Capítulo 3.
¡Hola mis bonitos lectores!
Que ingenua la niña que pensaba que podría actualizar todos los días y mantener sus fics activos, pero he escrito mucho este mes. Bueno el capítulo de hoy se lo dedico a una de las personitas que me ha hecho inmensamente feliz estas semanas Danu271, esto es para curar traumas. Lo escribí pensándote.
Mil gracias por haberse tomado el tiempo para leer.
Espero que les guste.
Narra Eiji el día de hoy.
El ave que inspiraba al volar, sin embargo, se había olvidado de su propio vuelo.
¿Qué rayos era lo que estaba ocurriendo? No lo entendía. Amaba saltar la pértiga, eso era lo que me hacía feliz, me había esforzado tanto para ganar mi lugar en el equipo de deportes. El desgaste corporal, la fatiga mental, el insomnio, la impotencia, las zapatillas rotas, las dietas, la frustración en el rostro de mi padre, todo lo dejé para surcar los cielos. Era feliz mientras estaba allá arriba. ¿Uno? ¿Dos segundos? No importaba, la sensación era mortificante, como si el resto de la realidad desapareciera entre las nubes, Y ahora...
¿Por qué diablos estaba pensando en renunciar?
Esto estaba mal, debería proclamarme afortunado mientras pudiese sostener una garrocha, era mi destino, aunque me rompiese esto seguía siendo hermoso. Era tan destructivo el odio que sentía, sin importar cuanto de mí pusiese en esos saltos no era suficiente, era demasiado bajo y escuálido. Y sí, no era la primera vez que me golpeaba con esa pared, no obstante, era cruel el cómo me lo sacaban en cara. Porque al menos lo intentaba. No servía de nada cuando se tenían las alas rotas, sin embargo, quería saltar. Más alto. Mucho más alto que nadie. No encajar era doloroso. Pero si permitía que me hicieran sentir así ¿no me estaba rindiendo? Era un caos.
—Siento que no me quieren en ese equipo, Yut. —Ni siquiera me podía levantar, estaba vestido con el uniforme, tenía el bolso listo para practicar, sin embargo, imaginarme el desdén me revolvía las entrañas—. Me siento enfermo con esto. —Las caricias del azabache fueron un dulce consuelo.
—¿Extrañas al viejo entrenador? —Asentí, mi atención se clavó en el techo de nuestro dormitorio. La pintura se estaba cayendo y las grietas parecían a punto de ceder.
—También al viejo equipo, no me gustan los cambios que impuso la administración. —Aunque el instructor Sako era una persona mayor y perezosa, él sabía infundir el espíritu del atletismo usando solo sus palabras.
—Eiji... —Que Eduardo L. Fox estuviese a cargo de mi deporte era una pesadilla. El hombre parecía sacado de la milicia y había traído a sus propios chicos. Más que deportistas parecían soldados.
—Lo entiendo, no tengo la contextura para ser un saltador profesional. —Mis brazos perdieron fuerza contra la cama, la desolación fue veneno para la pasión—. Pero no sé qué más hacer, no puedo practicar hasta las tres de la mañana. —Era infantil perseguir los sueños cuando ya era un adulto—. Además, no quiero tomar los suplementos que él vende, no lucen seguros. —Qué mundo más hosco.
—¿Has pensado en hablar con el director? —La barrera de la realidad fue demasiado fría. Lo detestaba, sin embargo, no podía evitarlo. Cada vez que ese hombre me miraba sentía que me grababa una infinidad de etiquetas sobre la frente. Improductivo, tonto, irrelevante, poco talentoso e inútil.
—¿Con Dino Golzine? —Me senté al lado de él—. No he escuchado buenos rumores acerca del director. —Aunque el escándalo había sido encubierto por la facultad fue sospechosa la manera en que la chica involucrada desapareció.
—Sing ha ido a hablar con él por el equipo de boxeo, podrías preguntarle. —Fruncí mi boca antes de asentir.
—Escuché que él está arrasando en el ring. —El más joven rodó los ojos antes de chasquear la lengua. El silencio fue atronador, la brisa removió las cortinas.
