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CAPÍTULO 15

Narra Elliot

Abro lentamente los ojos, mi mente lucha por aclararse en medio de la confusión.

—Esto claramente no es mi habitación, ni mucho menos mi cama. —murmuro.

Mi mirada se desliza hacia la derecha, revelando un espacio vacío y desconocido. Me tomo unos segundos para orientarme y recordar dónde y con quien pase la noche. Desde la sala, se filtra una música alegre y movida, y antes de que pueda procesar completamente la situación, la puerta de la habitación se abre lentamente, y aparece ella, Alessia, con una sonrisa juguetona en su rostro, vestida con unos ajustados leggings y un top que acentúa su figura.

—Buenos días. Tienes tres opciones: Ducharte, desayunar o marcharte. —Sus palabras tienen un matiz juguetón —. Si eliges la primera opción, el baño está por allá —apunta hacia una puerta—. Hay toallas limpias y todo lo que puedas necesitar. Si te decides por la segunda, en la cocina encontrarás café recién hecho, unas galletas recién horneadas y unas deliciosas tostadas. Y si optas por la tercera, bueno, ya sabes dónde está la puerta. ¡Adiós!

—La tercera opción no es ni de cerca la más emocionante.

Alessia se acerca a la cama, su mirada ardiente y su sonrisa pícara. —Solo te quedan dos opciones—Su voz suena seductora, y puedo sentir su aliento cálido sobre mi piel.

—Ambas son muy tentadoras —Mi respuesta es un susurro cargado de deseo mientras la observo intensamente—. Pero la primera opción suena mucho más  tentadora si estás incluida. Pero, y si me ayudas a elegir, ¿qué eliges tú?

Alessia se inclina sobre la cama, sus labios rozando los míos, y su voz es un susurro travieso. —Sin duda elegiría desayunar. Porque no amaneciste con tanta suerte de tener sexo matutino.

Su provocación audaz me hace desearla con una intensidad abrumadora. No puedo evitar que mi deseo se refleje en mis ojos y en la tensión palpable en el aire.

Está mujer está comenzando a despertar sentimientos en mí que pensé que había deshecho, y ya no hay vuelta atrás a todo esto que esta despertando en mí.

La mirada lujuriosa que compartimos se transforma en un pacto tácito. Sabemos que este juego de insinuaciones no se quedará en solo palabras.

Sin apartar mis ojos de los suyos, me inclino hacia ella y nuestros labios se encuentran en un beso ardiente, lleno de anhelo y deseo. Nuestras lenguas se entrelazan en un baile apasionado, explorandonos con hambre. Mi mano se desliza por su espalda, mientras la acercó más a mí, sintiendo su calor y su cuerpo respondiendo a mi toque con urgencia.

Cada beso, cada caricia, nos sumerge en un torbellino de pasión desenfrenada. La ropa se convierte en un obstáculo que debe ser superado, y con manos ansiosas, comienzo a quitar su ropa.

—Creo que mi suerte ha cambiado. —Murmuro entre sus labios mientras me giro con ella y la dejo bajo mi cuerpo atrapándola.

Sonríe con malicia y sus dedos juguetean con mi cabello. —O tal vez, yo quise que mi día cambiará. —me responde con una mirada coqueta, antes de que nuestros labios vuelvan a unirse en un beso ardiente y apasionado.

El deseo que compartimos es un fuego incontrolable, una llama que arde con una intensidad que no podemos ni queremos contener. Mientras nos dejamos llevar por el placer y la pasión.

Salgo de la ducha, con una toalla envuelta alrededor de mi cintura, y comienzo a vestirme. En ese momento, Alessia toca la puerta del baño.

—No es por meterte presión, pero entro a trabajar en cuarentena minutos y necesito darme una ducha y arreglarme.

Sonrío y abro la puerta del baño con una mezcla de diversión y anticipación. Alessia me observa de pies a cabeza, su mirada intensa y traviesa recorren cada centímetro de mi cuerpo. Detiene su mirada en mi abdomen desnudo y muerde su labio inferior. Es como si sus ojos fueran un desafío y una invitación en sí mismos, llamándome a cruzar ese umbral que separa el juego de la realidad.

