CAPÍTULO 31
Alessia
—Por fin llegas. —Exclama Charlotte cuando me ve sentándome junto a ella en la cafetería.
—Perdona, había mucho tráfico en el camino para acá.
—¿Tráfico o te quedaste enredada entre las sábanas con Elliot? —me pregunta con una sonrisa pícara.
La risa se escapa de mis labios mientras sacudo la cabeza con una mueca de complicidad.
—No empieces, por favor. El tráfico estuvo terrible, de verdad. —mi voz suena juguetona, intentando disimular la evidente picardía en mis ojos.
Charlotte me mira con una ceja alzada, sabiendo perfectamente que su insinuación ha dado en el blanco. Es difícil negar lo obvio, sobre todo cuando nuestras vidas están tan entrelazadas.
—Vamos, cuéntame. —susurra, inclinándose hacia mí con un brillo travieso en sus ojos.
—No hay nada que contar, de verdad. —intento defenderme, pero sé que mi expresión la delata.
—Oh, Alessia, no tienes por qué esconderlo. Los ojos de enamorada no se pueden ocultar, amiga. —su tono es suave y comprensivo.
Me acomodo en la silla, llevando una mano a mi mejilla mientras sonrío con complicidad. La calidez de mis recuerdos con Elliot se filtra en mis palabras, desatando una corriente de emociones que deseo compartir con mi amiga.
—Ha sido todo tan repentino, ¿sabes? Desde el primer encuentro hasta ahora. Cada momento con Elliot se siente como un torbellino de emociones, de esas que no puedes evitar aunque intentes resistirte. —mi voz lleva un tono de asombro, casi como si aún me costara creerlo.
Charlotte me mira con interés, un gesto alentador que me da la confianza para seguir adelante.
—Desde que nos conocimos, cada instante ha sido como una melodía nueva que se va componiendo con el tiempo, al principio eran discusiones y momentos de suma tensión entre nosotros, pero.... —mi mente vuela a aquellos primeros momentos, llenos de sorpresas y risas.
Continúo describiendo cada sonrisa, cada gesto tierno, tratando de transmitir la magia que he encontrado en la compañía de Elliot. Las horas que se desvanecen sin darnos cuenta, las conversaciones profundas que van más allá de lo superficial, todo se entrelaza en mi relato.
—Es como si cada encuentro revelara un poco más de nosotros mismos. Nunca había sentido esta conexión tan profunda con alguien tan rápidamente. —mi mirada se pierde en el recuerdo de sus ojos, tan llenos de ternura y comprensión.
Charlotte asiente, con esa expresión de complicidad que solo ella sabe mostrar.
—Dylan tenía sus sospechas, me preguntaba si sabía algo de lo que pasaba entre ustedes —comenta, jugueteando con la cucharilla en su café.
—Dylan es un detective, no se le escapa nada —respondo con una sonrisa, recordando las veces que Dylan ha intentado indagar en mi vida amorosa. —Pero, a decir verdad, creo que todos a nuestro alrededor notaron algo diferente en nuestra dinámica. Incluida Susan, en la boda me preguntó si estaba saliendo con él.
Charlotte me mira con una ceja alzada, su gesto cómplice invitándome a seguir. Continuo contando todo lo sucedido entre nosotros.
—Fue hasta el refugio de animales.
Los ojos de Charlotte se abren sorprendidos. —¿Elliot en un refugio de animales? ¿Lleno de pelos y suciedad? Vaya, amiga, que lo has conquistado. No me lo imagino ahí.
Sonrío. —Pues así fue, y me sorprendió verlo llegar. Conmigo se muestra como una persona completamente distinta...
