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CAPÍTULO 14

Narra Alessia

—Puede ser... —Me responde con una mirada profunda, sus ojos anclados en los míos. El misterio de su mirada me hace preguntarme si acaso acaba de afirmar que le gusto.

La tensión entre nosotros se vuelve palpable, y la conexión que compartimos se profundiza con cada mirada y sonrisa. Las palabras se vuelven innecesarias mientras nos sumergimos en un momento de complicidad y atracción.

Elliot inclina la cabeza y roza sus labios con los míos en un beso suave pero apasionado. Cierro los ojos y me entrego al dulce sabor de sus labios, dejando que la intensidad de nuestros sentimientos fluyan entre nosotros. Cuando finalmente nos separamos, sus ojos encuentran los míos con un brillo intenso.

—Estoy deseando cenar en tu casa, Alessia. —Su voz es un susurro lleno de promesas y anhelo, como un eco de los latidos acelerados de nuestros corazones.

—Te espero a las ocho. —Mi voz es suave pero llena de anticipación, y siento que el tiempo se ha detenido mientras nuestros ojos se mantienen conectados en un entendimiento mutuo.

Nos vemos. —me besa antes de alejarse hacia su auto.

Me encuentro en mi cocina preparando la cena para esta noche. Mis manos se sumergen en la harina, y siento la textura suave deslizándose entre mis dedos. La salsa de tomate burbujea en la estufa, impregnando el aire con su aroma embriagador. En su interior, las hierbas aromáticas se entrelazan en una danza perfumada, y el aceite de oliva de la Toscana agrega un toque de sofisticación a la mezcla. El aroma que llena mi cocina es un homenaje a las noches en la casa de mi abuela en Italia, donde las comidas eran mucho más que simples actos de alimentación; eran momentos de amor y conexión.

Tengo todo preparado, solo falta cocer las pastas y arreglarme. Camino en dirección hasta mi armario y reviso camisetas, vestidos, pantalones y una variedad de opciones. Mi mente da vueltas, tratando de encontrar la combinación perfecta para esta noche.

—Por qué me estoy preocupando tanto por qué ponerme si esto es solo una cena, no es una cita. —murmuro para mí misma. —¿Y... si lo es?

Sacudo la cabeza, decidida a no dejar que los nervios y la ansiedad me controlen. Continúo buscando, y finalmente elijo un body negro de encaje con hombros caídos y unos jeans negros que combinan a la perfección.

Después de una relajante ducha, me miro en el espejo con el atuendo seleccionado y me siento satisfecha con mi outfits. Miro la hora en mi celular y solo quedan tres minutos para que llegue Elliot. Camino hasta la sala y abro el gran ventanal para recibir el aire fresco de la noche mientras espero, y así calmar mis nervios.

El timbre suena, y tomó aire lentamente, pasando mis manos por mi ropa para estirarla y quitar cualquier arruga. Mis pasos me llevan hacia la puerta, y mi corazón late con fuerza mientras tomo la manija y la giró para abrirla. Del otro lado, está Elliot, vestido con una camisa blanca ajustada al cuerpo y unos pantalones ceñidos. Sus ojos me recorren de arriba abajo con descaro, y no puedo evitar hacer lo mismo con él.

—Hola. —Hago un gesto hacia el interior—. Pasa.

Elliot entra con una sonrisa y se acerca a mí antes de besarme con la misma confianza de siempre.

—Hola, Alessia. Traje una botella de vino. —Su voz es cálida, y su mirada revela su deseo.

«Se le está haciendo costumbre esto de besarte». Habla mi subconsciente.

Mis pensamientos se agitan ante la cercanía de Elliot, y su comportamiento reciente se está convirtiendo en una agradable costumbre. Hace solo un par de días no podía estar cerca sin intentar provocarme o algo y ahora no deja de acercarse a mis labios.

—Genial, por favor, pasa y ponte cómodo. —Lo invito a entrar mientras siento cómo las mariposas en mi estómago revolotean de emoción.

Elliot deposita la botella de vino sobre la isla de la cocina, y yo cierro la puerta detrás de él. Luego me dirijo a la cocina para terminar de cocinar la cena, mientras Elliot observa con interés cada movimiento que hago.

—¿Necesitas ayuda? —me pregunta.

Niego con una sonrisa. —No. Solo falta cocinar las pastas, pero si quieres puedes servir vino.

—Claro, ¿dónde tienes las copas? —pregunta acercándose a mi.

Mi respiración aumenta levemente. —En la alacena que está detrás mío.— apuntó con mi cabeza.

