibido. Nos sentamos alrededor del fuego, los viejos aprovecharon la instancia para practicar con la guitarra. ¿Quién lo diría? Solían tener una banda.
—Ustedes apestan. —Fue Shorter quien les hirió el orgullo—. Con razón fracasaron en la música, son terribles. —Max ahogó un gimoteo horrorizado contra el hombro de mi hermano mayor.
—¡No seas cruel con ellos! —El reclamo de Bones fue ignorado—. No son tan malos. —Griff tensó sus dedos alrededor de las cuerdas—. ¡Toquen una balada para aligerar el ambiente! —Entonces me arrojé el cabello hacia atrás, sintiéndome mucho más cool que James Dean y me levanté.
—Mientras ellos tocan nosotros podríamos bailar. —Le extendí una mano—. ¿No es así, onii-chan? —Él me lanzó una sonrisa jodidamente descarada antes de seguirme el juego.
—Será un placer. —Griffin carraspeó para captar la atención antes de rasgar algunos acordes de práctica. Acomodé mis palmas contra la cintura de mi novio, estaba tibio, este era mi rincón de pura felicidad. El cortejo entre la luna y el sol, donde rompían las tormentas imposibles pero salían los amaneceres de posibilidad.
—Oh my darling, oh my darling. —Me tensé—. Oh my darling, Clementine!
—¡Viejo!
—¡Ash! ¡Es nuestra canción! —Él me tomó de las manos para que empezásemos a girar—. ¡Vamos! ¡Canta nuestra canción! —Reí por la estupidez de la situación. Lo maldije internamente por ser tan adorable, este tramposo conejito sabía que me resultaría imposible decirle que no así que...
—You were lost and gone forever. —Me uní a la idiotez—. Dreadful sorrow, Clementine!
Cantamos alrededor de la fogata hasta que se apagó.
Cuando la oscuridad fue más aterradora que esa traumática noche de Halloween, guardamos nuestras cosas y salimos de la playa. Todos nos hallábamos empapados, con las ropas sucias, el equipaje repleto de arena y una camioneta destartalada al otro extremo de la ciudad. Agradecidos de que Griff fuese un adulto responsable, nos refugiamos en las habitaciones que él agendó dentro del hostal. Por mucho que él tratase de separarnos, era débil cuando esbozaba pucheros y le ponía ojitos de hermano menor. Acabar en el mismo cuarto que mi novio fue inminente. Nos aseamos sin intercambiar palabras. Tragué duro, dándole una última repasada a mi reflejo en el espejo empañado del baño. Ambos sabíamos lo que pasaría aunque no lo hablamos ¿no? El corazón se me atoró en la garganta, sino haría el ridículo saliendo solo con bóxer y el cabello levemente salpicado. Me abofeteé las mejillas. ¡Podía hacerlo! ¡Era el lince de Nueva York! Me aventuré a mis aposentos.
—Eiji...
La mandíbula se me cayó.
Él se había acomodado encima de la cama con una de mis camisas y su ropa interior, los primeros botones se hallaban descaradamente desabrochados, su cabello parecía aún más esponjado luego del lavado, el sonrojo le llegaba hasta el cuello, él tembló, atreviéndose a mirarme. No pudimos hacer más que reír nerviosos.
¿Por qué cada vez que lo hacíamos era tan ansiógeno?
—Entonces... —Las mangas le quedaban largas y sus muslos apenas se encontraban cubiertos por la tela, era celeste y vieja, hasta a mí me quedaba grande—. ¿Fue una buena ducha? —Sin embargo, a él le sentaba de maravilla. Me tropecé camino a la cama.
—Lo fue. —Cerré la mandíbula. Nos miramos sin saber qué más decir. Dios, esto era tan incómodo que pensé que moriría—. Entonces... —Jugueteé con los bordes de las sábanas. Aunque estábamos a oscuras lo pude contemplar a la perfección. Podía hacerlo, era un galán—. Se te cayó el bombón que te envolvía, papel. —Él frunció la boca para contener una carcajada en vano.
