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CAPÍTULO 30

Alessia

Me despierto temprano esta mañana, y los brazos de Elliot me envuelven con suavidad, como un refugio seguro en medio del amanecer. Su respiración, suave y rítmica, acaricia mi cuello de manera delicada, desencadenando una sensación placentera que me hace suspirar con satisfacción.

En ese abrazo, encuentro no solo seguridad, sino una conexión íntima que trasciende lo físico. Es como si cada centímetro de mi piel estuviera destinado a encajar perfectamente con la suya, formando un lazo que se fortalece con cada latido compartido.

Elliot, aún dormido, roza mi cuello con sus labios en un gesto que parece inconsciente, pero que despierta escalofríos de placer en mi piel. Las sábanas nos envuelven, revelando la complicidad de nuestro encuentro nocturno, y la habitación se llena de una paz momentánea, un refugio donde el tiempo parece detenerse para que podamos saborear la serenidad que solo el amanecer puede ofrecer.

Cierro los ojos, sumergiéndome en la suavidad de su tacto y absorbiendo el aroma envolvente de la habitación. La ternura flota en el aire, como un lazo invisible que nos une en un silencio compartido. Elliot aprieta su abrazo, como si quisiera sellar esta conexión única, y yo me dejo llevar por la magia de este instante que trasciende lo cotidiano.

Con un movimiento suave, me giro para mirar a Elliot, dejando que mis dedos tracen la línea de su mandíbula. La suavidad de su piel bajo mis yemas me invita a explorar cada detalle con ternura.

Mis caricias siguen una coreografía silenciosa, trazando círculos delicados alrededor de su rostro dormido. Disfruto de la sensación de su barba áspera y, con la yema de mis dedos, dibujo suavemente los contornos de sus labios.

Aunque estoy tentada a continuar, decido dejarlo descansar. Sin embargo, mi movimiento no pasa desapercibido para Elliot, quien murmura con voz adormilada y con sus ojos aún cerrados.

—No te detengas.

Sonrío, y retomó las caricias con un tacto aún más suave. Mis dedos se deslizan con lentitud, trazando suaves caricias sobre su piel, sus ojos siguen cerrados disfrutando de mis caricias.

—Buenos días, amor —Mi voz, apenas un susurro, se mezcla con la tranquilidad de la habitación.

Elliot sonríe con los ojos cerrados, como si pudiera sentir mi sonrisa a través del roce de mis dedos. Sus manos, antes reposando cómodamente en mi cintura, se deslizan sutilmente por mi espalda, buscando un abrazo más cercano. La calidez de su piel bajo mis manos me invita a explorar cada rincón de su cuerpo con ternura.

—Buenos días, hermosa. —Su voz, ronca por el sueño, agrega un tono sensual al aire. —¿Qué hora es?

—Lo suficientemente temprano para disfrutar de este momento —respondo con una sonrisa traviesa.

Mis caricias se vuelven más intentas, explorando cada contorno con delicadeza Mis dedos acarician suavemente su pecho, siguiendo la línea de sus músculos. Elliot, cierra los ojos, dejando escapar un suave suspiro. Mis labios buscan los suyos en un beso lento y apasionado, sellando la conexión íntima que compartimos en la mañana. La calidez de su boca se funde con la mía, su lengua busca la mía, generando una corriente eléctrica recorriendo mi cuerpo.

El juego de caricias y besos continúa, llevándonos a un lugar donde solo existimos él y yo. Cada contacto es una expresión de amor y deseo, y nuestros cuerpos se mueven en sincronía. Elliot responde con la misma intensidad, sus manos recorren mi cuerpo con delicadeza. La habitación se llena de gemidos ahogados, susurros de placer que se entrelazan con la respiración agitada.

El tiempo pierde su significado mientras nos entregamos al deleite mutuo, y la habitación se llena de la fragancia del deseo compartido. La sensualidad de la mañana se transforma en una experiencia única, una comunión de cuerpos y almas que se encuentran en la intimidad compartida.