—El idiota mide como dos metros. ¿Cómo no le puede ir bien? —Su frustración me hizo carcajear—. Siluetas delicadas como las nuestras nos obligan a trabajar el doble. Eiji, mejor que nadie te entiendo. —Yut-Lung Lee era subestimado por su apariencia andrógina en la decadencia de la danza. La humanidad parecía ser especialmente hostil cuando alguien quebraba su estándar. Y era triste.
—Lo sé... —Era tan triste agonizar por un sueño. Poderlo tocar, arrastrarse para alcanzarlo y que alguien más te detuviese porque en sus reglas no eras suficiente.
—Deberíamos ir los tres, nada te pasara mientras tengas compañía. —La peor parte de esa inseguridad era dejarla calar hasta los huesos. Luego de escuchar tantas burlas del entrenador podía sentir como mi talento se quebraba—. Somos tus chicos, te respaldamos. —De repente era más heridas que persona.
—Gracias. —¿Si me zurcía lo suficiente podría volver a saltar?—. Aunque no me gustaría hacer escándalos innecesarios, ya sabes que mi padre esta grave, no lo quiero alterar. —Mis palmas apretaron mis rodillas, mis pies se balancearon sobre la alfombra. Sino lo pensaba no era real.
—¿El hígado otra vez? —Me limité a asentir—. Él nunca te fue a ver a una competencia ¿verdad?
—No. —La tensión en el ambiente fue sofocante.
—Bueno... —Aunque Yut-Lung Lee era una persona complicada e histriónica, a él le gustaba vender olvido—. ¿Qué hay del chico de la fiesta? Él sabe que eres el Fly boy. —Que las mejillas me cosquilleasen con semejante violencia fue paralizante.
—¿Ash? —La picardía con la que él me sonrió me heló la sangre.
—El lince de Nueva York. —Él cruzó una de sus piernas sobre la otra, sus hombros se movieron con coquetería, sus orbes fueron una invitación hacia el peligro—. Le gustas. —Un espasmo se adueñó de mi cordura—. Casi se le cae la baba cuando se pusieron a bailar. —Tomé un cojín y se lo arrojé hacia la cara. Hasta las orejas me enrojecieron por culpa de él.
—Él se quedó con una chica, no digas cosas innecesarias. —El brillo con el que fulguraron sus pupilas me trabó las excusas.
—Mi instinto nunca falla para el romance. —Rodé los ojos—. El tipo es guapo y canta en Fish Bone, deberías darle una oportunidad. —¿Por qué la vida lucía tan sencilla en la mente de Yut-Lung Lee? Que diva más narcisista.
—¿Tenías que hacerte el difícil con Shorter? Tú amas su música. —Sus dedos se perdieron en esa lacia y larga cabellera para empezarla a peinar.
—Obvio que sí. —Una trenza improvisada fue lo que armó—. Son tácticas de seducción Eiji, no podía saltar como un fanático desesperado a sus brazos, así él nunca me tomaría enserio. —La gravedad con la que él musitó aquello me hizo reír. El calor del verano fue insoportable. La cama crujió cuando me acerqué a él.
—¿No le dijiste que has arrastrado a tu pobre mejor amigo a cada uno de sus conciertos? —Sus yemas se deslizaron sobre mi muñeca, figuras al azar susurraron entre mis heridas.
—Claro que no. —Fue un misterio cómo Yut-Lung Lee se enamoró. Un día él solo llegó a nuestro dormitorio para exigir mi compañía en un recital. Uno se convirtió en miles.
—¿Sabes? —Alcé una ceja sin dejarlo de mirar—. Escuché que Shorter Wong es heterosexual. —Su carcajada fue estruendosa, su expresión fue la encarnación de la histeria.
—¿Si? Pues no se veía muy heterosexual mientras me devoraba en su camioneta. —La imagen mental fue una tortura. Con un suspiro me levanté de la cama—. ¿No quieres que te de algún consejo de seducción? —Me acomodé el bolso sobre el hombro.
—Prefiero escuchar los gritos de Fox. —La tensión en su ceño fue una oda hacia la satisfacción.
—Eiji... —El trepidar en su voz fue lo que me frenó—. Trata de pasearte así por el equipo de béisbol, te ves guapo con ese uniforme. —El estío se mofó al calcinar la inocencia—. Si ese sujeto te ve así caerá fascinado. —No existieron palabras suficientes para describir semejante humillación.
—Gracias Yut, justo me quería poner nervioso antes del entrenamiento. —A veces lo olvidaba.
