Capítulo 24.
¡Hola mis bonitos lectores! Fly boy estuvo en emisión casi un año que se cierra hoy, no le tenía nada de fe a esta historia cuando la escribí, más que nada quería un testamento de amor hacia Eiji pertiguista y un Ash estrella de rock juvenil, este se terminó convirtiendo en mi fic de confort por exelencia, adoré escribirlo, no puedo agradecerles lo suficiente por el apoyo. Muchas gracias por tanto, este capítulo lo tiene Eiji.
¡Espero que les guste!
—¡Otra vez!
Me levanté de la colchoneta y me posicioné sobre la pista. Acaricié el tubo de fibra de vidrio como si fuese la misma extensión oxidada de mi cuerpo quebrado, una pequeña mueca se trazó entre mis labios antes de que el aire me quemase los pulmones y empezase a correr. Las palmas me temblaron, las mejillas se me tiñeron de rabia, el cabello se me movió en una decadente rebeldía, a él solía gustarle juguetear con esas espesas onditas y presionar besos contra mi flequillo, decía que era bonito, que le recordaba a un conejito esponjoso. ¡Concéntrate! Corté el viento con mis zapatillas, unas viejas que no eran para nada geniales, nada Ash Lynx. Apegué los codos hacia mi cintura, mis piernas se movieron contra la explanada como si el oxígeno fuese arena movediza. Alto, alto, alto. Fracasaría. Clavé la pértiga en el suelo para que volara. ¿Cuántos segundos estuve arriba? No lo sé, sin embargo, caí de cara y boté la barra.
—¡Otra vez! —Me grité a mí mismo, eran las tres de la mañana en las canchas.
Me arrastré de nuevo hacia la línea de partida. Aunque el gélido congeló mi uniforme, yo no sentí nada. ¿Cuándo me moví hacia el otro lado de la pista? La boca se me quebró tras fruncirla, solía mantenerla hidratada bebiendo de su amor, no obstante, me concebí vacío. Las tripas se me revolvieron, temí vomitar encima de la colchoneta, sin embargo, no me importó lo suficiente para detenerme. Volví a correr. El mundo fue un mosaico escabroso desde este extremo de la facultad, la cabeza me punzó, no pude respirar, este era mi límite. Alcé el mentón, contemplando las gradas, mi atención pendió hacia el puesto en el palco, ahí, donde me rompió por primera vez el corazón. Una mueca lastimera se instaló en mis labios luego de golpearme el vientre con la pértiga en ese salto.
Caí.
—¡Otra vez!
Volví a caer.
—¡Otra vez!
Volví a caer, me desmayaría.
—¡Otra vez!
Volví a caer, mi cuerpo se rompería.
—¡Otra vez! ¡Inútil!
Por favor alto.
No podía hacer nada bien ¿verdad? Ni siquiera tras la lesión lograba recuperar mis alas, mi madre tenía razón, debería renunciar y tomar el lugar de papá. Pero ni para eso servía, era un hijo de mierda y un atleta inservible. Finalmente la brecha entre nosotros dos se rompió. Miré el cielo contra la colchoneta de gomaespuma, ido. Elevé mi mano hacia las estrellas y me pregunté si él estaría mirando las mismas. Por eso no me dijo nada, al final era una simple carga. Vivíamos en mundos diferentes, eso era lo que siempre me decía. ¿Pero eso era verdad? ¿Por qué debíamos separarnos si vivíamos en mundos diferentes? Cierto, no era ni de confianza para que me contase eso. Me hice un ovillo muerto. Si Ash había decidido que lo mejor era dejarme fuera, le haría caso. Volvería a Japón. Y nunca...
Volvería.
—Presentí que estarías aquí. —Me odié, sabía que era la voz de Yut-Lung Lee retumbando por la facultad, no obstante, deseé que fuese la de él. Sentí asco de mí mismo.
—Hola. —Mis palmas se encontraban acomodadas contra mi vientre, ya no me podía mover—. ¿Cómo lo supiste? —Él me acarició los cabellos, con ternura. Sentí náuseas.
—No llegaste al dormitorio. —Me di pena—. ¿Estás bien?
—Sí. —Ni siquiera lo miré—. De maravilla. —En lugar de reprocharme, él se recostó a mi lado en la colchoneta.
—Eres un terrible mentiroso ¿sabes? —Él apretó mi mano entre la suya, sin decirme nada.
—Lo sé. —Y yo me rompí. Las lágrimas brotaron hacia los bordes de mis mejillas para estrellarse contra la gomaespuma. Era demasiado para un pajarito quebrado.
—Eiji...
¿Eiji? Me encantaba la manera en que Ash me pronunciaba, nunca me gustó mi nombre porque el significado detrás de este implicaba el segundo lugar, sin embargo, podría escucharlo por siempre si salía de sus labios, me fascinaba la manera en que su tono lo coloreaba. A veces lo decía con un puchero tan infantil que gatillaba todo un espectáculo de pirotecnia dentro de mi pecho, otras fruncía el ceño y me parecía francamente ridículo, algunas lo decía tan triste que me rompía el corazón, pero la mayoría lo musitaba con una sonrisa apenada. Esa de muchos dientes y mejillas sonrosadas, la más bonita del mundo. Adoraba escucharlo y voltearme solo para caer por esos ojos verdes.
Eiji Callenreese Okumura.
Bonito.
Pero ya nadie diría mi nombre de esa manera, porque ya no quedaba nada.
—¿Eiji?
