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Capítulo 14.

¡Hola mis bonitos lectores! A nadie le importa, pero esta señorita tuvo que trabajar todo el fin de semana sin paga y pensé que no alcanzaría a sacar capítulo porque ha sido trabajo tras otro, pero este es mi capítulo favorito de la historia y realmente quería subirlo y acá estamos. Me gusto mucho, espero que los haga tan felices como a mí escribiendolo. Muchas gracias a quienes se toman el cariño para leer.

¡Espero que les guste!

—¡Vamos onii-chan! ¡No seas aguafiestas! —Pero él negó, crispando sus dedos sobre el muelle, bamboleando sus piernas encima de un lago de irrealidad. La brisa danzó en sus cabellos para convertir a la pasión en un etéreo.

—Pareces estarte congelando ahí dentro, no me engañarás para que me meta contigo. —Nadé hacia él, mis palmas se deslizaron hacia sus muslos, él tiritó, un suspiro risueño retumbó por la sinestesia plateada entre el cielo y el agua.

Era verano.

—¿Ni siquiera por un beso? —Estiré mi boca en un berrinche silencioso, un furioso sonrojo chispeó en sus mejillas—. Sé que quieres. —Él rodó los ojos antes de apoyarse en la orilla del muelle para saltar hacia mis brazos.

—Abusas de tu galantería. —Sus piernas se enrollaron alrededor de mi cadera, el agua hizo un sonido gracioso ante el chapoteo—. Es vergonzoso si me tocas de esta manera. —Sus caricias fueron agujas de endorfinas directo a mi columna vertebral.

—Lo sé. —Apreté su trasero con descaro—. También es vergonzoso para mí. —Y lo era, sin embargo, no tenía la cordura suficiente para poderme resistir a esos infames pantalones cortos. Él lucía maravilloso en esa roñosa polera de a centavo.

—No lo parece. —Él presionó un beso encima de mi nariz, el calor fue sofocante—. ¿No estoy muy pesado? —Negué, pataleando para mantenernos a flote. Aunque aborrecía este pueblo con prados de prejuicios y estanques de crueldad, este era nuestro lugar secreto.

—Me gusta poderte cargar así. —La polera se le había transparentado por el agua, tragué, intentando no perderme en esas curvas tan seductoras—. Estás usando la pulsera. —Un accidentado brazalete escarlata pendía en su muñeca.

—Griffin nos las regaló, sería una falta de respeto no usarlas. —Uno igual suspendía en mi muñeca, los latidos fueron una melodía pecaminosa en aquel retazo de irrealidad—. Me dio un poco de vergüenza recibirlo considerando que no era mi cumpleaños. —El gélido del agua quedó reducido a cuatro letras bajo esos arrebatadores ojos cafés, las gotas delinearon con una coquetería obscena sus mejillas para derretirse en su clavícula.

—Son brazaletes de amistad. —Maldición su risa era tan bonita, quería escucharla por el resto de la eternidad.

—Amigos que refuerzan su amistad con besitos. —Le acaricié la boca, aún la tenía hinchada por nuestra sesión de anoche. Traté de controlarme, sin embargo, fue imposible con semejante belleza en mi regazo. Delineé su mentón, sabiendo que memorizar lo sublime sería una ilusión contra tan efímero éxtasis, pataleé con fuerza, tratando de mantenernos a flote.

—¿No me darás en el gusto? —Él sonrió, el mundo se detuvo solo para contemplar tan preciosa expresión—. Necesito motivación para seguir nadando.

—¿Me lo estás pidiendo como regalo de cumpleaños? —Asentí—. Pero eso ya pasó. —El murmullo de los árboles se llevó la cordura.

—¿Así tratas a tu futuro marido? —La vergüenza lo tensó—. Eso es bastante cruel.

—Tienes suerte de que te ame demasiado. —Con esas palabras supe que mi victoria se encontraba asegurada.

—Lo sé.