—De nada. —Las serpientes desprendían veneno.
¿Qué era lo que sentía cuándo me perdía bajo la ilusión de la libertad? Le dije a Ibe que no era la gran cosa, que no pensaba nada en particular, sin embargo, era mágico. La electricidad recorría desde mi talón hasta la punta de mi nariz, el éxtasis me abrumaba mientras terminaba de caer. Era enmarcar tiempo al soltar la garrocha, era maravilloso, era una sensación en la que deseaba perpetuar, no obstante, el entrenamiento había comenzado sin mí.
Aunque no era la primera vez que olvidaban informarme acerca de esos cambios esto ya era cruel. Mis brazos se cruzaron sobre mis rodillas, mis latidos trataron de controlar un compulsivo trepidar, los ojos me ardieron, la frustración fue infantil. Mirarlos desde las gradas fue desalmado. ¿Qué diablos estaba haciendo ahí cuando debería estar exigiendo una explicación? La impotencia, la tortura, la rabia. Yo no quería aborrecer lo que más amaba, sin embargo, ese hombre me estaba empujando hacia el borde de la locura. Y que doloroso fue ver ese entrenamiento para darme cuenta de que así era perfecto. Ellos eran altos y fornidos, por supuesto que eran el orgullo de la universidad. Y yo...
¿Dónde quedó el chico que sabía soñar?
¿Acaso olvidó sus propios sueños?
—Perdón. —Esa voz fue un pedazo de irrealidad entre las risas de los pertiguistas—. ¿No debería estar calentando aquí el equipo de béisbol? —Las facciones de aquel hombre eran suaves, su porte era agradable, su ropa lucía gastada.
—Sí, ellos suelen practicar frente a la pista de atletismo. —Sin embargo, el otro lado de la reja se encontraba desierto—. Quizás están en el gimnasio. —La frustración entre sus cejas fue tiritona.
—Gracias. —Que sus ojos me repasasen con semejante confianza me hizo retroceder en la grada—. ¡Oh! ¡Eres el Fly boy! —Las mejillas me ardieron, los latidos despertaron, el silbato a la distancia me quebró—. Eres el chico estrella de Ibe
—¿Conoce a Ibe? —El más alto asintió.
—Nos hicimos amigos cuando él visitó Cape Cod, él no tenía un lugar dónde hospedarse cuando fue a tomar fotografías y yo tenía un cuarto extra. —El nombre de la ciudad y la galantería de ese hombre me arrastraron hacia una sola conclusión.
—De casualidad... —Los nervios me erizaron la piel—. ¿Eres el hermano mayor de Ash? —El orgullo con el que fulguró el azul me hizo sonreír.
—¿Eres amigo de Aslan?
—¿Aslan? —Él rodó los ojos.
—Cierto, su nombre ahora es Ash, él está tratando de sonar genial mientras se queda en Nueva York. —Fue imposible contener la estridencia de mi carcajada. Para el resto de la universidad él era una leyenda. Piel pálida, ojos verdes, talento innato, alma de hielo. Que irónico que esta fuese su verdadera personalidad. Que divergencia más encantadora.
—Aslan en un nombre bonito. —El más alto se cruzó los brazos sobre el pecho. La jactancia tiñó sus facciones bajo el candor del verano.
—¿Cierto? Aslan Jade Callenreese es un nombre que le debería enorgullecer, su madre lo eligió con mucho cariño. —Aquel magnánimo título le sentaba a la perfección a semejante belleza—. Lo siento. ¿Ibas a practicar? —Su atención se centró en el piso. Ni siquiera había sido capaz de abrir mi bolso.
—No. —No lo quise tomar—. ¿Quieres que te lleve hasta el gimnasio? Mi entrenamiento terminó hace algunas horas. —La culpa no fue del entrenador. El verdugo no fue la genética. El único responsable de la cobardía fui yo.
—Gracias. —Pero no quise, de verdad me aterró la simple idea de pararme al frente del resto del equipo y tener que probar mi talento.
Sino lo tenía... ¿Qué haría? Había pasado demasiado tiempo escudado bajo la fachada de Fly boy.
¿Sino volaba seguía siendo yo?