—Mientras estaba inconsciente en el hospital recuerdo haber escuchado a alguien llorando. —Sí, alguien estaba llorando, con una triste voz. ¿Por qué estaba tan triste? Conocía esa voz. ¿Sayonara? ¿A qué se refería? ¿Iba a algún sitio? Tenía que decir algo. Vamos, necesitaba que mi voz saliera—. Probablemente lo supo desde ese entonces, pero mi egoísmo lo retuvo un poco más.
—¿No estás siendo demasiado duro contigo mismo? —Me decía a mí mismo que quería protegerlo del destino cuando yo lo sentencié.
—Me siento estúpido. —De repente tenía sentido, fui yo quien lo convirtió en un leopardo —. Ahora entiendo por qué lloraba tanto en las noches, me rompía el corazón fingir que no me daba cuenta, pero él no parecía listo para hablar. —Me encogí en mi uniforme, me pregunté si la pasión se caería como pétalos podridos y temí por la respuesta—. Fue mi culpa, Yut.
—Ay, cariño. —Él me extendió sus brazos por encima de la gomaespuma—. No lo fue, lo sabes ¿no? —Me hundí en su pecho, deseando que sus caricias se llevasen el dolor incrustado a mis latidos. Si pudiese hacerlo otra vez, si tan solo hubiese sido más valiente.
—¡Claro que lo fue! —La cabeza me punzó, la boca se me secó—. Debí saberlo desde la noche que lo fui a buscar al hotel con los girasoles, yo debí... —Me mordí la boca. Lo único que quería era que él tuviese una vida feliz. Ya era suficiente haberle arrebatado la posibilidad de formar una familia normal al entablar una relación con un hombre. No solo me atreví a mancharlo, sino que también me llevaba esto. Al final tomaba y tomaba. Como ese cerdo—. Soy un novio de mierda.
—Eiji. —Carcajeé, ido.
—Cierto, nosotros terminamos.
Bebí de él hasta dejarlo seco, no era mejor que Dino Golzine si mi amor lo dejó vacío. ¿Con qué cara lo amaba? Era un hipócrita, yo debería haber sido su objetivo, era mi maldito papá pero ni siquiera lo pude salvar. Yo debería estar pasando por la denuncia, daría lo que fuese por tomar su lugar. Mentira, si fuese verdad no habríamos terminado. Un pájaro sin alas, un girasol con espinas, una libertad enjaulada. Patético. Inútil. Sin talento.
—No quiero regresar a Japón. —No sabía lo mucho que había llorado hasta que alcé el mentón para mirar a mi mejor amigo. Las gotas cayeron como barquitos de papel a un río descolorido. Temblé, aferrándome a su suéter—. No me siento preparado para volver.
—Lo sé. —Él me acarició la cabeza, con dulzura.
—Soy un hijo terrible, ni siquiera quiero ir al funeral de mi papá. —El corazón se me hizo trizas para que esos pedazos desaparecieran—. ¿Qué clase de monstruo soy? ¿Qué clase de hijo deja a su familia sola en estas circunstancias? —Pero el alba no me quiso y la luna me dio la espalda—. Soy repugnante. —Ni siquiera yo me quería. ¿Qué esperaba?
—Yo no quería mirar al ataúd cuando mi madre falleció ¿sabes? —Esa confesión me sacó hacia la orilla—. Mis hermanos me obligaron a mirarla, recuerdo haber tenido cinco años y no entender por qué ella estaba tan pálida. —Él empezó a trazar círculos en mi espalda para relajarme, tal como Ash lo hacía, me cuestioné si era un instinto protector o una costumbre adquirida—. Ese es el único recuerdo que tengo de ella ahora, fue terrible.
—Yut... —Él volvió hacia mí.
—A veces es mejor guardar un recuerdo bonito y ya. —Flotamos en este océano de incertidumbre varados en una vieja colchoneta—. Sin importar lo que tu familia diga o el resto de los ignorantes opine, tú eres quien tendrá que vivir con esas decisiones. —Esa impasible sonrisa se desmoronó bajo mis lágrimas, parpadeé, las gotas fueron rocío en la punta de mis pestañas.
—Mi familia no piensa de esa manera. —Estábamos en el inicio—. Sería un escándalo gigantesco en mi pueblo.
—¿De verdad quieres regresar a tu hogar? —Pero el inicio se parecía al final—. ¿Con ellos? —Dejé que mis palmas reposaran contra la orilla de la gomaespuma, estaba blanda y olía a naftalina, tal como la colchoneta donde él me encontró temblando la noche que nos conocimos.
—No. —Y me permití ser egoísta—. Siento que Izumo ya no es mi hogar, Yut. —Tal vez por eso él no me contó, yo era intrínsecamente egoísta. Si lo amaba lo suficiente debería haberlo rechazado antes de que esta relación comenzase, pero no—. Odio ir, no hay un lugar para mí allí. —Usaba la excusa de estar enamorado para quebrarnos.
—Eso está bien. —¿Lo estaba?
—Me siento como un hijo de mierda. —Me apreté el pecho, tratando de arrancarme los pedazos, sin embargo, lo único que encontré fue un pedrusco magullado. Recordé al Príncipe Feliz y a la golondrina eternamente enamorada, por muchas joyas que perdiese, esa avecilla siempre regresaba—. Debería estar más triste Yut, mi papá se murió. —Pero pronunciarlo en voz alta no lo cambió—. ¡Mi papá se murió y yo estoy llorando por mi ex! ¡Soy patético!