—Si querías volver a verme desnudo, solo debías habérmelo pedido en lugar de inventar esa excusa —digo con un tono juguetón, acercándome a ella. Mientras lo hago, siento su proximidad, el calor de su piel que parece desear el roce, y su respiración que se acelera como respuesta a la corriente eléctrica que fluye entre nosotros.

Alessia reacciona con rapidez y entra al baño, dejándome con una sonrisa pícara en los labios y un corazón que late un poco más rápido. La puerta se cierra tras ella, y su voz llega desde el otro lado, mezclando un toque de regaño con un destello de diversión.

—Serás capullo.

Sonrió y me quedo en su habitación, por unos minutos me quedo observando detenidamente algunas de las fotos que tiene enmarcadas. Me detengo en una donde aparece con Charlotte en la piscina, es la misma foto que Charlotte tiene en la sala de su casa. La imagen desprende felicidad y complicidad, y puedo ver la amistad genuina que comparten. Sus sonrisas reflejan la alegría.

Mientras tomo mi ropa y comienzo a vestirme, deslizo mis pantalones por mis piernas, el sonido del timbre y el grito de Alessia me detienen.

—¡Elliot! ¿Podrías abrir la puerta, por favor? Debe ser mi vecina, y le puedes entregar la caja rosa que está encima de la isla. Tomala con cuidado.

Miro mi atuendo a medias y me doy cuenta de que solo tengo puestos los pantalones.

—Está bien, pero no me hago responsable de posibles ataques al corazón por verme semi desnudo —digo con una sonrisa mientras camino hacia la puerta.

—¡Cuánta humildad corre por tus venas! —escucho a Alessia burlarse desde el baño.

Salgo de su habitación, caminando hacia la puerta, donde la caja rosa espera sobre la isla. Tomó la manija y la abro hacia mí.

—¿Emma? —pregunto sorprendido al verla  frente a mí.

Emma me mira de pies a cabeza y carraspea. —¿Elliot? —Su expresión revela sorpresa genuina—. ¿Qué haces aquí?

Frunzo el ceño. —¿Qué haces tú aquí?

Emma mira hacia ambos lados, buscando algo en particular. Abre la boca como si fuera a hablar, pero luego la cierra rápidamente antes de esbozar una sonrisa.

—¿Estás saliendo con Alessia? —pregunta con un toque de esperanza en su voz.

Niego de inmediato y mi tono sale cortante. —No.

—¿Pero, no es solo sexo? Tú no te quedas a dormir ni duermes con tus polvos, y por tu atuendo, asumo que pasaste la noche aquí, con Alessia. —Sonríe juguetona.

—¿De dónde la conoces?

Emma pone los ojos en blanco. —Es mi vecina. ¿Estás tan ocupado enamorándote que no te diste cuenta de que vivimos en el mismo edificio y en el mismo piso? —Su tono lleva un toque de sarcasmo, pero sus ojos brillan con complicidad.

—No digas estupideces. —Me doy cuenta de que, efectivamente, no me había percatado de ese detalle.

Anoche llegué y solo tenía a Alessia en mente; ni siquiera reparé en que viven en el mismo edificio ni mucho menos, en el mismo piso. —¿Qué haces aquí?

Emma sonríe. —Solo vine a buscar una caja que Alessia preparo para Lu. La tomaré y no te molestaré más. —Dice sonriente.

—Pasa, la caja está sobre la mesa. —Doy un paso a un lado para dejarle espacio.

Emma entra y camina hacia la encimera para tomar la caja, observa disimuladamente el lugar. Está bastante ordenado a cómo recuerdo que lo dejamos anoche.

—Emma...—la reprocho, molesto por su inspección.

Ella suelta una carcajada —Vale, Vale—dice levantando las manos en señal de rendición mientras toma la caja.

Emma se queda parada en el umbral de la puerta, observándome con una sonrisa juguetona.

—Borra esa sonrisa.

