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CAPÍTULO 40

Alessia

Entre el vapor que se eleva desde la sartén y la mezcla embriagadora de ingredientes, me encuentro preparando un Risotto de Langosta con Trufas, un plato lujoso que promete satisfacer los paladares más exigentes. Cada movimiento es preciso, y mi atención se centra en los detalles, desde las lascas de trufa hasta la langosta tierna que se mezcla con el arroz de manera perfecta.

Sin embargo, en medio de este ritual culinario, un dolor punzante e inesperado en mi vientre bajo interrumpe mi actividad. Siento un tirón agudo que se expande por mi cuerpo como una ráfaga de molestia repentina. Mis dedos, que hace un momento manejaban con precisión los ingredientes más exquisitos, ahora se tensan sobre la encimera, buscando algo a lo que aferrarse mientras lucho por controlar la acometida.

Me doblo en un gesto involuntario, una mano presionando mi abdomen mientras mis párpados se cierran con fuerza, como si al apretarlos pudiera disipar aquel dolor repentino. Inhalo profundamente, buscando calmar mi respiración que, de repente, parece agitarse al compás del malestar que me aqueja.

Intento disimular la incomodidad, aunque mis movimientos se tornan más lentos y mis gestos, más tensos. La vista se nubla brevemente por el malestar que intento dominar, queriendo que el dolor desaparezca tan rápido como surgió, anhelando retomar la normalidad que se había visto interrumpida en un instante.

—Chef, ¿estás bien? —pregunta Marco, acercándose con precaución.

Asiento con un gesto apenas perceptible, deseando fervientemente que el dolor cesara, permitiéndome retomar el control en la cocina.

—Deberías tomarte un descanso. Siéntate unos segundos.

—No. Estoy bien. —murmuro, decidida a seguir con el plato.

Inhalo, permitiendo que el aire lleno de olores ricos llene mis pulmones. Exhalo, liberando lentamente el aire viciado por la incomodidad. Cada ciclo de respiración se convierte en un ritual para enfrentar la molestia, una danza entre el malestar y mi determinación de seguir adelante.

—Yo lo puedo terminar. Siéntate unos minutos.

Frunzo el ceño, molesta por la sugerencia. —Marco, estoy bien. Puedo hacer mi trabajo perfectamente. —respondo con determinación.

Me mira con seriedad. —Tomate unos minutos de descanso. —Su tono es firme.

Bufando, cedo y me siento en una de las sillas cercanas. En ese momento, Carla, entra con una sonrisa, pero al verme, su expresión se torna preocupada.

—¿Estás bien?

Asiento lentamente, aunque la verdad es que no me siento del todo bien.

—No, no está bien. —interviene Marco. —Tiene dolores y está pálida.

—¿Quién está pálida? —pregunta Anthony, al entrar a la cocina.

—Nuestra chef. —informa Marco.

Bufo, molesta por el chismoso de Marco. —Chismoso. —le lanzó una mirada de reproche y luego miro a Anthony. —Estoy bie...n. —mi frase se corta bruscamente al sentir otro dolor en mi vientre.

Anthony me escruta con la mirada. —Tomarás el resto del día libre. Marco y yo nos encargaremos de la cocina. Carla, ¿puedes acompañarla a casa?

—Sí, por supuesto.

Anthony revisa los horarios de los chefs. —Descansa.

—Pero... —intenté objetar.

—Vete a descansar. Mañana puedes seguir trabajando. —sentencia Anthony, dejándome sin opción.

Me levanto de la silla, y una oleada de mareo me envuelve de repente, como si una neblina súbita nublara mi mente. Camino con dificultad hacia los lockers, buscando cambiar de ropa y tomar mi cartera mientras la sensación de vacío en el estómago se hace más evidente. Una arcada inesperada se hace notar, y mi mano tiembla al sostener la cartera. Corro hacia el baño con un latido frenético en el pecho, siento el aliento de Carla siguiéndome de cerca, su mano firme sujeta mi cabello en un gesto de apoyo.

Cada paso se convierte en un desafío, como si mis piernas se negaran a seguir las órdenes de mi mente. El simple acto de agacharse para tomar mi bolso parece una tarea titánica.