Charlotte me interrumpe. —Con contigo, muestra cómo realmente es, antes de Sabrina. —hace una mueca. —¿Te contó, verdad? —Asiento, y ella continúa. —Sabrina lo cambió mucho. Todo lo que pasó con Zac fue difícil para él. Creo que cualquier persona hubiera dejado de creer en el amor después de eso. Fueron dos años en los que ella y Zac le mintieron a todo el mundo. Realmente quedó destrozado, se cerró a todo, cambió por completo. Tiene esa faceta dura, al igual que Dylan. —Se encoge de hombros. —Bueno, supongo que deben tenerla para imponer respeto en su trabajo. No sé cuándo ocurrió, si ya estaban juntos o no, pero él comenzó a estar más relajado, se reía más y volvió a ser el Elliot que todos conocíamos. —toma un sorbo de su café—. En Miami, fue cuando Dylan comenzó a sospechar y a hacer preguntas, cuando salieron juntos de la discoteca.
—Supongo que en Miami fue donde todo comenzó a cambiar. —Miro mi café con una sonrisa juguetona.
Charlotte asiente, captando la importancia del momento. —Así que, ¿desde entonces han sido inseparables?
—No diría inseparables, pero sí más conectados. Empezamos a entendernos de una manera más profunda.
—¡Dylan no podía dejar de chillar como niña emocionada cuando los descubrió! —Charlotte se burla, —Cuando se acercó a mí, me dijo te tengo el mejor regalo de bodas. Elliot y Alessia los vi y en una situación bastante comprometedora. — Mis mejillas se encienden levemente y compartimos una sonrisa cómplice.
Charlotte sonríe, luego baja la voz en un tono juguetón. —¿Qué tal ha sido en el aspecto más íntimo de su relación ya no secreta?
Parpadeo, sorprendida por su pregunta directa. —Charlotte, ¡no es necesario entrar en esos detalles!
Ella ríe, disfrutando de mi reacción. —Cuando estes ebria te preguntare y soltaras todo.—murmura divertida. — Pero hablando en serio, Alessia, me alegra verte así. Mereces toda la felicidad del mundo.
Después de nuestra charla en la cafetería, me despido de Charlotte y me encamino hacia mi departamento. La tarde se viste con tonos cálidos mientras el sol se pone, creando un paisaje urbano que parece danzar con la luz dorada.
Al ingresar al vestíbulo del edificio, intercambio un saludo con el portero, quien me entrega un ramo de peonías. —Señorita Alessia, me pidieron que te entregara esto.
Recibo las flores con una sonrisa, agradeciéndole al portero mientras las contemplo. Camino hacia el ascensor con una sonrisa que se amplía al acercarlas a mi nariz e inhalar profundamente su embriagador aroma. Tomo la tarjeta adjunta que dice: "Para la mujer más hermosa que llegó a iluminar mi vida". Automáticamente, mi sonrisa se ensancha aún más.
Al entrar a mi departamento, mientras avanzo hacia la sala, me siento afortunada. Las peonías, con su delicadeza, decoran mi hogar, y la nota añade un toque de dulzura al ambiente.
Coloco las flores en un jarrón con agua, dejando que su fragancia envuelva la sala con su dulce aroma. Pongo música suave y me acomodo en el sillón con mi celular.
Alessia:
Gracias por las flores, son hermosas ❣️
Dejo el celular a un lado y contemplo las flores con una sonrisa. En ese momento, el teléfono suena, iluminándose con su nombre en la pantalla.
—¡Hola! —saludo con alegría. —¿Cómo sabías que las peonías son mis flores favoritas?
—Hola, amor —responde Elliot al otro lado de la línea. —Un buen agente siempre encuentra la manera de obtener información privilegiada. —Su tono es juguetón.
Río, disfrutando de su sentido del humor. —Eres increíble.
—Tú eres increíble. —Su voz adquiere un tono más suave—. ¿Te gustaron las flores?
—Me encantaron. Son hermosas. —Sonrío, sabiendo que no puede verme a través del teléfono.
—Solo trato de igualar tu belleza, aunque es imposible. —Elliot responde con esa mezcla única de encanto y confianza.
—Vaya, ¿dónde quedó ese agente rudo? —pregunto con una risa suave mientras me recuesto en el respaldo del sofá.
Elliot suelta una risa ronca al otro lado de la línea. —Amor, no te equivoques, soy rudo para el mundo, pero contigo siempre seré lo que necesitas.
La calidez de sus palabras me envuelve, y por un momento, puedo imaginar la sonrisa que acompaña sus comentarios. La familiaridad de esa conexión especial se siente reconfortante, y mi corazón late con gratitud por tenerlo en mi vida.