Nos quedamos acostados, abrazados por las sábanas que son testigos silenciosos de nuestra pasión compartida.

Elliot acaricia suavemente mi rostro, sus dedos trazando líneas invisibles sobre mi piel. Cada gesto es una caricia que prolonga la magia del momento. Sus ojos reflejan el afecto y la complicidad, creando un vínculo único entre nosotros.

—¿Desayunamos? —pregunta con ternura, su voz resonando como una melodía que solo yo puedo escuchar.

Asiento con una sonrisa, perdida en la serenidad que se extiende a nuestro alrededor. Mis dedos se entrelazan con los suyos, sintiendo la conexión física que se traduce en una conexión emocional más profunda. No son solo caricias físicas; son promesas susurradas sin palabras, compromisos tácitos de estar ahí el uno para el otro.

—Venga, vamos. —Dice levantándose de la cama con tranquilidad, sus músculos tensan de manera armoniosa.

Después de una cálida ducha, me dirijo hacia la sala. Al entrar, encuentro a Elliot sentado, inmerso en su mundo de lectura mientras sostiene una taza de café entre sus manos. La suave luz matutina que se filtra por las cortinas resalta los rasgos de su rostro, añadiendo un brillo especial a sus ojos.

Me acerco sin hacer ruido, acomodándome junto a él sin interrumpir su lectura. Deposito un suave beso en su mejilla, provocando que Elliot aparte la vista de su iPad. Nuestros ojos se encuentran, y su sonrisa se dibuja con la naturalidad de quien encuentra paz en el otro. Sus dedos se entrelazan con los míos, como si fuera un reflejo instintivo de la conexión que compartimos.

—¿Qué lees? —pregunto con curiosidad mientras llevo mi taza de café a mis labios.

E-mails y documentos del trabajo. —bloquea su iPad y se gira levemente para mirarme.

—¡Mmhh! Por lo que veo son archivos confidenciales.

—Así es. —Acomoda un mechón de mi cabello detrás de mi oreja y yo cierro los ojos por unos segundos disfrutando del contacto.

—¿Quieres ir... —hace una pausa, sin dejar de mirarme y yo sonrió —a cenar conmigo está noche?

—Una cita. Suena bien —respondo, entusiasmada.

—¿Si o no? —pregunta.

—¿Es una cita? —repito, divertida.

Me mira con intensidad. —No se responde una pregunta con otra pregunta. —frunce levemente el ceño.

—Una cita, suena bien. —Sonrío viendo su rostro manteniéndose sereno.

—¿Por qué te empeñas con que diga esa palabra?

Sonrió —Son solo dos sílabas ci-ta. Repite después de mí. Ci-ta. ¿Por qué te cuesta tanto pronunciarla? 

Gruñe en respuesta. —¿Te despertaste chistosita hoy?

—No se responde una pregunta con otra pregunta —bromeo, notando su lucha por mantener la calma.

—Alessia es... —no lo dejo terminar, me acomodo en su regazo y acerco nuestros rostros, y como si se tratara de un imán, sus brazos rodean mi cintura.

—No te enfades... relájate, solo bromeo. Me encantaría cenar contigo esta noche.

Su semblante se relaja. —Paso por ti a las ocho de la noche —anuncia, deslizando su mano por mi muslo.

—Te estaré esperando —respondo con una sonrisa. —¿A qué hora debes irte a trabajar?

Su brazo alrededor de mi cintura me acerca más a él y verifica la hora en su reloj. —En unos cuarenta minutos. ¿Te quedarás aquí o tienes que ir a trabajar?

Tomando un sorbo de mi café para ocultar mi sorpresa con la espontaneidad de sus palabras. Respondo con naturalidad. —Me iré a mi departamento.

—Te paso a dejar. —Murmura sin dejar de acariciar mi muslo.

—No te molestes, puedo tomar un taxi. —respondo mordiendo mi mejilla interna.