El gimnasio era la encarnación de la petulancia, inmensas paredes de concreto separaban el cielo, llamativas gradillas de roble contrastaban contra la goma, implementos de última generación brillaban como trofeos, los gritos del entrenador nos recibieron cuando entramos. El equipo de béisbol era un cuadro de demacración. En aquella multitud mis ojos lo buscaron a él, el calor había bañado su piel, el talento empapó cada uno de sus poros mientras practicaba con el bate. El corazón me retumbó con ferocidad cuando Ash golpeó la pelota en su primer intento. El resplandor de aquella sonrisa hizo que las mejillas me cosquillearan. Popular, talentoso, amigable e inteligente. Él era tanto. Griffin y yo lo observamos desde una esquina. El dorado de sus cabellos era un desastre, el uniforme se le había ensuciado, una botella de agua rodó hacia mis pies. De esto era capaz el lince de Nueva York, que abrumador. Junté mis brazos sobre mi vientre. Que admirable.
—Parece estarle yendo bien. —El alivio en ese susurro me hizo sonreír. Griffin Callenreese parecía ser una buena persona—. Él se convirtió en toda una celebridad en el pueblo ¿sabes? —Él no le quitó los reflectores de encima—. Mi padre ama alardear de él
—Debería sentirse orgulloso, toma tiempo adaptarse a un equipo nuevo. —El recuerdo de Fox me heló la sangre, la garganta me punzó como si me hubiese tragado un ramo de espinas, la impotencia fue el arrullo para las pesadillas. Que macabros podían ser los sueños.
—Ojala él pudiese verlo de esa manera. —Las cejas le temblaron entre los festejos de la multitud, el aroma a juventud fue intoxicante—. No quería obligarlo a estudiar pero esta es su mejor oportunidad para sobrevivir. —La suavidad con la que nos miramos fue un nervio contenido.
—Él lo está haciendo mejor de lo que cree. —Era extraña la confianza con la cual balbuceaba sobre Ash Lynx—. Incluso se unió a una banda. —Sin embargo, yo daría lo que fuese para que mi familia me tratase así. Que hermosa era la incondicionalidad. Que exótica.
—¿Una banda? —La emoción en su grito fue interrumpida por el silbato—. ¿De verdad? —Asentí.
—El lince de Nueva York es famoso. —Él rodó los ojos, su sonrisa fue un rayo de sol, la ternura en sus facciones fue una oda hacia la inocencia.
—Y así él no quería venir... —Con el alarido de la campana el entrenamiento finalizó—. ¡Aslan! —El rostro se le tiñó de escarlata, el éxtasis se impuso a un constipado temblar de cejas.
—Griffin. —El más joven no tuvo tiempo para reaccionar al haber sido atrapado por los brazos de su hermano—. ¿Qué haces aquí?
—Max me invitó a cenar con ustedes y te quise pasar a ver a la facultad. —La belleza de esos jades me robó la respiración—. Tu amigo fue bastante amable, él me hizo buena compañía. —El terror con el que me miró fue infantil. Carmín se pintó sobre sus mejillas, los labios le temblaron, su ceño fue un aterrorizado lío.
—Eiji. —Me límite a saludar—. ¿No le dijiste nada raro? —Griffin negó.
—Tienes muchos talentos ocultos, Ash. —Desde que le di mi número mensajearnos se había vuelto una necesidad—. Dijiste que eras malo en el béisbol pero eres toda una estrella. —Él se apartó del castaño. La tensión fue irreal bajo el calor del verano, la ansiedad se le deslizó por el cuello hacia los latidos.
—Fly boy. ¿Por qué no nos acompañas a tomar un refresco? —El tono que Griffin usó fue juguetón—. Planeaba comprarle algo a Aslan, déjame agradecerte por tu amabilidad. —Pero debía ir a practicar con los demás pertiguistas. Las burlas del equipo eran paralizantes. Quemaban, dolían, me destruían. Irónico para la libertad encerrarse en jaulas.
—No lo sé.... —Ash Lynx era un caos de ojos verdes y galantería legendaria. No tenía cabeza para pensar en eso. No quería recordar las mofas de Yut-Lung Lee. Los latidos me pesaron.
—Deberías quedarte. —No obstante, él se aferró a mi mano como si esto fuese lo más natural para nosotros dos—. Me gustaría que te quedaras. —Y con esa misma naturalidad yo se la terminé de dar.