Besar a Eiji Okumura era una adicción delirante, presioné mis párpados, deslizando mis manos desde su trasero hacia su espalda, era una suerte que mi polera le quedase demasiado grande para que pudiese perfilar tan seductora silueta. El tenue dulzor del lago se entremezcló con la calidez del tacto, lo atraje con lentitud, sus piernas cedieron alrededor de mi cadera, acaricié su oreja, deteniéndome en el pendiente. Su sabor me volvió loco, bastó un roce para que estuviese embriagado. Nuestras esencias se fundieron en la pasión, la caricia de mi lengua lo hizo suspirar, el eco del agua fue un contraste violento para la ferocidad de mi palpitar. Él jadeó, suplicándome por más. La electricidad nos robó la cordura, aunque estábamos temblando por culpa de la humedad el candor entre nuestros cuerpos nos derritió. El escarlata coloreó mis mejillas, lo probé mucho más. Nos amamos hasta que el aire se acabó. Que imagen más obscena era tenerlo mojado, ruborizado y completamente aturdido por mis labios, sonreí.

Esta era una estación especial.

—Me gustas mucho. —Lo abracé con fuerza, como si pudiese protegerlo de la crudeza con este improvisado refugio, hundí mi rostro en su pecho, su aroma me embelesó—. Quiero quedarme así para siempre.

—¿Luego de todo lo que comimos? —Él bufó—. No lo creo. —Recalculé.

—Pescado y papas fritas.

—Bananas, nueces, chips de chocolates y cerezas. —Limpiándonos los dedos grasientos en nuestras camisas—. Una Coca-Cola grande. —Todavía con la ropa puesta nadando en el río, él acomodó un mechón detrás de mi oreja, con suavidad—. No te acostumbres a esto, cuando nos casemos solo te cocinaré natto para el desayuno. —El puchero fue inminente.

—¿No me harás ensalada de camarones con aguacates? —Él trató de apartarse, sin embargo, mis palmas ya estaban bosquejando su espalda, aunque mis piernas eran barcos de origamis en esta tempestad no me importaba perecer con tal de mantenerlo cerca.

—Te la hice esta mañana, ¿no? —Inflé los mofletes, indignado.

—Pero también se la preparaste a Griffin y al anciano. —El rocío enlazado a sus pestañas fue una galaxia de estrellas—. Así no es lo mismo.

—Eres un gato mimoso. —Suspiré, sabiendo que lo era.

—Solo contigo. —Esta felicidad era abrumadora—. No lo puedo evitar si eres tan lindo. —Era duro aceptar que alguien tan maravilloso como Eiji Okumura me estuviese vislumbrando como si todo el amor del mundo estuviese pendiendo en sus pupilas luego de mi traición. Tuve que negar la dulzura de nuestro romance por la negligencia de un cigarrillo. Me forzaron a dejarnos caer para que nos hiciésemos trizas.

—Ash... —No éramos más que dos tontos enamorados recogiendo las piezas de nuestro mosaico—. ¿Te has sentido mejor en la universidad? —Huyendo en el expreso de medianoche hacia Nunca Jamás.

—¿A qué te refieres? —Atrapando sueños con redes de luciérnagas.

—No parecías muy emocionado con tu carrera de beisbolista. —Surcando la libertad con pértigas oxidadas—. ¿Te gusta el deporte?

—Me gusta la música. —Musitarlo en voz alta fue vergonzoso, mi respiración pereció junto a las olas del lago, mis latidos se perdieron en el brillo plateado—. Quiero estudiar eso. —Mis dedos se contrajeron en su espalda, la ternura de esa sonrisa fue inefable.

—Te puedo imaginar haciendo eso el resto de tu vida, luces realmente feliz cuando estás en el escenario.

—¡Lo sé! Es que tocar la guitarra es increíble, puedo sacar sentimientos que ni siquiera sabía que tenía en un acorde, yo... —Me detuve—. Lo siento, debe ser aburrido escucharme balbucear sobre esto. —Antes de que pudiese ahogarme en la desesperanza, él me salvó.

—Amo escucharte hablar de esto. —Él me enseñó a vislumbrar la realidad con una belleza misteriosa—. Tus ojos se iluminan cuando lo haces, es adorable. —Él abrazó al niño perdido cuando lo único que conoció fueron los golpes. Sí, era complicado ser una rosa en un cementerio de espinas, aún estaba tratando de descifrar la imagen completa del otro lado del espejo, me aterrorizaba ser una mezcolanza inconexa.

—Lo más probable es que fracase, es una carrera difícil. —Pero mientras él me diese la mano me daría el valor para mirar—. Viviremos debajo de un puente. —Él se encogió de hombros, restándole importancia a tan fatídico destino.

—Le puedo pedir a Ibe que nos mande calabazas para desayunar, no tengo problema. —Su carcajada me humilló.