—Eres un romántico empedernido detrás de esa fachada de agente duro, ¿verdad? —digo con tono juguetón.
—Bueno, no se lo cuentes a nadie, pero quizás un poco. —Su respuesta está llena de complicidad.
La conversación fluye con la naturalidad que solo compartimos él y yo.
—No te dije que entrarás... —escucho que habla con alguien. —Cállate, Dylan. —suelta un gruñido al otro lado de la línea, y sonrío. —Bueno, ahora tengo que volver a trabajar. Nos vemos esta noche.
—Hasta luego y gracias de nuevo por las flores.
Colgamos, y mientras guardo el teléfono, me quedo con la calidez de su voz resonando en mis oídos. Las peonías en el jarrón parecen cobrar vida, como si cada pétalo fuera un recordatorio de nuestro amor floreciente.
Al guardar mi celular con cuidado, me encamino hacia mi habitación con pasos decididos. El suave aroma de las peonías parece seguirme mientras me preparo para mi turno en el restaurante.
En el espejo del tocador, deslizo mis dedos por las suaves flores de las peonías, recordando las palabras de Elliot y su tono afectuoso. Mientras me arreglo, el recuerdo de nuestra charla telefónica persiste, envolviéndome en una suerte de calidez reconfortante que me acompaña.
Opto por un atuendo cómodo pero elegante, buscando el equilibrio perfecto entre lo práctico y lo refinado para mi noche de trabajo. Me coloco la chaqueta del restaurante con elegancia, ajustándola ligeramente antes de tomar las llaves y salir de casa.
En el restaurante, asumo mi posición en la cocina con una gracia adquirida por años de experiencia. El sonido constante de cuchillos cortando ingredientes y el sutil aroma a especias flotan en el aire, creando una sinfonía culinaria que me hace sentir en casa.
—¡Alessia, bienvenida! —me saluda Marco, el sous chef, con una sonrisa amistosa mientras organiza los ingredientes para la noche.
—Hola, Marco. ¿Cómo va todo hoy? —pregunto, arremangándome la chaqueta antes de comenzar mi rutina.
—Todo bajo control. Los ingredientes frescos llegaron esta mañana, y todo está listo para que deslumbres a nuestros comensales.
Me sumerjo en mi mundo, revisando las órdenes pendientes y supervisando cada detalle. Las llamas de las estufas bailan al compás de mi destreza, y el ruido de las sartenes crea una armonía caótica que solo los amantes de la cocina entienden.
—Alessia, ¿qué te parece esta nueva receta? —pregunta María, la joven aprendiz, extendiéndome un papel con anotaciones.
Observo la receta detenidamente y sonrío. —Me gusta, pero intenta ajustar un poco la cantidad de especias. Queremos que sea audaz, pero no queremos que nadie llore por el picante.
—¡Entendido, jefa! —responde con entusiasmo.
El bullicio en la cocina se mezcla con risas y bromas entre los chefs, formando una camaradería que engrandece cada plato que sale de nuestras manos. Mientras organizamos los platos y preparamos las presentaciones, las historias se entrelazan con las recetas, creando una experiencia culinaria única.
—Alessia, ¿cómo quieres presentar el plato especial de hoy? —pregunta Diego, el encargado de la presentación en la sala.
—Busco algo elegante pero sencillo. Que la comida hable por sí misma. —Le doy algunas indicaciones, y él asiente, listo para llevar mi visión a la sala.
A medida que la noche avanza, la cocina se vuelve un torbellino de actividad. Los aromas se mezclan, los platos se sirven con precisión y la satisfacción de crear momentos inolvidables flota en el ambiente.
—¡Orden para la mesa seis! —anuncia Juan, el chef de partida, entregándome un plato con una sonrisa de satisfacción.
—Perfecto, gracias, Juan. —Respondo con gratitud, admirando el resultado final antes de que salga de la cocina.