—Bien.
El chico que enseñó a vivir pero vendió su propia vida.
Risas consumieron el resto de la tarde, ese refresco fue una evasión para mi realidad, lo sabía, Eduardo L. Fox me había sometido a un sinfín de humillaciones desde que llegó, la impotencia era mortífera, las risas se repetían con una peligrosa obsesión, las piernas me temblaban bajo el letargo de la reminiscencia. Que doloroso era volar sin alas. Tener que perder mi identidad luego de haber luchado tanto para sostenerla. Era demasiado bajo, escuálido y débil, debía trabajar el triple para compensar la maldición de la genética, no obstante, mientras más me esforzaba más se mofaban y ya no sabía qué esperar. Rendirse sería lo más sencillo, sin embargo, no quería. Amaba saltar la pértiga.
Lo amaba tanto que dolía.
—Ibe me contó que eres la estrella de su nueva exhibición. —El mundo perdió la cordura esa tarde. Lo bueno fue malo.
—Sí, él trabajó todo el verano en ese concepto. —El negro fue el color de la palidez entre la dulzura de una Coca-Cola y las mesas del olvido—. No lo parece, pero es un perfeccionista. —Aquellos relucientes jades fueron un estrago para la pasión.
—¿Por eso él te estaba fotografiando cuando te conocimos? —Asentí—. Deberías haber visto el rostro de Aslan cuando saltaste por primera vez, pensé que se le caería la mandíbula de la emoción. —El nombrado se atragantó.
—¡¿Yo?! —Que placentero fue vislumbrar pánico en semejante galán—. Tú también quedaste impresionado. —A pesar de su reputación Ash Lynx no era más que un niño berrinchudo.
Lindo.
—Yo no lo he negado. —El castaño estiró sus brazos sobre su cabeza, el viento fue un melancólico suspiro frente a la última chispa del atardecer—. Eiji es un pertiguista realmente talentoso, él sería una sensación en Cape Cod. —Las orejas me calcinaron bajo el manto de la sinceridad.
—Gracias... —El chico que ya no podía volar. La noche que se disfrazó de día.
—Podríamos invitarlos a cenar alguna vez, Ibe podría tomar buenas fotografías frente a la cabaña, sería divertido, papá estaría encantado con ustedes. —Sus manos se encresparon sobre sus rodillas, la mesa crujió en la transparencia de la tensión, la ansiedad fue un compulsivo mordisquear.
—¿No deberías ir a ver a Max? —La sonrisa que Griffin esbozó fue digna de un hermano mayor.
—Tienes razón. —El castaño se levantó de la mesa—. No llegues muy tarde Aslan, compraré tu platillo favorito para festejar mi visita. —Aunque tenía la gorra sobre su cabeza el más alto le revolvió los cabellos—. Nos vemos Eiji.
—Nos vemos. —Y con la misma sutileza con la que entró a mis pensamientos él desapareció.
Un fatigado suspiro escapó de su garganta cuando él me miró. El fervor atrapado en esos jades me congeló, un espasmo azotó cada uno de mis músculos cuando él se acercó, la oscuridad en la cancha fue peligrosa, los vasos de refresco rodaron por el piso. No necesité de otro color para caer embelesado.
—Entonces... —Fue mi voz la que quebró el silencio—. Aslan Jade Callenreese. ¿No? Me siento algo estafado, ni siquiera sabía tu verdadero nombre. —Las mariposas fueron contagiosas frente a tan hermosa sonrisa.
—Ahora conoces mi secreto. —La suavidad con la que se revolvió los cabellos me quitó el aliento—. Eso es algo injusto, estoy en desventaja. —Aunque la gorra voló lejos él no apartó su mirada de mí.
—¿Quieres que te cuente un secreto mío para estar a mano? —Un roce convocó un sobresalto, la letalidad de esa caricia fue un deleite—. No creo tener uno. —La petulancia con la que alzó una ceja me fastidió.
—Todos tienen uno. —Fruncí los labios. Aunque era ridícula la confianza que le profesaba a ese hombre.
—Tienes razón. —No confiaba en mí—. Siempre quise aprender a jugar béisbol pero en mi escuela estaba prohibido. Japón no es un gran fanático de la cultura americana. —Como si esa confesión fuese un hechizo él se levantó para extenderme la mano.