—¡Eiji! —Lo tomé por la cintura para sacarnos del lago—. ¡No seas malo! —Dejamos nuestras poleras secando en las ramas del roble antes de tendernos bajo su sombra.

—No lo soy. —Su vientre se acomodó encima del pasto, sus brazos forjaron un refugio para su mentón, jugueteé con sus cabellos mientras mi espalda se deslizaba por la aspereza del tronco—. Pero si voy a vivir debajo de un puente por tu culpa debo vengarme. —El murmullo de Cape Cod fue nuestra marcha nupcial. ¿No era tonto? Contábamos promesas como si fuesen pétalos de rosas.

—¿Tiene que ser con calabazas? —Sus yemas caminaron sobre hojas secas, sus mejillas fueron acariciadas por el bambolear de la hierba, la tensión fue delicada.

—Le dijiste a mi suegro que me gustaba plaza sésamo. —Su cólera fue encantadora, ahora era yo quien estaba riendo mientras él esbozaba un puchero—. ¡Ash! ¡No es gracioso!

—Él te estaba presentando a demasiadas ancianas, debía hacer algo para reducir tu atractivo. —¿Existía una imagen más adorable que Eiji Okumura haciendo un berrinche? Seguramente no.

—Tú eres quien tiene fama de rompecorazones en Cape Cod. —Las personas éramos esto, un cuadro de memorias repleto de grietas—. Yo debería estar celoso. —Detuve mis movimientos para que la tinta en mis latidos le diese un nuevo significado.

—El anciano nunca me dejó salir con nadie. —Me acomodé arriba de él—. Era una fachada. —Besé su cuello, él tembló, profesándose vulnerable al estar de espalda, nuestras manos se deslizaron por la centella del aire, esos pantalones cortos fueron un estrago, me limpié la saliva.

—¿Qué tienes con las posiciones vergonzosas? —Él se dio vueltas, completamente ruborizado—. ¿No fue suficiente haber echado ese paquete de condones? —Las orejas se me chamuscaron por la pena, que él los encontrase anoche fue un error.

—¡Fue idea de Shorter! —Me traté de cubrir la cara pero él no me dejó.

—Lo supuse. —Él besó mis nudillos, el escarlata en nuestras muñecas era una desastrosa promesa, me incliné sobre él, tentado. Mis brazos construyeron un refugio encima de su pecho, nuestras piernas se deslizaron entre la humedad de la mezclilla y la suavidad del pasto—. Ni siquiera te pude dar mi regalo de cumpleaños.

—Es porque nos besamos hasta caer dormidos. —Su risilla me erizó el cuello, el tiempo se esfumó bajo el candor de la seducción.

—Es verdad. —Que fácil era para él destrozar mis muros.

Enredé mis yemas en su flequillo, grabando a fuego lento este momento en mi corazón. Pensé que volver a Cape Cod no me afectaría demasiado, sin embargo, estaba equivocado. A pesar de evitar ese jodido campo de béisbol y tratar de disociarme en esa putrefacta cabaña aún me costaba permanecer severo. Mi mente estaba lejos durante esas noches solitarias, las imágenes llegaban con una vividez descorazonada, casi como si tuviese ocho años otra vez, todavía podía escuchar mi llanto quebrado mientras mi padre me entregaba, el olor de la sangre y la pólvora, tan nauseabundo. Era impropio aplacar el rencor por unos ojos bonitos pero entre los brazos del japonés no había peligro, él me aceptó con una incondicionalidad que no merecía, sabía que era un alborotador, no obstante, me amaba.

Ser tan vulnerable era extraño

—Me alegra haber venido contigo, Ash. —Era impresionante la naturalidad con la que me leía, casi como si pudiese vislumbrar la pena.

—¿Aunque no te haya presentado como mi novio?

—Mientras nosotros lo sepamos no me importa lo demás. —Suspiré, sabiendo que era un hombre afortunado—. No te presiones, también me tomó tiempo salir del clóset con mi familia. —La melancolía me llenó los pulmones de vicio—. No lo tomaron bien. —El cariño en sus caricias me aturdió.

—¿Los extrañas? —Esa risita me dejó sin tiempo.

—A mi hermana más que a nadie, pero no regresaría a Japón. —Pero tiempo era lo que más buscaba para aferrarme a él—. Tengamos una casa en Cape Cod cuando nos casemos, me gusta acá. —Fue devastadora la facilidad con la que él plantó girasoles en tierra muerta.