—No estoy sonriendo. —dice reprimiendo una sonrisa.

—¿No tienes una hija que cuidar? —Le pregunto con cierta impaciencia.

Ella niega, aún divertida. —No, está en la guardería.

—¿Y un trabajo al que asistir?

—No. Me tomé un día libre.

Bufando, miro la caja en su mano. —Dijiste que tomarías la caja y dejarás de molestarme.

—Adiós, gorila. Diviértete. —Sus cejas se alzan de manera juguetona antes de despedirse y darse la vuelta para marcharse.

Cierro la puerta detrás de ella y me encamino hacia la habitación con la intención de terminar de vestirme. Al ingresar, me encuentro con Alessia, quien está saliendo del baño. Luce elegante con un pantalón beige que resalta su figura y una camiseta blanca perfectamente metida en el pantalón.

—¿Se te perdió algo? —pregunta con una sonrisa socarrona, y sus ojos chispeantes de diversión.

—Lo acabo de encontrar. —me acerco a ella con un atisbo de complicidad en mi mirada.

Ella apoya sus manos en mi pecho y eleva su rostro para mirarme con una sonrisa traviesa.

—Deberías vestirte —mira el reloj en su muñeca—. Se me hace tarde.

Una sonrisa se dibuja en su rostro mientras me alejo para recoger mi camisa, que descansa sobre la cama.
—¿Tienes planeado asistir el sábado a la barbacoa que está organizando Charlotte? —le pregunto.

—Sí, ¿y tú? —responde mientras se dirige hacia su armario.

—Claro, Dylan insistió en que es mi deber como padrino de su boda.

Escucho la risa musical de Alessia. —Es tu deber y debes complacer sus caprichos de novio, hasta el día de la boda.

Alessia vuelve a la habitación y me mira de pies a cabezas . —Supongo que no podré besarte el sábado, ¿verdad? —le pregunto.

—Supones correctamente. —Su tono es serio, pero sus ojos brillan con complicidad.

—Y supongo que tampoco quieres que Charlotte se entere de lo que ha pasado entre nosotros. —Menciono, manteniendo mi mirada fija en la suya.

Ella se acerca a mí, con una sonrisa juguetona en sus labios. —Vaya, resulta que eres más inteligente de lo que aparentas. No solo eres una cara bonita y un cuerpo fibroso. —Pasa sus manos por mi pecho y mis brazos, recorriendo mi camisa con movimientos suaves y provocativos.

—¿Me estás diciendo que soy guapo? —Mi sonrisa se amplía mientras la miro con picardía.

Ella sonríe, una mirada traviesa en sus ojos. —No solo dije que eres inteligente. —dice y luego deposita un beso en la comisura de mis labios.

Hace cinco años, cerré las puertas al amor y me sumergí en una frialdad que me permitió mantener mi independencia, evitando cualquier atisbo de apego emocional o complicaciones sentimentales. Me acostumbré a mantener una distancia emocional de las personas a mi alrededor, como un escudo protector contra la vulnerabilidad del corazón. Sin embargo, con Alessia, esa distancia parece desdibujarse de alguna manera.

No puedo evitar pensar en las conversaciones que hemos tenido, las risas compartidas y los momentos de complicidad que han ido tejiendo un lazo entre nosotros. A pesar de mi naturaleza reservada, algo en su presencia me desafía, me hace considerar lo que es posible. Cada encuentro con ella despierta sensaciones que creía olvidadas y emociones que creía enterradas en lo más profundo de mi ser.

Si bien no soy propenso a la emotividad o a dar rienda suelta a mis sentimientos, algo en su presencia me impulsa a explorar terrenos desconocidos. Quizás, en el fondo, haya una parte de mí que esté dispuesta a abrirse nuevamente, a experimentar estas emociones y sensaciones nuevas que Alessia trae a mi vida.

No estoy seguro de a dónde nos llevará esta conexión, pero no puedo evitar sentir que hay algo especial entre nosotros. Tal vez, en medio de la frialdad que solía protegerme, haya un espacio para el calor y el amor que ella parece estar dispuesta a ofrecer.


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