—¡¿Por qué eres tan duro contigo mismo?! —Parpadeé, mirando las estrellas. Preguntándome si podría ser la golondrina que las bajase para llenar el hueco dentro de su alma. Jades, esas serían las piedras que escogería para él, combinarían con sus ojos—. Sostuviste a tu familia durante años. —Verdes, bonitos e increíblemente brillantes. Adoraba sus ojos.
—Por eso. —Bueno, lo adoraba todo de él—. Todos esperan que yo me destruya con esto pero no tengo ningún recuerdo bonito con mi papá, me da miedo no estar triste. —Tanto que lo empujé hacia Dino Golzine—. Agradezco que me haya apoyado económicamente pero para mí... —Pronunciarlo sería terrible—. Ibe es mi papá.
—¿Por qué lo dices como si estuviese mal? Ibe ha cuidado de ti durante toda tu vida. —Él me lo preguntó con una sonrisa compasiva.
—Porque está mal. —Él me limpió la pena, tratando de purificarme en esta guerra—. Se murió por mi culpa ¿sabes? —Sus toques se congelaron—. Luego de la fiesta fui a encarar al director y él lo sacó del hospital. —Porque esa clase de basura era, preferí que mi padre se muriera a que tuviese el control sobre el lince de Nueva York—. Falleció esa misma noche. —Sonreí, ido.
—Eiji...
—Fue mi culpa, pero ni siquiera me puedo sentir mal, soy un monstruo. ¡Dios! Dejé Izumo para saltar la pértiga pero me rompí un maldito tobillo y cuando me pidieron regresar porque mi padre estaba agonizando dije que no, estaba demasiado ocupado enamorado. Y no lo sé Yut, debería sentirme mal y no lo hago, sigo esperando que esto me pegue, pero no puedo dejar de pensar en Ash y me siento asqueroso por extrañarlo tanto si yo puse el alto, fue mi culpa. —Entonces él se levantó.
—¡Ya basta! —Y me abofeteó—. ¡Me canse de este numerito de autocompasión! —Parpadeé, anonadado.
—¡Oye! ¡Eso dolió!
—¡¿Desde cuándo ese sujeto es Dios para controlar la muerte?! —La mandíbula se le había tensado y su entrecejo se hallaba repleto de arrugas, todavía le quedaba maquillaje debajo de los ojos por su ensayo de baile—. Si tú no le ponías un alto jamás se detendría, no te sientas culpable por eso.
—Pero lo hago.
—¿Habrías preferido que te empezara a manipular a ti? —Las tripas se me pudrieron, me levanté, marchito—. ¿Crees que eso habría querido tu papá? ¡Claro que no! —Me decía a mí mismo que podía tomar su lugar cuando me encogía y temblaba ante el mero pensamiento. Era un cobarde. Las lágrimas pendieron hacia mi regazo, no quería tener que procesar esto. Era mucho más fácil mantenerse flotando en el aire sin que la realidad me alcanzara.
—Extraño a Ash. —Pero ya no tenía alas para volar—. Sé que yo rompí con él, pero lo extraño tanto que siento que moriré. —Lo aparté pensando que era lo mejor. Si me odiaba, Dino Golzine ya no tendría chantaje sobre él, si lo confrontaba dejaría de ser una carga, tal vez eso me haría digno de su amor.
—Oh, cariño... —No obstante, no lo hizo—. Es normal que te duela, lo amabas mucho. —Porque era un pájaro en una jaula quebrada. Me dejé caer contra Yut-Lung Lee, mi mentón se acomodó encima de su hombro, mis manos temblaron alrededor de su espalda.
—No es solo eso. —Más que un duelo—. Siento que perdí al amor de mi vida, me siento desgarrado.
Parecía ser cuestión de almas gemelas.
Y era ridículo, sin embargo, sentía que llevaba toda mi vida esperando para conocerlo. Él era una brillante y milagrosa fuerza vital. Una conexión pura e inquebrantable. Era curioso, él hablaba sobre leopardos cuando yo fui la carcasa congelada a la espera de que él llegara. Ahora que lo había perdido. Suspiré, agotado de tanto sollozar. ¿Qué debía hacer? Él me encontró cuando me profesaba perdido. Donde rompían las tormentas y se marchitaban los soles.
¿Cómo me encontraría estando tan vacío?
—Gracias por venirme a buscar. —Me aparté, quebrado. La situación no cambiaría de la noche a la mañana y ya me hallaba cansado, me rendía—. Ya deberíamos regresar. —Él pareció genuinamente desconcertado con mi reacción. Esos afilados ojos violetas no lograron vislumbrar la desmesurada pena que escurría mi alma. Solo quería ser útil.
—¿Qué es lo que harás? —Solo quería quedarme a su lado.
—Tengo una exhibición de fotografías que montar para mi último trabajo.
Fue codicioso pedirle un «para siempre».
Cuando él me dio un «solo por ahora»
Al final, solo era una caña de pescar sin un anzuelo.
—¿Ei-chan?
La pena me golpeaba en ciclos. Algunos, me profesaba lo suficientemente compuesto para seguir funcionando, afinaba los detalles para mi exhibición con conversaciones forzadas y risas casuales mientras pateaba bajo la mesa ese boleto de avión. Otros, me destrozaba al haber perdido a mi ángel, la ternura con la que su voz me atormentaba mantenía a mi corazón bombeando, anhelaba tomarle la mano, sin embargo, la culpa me inmovilizaba. Esos días solo parecía estar consciente de mi propia pena y me desarmaba con suma facilidad.