—Mejor saquemos a Griffin de la cabaña y vivamos ahí, nos ahorraremos la hipoteca. —Él bufó, divertido.

—Eres cruel con tu hermano. —Negué.

—Él puede vivir en la casa del perro, no lo quiero interrumpiendo en nuestro nido de amor. —Presioné un beso en su frente—. Adoptemos un cachorro. —Si lo perdía en esta historia que lo encontrase en la siguiente.

—Eso me gusta. —Si la siguiente no era suficiente que me diesen una infinidad más—. ¿Cómo le explicaré a Ibe que ahora somos padres? —Dejé caer mi frente sobre la suya, sus cabellos se difuminaron entre pétalos secos y hojas de reminiscencia.

—Supongo que tendré que hablar con él. —Poder fundir mi pecho desnudo contra el suyo fue una mortífera adicción—. Le dará un infarto cuando sepa que he profanado a su hija virgen. —La coquetería en sus pupilas me paralizó, él deslizó sus brazos alrededor de mi cuello—. Pero nuestro amor es más grande.

—¿Me estás cortejando, Aslan Jade Callenreese? —Me dejé acunar, el ansioso retumbar de mis latidos fue la melodía de la ingenuidad.

—Lo hago. —Un carraspeo nos sacó de nuestra burbuja de pasión, me golpeé la frente contra el suelo antes de encontrarme con los zapatos de mi hermano mayor, enrojecí—. E-Esto... —Estar semidesnudo, arriba de mi novio, empapado, no era la imagen más heterosexual que podía ofrecerle—. Estábamos reforzando amistad. —El flash de su celular nos cegó.

—Se la voy a mandar a Max. —La mandíbula me tiritó—. Tiene razón, pareces un lince feroz arriba de un pobre conejito.

—¡Griffin! —Me quise mover, no obstante, estaba paralizado—. No es lo que parece. —El paquete de condones cayó de mi bolsillo ante tan abrupta huida, malditos fuesen los consejos de Shorter Wong, mi amante se trató de esconder en mi pecho en vano.

—Si ya terminaron de coquetear vístanse, papá quiere presentarles a algunos amigos. —Chasqueé la lengua, hastiado por la hipocresía, no obstante, el niño de la cama deshecha estaba demasiado cansado para tratar.

El comedor «Green Hill» era un basurero, las tablas se encontraban roídas, los manteles eran una inmundicia mohosa, lo lúgubre en el ambiente me pareció hilarante, mi atención pendió hacia una botella de alcohol en el piso, Jennifer se encontraba lavando los platos detrás de la barra mientras ese vago reía con los vecinos. Aunque esa mujer no era mi madre fue lo más cercano que tuve a una, la quería mucho, por eso era frustrante verla atada a una basura como él. Podía entender a mi hermano mayor. ¡Sí! Yo también necesitaba de una familia normal, no quería que el odio fuese el óxido que corroyese mi alma, sin embargo, verlo detrás de una montaña de latas con cigarrillos en las manos y esa roñosa barba aun escurriendo cerveza me revolvió las entrañas. Los niños no escogían tener papás de mierda.

—¿Este es tu hijo Jim? —Ni siquiera recordaba la cara de ese hombre—. Está inmenso. —El corazón se me hundió cuando mi novio se apartó. Tal vez este problema era común para las parejas homosexuales, sin embargo, la mirada me quemó.

—Lo está, sacó la galantería de mí —¿Por qué tenía que callarme la boca cuando lo amaba tanto?

—¿Y quién es el otro muchacho? —Una de las vecinas se inclinó en la mesa, tensé la mandíbula y apreté los puños. No era la primera vez que lo hería ni sería la última mentira que nos rompería, no obstante...

—Un amigo. —Quise llorar.

—¿Tienes novia? Tengo una hija que está loca por la cultura asiática, le encantarías. —Porque me sentí sucio tras negar a mi retazo inquebrantable de libertad. Él me miró, desesperanzado, con esos grandes ojos cafés repletos de pena, con ese suplicante mohín de conejito lastimado.

—No la tengo. —Algo se quebró entre nosotros dos, ese centímetro de distancia se convirtió en un abismo garrafal. La boca se me secó, contuve un sollozo, mirando mis zapatillas embarradas.