Elliot asiente y se acerca a la alacena para buscar las copas. Mientras pasa junto a mí, su cuerpo roza el mío, enviando un escalofrío por mi espalda. Escucho el sonido de la puerta del armario abriéndose y cómo saca las copas. Al girarse, su pecho queda pegado a mi espalda, y su cálida respiración acaricia mi oído.

—Se ve y huele delicioso. —Me dice con una voz seductora.

Muerdo mi labio inferior, sintiendo la tensión que crece entre nosotros. —Espero que te guste.

—Lo que veo me gusta. —Su voz es una caricia que me hace estremecer.

Tragó con dificultad y Elliot se aleja de mí para servir dos copas de vinos, hablando de diversos temas.

Nos sentamos a la mesa y antes de que Elliot se lleve su primer tenedor a la boca sonrió.

—Aquí no puedes devolver el plato. No estamos en un restaurante—. Le digo con una ceja enarcada y en broma.

—Vamos a ver. Siempre puedo hacer mis descargos —responde, llevando su tenedor a su boca sin despegar su vista de mi.

Trato de no mirarlo tan detenidamente cuando come, no quiero parecer una loca que lo mira sin pestañear. Pero no puedo evitar que mi mirada regrese a él una y otra vez.

—Nadie te cambiará el plato. —añado con diversión.

Elliot sonríe con confianza. —No necesito cambiarlo, está delicioso.

Suelto una carcajada asombrada —¡Woooh! Elliot Blackwood ha dicho que mi plato está delicioso.  Repítelo, que necesito grabarlo para el recuerdo. —Terminó de decir con una sonrisa juguetona.

Él sonríe, cómplice. —Espero que tengas buena memoria, porque ahora solo vivirá en tu memoria ese momento.

Lo miro con una sonrisa, las mariposas en mi vientre crean un vendaval ante sus palabras, y su forma de mirarme me hace sentir especial y deseada en este momento.

Un silencio cómodo se instala a nuestro alrededor, pero la electricidad entre nosotros es palpable. Las mariposas revolotean en mi vientre, creando un torbellino de emoción. El tiempo parece detenerse mientras sigo perdiéndome en los ojos de Elliot.

La pausa se rompe cuando Elliot, con elegancia, lleva su copa de vino a los labios y rompe el silencio con su voz grave. —¿Has sabido algo de la perrita?

Asiento con una sonrisa. —Si, hace un rato me escribió Sarah y me dijo que su pata izquierda no está rota, pero si muy lastimada y que dentro de estos días la van a esterilizar.

Sonríe —Que bueno que no tenga su pata rota. ¿Quién se hace cargo de la esterilización y gastos de veterinario?

Continúo sonriendo mientras explico. —Por lo general, el refugio se encarga de esos gastos gracias a las generosas donaciones de personas solidarias. También hay casos en los que alguien se ofrece a costearlos. En este caso, decidí hacerme cargo de todos los gastos de la perrita.

—¿Piensas adoptarla? —Pregunta con curiosidad.

—Me encantaría, pero mi trabajo en el restaurante demanda mucho tiempo y no podría darle la atención que merece. Además, no puedo tener una mascota en mi departamento.

—¿Y aún así estás dispuesta a asumir esos gastos?

Asiento decidida. —Sí, porque se robó mi corazón. Y si es algo extra que puedo hacer para ayudar al refugio, mejor para ellos.

Elliot expresa su sorpresa con una sonrisa. —Me sorprende lo generosa que eres. Pero también me gustaría colaborar en lo que se pueda, tanto con ella como con el refugio. No porque no quiera tener mascotas, no los ayudaré de alguna otra forma.

Mi sonrisa se ensancha. —¿En serio? —Elliot asiente. —Elliot, eso es fantástico. No sabes cuánto podrías ayudar.

—Pero también me gustaría hacerme cargo de los gastos de la perrita.

—No es necesario....

—Sí, puedo hacerlo y quiero hacerlo.

—¿Qué te parece si dividimos los costos? —Propongo, esperando que acepte mi sugerencia.

Elliot me mira detenidamente y luego sonríe. —Está bien, me parece justo.

Nuestra conversación fluía con naturalidad. Compartimos anécdotas, reímos y nos adentramos en la tarea de conocernos mejor, yo no dejaba de ver sus labios cada que él habla, y noto que le hace lo mismo cuando hablo.

Ambos evitamos tocar temas personales del pasado, una inquietante curiosidad bullía en mí. Recordé las palabras de Charlotte mientras estábamos en su prueba de vestido, mencionando que Elliot solía sonreír más y que había cambiado mucho en los últimos cinco años. ¿Qué había sucedido para transformar a aquel hombre en el que ahora tenía frente a mí?

—¿Tienes hermanos?

Elliot se tensa por un instante, y su mirada se vuelve fría y dura, al igual que su respuesta. —No.