—Amor...—toma mi mentón y deposita un beso. —No me molesta en absoluto llevarte a casa.

Cada vez que esa palabra sale de sus labios, siento un cosquilleo agradable en mi vientre.

La noche se extiende ante mí como un lienzo estrellado, y mis nervios aumentan en anticipación mientras termino de arreglarme. Uno vestido negro sencillo que se adhiere a mi figura, unas pantimedias de color negro y unas botas de tacón a juego. El sonido del timbre suena en mi departamento y antes de ir a abrir la puerta terminó de aplicar el labial color rojo carmín. Tomo mi abrigo negro y me dirijo hasta la puerta.

Al abrirla, Elliot está allí, de pie, con un porte que irradia seguridad y una sonrisa que enciende destellos en sus ojos.

—Hola, amor —saluda, entregándome un ramo de rosas rojas en la mano. El suave aroma de las flores impregna el aire, añadiendo un toque romántico a la atmósfera.

—Elliot, son hermosas —comento, tomando las rosas y oliéndolas.

—Son hermosas como tú —dice, su voz ronca y sensual, envolviendo el ambiente. No puedo evitar sonreír ante su gesto galante.

Él se acerca, su presencia imponente pero reconfortante, y deposita un suave beso en mis labios. El roce de sus labios despierta una sensación de mariposas revoloteando en mi estómago, una chispa que aviva la llama del deseo.

—Te ves hermosa —añade, su aliento cálido acariciando mi oído. La sinceridad en sus palabras alimenta mi confianza, y me siento más cerca de él que nunca.

—Pondré las rosas en el agua —murmuro, sin dejar de mirar las flores con una sonrisa. El delicado aroma de las rosas inunda el aire, creando una armonía de fragancias que nos envuelve.

Camino hacia la cocina y lleno un jarrón con agua, sumergiendo las rosas con delicadeza.

Llegamos a un restaurante con una atmósfera íntima y acogedora, donde las luces tenues danzan en el ambiente, creando un halo de misterio y romance. Elliot, caballeroso como siempre, sostiene la puerta para mí, y al entrar, el aroma de la comida y las risas suaves flotan en el aire.

—Este lugar es encantador —comento, admirando la decoración mientras nos acomodamos en nuestra mesa.

Elliot asiente con una sonrisa. —Pensé que te gustaría. Y aún queda lo mejor por venir.

La camarera se acerca para tomar nuestras órdenes, y mientras revisamos el menú, nuestras manos se tocan de forma juguetona. La complicidad en su mirada me hace sonreír, y sé que esta noche será inolvidable.

—¿Qué nos recomiendas? —pregunta, Elliot mirando a la camarera.

La camarera, con una sonrisa amable, nos ofrece algunas recomendaciones para la cena: —Nuestra especialidad de la casa es el filete mignon con una salsa de champiñones al vino tinto, es uno de los platos más solicitados por su exquisito sabor. También tenemos un risotto de langosta que ha sido muy elogiado por nuestros comensales. Y, por último, pero no menos importante, tenemos un salmón glaseado con miel y eneldo, una opción más ligera pero igualmente deliciosa.

Elliot y yo intercambiamos miradas, sopesando las opciones con una sonrisa intrigada.

—Yo quiero el filete mignon con una salsa de champiñones al vino tinto. —pido.

—Y yo el salmón glaseado con miel y eneldo.

La camarera toma nota de nuestras elecciones y agrega, —Para acompañar su filete mignon, les recomendaría un buen vino tinto, como el Malbec que tenemos en la carta. Tiene notas intensas que realzarán los sabores de la carne.

—Perfecto, Malbec suena muy bien. —Asiento aprobación.

La camarera asiente con una sonrisa comprensiva. —Para el salmón glaseado con miel y eneldo, ¿le gustaría probar un vino blanco bien frío? Va muy bien con el sabor fresco del salmón y resalta los toques de miel y eneldo.