—Ese es el peor coqueteo que me has regalado en toda nuestra relación. —Enrojecí hasta las orejas.
—¡Eiji! —Al apretarse el estómago la camisa se encogió—. ¡Tus calzoncillos sí son de Nori Nori! —Ahora era él quien se hallaba apenado. Ese horrible estampado de pajarraco sabía matar la pasión—. ¿Se supone que me debo encender con esto? ¿Es alguna clase de fetiche otaku? —Esa caricatura turbia estaba contaminando los muslos de mi adoración.
—¡Ash! —Él me arrojó un cojín—. ¡Fueron los únicos que encontré en el pánico! —Y usó el otro para cubrirse la cara—. No puedo hacer esto, estoy muriendo de vergüenza. —Él se tumbó en la cama, dándome la espalda. Bien, el estampado no me molestaba tanto enmarcado a su trasero. Me acerqué para presionar un beso contra su nuca, él tembló.
—Sino quieres hacer nada está bien, podemos acurrucarnos solamente. —Él se volteó, lento—. Y-Yo... —De repente me profesé cohibido—. Solo quiero estar contigo. —Él me hizo pequeño. La sonrisa que me regaló fue absolutamente adorable contra la almohada.
—Yo también, sí quiero hacer esto. —Entonces él se levantó—. Pero siempre acabo haciendo el ridículo en estas situaciones porque mi novio es muy guapo. —Acomodé mis palmas encima de su cintura, mis dedos se amoldaron a las arrugas de la tela. Aunque olía a la misma loción corporal que yo me puse, su aroma era diferente. Él se acercó hasta quedar a horcajadas en mi regazo.
—Mi novio es más bonito. —Eiji frunció los labios antes de mirarme.
—Tienes razón, estoy celoso de ti. —Le llené el cuello de besos como protesta—. ¡No seas así! —Y de repente fue fácil otra vez. A veces lo olvidaba—. ¡Ash! ¡Hace cosquillas! —El sexo no tenía que ser etéreo o cool, solo era una entrega de amor con quien más adoraba.
—Te amo tanto. —Hundí mi rostro contra su pecho, los botones de la camisa me presionaron la nariz, su corazón martilló con fuerza, estaba corriendo tan rápido como el mío—. Te amo tanto que todavía no lo creo, me haces sentir tan...gay. —Su risita me revolvió el cabello.
—Aslan, esto puede ser un shock para ti, pero estamos a punto de tener sexo gay. —Le pellizqué el moflete levemente.
—¡No me refiero a eso! —La atmósfera cambió, la cama crujió cuando lo acerqué, sus muslos se relajaron a los costados de mi cadera, el tacto de piel contra piel me quemó—. Me refiero a que realmente quiero pasar el resto de mi vida contigo, sé que te lo digo a menudo pero... —Alcé el mentón para encontrarme con los ojos más brillantes del mundo—. Lo hago. —Él deslizó sus yemas desde mis mejillas hasta la punta de mis cabellos.
—También yo. —Él se inclinó—. Te amo demasiado. —Nos dimos un beso esquimal antes de juntar nuestros labios.
Tracé círculos alrededor de su espalda mientras lo besaba, sus manos se deslizaron encima de mis hombros, sus piernas trepidaron a mis costados. Recorrimos nuestras grietas con suavidad. Fue un beso dulce y lento, paciente. Su silueta se profesó frágil bañada por el fulgor plateado y aun así, me pareció inalcanzable. La luna de mi sol. La gravedad de mi tierra. El arrullo de mi girasol. El Eiji de mi Aslan. Me atreví a deslizarme debajo de la camisa, él estaba calentito, se encogió hacia mi pecho frente a la repentina intromisión. Nuestras bocas se memorizaron con ternura, suavidad y anhelo. Nuestras caderas se rozaron, la sangre me ardió. Contuve un jadeo sintiendo acrecentar la excitación. Se sentía demasiado bien tenerlo encima, fue desmesurada la estimulación. Enrojecí cuando él se apartó, contemplando una mancha preseminal anunciando mi erección.