Aslan.
Mi dulce Aslan.
¿Dónde escondiste mi alma?
Alcé el mentón, aterrizando en el momento. Me encontraba en el estudio de fotografía junto a Ibe arreglando los últimos toques para mi muestra final, esa en la que estuve trabajando durante todo el semestre, esa en la que no quise avanzar hasta que vislumbré a mi musa. La inspiración era caprichosa, dejé que me devorase pero ni siquiera podía presentar mis huesos al haber sido consumido por un fuego destructivo. Siempre me pareció dolorosamente acertado que él escogiese a la ceniza como apodo. Quemarse o desvanecerse.
—¿Por qué se ve tan vacía tu muestra? —Mis yemas rozaron los bordes del marco. Aunque su oficina apenas contaba con un escritorio, el cuarto se hallaba atiborrado con mis cuadros para mañana. Crispé mis dedos contra el soporte, observando sin ganas esa imagen de Nueva York. Fría, aburrida e increíblemente impersonal.
—Las otras fotografías no me convencieron. —Mentira, no obstante, era demasiado duro ponerlo a él en la muestra—. Estas son las finales. —Ibe dejó la cámara que estaba observando encima de la mesa, el banquillo crujió tras ser apartado para sentarse, él me hizo un gesto flojo con las palmas.
—Ei-chan. —Me acomodé frente a él—. Habla conmigo. —Sonreí, triste. Jamás tuve un momento así con mi papá. Cuando le conté acerca del salto de pértiga se indignó, fue una constante lucha para poder venir a estudiar a América, a pesar de sus prejuicios él me apoyó. Debería extrañarlo.
—No iré al funeral. —Debería sentirme devastado por la muerte de mi progenitor, no por una ruptura—. No puedo ir. —Mis manos pendieron inertes encima de esos jeans rasgados, esos que compramos juntos en el centro comercial mientras Fish Bone buscaba vestuario, me dijo que se me veían de infarto y eso me hizo sonreír—. Perdón. —Ahora amenazaba con romper en llanto.
—¿Por qué te estás disculpando conmigo? —Él se estiró hasta alcanzar mi palma, nos encontrábamos a centímetros en ese estudio. Centímetros con la distancia del Kilimanjaro.
—Porque hablarán mal de ti también. —Mi madre confiaba en este hombre, ella nos esperaba a los dos de regreso en Izumo—. Por mi culpa. —Pero siempre lo era. Tanto con Dino Golzine como con el hígado echado a perder de mi papá. No fueron las cervezas o su terrible dieta lo que lo condenó.
—No es así. —Fui yo.
—Quiero sentirme triste, de verdad que sí. —Y a veces lo lograba, sin embargo, parecía ser tan forzado, como si me hallase plantado en un escenario a la espera de ser juzgado, como si el mundo entero estuviese en mi contra y él...—. Pero no puedo. —Ya no estaba a mi lado—. Amaba a mi papá, realmente lo hacía, pero jamás entabló una relación conmigo, era un extraño en mi casa. —O quizás, yo era el desconocido.
—Tu padre era un hombre duro. —Él delineó mis mejillas con un cariño desmesurado—. Te amaba.
—Y yo a él. —Me dejé mimar—. Pero para mí, tú eres mi papá. —Me permití deshacerme.
—¿Qué?
—Cuando descubrí que me gustaban los chicos fuiste la primera persona a quien le conté, tú me compraste el uniforme para el equipo y me acompañaste a las pruebas de salto de pértiga, contigo he celebrado mis cumpleaños los últimos cinco años, tú me convertiste en el Fly boy. —Me tensé ante tan blasfema confesión—. Tú eres mi familia real —Y Ash Lynx. Alto, habíamos terminado. Alcé el mentón tras escuchar su llanto—. ¡¿Ibe?!
—Lo siento. —Él estaba llorando a moco suelto—. Es lo más dulce que me has dicho, Ei-chan. —Él tomó el trapo sucio de la mesa para sonarse. Sonreí, la nariz le quedó repleta de pintura fosforescente y restos de hollín—. Eres mi Amadeus
—¿Tú qué? —Él negó, todavía conmocionado. Apuesto que Ash entendería la referencia.
—Es un chiste interno entre Max y yo. —Y de repente—. ¿Por eso has estado actuando fuera de ti estos días? —Respiré.
—Terminé con Ash. —Él tumbó la mandíbula y abrió los ojos de golpe.
—¿Qué? —Bajé el mentón, pequeño.
—Sí... —Herido—. Creí que sería lo mejor para nosotros dos. —Mis zapatillas pendieron hacia los soportes del banquillo. Aunque la tarde estaba cayendo, pronto amanecería—. Si cortaba contacto con él, Dino Golzine no tendría manera de manipularlo. —Entonces él esbozó una expresión absolutamente descorazonada y apretó mi mano. Como un papá lo haría el primer día de preescolar.
—Tú amas a ese chico. —Como un papá lo haría cuando llevase a su hijo al altar—. No lo dejes ir por eso. —El corazón se me congeló en una carcasa. ¿Desde cuándo Shunichi Ibe era experto en romance? No lo supe—. Sé que es casi imposible lo que te estoy pidiendo, pero no dejes que ese sujeto se interponga entre ustedes dos. Él te necesita más que nunca con la denuncia, debe sentirse solo. —Sin embargo, lo agradecí.
—Estoy mejor así.