—¿Por qué no lo dijiste antes? ¡Te la iré a presentar! —Ni siquiera pudo reaccionar, esa mujer ya se había abalanzado sobre él—. Tienes muy buenos músculos, ¿practicas algún deporte? —Fue irreal, hace un instante nos estábamos besando en el lago mientras nos jurábamos amor eterno.

—Eiji es un buen chico. —Ahora me estaba desmoronando, traté de sostener los pedazos de ese reflejo, sin embargo, mi corazón no dejaba de gotear. El escarlata se pudrió a brea—. Aunque tiene cara de maricón me ha caído bien. —Arrojé una risa irónica, deshecho.

—¿Qué tendría de malo si lo fuera? —La furia se reventó en mi cabeza—. ¿Qué cambiaría? —Mi papá se levantó con violencia de la silla.

—¡¿Lo es?! —Él no quiso levantar la voz—. ¿Ese chico es una aberración? —Pero lo hizo.

—No. —Él no me hirió a propósito, no obstante, cambió mi inocencia por una cajetilla de cigarrillos.

—¿Acaso tú lo eres? —La sangre me hirvió frente a tan grotesca expresión, apreté mis puños hasta herirme con la angustia, me profesé más pequeño que engañado—. Sabes lo que hacemos con los maricones acá. —La palma de mi hermano mayor encima de mi hombro fue mi ancla hacia la realidad.

—Papá. —Eran pocas las veces en donde veía a Griffin iracundo—. No te atrevas a decirle una palabra más o no me contendré. —Las carcajadas de los borrachos llenaron el bar.

—¿Vas a dejar que te hablen así, Jim? —Mi padre enrojeció por la cólera—. ¡Qué humillante! Mis hijos jamás me faltarían el respeto, los he disciplinado bien.

—Aslan, he sido paciente contigo. —Carcajeé, histérico—. Discúlpate.

—¿Disculparme? —¡Cierto! Fui yo quien sedujo a su entrenador de béisbol con apenas ocho años—. ¿Es una broma? —Fue mi culpa que mi madre lo abandonase por ser un embarazo no deseado.

—Pídeme perdón. —Era yo quien había heredado esta cara de prostituta—. No toleraré tu insolencia. —Obviamente yo pedí a gritos la violencia, las lágrimas se agolparon pero ninguna cayó.

—Lamento que seas un viejo patético. —Una bofetada retumbó por el local, el plato que Jennifer estaba limpiando se hizo trizas, los chiflidos no se hicieron de esperar, solo cuando vi su palma hinchada entendí que el sabor a sangre era porque me había pegado.

—¡Así se hace Jim! —Fruncí el ceño antes de darle la espalda—. ¡Así se disciplinan! —Cape Cod era un pueblo donde los traumas eran halagados.

Siempre sería así.

¿Verdad?

—¡Aslan! ¡Espera! —Pero no me detuve.

Me hice un ovillo cerca de la cabaña, contuve una arcada mientras el llanto escurría hacia mi mentón. Claro que lo avergonzaba si el marica se ponía a llorar por una simple cachetada. Las entrañas se me revolvieron, me tiré el flequillo con fuerza, odiaba haberme convertido en un cobarde como mi papá. Mi adorado Eiji no merecía esto, no era justo, él me había dado hasta el último pedazo de su alma para que lo acunase, dejó hasta sus ensayos de pértiga para venir, temblé contra mis rodillas. ¿Cuándo sería suficiente? ¿Cuánto más necesitaba sufrir para que él me amase como a un hijo? ¿Cuánto más mataría mis ilusiones para profesarse satisfecho? Ya no podía. Esto me enfermaba. Me quemó saber que solo era una moneda de cambio para él. Era estúpido e insignificante, los hombres no deberían sentirse asqueados por estás cosas, lo sabía, sin embargo, lo hacía. Porque este cumpleaños fue especial aún sin una mamá.

Esto se sintió como el último verano en el que verdaderamente pudimos ser solo niños.

—Aslan. —No tuve que alzar la barbilla para saber quién era—. No lo dijo en serio. —Mis puños se crisparon contra mis jeans, mis zapatillas se embarraron bajo una poza de crueldad, odiaba estos mugrientos prados.

—¡Lo dijo en serio! —El aire se me acabó—. Él... —Las lágrimas no tuvieron final—. Él te pegó. —Griffin me sonrió, ese ojo morado no se podía disimular.