—L-Lo siento. —¿Qué tan patético debía ser para encenderme por un adorable beso? Si la tierra pudiese tragarme habría elegido este momento.
—No te preocupes. —Pero esos grandes ojos cafés no me mostraron nada más que amor—. Está bien, cariño. —Él presionó un beso contra mi mejilla antes de levantarse—. Quiero... —El ambiente se encendió—. ¿Puedo hacerme cargo de eso?
—Sí. — Pensé que él usaría su mano, sin embargo, separó mis piernas y se inclinó.
Mierda.
Oh, mierda.
Mierda, mierda, mierda.
Eiji Okumura me iba a dar mi primera mamada, estaba pasando, era real.
¡Código rojo!
Me tensé cuando él bajó mi bóxer. El rostro se me incineró por la vergüenza, no era la primera vez que teníamos sexo, sin embargo, él estaba mirando demasiado fascinado mi erección. Él tragó duro antes de besar la punta de mi glande, sus yemas estaban tiritando alrededor de mis muslos, su respiración contra mi intimidad me disparó las pulsaciones. Me mordí la boca. Cuanto más me besaba, más me relajaba. Él me contempló con esos grandes ojos cafés, haciéndome sentir como la persona más importante del mundo, amado y seguro, protegido. Antes de meterse mi pene en la boca y ponerme caliente de un instante a otro. Un fuego destructivo se apoderó de mí. Un placer intenso y desconocido me ahogó. La sangre me hirvió, el estómago se me llenó de burbujas mientras mi pecho sucumbía en un espectáculo de pirotecnia.
Su boca se sentía jodidamente bien.
—¡A-Ah...Eiji! —Un gemido escapó de lo más profundo de mi garganta, apreté las sábanas y crispé los dedos hacia atrás.
Su lengua se deslizó desde el prepucio hasta la base, fueron movimientos torpes e inseguros, contuve un grito cuando me rozó accidentalmente con sus dientes y me relajé de inmediato luego de que me volviese a besar. Fue una sensación incomparable. Sucumbí al éxtasis que su lengua me proporcionó. Me atreví a mirarlo para quedar perdidamente seducido por esa sucia expresión. Había algo irremediablemente erótico en ver a esa carita de ángel succionar mi polla dura con timidez, casi pidiendo permiso mientras me hacía retorcerme en placer. Tuve que usar todo mi autocontrol para no tomarlo de los cabellos y demandar más. Mierda, quería que esto fuese mucho más lejos. Como si pudiese leer mis pensamientos, él comenzó a masajear mis testículos.
—¡Eiji! ¡Voy a...! —Muy tarde, me corrí en su boca. El semen pendió desde su boca hinchada hasta su mentón—. ¡Lo siento! —Él se lo tragó.
Joder, joder, joder.
¿Cómo diablos alguien podía ser tan erótico y adorable al mismo tiempo?
¡Debería ser ilegal!
—¿Tiene buen sabor? —La pregunta fue una estupidez cósmica nublada por los nervios.
—Es amargo. —Entonces quise llorar—. Ash, el semen no se supone que tenga buen sabor. —Y me concebí idiota por haber idealizado demasiado los mangas. Él sonrió, con las mejillas completamente encendidas y el cabello alborotado—. Lo importante es que ambos lo disfrutemos. —Y se llevó hasta el último temor con esas palabras de amor—. ¿Lo hice muy mal? Es mi primera felación. —Me pareció linda la facilidad con la que hablamos de estos temas.
—Fue una mamada perfecta. —Presioné un beso contra su nariz—. Aunque podrías practicar un poco más, me ofrezco de voluntario onii-chan. —Él infló los mofletes y tensó el ceño.
—Necesitas trabajar en tus coqueteos, Callenreese. —Alcé una ceja, audaz—. O tu esposo te dejará.
—¿Eso crees? —Él apretó los párpados y asintió.
—Completamente, necesitas avivar las llamas de la relación. —Entonces le arrebaté la camisa—. ¡Ash! —Y él enrojeció.