—No es verdad, tú también lo necesitas. —No pude contradecirlo—. Lo supe desde que llegaste a mi oficina a contarme sobre él. —No hubieron argumentos suficientes para rebatar lo inefable—. Tus ojitos brillaban tanto. —Él bajó los hombros, sereno—. Me recordó lo maravillado que me sentí cuando vi el homerun de Nagashima, la pelota en lo alto del cielo, absorbida por las nubes blancas.
—Ibe...
—Me recordó al brillo que encontré en tus ojos la primera vez que te vi saltar. —Supongo que nunca tuve opción ¿no?—. Esa canción te la dedicó a ti. —Perdí el corazón al acercarme demasiado. Mis dedos se crisparon contra mis rodillas. Traté de olvidar el concierto como agua estancada de pozo, era demasiado doloroso recordar la expresión que él me entregó luego de confesarle acerca de mi partida.
—Lo sé. —No obstante, yo igual quería regresar a la noche en que nos conocimos. No sabía qué se suponía que debía hacer, era perseguido por su fantasma—. ¿Será muy tarde para arreglarlo?
—¿Arreglar qué? —Sing apareció por la puerta del estudio, el sudor le escurría desde los cabellos hasta los hombros, seguramente su entrenamiento acababa de finalizar—. Oh... —Él alzó una ceja, mirando nuestras palmas entrelazadas y los pañuelos amontonados en la mesa—. ¿Interrumpo un momento especial?
—No.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —Ibe se limpió con fuerza los párpados—. Pensé que no llegarías hasta mañana para ayudarnos con las fotografías. —Aunque la exhibición se realizaría dentro de la universidad, no éramos lo suficientemente fuertes para cargar los cuadros solos.
—Vine por mi chaqueta. —Bufé—. Me sigue pareciendo cobarde que te escondieras así. —Fui al concierto prometiéndome que no caería, no obstante, acabé con la polera de Fish Bone y la colita entre las patas. Por eso le pedí a Sing su chaqueta y me di vueltas la remera, así no se notaría.
—Hola Ei-chan. —Akira se tambaleó hacia la puerta, lucía bonita en su vestido floreado—. Tío Ibe. —Siempre lo hacía—. Me robaré a Sing antes de la exhibición para una cita. —El nombrado tomó su chamarra del perchero junto a los cuadros. Su atención se congeló en mi trabajo.
—¿Por qué son tan pocos? —Tragué duro, la tarde estaba muriendo lento—. Tomaste como cuarenta instantáneas de Ash.
—No quiero ponerlo en la exhibición. —Me mordí la boca, descolorido—. Nosotros terminamos, no es lo correcto.
—¡Oh, vamos! —Akira me golpeó la espalda, indignada—. Ese chico se muere por ti, el video de la presentación lo dice todo. —El rubor me quemó las orejas—. No seas orgulloso y arregla las cosas con él. —Como si fuese tan fácil retractarse de una pelea.
—No lo sé. —Le grité cosas horribles en medio de la fiesta, cosas que ni siquiera recuerdo—. No creo que tengamos arreglo. —Saber que era una simple carga fue un castigo divino. Esperé que él me respondiese, que me sacudiese o gruñese de regreso, sin embargo, se quedó paralizado, en shock, escuchándome llorar y viendo cómo se desprendían mis pedazos.
—Si tú no te reconcilias con él, yo te lo quitaré. —Akira se encogió de hombros antes de acercarse.
—¡Oye! —El puchero de Sing no tuvo precio—. Soy tu novio ¿recuerdas? —Carcajeé entre dientes, sabiendo que sus celos eran justificados. El encanto del lince de Nueva York era legendario.
—Lo hago, pero Ash es increíblemente guapo. —Ese era el dilema con ese hombre, su belleza radicaba en lo más profundo de su alma, eso fue lo que me embelesó. Curioso que eso no fuese lo primero en llamar la atención.
—Guapo o no. —Ibe golpeó la mesa, captando nuestros reflectores, el reloj avanzaba—. Todavía no le doy permiso para cortejar a mi hija virgen.
—No creo que sea virgen todavía.
—¡Sing!
Fue agradable reírse un rato bajo esta tormenta desteñida.
—Terminemos de guardar rápido.
Si volviese a la noche donde lo conocí, haría las cosas tan diferentes.
Me arrastré hacia las canchas deportivas, mi atención pendió del contenedor para acabar en la explanada. Sonreí, sabiendo que lo único diferente que haría sería darle mi alma antes, o tal vez se la había obsequiado desde el instante en que lo conocí. Escuché los aspersores y recordé la vez que jugueteamos entre ellos, cuando me apretó la cintura demasiado fuerte y me hizo creer en el «felices por siempre». Tomé una pértiga, la aspereza de la fibra de vidrio fue eléctrica. Presioné los párpados, las emociones eran gotas de aspersor en una marejada. No podía escoger si la ola reventaría, sin embargo, era mi elección la manera de confrontarla. No había una tristeza universal para sentir en un luto, ni luto correcto para una relación. Al diablo quienes ponían esas expectativas sobre mí. Me paré en la línea de partida y empecé a correr. Al final solo era esto ¿no? Un pájaro sin alas, una libertad enjaulada, un talento perdido. Clavé la garrocha y volé.
Era el Fly boy en el cielo y amaba serlo.