La armonía en la cocina es palpable, una sinfonía de sabores y emociones que solo un equipo comprometido puede lograr. A medida que avanzamos en la noche, cada plato se convierte en una obra de arte comestible, llevando consigo el esfuerzo y la pasión que depositamos en cada ingrediente.
Mis manos danzan hábilmente entre cuchillos y sartenes, supervisando cada plato antes de salir hacia el comedor. La armonía en la cocina es palpable, cada miembro del equipo ejecutando su tarea con precisión.
—¡Alessia, este risotto está espectacular! —exclama uno de los chefs de la línea de cocina, mostrando una sonrisa de aprobación.
—Gracias, Alex. Mantén esa calidad en todas las órdenes. Queremos que cada cliente tenga una experiencia inolvidable. —respondo, devolviendo la sonrisa mientras mi mirada barre la cocina.
En medio de la acción, mi teléfono vibra discretamente. Al revisarlo, encuentro un mensaje de Elliot.
Elliot:
Espero que tu noche en el restaurante vaya de maravilla, amor.
Estaré esperando afuera como todas las noches..
Una pequeña chispa de alegría ilumina mi rostro. Respondo rápidamente antes de volver a sumergirme en la cocina.
Alessia:
Gracias, amor. Estoy deseando verte más tarde.
La noche avanza con un flujo constante de órdenes y el zumbido constante de la actividad en la cocina. Los platos salen impecables, y cada comensal parece deleitarse con la experiencia gastronómica que les ofrecemos.
—¡Alessia, mesa nueve elogió especialmente tu creación con salmón! —anuncia uno de los meseros al pasar.
—Eso es genial. Diles que aprecio sus comentarios y que estoy encantada de que disfruten. —respondo, saboreando la satisfacción que viene con el reconocimiento.
A medida que la noche llega a su fin, la intensidad en la cocina disminuye gradualmente. El equipo se despide con cansancio pero satisfecho por el trabajo bien hecho.
—¡Buen trabajo, equipo! Descansen bien y nos vemos mañana. —despido con gratitud, recibiendo sonrisas y gestos de cansancio agradecido.
Así hemos estado, día tras día, en una rutina que se ha vuelto reconfortante. Por las mañanas, compartimos un desayuno juntos, ya sea en su elegante penthouse, en mi acogedor departamento o en alguna cafetería de la ciudad. Por las noches, puntualmente, Elliot viene a buscarme siempre que puede al restaurante en el momento en que cierro las puertas.
Y esta noche no será distinta a las demás.
Al cruzar la puerta lateral del restaurante en dirección donde me ha esperado estas noches. Lo miro sorprendida, está de pie con un abrigo color beige, una de sus manos está en el bolsillo y la otra afirma la correa de Moka.
La perrita me ve y comienza a mover su cola emocionada.
Me acerco hasta él sin entender nada.
—Hola, hermosa. — saluda dejando un beso en mis labios.
—Hola— Sonrío y dirijo mi mirada a la perrita que se sienta a mi lado, sin dejar de mover su cola.
—¿No saludas a esta hermosa princesa?
Saludo a la perrita con cariño, y mientras le acaricio la cabeza, miro a Elliot. —¿Me explicas que haces con Moka?
Sonríe. —Por el camino te cuento. — Entrelaza sus dedos con los míos y caminamos hacia su penthouse.
—¿Y?
—Mi madre la adoptó.
Me detengo en seco tirando de su brazo, él se gira y me mira.
—¿Tú madre? ¿Cómo supo de ella?— pregunto sorprendida.
Me mira. —Porque yo le conté y quiso ir a conocerla. Fue amor a primera vista.
—Me alegra que tenga un hogar, se merece ser amada. ¿Por qué la tienes tú? —Lo sigo mirando con una sonrisa. —¿Hace cuanto que tu madre la adoptó?
—¿Eres bien curiosa cuando te lo propones? —me abraza por la cintura acercándose a mi cuerpo y seguir caminando. —Porque quería que la vieras, y veas lo feliz que se ve con su nueva familia, hace unos días fuimos al refugio por ella.
Sonrió. —No solo se ve bien, también se viste bien. —comento viendo su ropa para mascota color rosa palo.
—Es la consentida de la casa.