Verlo con el pecho desnudo encendió un instinto depredador. Me incliné para volver a capturar sus labios entre los míos con hambre. Fue apasionado y caliente, le apreté los glúteos haciéndole un ademán para que se alzase, él obedeció, sin despegarnos le arrebaté la ropa interior y la arrojé lejos. Hasta nunca, Nori Nori. Fue una sensación diferente a todo lo que conocí, me di el permiso para estrujarlo entre mis palmas, memorizando con mis yemas hasta el último de sus centímetros, porque resultaba tan especial tener desnuda a la persona que más adoraba en el universo entero mientras él me acariciaba en una estática de vulnerabilidad. El colchón crujió cuando nos arrojamos hacia abajo, la atmósfera se calentó, la habitación se llenó de una sinfonía erótica. Su corazón taladró de manera errática por la adrenalina. Tiré de su labio inferior, él gimió.
—¡As-Aslan! —Esos sonidos eran una pecaminosa tentación.
Quería hacer un desastre en él.
—Solo relájate.
Descendí con mi lengua hacia su pecho, las endorfinas bombeando hacia mi corazón me aturdieron, soplé su pezón, encantado al verlo tan necesitado y suplicante. Parecía dolorosamente hinchado y erecto, como si clamase por mis caricias, como si estuviese esperando derretirse contra mi lengua, sin despegarle la mirada de encima, lo saboreé. Ni el elixir más delicioso del mundo se equiparó a semejante dulzor, él trató de mitigar sus jadeos con su antebrazo en vano, su erección se hizo evidente mientras más los chupaba. Eran bonitos, rosados pero increíblemente obscenos. Él estrujó las sábanas, temblando. Le apreté la mano y repartí una infinidad de besos en su abdomen antes de tironear de las areolas. Él se retorció, clamando por más. Su rostro se hallaba encendido por el rubor, tan descarado. Él sucumbió ante mis toques, la cordura se me esfumó, esa dolorosa presión se volvió a anunciar. Me encontraba duro otra vez.
—¡Ah! —Él arrojó la nuca hacia atrás, increíblemente sensual—. ¡Ash! ¡Detente o voy a...! —Pude sentir a su corazón en la punta de mi lengua—. ¡A-Ah...! —Él se corrió por un mero jugueteo de pezones, sonreí con satisfacción—. Lo siento. —Esos grandes ojitos cafés se hallaban cristalizados.
—Te amo. —Me incliné para beber de sus labios—. Te amo tanto. —Él me correspondió.
—Me dejaste demasiadas mordidas. —Ese lienzo cobrizo se había convertido en mi propia galaxia estrellada. Retiré un mechón detrás de su oreja, seguía encima de él. El sudor le confirió una atmósfera de irrealidad.
—Deberías arreglarlo y dejarme a mí más. —Él era precioso—. Eiji... —Tanto que las palabras no me alcanzaban—. ¿Puedo ir más lejos? No quiero hacer nada que no quieras hacer. —Entonces él bajó los hombros, conmovido.
—Aslan... —Él acunó mis mofletes con suavidad—. Mi dulce Aslan. —La noche se tiñó con una capa iridiscente de pasión. Él era mi mundo entero, mi vida misma, mi alma gemela—. Quiero hacerlo. —Él me hizo profesarme completamente amado dentro de ese mosaico pardo. Acaricié el aro, remembrando nuestras promesas—. ¿Tú quieres? —Hundí mi nariz contra su hombro.
—Mucho. —Su risa me cosquilleó contra la oreja—. Quiero hacer un desastre en ti. —Entonces él separó sus piernas y me contempló con una expresión de pura sensualidad.
—¿Y qué esperas para hacer un desastre en mí?