Sonreí, mirando el contenedor en el aire. Y así lo supe. No quería terminar con él, Ibe tenía razón. Yo necesitaba de Ash Lynx. Lo necesitaba como el océano necesitaba a la luna para hacer olas, como la tierra necesitaba de la gravedad para continuar girando, como los girasoles necesitaban de la calidez del sol para despertar, como los jades necesitaban del alba para fulgurar. Lo necesitaba porque era mi alma entera y sin él. Lo amaba tanto que me resultaba incomprensible. Seguía dolido, estaba ahogado en este torbellino de puro caos. Quería ayudarlo, lo necesitaba como el Príncipe Feliz adoraba a la golondrina. Caí sobre la colchoneta, respiré, esta vez no había tumbado la barra. Terminé con él pensando que era lo mejor. Porque así como él me quería proteger...
Yo daría mi misma vida por él.
—Te has vuelto un estudiante devoto. —Me levanté al escuchar la voz del entrenador—. Eso estuvo mucho mejor que el espectáculo que diste ayer. —Parpadeé como una lechuza, anonadado.
—¿No es muy tarde para que siga aquí?
—Yo te podría preguntar lo mismo. —Me aferré a mi tobillo, un poco menos quebrado. Él se encorvó contra una botella de agua—. Solía ser un atleta olímpico. —Había escuchado los rumores, no obstante, era la primera vez que él lo confesaba—. También sufrí de una lesión y lo acabé dejando.
—Yo no lo estoy dejando. —Tensé el ceño y apreté la mandíbula.
—Lo sé. —Él yacía acomodado en las bancas frente a las colchonetas, el respaldo rechinó en un estirar de piernas, el rocío las empapó—. Has perseverado bastante, no me gustaría sacarte del equipo. —Oh, así que de eso se trataba. Sonreí, prediciendo a dónde iba esta conversación.
—Dino Golzine se lo pidió, ¿no es así? —Eso me pasaba por contradecir al director—. Quiere arrebatarme mi puesto de Fly boy. —Fue imprudente enlistarme en la guerra sabiendo que la causa se profesaba perdida.
—Sí. —Me apreté el tobillo. A pesar de esta decepción, no me arrepentía—. Eres talentoso, Okumura. —¿Por qué los humanos anhelaban volar por el cielo? Era un sueño aparentemente simple, sin embargo, eternamente anhelado por aquellos a quienes se les negó que sus alas crecieran—. No quiero sacarte del equipo.
—Entonces, no lo haga. —Esta conversación nocturna era del todo menos extraña—. Tampoco le agrada tener que pasarle esos suplementos raros al equipo ¿no? —Fox clavó sus talones contra el pasto y arrojó la nuca hacia atrás, parecía cansado, realmente cansado.
—No apruebo la manera en que él hace las cosas. —Sus palmas pendieron alrededor de la botella, la luna estaba casi llena—. Tu novio es el chico de la denuncia. —Esa no fue una pregunta.
—Lo es. —Y esa no fue una respuesta real.
—No ganará sino obtiene más testimonios, tiene al mundo entero en su contra. —Y aun así, aunque hubiésemos terminado, aunque nuestro final se concibiese predestinado, yo anhelaba mantenerme a su lado. Era enfermizamente egoísta esa necesidad hirviendo desde lo más profundo de mis entrañas—. Necesitan a alguien de mayor credibilidad. —Me mordí la boca y jugueteé con los bordes de la colchoneta—. Nadie puede solo contra ese sujeto.
—Debe ser duro hablar primero. —Lo abandoné cuando más me necesitaba, ni siquiera servía para eso, era despreciable, era una maldita carga, debería regresar a Japón y renunciar. ¡Alto! Estos pensamientos derogatorios no lo ayudarían, necesitaba hacer algo.
—Tiene un montón de rumores detrás de él. —Me levanté, plantándome frente al entrenador.
—¿Por qué no nos ayuda? —Fox alzó una ceja. Sería ingenuo de mi parte esperar que él tuviese una epifanía. Las personas no eran blanco ni negro, pero presentaban una tendencia marchita.
—Eso era lo que te iba a proponer. —Me mantuve cauteloso.
—¿Por qué? —Él miró las estrellas, impasible.
—Porque estoy cansado de someterme a él. —El mal menor de los males—. Creo que puedo llevar mucho mejor a los equipos de atletismo sin su liderazgo. —Sus puños se tensaron contra su regazo—. Y no tengo por qué andar haciendo el trabajo sucio para él. —Finalmente dejamos de hablar en claves y pusimos las cartas encima de la mesa. Esto era real.
—¿Por qué me lo dice a mí? Podría solo hacerlo. —Esta era mi oportunidad para ser útil aunque ya no me quisiese de regreso. Era un caos, mis pensamientos estaban reventando con demasiada fuerza contra mi cabeza.
—No lo sé. —Y sería una estupidez creerle a tan burda mentira—. Creo que puedo hacer las cosas mejor que él. —Pero lo hice. Estreché su mano en este trato unidireccional, sabiendo que no tenía nada que perder y si me perdía.
—También lo creo.
Estaba bien perderse un poco más.
El día de la exposición llegó.
La galería que la facultad nos prestó era bonita, acomodamos inmensos cuadros con fotografías y títulos de metal en paredes de vidrio y soportes de acero, la incandescencia de las luces le confirió un aura iridiscente a mi mosaico de Nueva York, fue mágico, casi irreal. El contraste entre la luz y la sombra, lo dulce y lo sórdido, los amaba ambos. Me pareció gracioso que mis imágenes fuesen una contradicción. Me dolió el corazón pensarlo sabiendo que ese era el caso exacto del lince de Nueva York. De depredador voraz a gatito lastimado. De implacable estrella a novio mimado. Adoraba esa infinidad de matices que él poseía, por eso...