—¿Entonces qué estamos esperando? —El magnetismo de esos jades fue letárgico—. Te enseño si me ayudas a recoger los conos. —La tensión fue un riesgo para mis latidos. Esta era una mala idea, la expectación con la que la sangre me estaba hirviendo sería un cliché para esta tragedia.
—Es un trato. —Sin embargo, su sonrisa fue más embriagadora que un trago de absenta.
El chico cuyos pedazos habían enloquecido de amor.
El sudor le empapó la camiseta, aquellos dorados mechones se contornearon bajo la luna, sus manos se acomodaron sobre mi cintura, la electricidad con la que me ayudó a sostener el bate fue intoxicante, el tiempo se paralizó en el murmullo de la irrealidad. Con un empujón de talón él acomodó mi zapatilla sobre el campo. Su aliento rozó mi oreja, sus movimientos embelesaron a las estrellas. Tragué, concentrarse en sus palabras fue imposible. La estridencia de sus latidos contra mi espalda fue atronadora. Aunque el viento estaba helado y mi uniforme era delgado él frío fue cuatro letras bajo esa risa. Que hipnotizante.
—Estas flectando demasiado las piernas. —Sin dejarme de abrazar él empujó mi rodilla con la suya—. Necesitas una posición firme o terminaras en el piso. —Sus palmas se acomodaron sobre las mías, su esencia caló entre mis grietas. El murmullo de los árboles fue cómplice del engaño.
—¿Me atraparas si me caigo? —Darme vueltas me costó la razón. La cercanía con la que esos jades me contemplaron me erizó el alma. Su aliento se deslizó entre mis labios, sus pestañas fueron la melodía de lo prohibido.
—Claro que lo haré. —Su mentón se apoyó sobre mi hombro—. No bajes tanto los codos. —Cuando los acomodé contra mi cintura su risa me embriagó—. Así. —Que no hubiese nadie en la facultad fue la chispa de la tentación. Los latidos se me subieron hacia la garganta en esa caricia.
—¿No me vas a lanzar una pelota para que la bateé? —Él negó.
—Quizás en una segunda lección. —El tintineo de los postes de luz encubrió mi sonrisa.
—¿Habrá una segunda lección? —Sus cabellos fueron un aterciopelado cosquilleo para mi cuello. La sangre se me llenó de electricidad, el estómago me retumbó en burbujas.
—Si eres un buen alumno. —Rodeé los ojos.
¿Por qué me sentía tan nervioso?
—Empuja la cadera hacia adelante. —Que él acomodase sus manos con semejante confianza fue un descaro—. Y batea. —Cortando el viento lo obedecí. Aunque no sabía mucho de béisbol ese swing fue perfecto, fue el mismo con el que había visto a Ash arrasar en la práctica. Y que satisfactorio fue lograr algo luego de zurcir mis pedazos. Esa pequeña victoria fue el soporte de mi confianza.
—¿Lo hice? —El bate cayó hacia el suelo, él me levantó entre sus brazos.
—¡Lo hiciste! —Fue ridícula la emoción con la que celebramos—. Creo que tendré competencia sino me cuido, tienes talento innato. —Cuando dejamos de reír la atmósfera cambió. Las yemas del rubio se deslizaron debajo de mi polera en el peso de la realidad. Nuestros rostros quedaron cerca, los latidos fueron delatores en aquella solitaria cancha.
—Puedes bajarme, Ash. —Que él me ayudase a volar cuando mis alas estaban quebradas fue devastador.
—No quiero. —El roce entre sus yemas y mi piel fue adictivo—. Quiero decir... —Aunque la ansiedad había poseído a cada una de sus facciones él no me dejó de mirar—. Eres bastante ligero, es divertido cargarte así. —Con lentitud él me acercó. Las gotas del coqueteo mancharon esa fotografía.
—Dile eso al entrenador de mi equipo. —Mis palmas se acomodaron sobre su cuello. Cuántos segundos estuve en el aire. ¿Dos? ¿Tal vez tres? No importó.
—¿Te sigue molestando? —El tiempo dejó de correr para que lo enmarcara en esos ojos.