—Sabes cómo se pone cuando está borracho. —La boca se me secó, el amor no debería ser doloroso—. Dijo que sería la última vez. —Oh, pero esas palabras habían perdido su significado ante lo violento de la infinidad. ¿Era divertido abusar de sus hijos porque no le devolverían el golpe?

—Siempre dice lo mismo. —Me hice pequeño entre mis brazos—. ¿Por qué lo perdonas con tanta facilidad? Tú tuviste que lidiar con él más tiempo. —La caricia en mi espalda fue vacía, la pena escurrió hacia la hierba seca, me aferré al brazalete en mi muñeca, como si necesitase de una confirmación para mi identidad.

—A pesar de todo él hizo algo bueno. —Pero la necesitaba.

—¿Qué? —Un huérfano sin cara no sabía quién era.

—Nos hizo hermanos. —El corazón se me congeló, la perplejidad me quemó las pupilas—. Sino hubiese sido por él no estaríamos acá. —Una risa amarga retumbó donde rompían las tormentas, el susurro de la tarde fue una marcha funesta.

—¿Qué diablos estás diciendo? ¡Me tuviste que cuidar desde que eras un adolescente! —Porque la paternidad le quedó demasiado grande—. Solo te traje problemas.

—Es mentira. —Mi infancia era un torbellino de crudeza, un papá no debería acostarse borracho en la cama de su pequeño hijo, la pestilencia aún me hacía vomitar. Limpiar en las mañanas su resaca, temblar bajo las amenazas de botellas rotas, jugar con colillas porque jamás había dinero—. Te amo más que a mi propia vida, Aslan. —Quise reír pero terminé llorando.

—No puedes decirlo en serio. —Él se había sacrificado para que pudiese ir a esa universidad en Nueva York, era él quien se estaba matando para darme el futuro que mi padre le negó—. No... —Él me silenció.

—Te amo, Aslan Jade Callenreese. —Y de repente me rompí, sin embargo, no supe la razón—. No cambiaría ni una sola cosa de ti. —Tal vez solo necesitaba esas palabras con desesperación. Mis puños se constriñeron, la impotencia empapó esa horrorosa camisa, él me acarició como si esa confesión fuese verdad.

—No es cierto. —Yo le quise creer—. No puedes amarme. —Pero eran mentiras.

—¿Por qué? —Me aparté, estaba tiritando, la razón se me hundió en un nudo, apreté mi muñeca con fuerza.

—Porque soy un maricón. —Qué triste fue decirlo en voz alta—. Lo siento mucho. —Que humillante fue disculparse por quien era. Me cubrí la cabeza cuando él alzó la mano, listo para recibir otra bofetada, sin embargo, era mi hermano de quien estábamos hablando, él me limpió la pena con una ternura sofocante.

—¿Te gustan los hombres? —No lo sabía.

—Me gusta Eiji. —¿Por qué debía ponerle nombre a lo que sentía? No necesitaba de una etiqueta para reducirme—. Nosotros somos una pareja. —Un jadeo conmocionado retumbó por el atardecer.

—Cielos, estoy en shock. —Entrecerré los párpados, anonado.

—Espera... —Él estaba conteniendo una carcajada, hasta las orejas le habían enrojecido—. ¡¿Lo sabías?! —El brillo que chispeó en esa infinidad añil me liberó—. ¿Cómo? —Él deslizó su mano hacia mi bolsillo para mostrarme el paquete de condones aún empapados.

—No eres la persona más sutil. —La vergüenza se me agolpó en las mejillas—. ¿Por qué crees que les regalé las pulseras? ¿Para reforzar amistad? —Me tiré de las ojeras con violencia, los engranajes de mi cordura estaban corriendo al revés.

—¿Fue el chismoso de Max? —Lo iba a matar cuando regresase al apartamento.

—No necesito que alguien más me lo diga para intuirlo. —Él me revolvió los cabellos con una dulzura paternal—. Te quedaste boquiabierto cuando viste al Fly Boy saltar. —Estiré mis piernas por el césped, él me hizo pequeño—. Lo miras como si fuese la persona más especial en el universo. —Sonreí, sabiendo que eso era verdad.

—Lo amo mucho. —Mis dedos juguetearon encima de mi vientre—. Nos vamos a casar apenas terminemos la universidad y adoptaremos un perrito. —Él frunció el ceño.