—Perdón por haberte tenido encerrado todo este tiempo. —Saqué sus imágenes—. Escondí todas tus fotografías como si hiciese alguna diferencia.
No la hacía.
Coloqué mi favorita al final de la galería, esa que tomé después de nuestra primera vez y antes de la competencia. Esa donde Ash se encontraba sentado sobre el marco de mi ventana, con la frente contra la rodilla y su silueta al borde de la realidad. Él parecía tranquilo, como si estuviese durmiendo o tal vez rezando. Parte de su rostro estaba suavemente iluminada por el sol de la mañana. Sonreí, recordando a la perfección su risa bajo el flash. Me toqué el rostro, otra vez estaba llorando.
Debió ser sumamente duro para él pasar por esos encuentros con Dino Golzine, estuvo mal dejarme afuera pero lo hizo porque me amaba, porque me anhelaba proteger. Veía que lo había tenido duro, debía odiar que lo tocasen, por eso lo manejaba con cuidado. Y eran altas, pero podía saltar sus paredes. Creía que podía mostrarle lo que significaba apoyarse en un amigo. Quería que huyésemos a un lugar seguro, dejar que todo este dolor se ahogase en su tumba. Quería reservar un pasaje a un lugar seguro. Pero era tarde.
Demasiado tarde.
—¿Amanecer?
—Ash... —Perdí el aliento cuando me volteé, él también estaba llorando.
—¿Por qué? —Él se hizo pequeño dentro de su chaqueta de béisbol—. ¿Por qué pusiste mis fotografías? —Bajé el mentón, enfocando mi atención en la punta de mis zapatillas. El reflejo de los reflectores contra las baldosas me mareó, los latidos se me acribillaron en los tímpanos.
—¿Cómo supiste de la exhibición?
—Yut-Lung.
—Oh. —Él se paró a mi lado, contemplando la imagen—. Escuché que te está yendo bien con la denuncia. —No quise mirarlo, me profesaba demasiado aterrado de contemplar esos relucientes ojos verdes y no encontrar más que rencor centelleando. Debí saberlo, debí darme cuenta, debí hacer las cosas diferentes pero...—. Solo fui una carga.
—¿Qué? —Me ruboricé tras haber musitado mis pensamientos en voz alta, retrocedí solo para caer en el inicio—. ¿Una carga? —Ash parecía genuinamente desconcertado por mis palabras, como si hubiese murmurado lo más alocado del mundo cuando para mí era evidente.
—Sí. —Bajé los brazos y me rendí—. Sino fuese por mí no habrías accedido al trato. —Me abracé a mí mismo, perdido—. Al final solo te causé problemas, lo lamento. —Y justo cuando me concebía al borde del olvido.
—Eiji... —Él me encontró—. Lamento tanto haberte hecho sentir así. —Él acarició mis mejillas con sus yemas. Aunque eran ásperas y se encontraban repletas de durezas por las cuerdas de la guitarra, las amaba. Amaba que él me tocase—. Solo quería aligerar tu carga. —Amaba que pronunciase mi nombre con esa dulce voz, amaba que me mirase como si todo el amor del universo estuviese pendiendo en esos ojos de gemas y yo...
—Aslan. —Lo abracé con fuerza, hundiendo mi rostro contra su pecho, deleitándome con la estridencia de sus latidos—. Mi dulce Aslan. —Él presionó un beso contra mis cabellos y volvimos a ser los mismos—. Debí darme cuenta antes, lo siento.
—No, yo hice hasta lo imposible para escondértelo. —Él trazó círculos en mi espalda en este tonto ritual de sanación, aunque Yut-Lung e Ibe también lo hacían con la finalidad de consolarme—. Fue mi culpa que esto pasara. —Nadie se podía equiparar a él.
—¡No! Fue mi culpa, yo debí reaccionar mejor. —Él carcajeó entre dientes, apartándome con lentitud. Su flequillo se enredó entre sus pestañas, las luces lo bañaron para conferirle un aura absolutamente angelical.
—Dije que fue mi culpa, onii-chan. —Inflé los mofletes y fruncí el ceño—. Soy un novio terrible.
—¿Sí? Pues yo soy un novio mucho peor, ni siquiera te di una explicación decente.
—Fue mi culpa.
—Fue mía. —Estaba seguro de que el único ser humano que derrocharía sus 200 puntos de IQ en una discusión así, era él. Ash alzó mi mentón, asegurándose de que lo vislumbrase.
—No fue la culpa de ninguno de los dos. —Solo supe lo mucho que necesitaba de esas palabras al borde del colapso. Mis palmas se posaron sobre su cintura, esa curva en la que me gustaba apoyar la cabeza porque era blandita—. ¿Por qué viniste al concierto? —Él pareció tan herido cuando me preguntó aquello—. ¿A quién fuiste a ver? —Me recordó a un gatito maullando bajo la lluvia, suplicando por cariño.
—¿No es obvio? —Él negó—. Fui a ver a Ricky Montgomery, pero no se presentó. —Su sonrisa cesó, esos ojitos verdes se aguaron con una impresionante facilidad.
—Oh... —Decían que el amor volvía tontas a las personas.