—Suena perfecto —Elliot responde con aprobación..

Conversamos animadamente mientras esperamos la comida. Elliot comparte historias sobre su trabajo, y yo le cuento anécdotas sobre mis días en el restaurante. Las risas y los gestos cómplices fluyen naturalmente entre nosotros, creando un ambiente relajado y cálido.

Cuando llegan nuestros platos, la presentación es exquisita. Los aromas tentadores despiertan mi apetito, y no puedo evitar expresar mi deleite con un suave gemido de satisfacción.

—¿Te gusta? —pregunta Elliot, observándome con una chispa traviesa en los ojos.

—Es increíble. —Le sonrío, disfrutando cada bocado.

La cena fue una sinfonía de sabores y risas, con cada bocado marcando una nota de complicidad entre nosotros. La charla fluía con una naturalidad que dejaba entrever el tiempo que habíamos compartido juntos, las risas entrelazadas en nuestros recuerdos comunes y los gestos cómplices que solo el uno al otro entendíamos.

Cada mirada tiene un lenguaje propio, un mensaje silencioso que expresa más de lo que las palabras podrían abarcar. Es como si el universo conspira a nuestro favor, creando un espacio donde el tiempo se diluye y solo somos él y yo, sumidos en la magia del presente.

Elliot toma mi mano con ternura, y el roce de sus dedos sobre mi piel envía un estremecimiento de emoción por todo mi cuerpo. Sus ojos profundos, centelleando con complicidad, me miran con una intensidad que desafía el tiempo, un deseo contenido que traspasa fronteras.

Entre risas y suspiros, llegamos al postre. Elliot me observa con una chispa traviesa en los ojos mientras pruebo un delicioso soufflé de chocolate.

—Está increíble. ¿Quieres probar? —Le pregunto.

Asiente y llevo una cucharada de mi soufflé a sus labios.

Después del postre, la camarera nos trae una bandeja con petit fours y bombones. Elliot y yo compartimos mordiscos juguetones, intercambiando dulces gestos de cariño.

—Siempre he querido viajar más, explorar culturas diferentes, sumergirme en la diversidad del mundo. El trabajo en el FBI a veces limita mi libertad, pero quizás algún día...

Le dedico una mirada alentadora. —No pierdas la esperanza. A veces, los sueños más profundos se vuelven realidad cuando menos lo esperas.

Las luces suaves del restaurante destacan la intensidad de nuestros ojos mientras compartimos pensamientos profundos. Cada palabra pronunciada es como una pieza de un rompecabezas que revela más de nosotros mismos.

—Estar aquí contigo, compartiendo estos momentos, es como encontrar un lugar en el mundo que siempre estuvo esperándome. —Dice Elliot con suavidad, sus ojos fijos en los míos.

Las palabras de Elliot flotan en el aire, envueltas en una calidez que me estremece. Me siento absorbida por la sinceridad de su mirada, como si cada palabra fuera un susurro al alma.

—Es curioso cómo el tiempo puede parecer detenerse cuando estás con la persona adecuada —le respondo, sonriendo, mientras siento que mis mejillas se ruborizan levemente.

Elliot lleva una mano a su mentón, con una expresión de reflexión. —Sí, como si cada momento estuviera suspendido en el tiempo, permitiéndonos saborear cada instante con total plenitud.

—¿Alguna vez has sentido que el destino te lleva hacia una persona de manera inevitable? —Pregunto, mirando su rostro con una sonrisa.

—Si, creo que hay fuerzas en el universo que no guian hacia aquellas personas con las que estamos destinados a cruzarnos. —toma un sorbo de su vino. —Es lo que me pasa contigo.

Las palabras de Elliot resonaron en el aire, impregnadas de una sinceridad que me hizo sentir un cálido estremecimiento. Un halo de complicidad se tejía entre nosotros, y sus ojos reflejaban una mezcla de fascinación y asombro, como si cada momento juntos fuera un descubrimiento maravilloso.