—¿Yo viviré en la perrera junto al cachorro?

—¡Nos escuchaste! —Le pegué en el hombro—. Eres malo, me hubieses dicho que sabías. —Jim Callenreese derrumbó mis castillos de ensueños al decirme que esta era una faceta grotesca, porque aparentemente ser heterosexual me volvía mejor persona. Ni siquiera me tocaría con lo mugriento que mi corazón estaba.

Crecer con esa crueldad era letal.

—Casi me da un infarto disimulándolo. —Por eso no quise aceptar lo evidente cuando lo conocí.

—Me alegra verte feliz.

—¿Qué? —La naturalidad en esa confesión fue destructiva—. Pero soy un maricón. —Él me golpeó la frente con suavidad.

—No toleraré que te trates así. —Aún con un ojo morado me sonrió—. Nunca me importó tu orientación sexual, mientras traigas a una buena persona a casa me sentiré orgulloso. —Parpadeé, confundido, qué palabra más extraña.

—¿Orgulloso? —Él asintió—. ¿De mí? —Mi padre jamás me la había dado.

—Claro que sí. —La pena solo se intensificó cuando él me acunó entre sus brazos, este consuelo era denigrante. ¡Yo era un adulto! ¡No necesitaba de esto!—. Me encanta presumir a mi hermanito menor, no solo eres un genio con más de 200 puntos de IQ, el vocalista de una banda y la estrella del equipo de béisbol. —Tan grande que me hice pequeño—. Eres una buena persona y eso es lo más importante.

—Griffin... —Me encogí contra su pecho, la voz se me nubló por la tristeza, el desconsuelo fue abrumador—. Gracias. —Esta era la primera vez que me sentía aceptado en mi familia—. Te amo. —No tuve que mirarlo para saber que el sentimental estaba llorando. Aunque él era más grande que yo se rompía con una hilarante facilidad.

—Eiji es un chico maravilloso. —Él presionó un beso sobre mi frente—. Estoy contento por ustedes dos. —La ternura con la que él se aferró a mi espalda fue una daga para mi voluntad. Aun criados en la misma mierda éramos esto—. ¿Me invitarás a tu matrimonio? —Quizás las personas no nacían malas, tal vez la culpa era de la crueldad.

—Tú me dejarás en el altar. —Ambos reímos por la estupidez del momento—. Papá...

—Démosle tiempo. —La sinceridad en ese susurro fue destructiva—. Él está tomando menos, démosle tiempo para mejorarse. —Pero el amor no debía dejar ojos morados.

—¿Y si nunca lo acepta? —Odiaba aferrarme a esta clase de sentimientos, los demás papás llevaban a sus hijos a jugar al parque cuando él me gritaba. ¿Por qué no pudo ser normal?—. ¿Y si me odia? —En el fondo clamaba con una inocencia corrosiva ser aceptado.

—Entonces tomaré mis maletas y me mudaré contigo a Nueva York. —Aún en la tormenta él me hizo reír—. Lo resolveremos juntos. —Me dejé caer contra su hombro.

—Gracias.

Era verano.

Una estación especial.

En el apogeo de la noche lo busqué. La mandíbula se me cayó, las rodillas me temblaron, el corazón me dio un vuelco antes de escaparse para correr hacia donde estaba él. Sus piernas se encontraban balanceándose sobre el agua, sus hombros se resbalaron dentro de esa roñosa camiseta blanca, sus cabellos fueron dulzura meliflua bajo el plateado de la luna, una dulce sonrisa pendió entre sus labios junto a un sonrojo primaveral. Los aleteos de sus pestañas atraparon la infinidad, las luces en el agua le confirieron una lozanía etérea, él era hermoso. No me importaría tener que enfrentarme al mundo entero con tal de hacerlo feliz. Sus ojos fueron universos de secretos tras enlazarse con los míos, no pude hacer otra cosa más que caminar para dejarme caer a su lado en el muelle. El aire estaba frío, el susurro del río era pacífico, su mano estaba calentita. Amar tanto a alguien carecía de sentido, sin embargo, esto se sentía correcto.

Como si hubiese esperado toda mi vida para encontrarlo.

Sí.

Definitivamente era cuestión de almas gemelas.

—¿Te divertiste coqueteando con la vecina? —Él bufó, acurrucándose a mi lado. Su nariz se arrugó como si se tratase de un implacable conejito. Maldición, lo adoraba tanto—. Me siento celoso, onii-chan.