La arcada en el baño es solo el inicio de una serie de sensaciones extrañas. Un cosquilleo frío en la piel, un vértigo que parece girar alrededor de mi cabeza y, en lo más profundo de mi ser, un presentimiento de inquietud que se despliega con cada latido de mi corazón.

—Deberías ir al hospital. Estás embarazada y eso síntomas no son normales.

—Solo necesito descansar.

Diez minutos después, estamos en mi auto. Carla conduce hacia mi departamento y yo voy en el lado del copiloto. Saco mi celular de la cartera, desbloqueandolo y encontrando múltiples llamadas perdidas de Dylan y otras tantas de Charlotte.

Marco rápidamente a Charlotte preocupada por tantas llamadas perdidas.

—Ale, por fin contestas. —habla rápidamente.

—¿Qué pasa? Tengo muchas llamadas perdidas de ustedes.

Charlotte suspira pesadamente. —Ale... es Elliot —mi corazón comienza a latir con rapidez.

—¿Char... que le pasó? —mi voz tiembla y por inercia llevo las manos a mi vientre.

—Él fue herido en una misión. Estamos en el hospi...

Dejo de escuchar, siento como mi corazón se detiene al escuchar misión, herido, hospital. La boca se me seca.

—Voy en seguida. —Logro articular.

Corto la llamada y Carla me mira con pánico.

—Llévame al hospital por favor.

—¿Todo bien?

Llegamos al hospital y nos dirigimos rápidamente a la sala de espera. A lo lejos, diviso a Charlotte junto con Dylan. Cuando llegamos a su lado, ambos se ponen de pie, y Charlotte me abraza. Observo la ropa de Dylan, que lleva su característico uniforme negro con algunas manchas de sangre y siento a mi corazón partirse en dos. Las lágrimas bajan por mis mejillas cada vez más rápido.

—¿Cómo está? —pregunto con un hilo de voz.

—Aún está en cirugía. ¿Y tú? Estás pálida. —pregunta Dylan.

Asiento levemente, y Carla me mira con desaprobación, negando con la cabeza. —Debo volver al restaurante. Cuídate, por favor. —me mira. —Come algo y avísame cómo evoluciona.

—Carla, llévate mi auto. Después voy a buscarlo.

Carla asiente y mira a Charlotte. —Cuídala, no se ha sentido bien todo el día.

Charlotte asiente y me mira con reproche. —La cuidaremos. Que tengas una buena tarde.

Nos despedimos de Carla y nos sentamos en las sillas.

—¿Quieres algo? —me pregunta Charlotte.

Niego, —¿Cómo está él? —pregunto con la voz temblorosa.

—Está en cirugía y no hemos tenido noticias.

—Eso es bueno, ¿no? Si hubiera pasado algo malo ya lo sabríamos. —intento ser optimista, tengo que serlo por mi hijo.

—Creo...

Charlotte no deja de mirarme molesta, intenta decirme que vaya a comer algo, que estoy pálida y yo solo la ignoro, hasta ahora.

—Iré por algo para comer. Quiero estar sola, necesito alejarme de tú mirada... Vuelvo pronto.

—No deberías ir sola, Carla dijo que no has estado muy bien. —Charlotte me mira furiosa colocando ambas manos en su cintura.

—Estoy en un hospital lleno de doctores, estoy protegida. —Hablo cortante, solo quiero un momento para respirar y tranquilizarme, debo hacerlo. 

Me pongo de pie mientras Charlotte niega y Dylan me observa triste.

Comienzo mi caminata hasta la cafetería, pero en medio de mi camino, aparece Phillips acercándose a mi.

—Hola... —Saluda.

Le devuelvo el saludo a medias, mi mente está Elliot, rogando que sea fuerte. Phillips comienza a hablar pero no estoy escuchando, solo escucho el latido de mi corazón.

—Él no es bueno...

Las palabras de Phillips me hacen prestarle atención. Mi cuerpo se tensa mientras escucho a Phillips.

—Él no es bueno, Alessia —insiste Phillips, su voz llena de convicción mientras me mira con preocupación.

Aprieto los puños, luchando contra las emociones tumultuosas que amenazan con abrumarme. —¿Quién eres tú para decirme si él es bueno o no? —respondo con voz enojada, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho.