—Sí. —Nuestras narices se rozaron, mis brazos acabaron rodeando su cuello, mis piernas vacilaron antes de enredarse a él—. Yut me dijo que sería buena idea ir a hablar con el director, pero no lo sé, no me da un buen presentimiento. —La galantería con la que él sonrió le robó la magia a la noche.
—Tu entrenador se debe sentir tan intimidado contigo, me da un poco de lástima. —La perplejidad me obligó a parpadear, su perfume fue un delicioso veneno.
—¿Intimidado? —Él asintió.
—Cuando te preparas para saltar tú no caminas ni corres. —La cercanía fue peligrosa—. Tú vuelas cuando estas allí arriba. La expresión que pones es maravillosa, realmente pareces disfrutarlo. —Sus piernas terminaron cediendo a la presión. Ambos caímos sobre la cancha.
—Ahora no me siento de esa manera. —Levanté mi rostro del pecho de Ash, él no me soltó aunque nos tropezamos—. No quiero admitirlo en voz alta, pero me siento incómodo en ese equipo. —Nuestras zapatillas se entrelazaron sobre el pasto, el rocío se impregnó a los uniformes, el tacto entre nuestras pieles nos dejó nerviosos.
—¿Lo quieres dejar? —Sin levantarse del piso él acomodó un mechón detrás de mi oreja, mis brazos se apoyaron sobre su camiseta. La noche tuvo un sabor adictivo bajo esos orbes.
—Lo estoy considerando.
—Eiji. —La seriedad con la que él musitó mi nombre fue un escalofrío para la beldad—. No deberías dejar de hacer lo que amas por alguien más. —Tanta sinceridad fue abrumadora.
—Lo dice el sujeto que además de cantar como un ángel y jugar como una estrella tiene 200 puntos de CI. —Su carcajada me hormigueó la nariz.
—¿Cómo sabes eso? —La petulancia de esa sonrisa fue fastidiosa.
—Los rumores corren rápido en esta universidad. —Ahora eran mis dedos los que jugaban con su flequillo, que dorado más hermoso, que hombre más galante —. Eres todo un personaje Aslan Callenreese. —No lo pude apartar cuando sus manos acariciaron mi espalda—. ¿Tienes algún otro talento oculto que deba conocer? —Que mortífera fue la presunción de la belleza.
—No es un talento, pero... —Sus movimientos frenaron.
—¿Pero? —Él se mordió el labio antes de inclinarse hacia mí.
—Pero no te entiendo. —El desconcierto delató mi ignorancia—. Me pones nervioso Eiji, no sé por qué. —La suavidad de la noche fue un arrullo para la inocencia—. Pero no te puedo sacar de mi cabeza. ¿Es normal? —En el fondo él no era más que un niño aterrado. Que fachada más talentosa.
—Es normal. —Sus manos me buscaron entre la oscuridad—. ¿Quieres saber un secreto? —El más alto asintió—. Tampoco te he podido sacar de mi cabeza. —Aquella confesión fue impudente y humillante, sin embargo, mi corazón no razonó bajo tan violentos latidos.
—¿Eso qué quiere decir? —La ansiedad cubrió mi espalda—. ¿Somos amigos? —El reflejo de las estrellas fue hipnótico entrelazado a esos jades.
—No lo sé. —No tenía tiempo para procesar estas emociones. Necesitaba concentrarme en mi carrera, me quedaban pocos años para egresar, sino probaba mi talento ahora estaría perdido. No debía. No era el momento.
—Pero... —No lo pensaría—. Esto es tan confuso. —Él dejó que su nuca cayese contra el piso, la presión que ejerció sobre sus párpados lo hizo temblar.
—¿Nunca te gustó nadie en Cape Cod? —Él se cubrió la frente con el antebrazo, el rostro me quemó con un espectáculo de pirotecnia cuando él me buscó.
—Sí, pero no es lo mismo. —Algo no debía ser dicho entre nosotros dos—. Cuando las chicas me pedían pasar tiempo con ellas era casi una obligación, aunque Jim me prohibía tener novia él se sentía orgulloso cuando los rumores corrían. —Qué triste él lució al musitar aquello. Que excelsa era la soledad—. Además, la chica de la fiesta me besó y no sentí nada. ¿Así debía pasar? —Suspiré antes de dejarme caer sobre su pecho.
—A veces así pasa, sin magia, sin fuegos artificiales, sin nada. —El lince se alzó de su lecho.