—¡Obviamente te fui a ver a ti! —Pero nosotros parecíamos haberlo llevado al extremo—. ¡Americano estúpido! —Entonces recuperó esa expresión de pura jovialidad. Él me atrajo, cerca. Su nariz se hundió con ligereza entre mis cabellos, su corazón arremetió con fuerza. Las luces lo convirtieron en mi salto inquebrantable hacia la libertad.
—Estúpido y todo pero hiciste toda una exhibición sobre mí. —La frente me punzó.
—Solo porque eres guapo.
—Debo serlo para reconquistarte. —Me sorprendió lo natural que fue regresar a ser yo mismo en esta tormenta. Me pregunté si de esa manera se sentiría el gorrión siempre fiel al Príncipe Feliz, aun sin sus joyas con el declinar de la belleza, había algo más, algo imposible pero posible al mismo tiempo.
—¿Reconquistarme? —Crucé los brazos contra mi pecho y alcé una ceja—. No recuerdo haber firmado el divorcio. —Él me entregó la sonrisa más bonita del mundo.
—Bien. —Y yo me volví a enamorar—. Porque yo no recuerdo habértelo dado, Eiji Callenreese. —Dios, ese nombre. Fue tanta la felicidad que me golpeó tras escucharlo que podría haberlo besado ahí mismo.
—Eres tan irracional. —Así que me alcé en la punta de mis pies y lo besé.
Saborear su boca fue regresar al cielo. Dulce, suave, e increíblemente familiar. Presioné los párpados, dejando que él me estrujase contra su cuerpo y la pasión nos embriagase. Nos memorizamos con toques lentos y delicados, como si anhelásemos hacer de este momento eterno, como si pudiésemos entregarnos en alma en este beso. Me enredé alrededor de su cuello mientras él se deslizaba por mi cintura. Fue sofocante, adictivo y peligroso. Esos inocentes toques aumentaron de intensidad en un santiamén. El sonido de nuestros labios retumbó por la galería, solté un jadeo cuando él me empujó aún más cerca, terminamos apoyados contra la pared, al lado de una fotografía. Mi piel exploró la suya, él me acarició el muslo, me estremecí. Fue embriagante y seductor, lo fue todo. ¿Cómo pasé tanto tiempo sin conocer semejante esplendor? Ahora no podía vivir sin él. Eso era.
No podía vivir sin Aslan Jade Callenreese.
Era cuestión de almas gemelas.
—Te extrañaba tanto. —Él apoyó su frente contra mi hombro, vulnerable—. Eiji, sé que las personas rompen pero no quiero dejarte ir. —Sus dedos se crisparon alrededor de mi chaqueta, su aliento fue una bruma de tentación contra mi cuello—. No me importa si te vas a Japón, me iré contigo. —Fue absolutamente encantador que él musitase aquello. Acuné sus mofletes, forzándolo a mirarme y pasó como la primera vez.
—Te amo. —Fue violento, chispeante y predestinado—. Lamento todo este caos, pensé que estaba haciendo lo mejor al darte espacio. —Fue una conexión de almas gemelas—. Creí que si me apartaba, Dino Golzine no podría hacerte daño. —Él me paralizó con otro besito.
—Lo sé. —Y yo me derretí por él—. También creí que estaba haciendo lo correcto para ti. —Las puertas se abrieron iniciando la muestra—. Prometo no volver a dejarte afuera. —El público empezó a entrar para evaluar las fotografías. En este mar de matices ese verde esplendoroso fue el único que me importó, lo reconocería en cualquier lugar.
—Yo también. —Fue graciosa la manera en que acabé tragándome mis palabras sobre jamás regresar a una relación o no hacerle espacio al amor en mi vida, supuse que era cuestión de la persona correcta en el tiempo idóneo. Mis profesores repasaron los cuadros—. Podemos lidiar con esto juntos. —Entonces Ash apretó mi mano y se inclinó sobre una de sus rodillas.
—Eiji Callenreese Okumura. —La multitud se congeló, él sacó el arete de su bolsillo, ese de obsidiana en el que había dejado un trozo de mi alma—. ¿Serías mi pingüino? —Parpadeé, confundido.
—¿Pingüino? —El rubor me quemó las orejas, el corazón me latió con fuerza.
—Sí. —De pronto lució cohibido—. Es que tienen una pareja para toda la vida, son bonitos y tú eres bonito y nosotros, ya sabes. —Y yo me reí. Porque esto era pura felicidad, este hombre...
—Sí, Aslan. —Me incliné, permitiendo que él acomodase el arete y volviésemos a hacer juego—. Seré tu pingüino.
—¡Son unos exagerados! —El alarido de Yut-Lung Lee quebró los aplausos—. Rompieron como por dos horas, ¿pueden ser menos dramáticos? —Entonces él me alzó entre sus brazos, regresando mi corazón al lugar correcto, siendo la luna de mis marejadas, la gravedad de mi tierra, el sol de mis girasoles, el alba de mis gemas.
—Quédate a mi lado. —El Ash Lynx de mi Eiji Okumura—. Esta vez para... —Lo silencié con otro beso.
—Para siempre. —Y de alguna manera nos aferramos a esa promesa.
¿Por qué los seres humanos anhelaban volar por el cielo?
No lo sabía todavía.
Seguramente era la misma razón por la que se seguían enamorando.
Probablemente era la misma razón por la que me aseguraría de encontrar a este hombre en cada una de mis vidas.
Más que cenizas, él fue el alba para mi libertad.
Nos vemos en el epilogo este viernes para cerrar los últimos cabos sueltos. ¡Cuidense!
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