—Lo conozco hace ocho años, es un mujeriego, desde que murió Sabrina él quedó mal. Solo le hace caso a su instinto de satisfacerse a él mismo. No se compromete, en cualquier momento Maia... —se me revuelve el estómago sólo con escuchar su nombre. —o cualquiera otra de su lista. ¿Lo ves? Cariño, tú también lo piensas. Lo veo en tus ojos. ¿Sabes que él estuvo con ella en Washington? —acerca su mano a mi mejilla pero la aparto.

Un dolor punzante atraviesa mi vientre, y de repente me doblo por la sensación abrumadora. Phillips me sujeta con preocupación, y sus palabras se mezclan con el zumbido confuso en mis oídos.

—¡Cállate! No eres quien para decirme esas cosas, crees que no se lo que intentas con tus palabras...

—Todos lo saben, todos saben como es él. ¿Te contó que él y Emily se besaron?

Todo mi cuerpo se tensa al escuchar sus palabras, trago con fuerza ignorando una nueva punzada en mi vientre. —¿Tú crees que a mi eso me importa en estos momentos, cuando la persona que amo está luchando por su vida?

—Nadie te asegura que él te será fiel como lo eres tú. No es lo que tu crees.

Niego riendo con ironía. —Estoy cansada de que te entrometas en donde no te...

—Estás sangrando —dice, su voz llena de alarma mientras me sostiene con firmeza. —¡Enfermera! —exclama.

El pánico se apodera de mí cuando veo las manchas de sangre en mis pantalones. El miedo se instala en mi pecho, ahogándome con su intensidad mi garganta se aprieta.

Intento hablar pero mis palabras se desvanecen cuando la joven doctora se acerca corriendo hacia nosotros, su expresión es de alerta y determinada pero sin dejar de lado su amabilidad. Phillips me toma en sus brazos y me lleva hasta una sala, donde la joven doctora Stiles me hace una serie de preguntas que apenas puedo procesar en mi estado de confusión y miedo.

—¿Está embarazada? —pregunta la doctora al entrar en la habitación, su mirada escudriñadora en busca de respuestas.

Asiento débilmente, —Sí, tengo nueve semanas...

—¿Estás embarazada? —preguntá Phillips sorprendido, colocándome sobre la camilla.

—¿Malestares durante el día?

—Sí, he tenido malestares durante el día —respondo con voz temblorosa, tratando de concentrarme en explicar mis síntomas a pesar del miedo que me embarga. —He sentido náuseas constantes, fatiga extrema y dolores abdominales, especialmente en la parte baja del abdomen.

La doctora Stiles asiente con comprensión mientras toma notas en su expediente. Puedo sentir la tensión en el aire mientras esperamos los resultados del ultrasonido, mi mente divagando entre la preocupación por mi propio bienestar y la angustia por el estado de Elliot.

—Buenas tardes, soy la doctora Ana. —Saluda entrando una doctora con una sonrisa cálida. La residente comienza a relatar rápidamente la información que recabo de las preguntas que me hizo. —Bien, necesito que se retire para poder examinar a su esposa y su bebé —Dice la doctora Ana.

Interrumpo. —No es mi esposo... ni el padre.

Me mira pidiendo disculpas. —oh lo siento. De todos modos necesito que se retire.

Phillips me da una última mirada reprobatoria antes de salir.

—La doctora Stiles, procederá a hacerle el ultrasonido.

Asiento.

Mi corazón está latiendo desbocado en mi pecho. Mientras el gel frío se extiende sobre mi vientre, cierro los ojos y respiro profundamente, tratando de encontrar algo de calma en medio de la tormenta emocional que me envuelve.

Tengo que hacerlo. Me repito una y otra vez.

La pantalla del ultrasonido se ilumina, revelando una mancha borrosa que apenas logro distinguir. La doctora Stiles mueve el transductor con cuidado sobre mi vientre, buscando el latido del corazón de mi bebé. Mis manos se aferran al borde de la camilla, mis dedos temblando ligeramente con anticipación y la ansiedad. Entonces, como una melodía celestial, el sonido rítmico y reconfortante del latido del corazón de mi bebé llena la habitación, inundándome con una oleada de alivio y felicidad, dentro de todo lo horrible.