Mi lengua se derritió entre la suya, su aroma fue una dulce intoxicación, el cuarto se llenó de sonidos húmedos, esa desbordante lujuria me mareó. Nos fundimos en un ferviente y desesperado beso, él gimió cuando nuestras esencias se mezclaron, él permitió que yo lo dominase mientras sus uñas se incrustaban a mi espalda y ese doloroso placer me embelesaba. Me aparté para prepararlo. Contemplar a Eiji Okumura, con las piernas abiertas, una leve capa de semen entremezclada con sudor, con un descarado sonrojo atenuando sus mejillas y una mirada de puro fuego, fue una sensación endemoniadamente caliente. La excitación me punzó. Bajé para besar el interior de sus muslos y apretarle las nalgas. Me encantaba amoldar su trasero, era firme pero suave. Lucía criminalmente bien en su uniforme de pertiguista y aún mejor sin nada.
—¿Cómo metiste eso sin que se dieran cuenta? —Vertí el lubricante entre mis dedos.
—Lo escondí en un fondo falso. —La sensación fue pegajosa y fría. El colchón rechinó cuando me acerqué a él.
—Así que estás usando ese intelecto superior. —Pero una extraña sensación en su voz me frenó—. Sí...
—¿Qué ocurre? —Él se cubrió la cara con ambas palmas.
—No es nada.
—Eiji... —Su respiración se tornó desenfrenada—. Puedes confiar en mí. —Entonces volvió a mostrarme esos grandes ojos bañados por la oscuridad. Sabía que era el efecto de la excitación, sin embargo, parecieron mucho más líquidos, profundos y bonitos bajo la infinidad de sus pestañas.
—Me pone nervioso que me mires así mientras lo hacemos. —Sonreí, preguntándome dónde había quedado el descaro de antes, él era lindo.
—¿Así como? —Sus orejas ardieron, sus piernas trepidaron a mis costados, él respiró rápido.
—Como si me amases tanto. —Me incliné para presionarle un pequeño beso contra la nariz.
—Así es como te llevo mirando toda mi vida. —Y era exagerado, no obstante, de esa manera se concebía—. Así es como siempre te planeo atesorar. —La nariz le enrojeció por la pena—. Mi adorado Eiji. —Besé desde sus rodillas hasta sus muslos para que se relajara, fueron toques suaves de mariposa en su lienzo floreado.
—Realmente soy afortunado. —Él se relajó, dándome permiso para prepararlo.
—Yo soy el afortunado.
Esas palabras se quemaron a fuego lento en mi alma. La manera en que él me contempló, como si mi corazón entero viviese dentro del brillo de esos ojos, como si el resto de la realidad no importase, fue demasiado. Lo preparé y me coloqué el condón. Ingresé en su interior, bebiendo de las lágrimas que caían de sus mejillas mientras se acostumbraba a la intromisión. El placer fue indescriptible, nos fundimos más de lo que era humanamente posible en estas estocadas, fueron implacables y apasionadas, pero al mismo tiempo dulces. Su esencia me convirtió en un adicto. Su interior se encontraba caliente y palpitante. Arremetí hacia su entrada, un jadeo chispeó entre nuestras lenguas durante el beso, la temperatura fue insoportable. Fue un viaje del cielo hasta el infierno. Quedamos empapados, él envolvió sus piernas alrededor de mis caderas para profundizar el goce mortificante. Nos convertimos en uno, la velocidad aumentó. No hubo espacio para respirar.
Fue eléctrico, sofocante y chispeante.
—¡A-Aslan!
—¡E-Eiji...!
Escondí mi rostro entre su cuello y su hombro, esa pequeña curva que era sinónimo de felicidad. Su cabello me cosquilleó contra las mejillas, se hallaba desordenado y húmedo, todavía olía a mar. Envolví su cintura de manera mimosa. Quedamos completamente desnudos. Cuerpo con cuerpo. Corazón con corazón. Alma con alma.
La excitación nos hizo perecer.
—¡Ah...!
Nos corrimos al mismo tiempo para quedar recostados sobre el otro, el semen se deslizó desde sus muslos hasta la cama. Sabía que tenía que limpiarnos, no obstante, por ahora solo anhelaba hacerlo mi cucharita pequeña. Y sonreí, sabiendo que mi corazón podía descansar congelado acá para siempre, no en una carcasa abandonada en el Kilimanjaro, sino en mi propio campo de sol. Me pareció curiosa la manera en que nuestra relación se dio, más que enamorarme me caí de golpe del closet. Él arrojó un quejido perezoso contra mi cuello, la noche era agradable.