—Esas señoras son aterradoras. —Una risa nostálgica retumbó por las estrellas—. Me dio pena, pero le tuve que romper el corazón a esa muchacha. —El tiempo se detuvo para contemplar semejante expresión—. Porque estoy perdidamente enamorado de alguien más. —Me incliné hacia él, divertido.

—¿Puedo saber cómo es esa persona? —Él asintió, sus cabellos dieron un rebote encantador bajo la complicidad de la bruma.

—Es un hombre terco, malhumorado, infantil y presumido. —Las orejas me humearon.

—¡Oye! —Él ignoró mi queja.

—Es la persona más hermosa que he conocido. —Él empezó a trazar figuras al azar con sus yemas—. Aunque le gusta pretender que es rudo tiene el corazón más grande que pueda imaginar, es inteligente, talentoso, inspirador e increíblemente guapo. —Él se mordió el labio—. Él me devolvió mis alas cuando las creía quebradas. —La timidez con la que alzó el mentón fue seductora—. Lo amo mucho.

—Te amo más. —Ni siquiera supe lo que había balbuceado—. Mucho más. —Presioné un beso sobre su mejilla.

—¡Cierto! Te quería dar algo. —Sus manos rebuscaron en el muelle hasta encontrar una pequeña caja—. Feliz cumpleaños. —Los latidos se me dispararon en la irrealidad, mis dedos se crisparon antes de alzar la tapa.

—Esto... —No era justo—. ¿Lo hiciste para mí? —Este hombre necesitaba ponerle límites a sus encantos.

—¡Sí! ¡Sí! —Un pequeño álbum de fotografías se hallaba en el interior—. Tengo todos los momentos importantes ahí dentro. —Lo hojeé con curiosidad, suspiré, desde mi primera presentación con Fish Bone hasta nuestra cita en el bar, todo estaba ahí dentro. Contuve la conmoción—. ¿Te gusta? —Esta era una vida de mierda que no tenía derecho a ser narrada.

—Me encanta. —Solo al vislumbrar las páginas de mi historia entendí que esto era especial—. Gracias. —Solo al verme empecé a comprender quien era Aslan Jade Callenreese—. Shorter tiene razón.

—¿En qué? —Mis zapatillas se bambolearon contra el muelle.

—Pongo una cara estúpida cuando se trata de ti. —La imagen era imposible de negar, hasta un rastro de saliva estaba pendiendo por mi mentón.

—No me había fijado. —Él contuvo una risita—. Eso es tan lindo. —Dejé de lado la caja para acariciarle la nuca.

—Tú eres lindo. —Un beso tímido fue compartido—. Quiero llenar muchos álbumes contigo. —Era agobiante amarlo hasta el punto de la destrucción—. Odio sonar tan empalagoso pero no me imagino un futuro sino es a tu lado. —Porque haría cualquier cosa para mantenerlo a salvo.

—Me siento de la misma manera. —Tomé una ramita de flores que la brisa había arrastrado cerca, la empecé a doblar hasta forjar un círculo.

—¿Entonces...? —Ni siquiera le tuve que preguntar, él dejó que deslizase esa improvisada sortija por su dedo anular.

—Dije que me quedaría a tu lado para siempre, ¿verdad? —Los latidos se me acribillaron en la garganta.

—Lo hiciste. —Lo acaricié con lentitud, acomodando un mechón detrás de su oreja, arrebatándole este instante al destino para plasmarlo en nuestra eternidad. Sí, no éramos más que dos adolescentes idiotas enamorados—. La próxima vez que vengamos te presentaré como mi novio. —Pero eso fue suficiente durante esta noche mágica.

—Pase lo que pase estaré a tu lado. —Entrelazamos nuestras palmas con suavidad—. Ash... —Le robamos estrellas a la noche para guardarlas en nuestros bolsillos.

—¿Sí? —Tomamos las olas del lago para detener la infinidad.

—Para siempre. —Hicimos promesas desafiando al destino.

—Para siempre.

Era verano.

Una estación especial.

Sigo llorando por Cape Cod summer porque jamás lo supere, no sé porque siempre me gustan los capítulos tan meh, quizás soy simple en eso, pero me divertí escribiéndolo, así que valió la trasnochada que me pegaré hoy. Muchas gracias a quien tuvo el cariño para leer.

¡Cuídense! 

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