Cierro los ojos con fuerza cuando las lágrima intentan salir, un suspiro de lo más profundo sale de mi garganta y una lagrima solitaria escapa de mis ojos y se desliza por mi mejilla, llevando consigo una mezcla de emociones abrumadoras. Es la primera vez que veo a mi hijo, me enteré hace una semana que estoy embarazada y estaba esperando a Elliot para contarle la noticia.

—¿Está bien? Me pregunta la joven doctora acariciando mi mano.

Asiento con pesar.

No pude contarle a Elliot la noticia, porque apenas llegó de Washington me envió un mensaje avisando que no llegaría hasta la noche, una misión importante surgió y él debía estar presente.

—Todo parece estar bien con tu bebé. Ahora, necesitarás tomar algunas precauciones adicionales debido al sangrado. Debes tomar estos medicamentos. —escribe en mi ficha. —Es importante que descanses tanto como sea posible y evites cualquier esfuerzo innecesario. Tu salud y la de tu bebé son nuestra principal prioridad. —Me observa —En dos semanas más quiero verte de nuevo. Sé que estás pasando por un momento difícil, y no puedo decirte que estés tranquila y calmada porque es imposible que lo estés. Así que vamos a monitorear de cerca tu estado, hasta que todo mejore. Pero descansa. —Me mira seria. 

Asiento, asimilando las palabras de la doctora mientras me limpio las lágrimas con el dorso de la mano. En lo que las doctoras se despiden aparece Charlotte preocupada.

—Lo siento, vine lo más rápido que pude en cuanto Phillips le avisó a Dylan. —Mira a las doctoras, —Hola... doctoras.... ¿Cómo está el bebé? —se acerca hasta mí y besa mi frente. Pone una bolsa sobre mis piernas.

—La doctora Stiles, le contará todo. Me despido, cualquier consulta o duda se la hacen a la doctora. Buenas tardes. —se despide con una sonrisa.

La doctora Stiles comienza a relatar todo lo sucedido y me reitera las precauciones e indicaciones que debo tener, mientras que quito mis pantalones y me pongo los que Charlotte me compro.

Charlotte asiente. —Gracias doctora, me preocuparé de que descanse, coma bien y se tome los medicamentos.

—Las dejo. —se despide la otra doctora con una sonrisa.

Charlotte me mira. —No me iré a descansar. Ni lo intentes. —me levanto de la camilla y paso por su lado.

—Pero tienes que descansar. —me sigue.

—¿Tú podrías irte a tu casa si el que estuviera en esa camilla fuera Dylan? —Pregunto con los ojos llorosos y la voz entre cortada.

Charlotte se queda en silencio mirándome. No quiero perder a otra persona que amo, ni que mi hijo crezca y viva sin conocer a su padre.

Charlotte me abraza con fuerza. —Todo va a estar bien. —Acaricia mi cabello mientras repite una y otra vez la misma frase.

Sollozo. —No puedes saber eso, ni los doctores lo saben con certeza.

Charlotte suspira con tristeza, se que también está sufriendo. Es su amigo y el mejor amigo de su esposo. —¿Dónde quedó Alessia la optimista? —Acomoda un mechón detrás de mi oreja, y pasa sus pulgares debajo de mis ojos con delicadeza, limpiando mis lagrimas. —Elliot es fuerte, y quiere conocer y ver crecer a su hijo o hija con la mujer que está enamorado. —pestaña rápido mientras traga, intenta sonreí. —Venga vamos a comer a la cafetería.

Niego. —Quiero ir a la sala de espera.

Me mira frunciendo el ceño. —Tienes que comer.

Suspiro con pesar. —Comeré en la sala de espera.

—Vale, le diremos a Dylan que vaya por comida. —Dice Charlotte tomándome del brazo.

—¿Se lo contaste? —pregunto sorprendida.

Se encoge de hombros. —Lo siento, estábamos hablando y me pregunto si te habías comido sus pepinillos, y le dije que en realidad tu no te comías sus pepinillos cada vez que ibas a la casa sino que era su sobrino. —Sonríe disculpándose. —Se me salió, estaba emocionada. Le hice jurar por su futuro hijo que no le diría nada a Elliot.

Sonrió, pensar en el bebé que crece en mi vientre, es lo único que logra sacarme una sonrisa. —Vale, no ha dicho nada.