—¿Y no le quiso cambiar el nombre?
Niega. —No, porque se acostumbro a ese nombre. No queremos confundirla, ¿verdad? —pregunta con diversión.
Caminamos hacia su penthouse, abrazados creando un lazo íntimo mientras disfrutamos del silencio cómodo entre nosotros. La suave brisa de la noche acaricia nuestros rostros mientras avanzamos por las calles iluminadas de la ciudad.
—¿Cómo fue que tu madre decidió adoptar a Moka? —pregunto, curiosa por conocer más detalles.
Elliot sonríe. —Había estado hablando de ella en casa, mostrándole fotos, además Luciana quería tener una perrita, pero como ya sabes en el departamento no podían tener una, así que mi madre simplemente se enamoró de la historia y quiso conocerla en persona.
Su respuesta evoca una sensación cálida en mi pecho. Me alegra saber que la historia de Moka y su carisma lograron capturar el corazón de la madre de Elliot.
—¡Y vaya que es encantadora! —comento, observando a la perrita caminar alegremente a nuestro lado.
Elliot asiente con una sonrisa. —Es una bolita de alegría. Cuando mi madre decidió adoptarla, le pedí que me dejara sacarla a pasear esta noche para que pudieras verla.
—Fue un gesto muy dulce de tu parte —respondo, apretando un poco más a su cuerpo.
Continuamos caminando conversando de nuestros días y deteniéndonos en cada lugar que Moka decide olfatear, nuestra conversación se ve interrumpida por el sonido de su celular anunciando una llamada entrante.
—Hola, Maia. —Saluda Elliot con el tono firme que utiliza con todos los demás.
Frunzo el ceño al escuchar el nombre de Maia. Su agarre en mi cintura se tensa ligeramente, y aunque intento no prestarle demasiada atención, no puedo evitar sentir una punzada de curiosidad y un atisbo de celos.
—No... porque no. —Su respuesta es breve y sujeta. Trato de darle privacidad y no le miro directamente mientras espera la respuesta al otro lado de la línea.
—Buenas noches, Maia. —Corta la llamada.
La tensión en su cuerpo se disipa, y noto cómo se relaja. Elliot voltea hacia mí, sus ojos buscando los míos como si quisiera transmitirme algo sin palabras. Pero la chispa de celos persiste en mi pecho.
—¿Todo bien? —pregunto, tratando de mantener la calma.
Él asiente —¿Le damos un paseo por el parque?
Asiento con una sonrisa. Continuamos caminando, pero ahora el silencio entre nosotros tiene una capa adicional de complejidad. Moka, ajena a la tensión, sigue explorando con entusiasmo. Mis pensamientos, sin embargo, dan vueltas al nombre de Maia y la razón de cuál podría haber sido su llamada.
«La razón fue bastante obvia». Murmura mi subconsciente.
Hago una mueca interna.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Asiento mientras botó el aire.
—Estás muy callada. —Me dice acomodando un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.
Sonrió a medias. —Si, solo estoy cansada.
—Entonces vamos. —vuelve a entrelazar nuestros dedos. —¡Moka! —grita para llamar a la perrita quien viene corriendo. —¡Buena chica! —la elogia acariciando su cabeza y yo sonrió.
Llegamos hasta la cuadra en donde está su edificio. —Debo ir a dejarla a casa de mi madre, vive aquí a la vuelta. ¿Quieres ir conmigo?
Lo mientras pienso. No se si sea el momento para conocer a su madre.
Elliot besa mis labios. —puedes esperarme afuera, solo la dejare y listo.
Asiento lentamente, y caminamos en dirección hasta la casa de su madre.
—Será rápido. —deja un casto beso en mis labios y entra a la casa.
Mientras subimos por el ascensor hasta su piso, Elliot me atrae a su cuerpo, envolviéndome en un abrazo cálido. Siento la proximidad de su presencia y el suave roce de sus labios en mi cabello.
—Nuestra primera foto juntos. —murmuro sonriendo mientras saco mi celular y capturo el momento con una foto de nosotros. Elliot, aún abrazándome, responde con una sonrisa al ver la pantalla iluminada.
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