—Es como si estuviéramos alineados con el universo, ¿verdad? —comente, dejando que la sonrisa se deslice en mi rostro. Elliot asiente coge mi mano por sobre la mesa, y por un momento, nos quedamos allí, sumidos en la magia de esa conexión única.

Elliot asintió con una expresión reflexiva en sus ojos. Sus dedos entrelazaron los míos, creando un lazo tangible que resonaba con la conexión que compartíamos.

—Sí, Alessia. Es como si cada paso que hemos dado nos hubiera llevado exactamente a este momento. Como si nuestras historias estuvieran entrelazadas desde siempre —respondió, su voz resonando con una calidez que llenaba el espacio entre nosotros.

Me pierdo en la profundidad de sus ojos, sumergiéndome en el universo de emociones que reflejaban. Cada palabra pronunciada por Elliot parecía desvelar capas más profundas de su ser, y yo me sentía afortunada de ser la receptora de esa sinceridad.

—A veces, la vida nos conduce por caminos inesperados para llevarnos exactamente a donde debemos estar —musité, sintiendo la verdad de esas palabras vibrar en el aire.

Elliot sonrió, acariciando suavemente mi mano con el pulgar. —Y estoy agradecido de que esos caminos nos hayan llevado a encontrarnos.

La conversación se deslizó hacia terrenos más personales, explorando sueños, temores y aspiraciones. Cada palabra compartida añadía capas a nuestra comprensión mutua, como si estuviéramos desentrañando los misterios de nuestras almas.

—No sé cómo expresarlo con palabras, pero desde que llegaste a mi vida, siento que todo tiene más sentido. Eres el ancla que siempre he necesitado, la luz que ilumina mis días más oscuros. No soy bueno con las palabras, pero quiero que sepas que eres invaluable para mí.

La sinceridad de sus palabras resonó en mi corazón, creando una sinfonía de emociones que inundan el espacio entre nosotros. Sentí una cálida gratitud por la conexión que estábamos construyendo, una conexión que iba más allá de las palabras.

—Elliot, yo... también siento lo mismo. Cada momento contigo es especial, y eres la razón por la que mi corazón late con tanta fuerza. —Respondo, dejando que mis sentimientos fluyeran libremente.

—Cuando te conocí, sentí como si hubiera encontrado una parte de mí que ni siquiera sabía que estaba perdida.

Sus palabras resuenan en el aire, creando un espacio sagrado entre nosotros. La ternura y la pasión se mezclan en su mirada, y su confesión se convierte en un eco de las emociones que también habitan en mi corazón.

—Eso es muy dulce. El sentimiento es mutuo. Me gusta pasar las noches contigo. —expreso con sinceridad, dejando que mi voz transmite la intensidad de mis sentimientos.

Al terminar la cena, Elliot se levanta y rodea la mesa para ayudarme a levantarme. Me toma de la mano con una mirada llena de promesas y lleva nuestros pasos hacia la puerta, la expectativa flotando en el aire como una melodía susurrante.

Nos encontramos afuera, donde la noche cobra vida con las luces de la ciudad. Elliot me mira con una sonrisa, una sonrisa que destellaba complicidad y deseo, y con un gesto gentil, me lleva a un lugar más tranquilo, alejado del bullicio de la calle.

Nos detuvimos en un parque, donde las estrellas parecían brillar con más intensidad, y el suave susurro de las hojas de los árboles crea una sinfonía de calma. Elliot me toma entre sus brazos, y en el abrazo encuentro un refugio, un refugio donde el mundo exterior se desvanece y solo quedamos él y yo, unidos por la intensidad del momento.

El susurro del viento acaricia nuestras mejillas mientras Elliot acerca su rostro al mío, nuestros labios rozándose con una suavidad embriagadora. El beso comienza con una delicadeza que contrasta con la pasión contenida, una danza de amor y anhelo que nos envuelve en un éxtasis compartido.



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