Volvemos a la sala de espera y Dylan me llena de preguntas y lo mucho que debo de cuidarme, al igual que Charlotte.

Ahora entiendo a Elliot cuando habla de lo mucho que se parecen. Estoy a punto de responder cuando una mujer se acerca hasta nuestro lugar con tres vasos de café, entregando uno a cada uno, y a mi me entrega un té con una sonrisa cálida.

—Jenna, ella es Alessia. —Dylan me presenta. —Ale, ella es Jenna, la mamá de Elliot.

—Hola, Alessia. Por fin te conozco. Emma me ha hablado mucho de ti. —Jenna me saluda con amabilidad.

—Hola... —mi respuesta se queda suspendida al sentir la mirada intensa de Jenna.

—Dime Jenna. —me anima.

—Hola, Jenna. Es un placer conocerte, aunque no sea el mejor lugar. —Hago un intento de sonrisa.

—Ale, debes comer algo. —Charlotte llama mi atención recordando.

—Iré a buscar algo para que comas. —Dylan se ofrece rápidamente.

—No tengo hambre. —susurro, pero Charlotte no acepta un no por respuesta.

—No importa, debes comer. Ya lo hablamos —Su tono es firme. Luego se dirige a Dylan—: Gracias amor.

—Luciana me cuenta muchas cosas sobre ti, dice que eres su mejor amiga. —me dice Jenna sonriendo.

Respondo con una sonrisa algo triste, y Jenna coloca su mano en mi rodilla. Rápidamente miro a Charlotte, quien me observaba con sorpresa, y luego vuelvo mi atención hacia Jenna.

—Hace mucho tiempo que no lo veía tan relajado y feliz. Para mi fue una grata sorpresa cuando me avisó que se tomaría vacaciones para las fiestas de fin de año. Después de cinco años decidió tomarse vacaciones. Luciana al igual que Emma no dejan de hablar de ti. Gracias por hacer feliz a mi hijo. —me dice con una sonrisa cálida mientras me abraza.

No sé qué decir, solo le devuelvo el abrazo. No esperaba conocer a su madre en un momento así. Jenna es la persona más dulce del planeta.

—Toma Ale. Aquí tienes. —Dice Dylan entregándome un sándwich de pavo.

—Come— ordena Charlotte.

Ruedo los ojos —Si mamá—respondo con ironía provocando una suave risa de Jenna.

Desenvuelvo lentamente el sándwich, dejando que su aroma delicioso inunde el aire. El hambre se intensifica y mi boca se llena de saliva, ansiando darle el primer bocado a esta maravilla.

Al morderlo, un sabor increíble invade mi paladar. Cierro los ojos, deleitándome con cada ingrediente. Los pepinillos, ¡oh, los pepinillos! Son una sensación única y deliciosa, su acidez jugueteando con mi gusto.

Con los ojos cerrados, disfruto del momento, y de repente, me encuentro con la mirada de Dylan.

—Fue todo un reto encontrar un sandwich sin mostaza pero con pepinillos para saciar tus antojos. —su tono burlón resuena en el aire.

Por un instante, deja de reírse y mira a Jenna, rogándole con la mirada que no haya escuchado su comentario. Pero es inútil. Los ojos de Jenna se encuentran con los míos, sonríe fingiendo no entender el chiste, pero por la forma en que sonríe y el brillo en sus ojos la delata.

Dylan se sienta a mi lado mirándome al igual que Jenna y Charlotte está de pie con los brazos cruzados, yo estoy sentada entre Dylan y Jenna disfrutando en silencio de mi sandwich.

—Por favor conversen, no necesito que me vigilen para comer. —murmuro llevando mi sandwich a la boca.

—Hay que asegurarse. —Bromea Charlotte.

Cada mordisco de mi sándwich se volvía una distracción efímera mientras esperamos noticias sobre Elliot. El tiempo parece estirarse, los minutos convertidos en eternidad, y la sala de espera adquiere una atmósfera cargada de ansiedad.

De repente, la puerta se abre y un médico, con bata blanca y expresión seria, entra en la sala. Nuestros ojos se encuentran, y mi corazón da un salto.

Las horas parecían estirarse como goma, tensas y difíciles de medir. Cada segundo sin noticias era una eternidad, y mi mente se debatía entre la esperanza y el temor. Los muros de la sala de espera se cerraban a mi alrededor, y el eco de mis propios pensamientos resonaba en el silencio incómodo.