—¿Cómo fue el tuyo? —La indignación en su expresión me hizo reír. ¿Pero quién se creía que era?
—¿Por qué te interesa tanto? —Aun en la oscuridad lo pude vislumbrar a la perfección. Sublime y hermoso. Tan agobiante—. ¿Acaso estas celoso?
—No lo sé... —El trepidar en sus orbes fue el verdugo de la verdad—. Pero es doloroso pensarlo. —Que él tomase mi mano para apoyarla sobre su pecho fue aterrador.
—¿Qué estás haciendo?
—Es realmente doloroso imaginarte con alguien más. —El alma se me comprimió bajo lo efímero del momento—. Shorter me dijo que pongo una expresión especial cuando se trata de ti. —La angustia me martilló la cabeza, que él apretase mi palma con semejante fuerza fue atronador.
—Ash... —No pude apartar mi mirada de él. No pude concentrarme en nada más.
—No lo entiendo del todo... —El mundo desapareció ante la presencia del lince de Nueva York—. Vengo de un pueblo que parece haberse quedado estancado en el siglo pasado, nunca se me ocurrió la posibilidad de que me pudiese gustar un hombre. —Cada neurona se me chamuscó en esas palabras—. Pero parece que ese es el caso. —El rostro me enrojeció con ferocidad, mis latidos se perdieron, los nervios me asfixiaron.
—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? —El rubio negó.
—Pero quiero entenderlo. —Que embriagadora fue la electricidad con la que me tocó, la razón me dejó de funcionar. La brisa le revolvió los cabellos, las máscaras se cayeron bajo los colores de su sonrisa.
—Ya deberías regresar, Griffin te pidió llegar temprano. —El pánico me forzó a levantarme del suelo.
—Debería.
La situación fue caótica. Ahora no solo me debía preocupar por Eduardo L. Fox y los militares que él tenía bajo el título de deportistas, sino que Ash Lynx me había dejado mareado. Los roces accidentales mientras nos encontrábamos en las prácticas, las sonrisas entre partidos, los mensajes hasta el amanecer. ¿Cuándo comencé a apegarme tanto a él? No. No podía. La libertad se me estaba escurriendo entre los dedos como cenizas, cada día el dolor estaba más incrustado a mi alma, era una abominación, aunque me estaba esforzando para mejorar no era suficiente. No quería que él me hiciese sentir de esa manera. Los romances no eran más que tragedias. Ya lo sabía. No intercambiamos otra palabra hasta que llegamos a los dormitorios. Eran más de las tres de la mañana y la tensión era insufrible.
—Eiji. —Sus dedos juguetearon sobre su gorra en esa despedida—. No te he podido sacar de mi cabeza desde que te vi saltar. —El fervor en esa confesión hizo que las piernas me temblaran.
—Debe ser admiración. —No quería encontrarme con esos ojos. Que desgarrador sería tener que afrontar la verdad—. Ya deberías ir con Griffin. —Pero él me tomó de la muñeca.
—Esto tampoco estaba en mis planes. —La incomodidad me acarició el cuello—. Pero quiero entender lo que siento por ti. —La desesperanza incrustada en esa sonrisa me rompió el corazón.
—¿Qué es lo que sugieres? —El ave que inspiraba vuelo y había olvidado sus alas—. Estoy un poco cansado y no tengo cabeza para estos dramas. —El chico que pintaba sueños pero se olvidó de soñar.
—Sal a una cita conmigo. —La vida perdida que fue dejada. Suspiré, que injusta fue la galantería con la que él tomó mi mano. Él acomodó su gorra sobre mi cabeza, me quedaba grande y estaba gastada, sin embargo, la sensación me hizo feliz.
—¿Eso te dejara tranquilo? —En cada vuelo, en cada sueño, en cada vida su huella perduró.
—Lo hará. —Y aunque la libertad no tenía tiempo para huir de su jaula.
—Bien. —No existió libertad más hermosa que flotar entre sus brazos—. Es una cita.
Me dio mucho amor escribir el capítulo de hoy, y creo que este fic ya no quedará tan corto, no, si la planificación es mi especialidad.
Muchas gracias por haberse tomado el tiempo para leer.
Si me tienen fe de vida nos vemos en un par de semanas. Cuídense.
¡Muchas gracias!
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