—¿Mañana nos iremos de gira? —Asentí, orgulloso—. ¿Por qué siempre escoges los peores momentos para tener sexo? —Reí entre dientes, repasando sus curvas por debajo de las sábanas una y otra vez. Su esencia había inundado la habitación entera, me encantaba.
—No sé de qué estás hablando. —Él se dio vueltas para acomodarse encima de mi pecho. Sus codos forjaron un refugio encima de mi corazón. Pero ahí siempre había estado su casa ¿no?
—La otra vez fue antes de la competencia de pértiga. —El recuerdo era agridulce—. La siguiente fue para el cumpleaños de Ibe. —Esa anécdota me pareció graciosa, no pude pretender culpa ante tan fastidiada expresión—. ¡Ash! ¡Por eso no te quiere como su yerno! —Lo recordaba a la perfección, luego de los exámenes tuvimos un encuentro apasionado en la camioneta de Shorter antes de asistir a esa fiesta de celebración.
—No es mi culpa, onii-chan. —Él infló los mofletes y arrugó la nariz—. Tú me andabas provocando con esos jeans.
—A ti todo lo que hago te provoca. —Alcé una ceja, divertido. La sábana se deslizó hacia nuestras piernas en nuestro torpe jugueteo.
—En eso tienes razón. —Flotamos en la cama mientras convertíamos al polvo en estrellas—. Pero solo cuando se trata de ti. —Su sonrisa avergonzada me volvió a robar el corazón. Y supe que quería permanecer de esta manera para el resto de la eternidad, con Eiji recostado encima de mi pecho, con mis palmas recorriendo su cadera, empapados de sudor y oliendo a playa. Mierda, lo amaba.
—¿Por qué no me has querido mostrar tu álbum? —Me encogí por la vergüenza.
—¿No te reirás? —Él negó.
—Prometo no hacerlo. —Y yo no le creí, pero de todas maneras me estiré para alcanzar mi mochila y sacar la primera copia física. ¿Por qué los humanos anhelaban volar por el cielo? Era un sueño aparentemente simple, no obstante, eternamente anhelado por aquellos a quienes se les negó que sus alas crecieran—. ¿Puedo verlo?
—Puedes. —Se lo entregué. Él abrió los ojos de golpe, conmocionado.
—Ash... —Un sonrojo absolutamente arrebatador chispeó en sus mejillas mientras sus pestañas empezaban a llover—. ¿Por qué? —La libertad no tenía dueño, sin embargo, se encerraba en jaulas.
—Porque cambiaste mi vida y quiero que todo el mundo lo sepa. —Las jaulas tenían candados, no obstante, las pértigas podían convertirse en llaves. El día que lo vi volar él amenazó mi futuro.
—Pero... —Porque Eiji Okumura no caminaba ni tampoco corría, él extendía sus alas para perderse entre las nubes—. ¿Los chicos estuvieron de acuerdo? —Asentí.
—El primer álbum de Fish Bone se tenía que llamar de esta manera. —Presioné un beso contra sus labios, suave—. «Fly boy in the sky» En honor a quien me enseñó que los seres humanos también pueden volar. —Él me regaló una sonrisa hecha de puro sol, de esas que estaban destinadas solamente para mí y me abrazó—. Considéralo una venganza por dedicarme tu exposición de fotografías.
—Eres increíble. —El álbum quedó de lado encima de la cama—. Te haré una exhibición aún más grande. —Reí, dejándome caer entre sus brazos.
—Entonces yo te haré un álbum todavía más grande. —El sueño nos arrastró.
—Eres un terco.
—Bueno, soy tu esposo. —Me encogí de hombros—. Tengo que serlo.
Él voló alto, más alto que nadie.
Apreté su mano y le obsequié mi corazón. Suspiré, sabiendo que había encontrado mis propias alas gracias al chico de los cielos.
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