Finalmente, la puerta del quirófano se abrió, y un médico entró en la sala. Su rostro, aunque sereno, transmitía la gravedad de la situación. Nos levantamos de inmediato, con la esperanza titilando en nuestros ojos.

—Soy el Dr. Hernández. La cirugía fue compleja, pero logramos extraer la bala completa. Esta impactó en la región abdominal, causando daños significativos en el intestino delgado y parte del colon. La hemorragia fue controlada, pero ahora estamos en la fase crítica de la recuperación. Está estable, pero su cuerpo está luchando. —el doctor explicó con seriedad.

Mis manos se aferraron instintivamente a las noticias, procesando cada detalle. La ubicación de la bala, los daños en el intestino y el colon, la lucha del cuerpo de Elliot por recuperarse. Cada palabra resonaba en mi mente, y me esforzaba por comprender la complejidad de la situación.

—¿Qué significa "en la fase crítica de la recuperación"? —pregunto, tratando de mantener mi voz firme.

—Significa que ahora lo estamos monitoreando de cerca. La próxima ventana de 24 horas será crucial para determinar cómo responde su cuerpo a la cirugía. Está bajo observación constante, y estamos haciendo todo lo posible para apoyar su recuperación. —el doctor respondió con paciencia, reconociendo la ansiedad en nuestras miradas.

Asiento, agradeciendo la información clara aunque la incertidumbre persiste. Dylan y Charlotte comparten mi preocupación, y el aire se llenó con la mezcla de esperanza y nerviosismo.

—Los mantendré al tanto si hay algún cambio. —dijo el Dr. Hernández antes de retirarse.

Nos quedamos en la sala de espera, cada uno sumido en sus propios pensamientos. La gravedad de la situación se aferra a nosotros, y el tiempo sigue su marcha, implacable.

El médico nos proporcionó más detalles sobre la situación de Elliot. Explicó que, después de la cirugía, había sido sedado para asegurar su estabilidad y facilitar la recuperación. Mientras habla, asiento en silencio, tratando de procesar toda la información vital que compartía con nosotros.

—En estos momentos, Elliot se encuentra en cuidados intensivos. Está sedado para evitar cualquier incomodidad y permitir que su cuerpo se recupere de la cirugía. La sedación es profunda, por lo que no será consciente de su entorno ni sentirá dolor. —explica el médico, y cada palabra se convierte en un eslabón crucial para entender el estado de Elliot.

La imagen de Elliot en una cama de cuidados intensivos, inmóvil y sedado, se dibuja vívidamente en mi mente. Era un recordatorio de su vulnerabilidad en medio de la lucha por su vida.

—En cuanto a las visitas, por el momento, solo los familiares cercanos tienen acceso al área de cuidados intensivos. Sin embargo, mantendremos a la familia y amigos actualizados sobre su progreso. —añadió el médico, buscando equilibrar la necesidad de información con las restricciones del área.

Charlotte aprieta mi mano con fuerza, compartiendo la preocupación que refleja mi rostro. La idea de no poder ver a Elliot en esos momentos críticos era desgarradora, pero comprendemos la necesidad de cuidados especializados.

—Haremos todo lo posible por mantenerlos informados. La primera noche será determinante, y en función de su evolución, se evaluará la posibilidad de permitir visitas más amplias. —concluye el médico, y sus palabras resuenan en la sala de espera.

La noticia nos deja en un silencio reflexivo. La sala de cuidados intensivos se vuelve un reducto inaccesible, y nuestras ansias de estar junto a Elliot eran confrontadas por la realidad de la situación.

Las preguntas comenzaron a surgir en la sala de espera, todos ansiosos por más detalles sobre el estado de Elliot. Algunos se preguntan cuánto tiempo estará sedado, cuándo despertará, y esa sensación de impotencia nos envolvía a todos.

—El tiempo de sedación dependerá de cómo evolucione en las próximas horas. Queremos asegurarnos de que su cuerpo se recupere adecuadamente antes de despertarlo. —el médico responde con paciencia, intentando proporcionar la información necesaria en medio de la incertidumbre.

Charlotte, siempre con ese aire de protección, tomó la palabra. —¿Pero puede darnos un estimado? ¿Días, semanas?

—Es difícil precisar en este momento. Cada paciente responde de manera única a la cirugía y la sedación. Estamos monitoreando constantemente su estado. —el médico explica, consciente de la necesidad de respuestas concretas.

La sala de espera se llena de un susurro tenso mientras todos procesamos la realidad de la situación. La incertidumbre, sin embargo, no impide que las preguntas siguieran surgiendo. El médico, en un intento de centralizar la información y mantener un registro actualizado, solicitó los datos de los familiares directos de Elliot.

—Necesitaré la información de los familiares más cercanos para mantenerlos informados y registrarlos para posibles visitas. —anuncia el médico, sacando una libreta y un bolígrafo.

Jenna, se adelantó con determinación. —Soy su madre —Toma su mano entre las mías —y ella es su esposa.

—Entendido. Asegurémonos de que ambos estén debidamente registrados. —respondió el médico, su profesionalismo evidente ante la situación inusual.

—¿Doctor, podemos verlo? —pregunta Jenna.

—Por supuesto, pero de a una persona y sólo unos minutos.

Jenna aprieta mi mano y me mira —Ve tú primero.

La miro con sorpresa, abro la boca para contradecir pero me detiene. —Después puedo entrar yo.

Asiento lentamente, y me pongo de pie.

—Por favor, sígame señora Blackwood.

—Por favor, llámame Alessia.

El doctor me sonríe. —Sígame, Alessia.

Caminamos por los pasillos del hospital, la frialdad del aire acondicionado choca con la tensión que siento en el estómago. Mi mano descansa sobre mi vientre, una costumbre inconsciente que ha adquirido desde que descubrí mi embarazo.

Llegamos a la puerta de la sala de cuidados intensivos, y el doctor me entrega un cubre bocas y una pechera de plástico.

Una vez lista, el doctor abre la puerta y me guía hasta su lugar.

—Aquí está. Por favor, no tome mucho tiempo.

Mis ojos encuentran a Elliot, y el mundo parece detenerse por un instante. Yace en la cama del hospital, rodeado de cables y monitores que parpadean en un ritmo constante. Su rostro palidece, y una línea de preocupación adorna su frente. Camino hacia él con pasos indecisos, sintiendo la gravedad de la situación apretando mi pecho.

Me acerco a la cama y tomo su mano, sintiendo su piel fría bajo la mía. Un suspiro escapa de mis labios mientras observo su rostro en reposo. La realidad de la fragilidad humana se manifiesta ante mí, y no puedo evitar pensar en lo vulnerables que somos, incluso aquellos que creemos fuertes.

—Vamos, Elliot, sé fuerte —susurro, aunque sé que él no puede oírme en este momento.

El médico permanece en silencio en un rincón, dándome espacio para procesar la escena. Mis ojos recorren cada centímetro de su rostro, buscando algún indicio de que se recupere pronto. La fragilidad de la vida se manifiesta de manera impactante en ese instante.

Un dolor leve pero persistente se instala en mi abdomen. Intento ignorarlo, pero la incomodidad persiste.

—Te necesitamos, amor —murmuro, sin saber si puede escucharme.

El tiempo pasa fugaz en la habitación, y mis pensamientos oscilan entre la esperanza y la ansiedad. Cada máquina que monitorea sus signos vitales se convierte en un aliado en la lucha por su recuperación.

El médico se acerca discretamente después de unos minutos. —Creo que sería bueno que descanse, Alessia. Elliot está en buenas manos, y le daremos la mejor atención posible.

Camino detrás del doctor que me guía de vuelta a la sala de espera, el pasillo se hace más angosto y el aire me comienza a faltar.

—Te llevare a casa para que descanses. —murmura Charlotte abrazándome, yo solo me dejo guiar por ella.

Holaaa!!!

¿Qué les parece?

Yo sinceramente estoy sin palabras con todo esto que esta pasando 😩

Estamos llegando ya casi al final del camino de está historia, quedan poquitos capítulos🥺

Espero que sigan disfrutando de está historia.

Tu apoyo es esencial para mi, así que no olvides comentar y votar 😊

Gracias por leer, un abrazo 🧡

Nos vemos en el próximo capitulo 🫶🏻

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