Es un tema delicado, eso quedó claro. Forcé una sonrisa, intentando aligerar el ambiente que se ha vuelto incómodo, y el sonido de los cubiertos parece ensordecedor en aquel silencio.

Carraspea. —No, no tengo hermanos y ¿Tú? —pregunta cambiando su tono y su mirada.

—Solo Charlotte. Que es mi hermana de otros padres.

Elliot pareció relajarse un poco, y su mirada se tornó más amigable. —¿Hace cuánto se conocen con Charlotte?

Con una sonrisa comencé a contarle. —Conocí a Charlotte cuando teníamos cuatro años. Nuestras madres eran amigas, y además, éramos vecinas. —Mis ojos brillaban con cariño al evocar nuestros recuerdos compartidos—. Desde entonces, hemos sido inseparables. Es mi compañera de vida y mi confidente. Con ella, he compartido risas, aventuras y corazones rotos y vacíos. —sonrió triste—. Hemos construido una hermosa amistad que ha resistido el paso del tiempo y la distancia. Ella es mi familia, mi hermana de corazón, mi otra mitad.

La sonrisa de Elliot se amplía, y sus ojos reflejan comprensión. —Ella habla de ti de la misma forma en que hablas tú de ella. Parece que su relación es verdaderamente especial.

Sonrío antes sus palabras, sintiéndome agradecida por la amistad única que comparto con Charlotte. Mi corazón late con gratitud por tener a alguien tan importante en mi vida. —Charlotte es mi todo. Si algo le sucediera, no sé cómo continuaría sin ella. Es mi otra mitad, mi apoyo incondicional, y mi roca en momentos difíciles.

Después de ese momento un poco emotivo y de terminar de disfrutar de la exquisita cena, la conversación fluyó con naturalidad y risas compartidas. La complicidad entre nosotros se hace más evidente, y nuestras miradas hablan un lenguaje silencioso que solo nosotros entendemos.

—¿Quieres postre? Tengo dos opciones. —Ofrezco con una sonrisa mientras me levanto de la mesa y me dirijo a la cocina.

Elliot sonrió, sus ojos brillaron con picardía—: ¿Y entre una de las opciones estás tú?

Mis mejillas se tiñen de un suave rubor, y mi corazón late con fuerza ante su insinuación. Un hormigueo de deseo recorre mi cuerpo, y no puedo evitar sentir la electricidad entre nosotros. Regreso a la mesa con un plato de tiramisú y en la otra mano un plato con un trozo de tarta de chocolate y frutos rojos, dejando ambos platos frente a él.

Me inclino ligeramente hacia él y murmuro con voz seductora—: Bueno, eso depende de tu elección.

Elliot se pone de pie acercándose a mí, su mirada ardiente se encuentra con la mía. Su mano toma mi cintura y me acerca a su cuerpo, el deseo se torna palpable, como una corriente eléctrica que nos envuelve.

—En ese caso, elijo... —susurra y utiliza sus dedos para sacar chocolate del trozo de tarta y esparcir un poco de chocolate sobre mis labios.

Mi aliento se entrecorta ante su gesto audaz, y su mirada intensa se fija en la mía. Cada segundo que pasa es un latido de deseo que crece en mi interior.

—Este postre me gusta mucho más. —murmura antes de inclinarse y sellar sus palabras con un beso apasionado.

Nuestros labios se encuentran en un beso ardiente y apasionado, y la habitación se sumerge en un silencio cargado de electricidad. Cada caricia y roce despiertan una lujuria y deseo incontrolables que nos consumen. Mis manos exploran con urgencia la musculatura de su espalda, sintiendo la tensión y el calor de su piel bajo la fina tela de su camisa. Cada contacto es como una descarga de fuego que recorre mi cuerpo, y mis dedos anhelan deslizarse por cada contorno de su figura.

Elliot me toma en sus brazos con firmeza, y me siento envuelta en su aroma masculino, una mezcla embriagadora de su colonia y el sutil perfume del vino tinto que hemos compartido. Sus labios recorren mi cuello con devoción, dejando un rastro de besos y mordiscos que me hacen gemir de placer.

—Yo no duermo con oficiales de policía. —Susurro con voz entrecortada, mientras deslizo mis manos por su pecho, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la yema de mis dedos, desabrochando lentamente los botones de su camisa.

Mi aliento se acelera al descubrir su piel caliente y su pecho fuerte, y mis dedos acarician cada centímetro con reverencia. Cada caricia es como una invitación al éxtasis, y el deseo en sus ojos me hace sentir deseada en una dimensión que va más allá de lo carnal.

—Que suerte la mía, yo no soy un oficial de policía. —Elliot murmura divertido, bajando sus labios por mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes que avivan el fuego en mi interior.

La pasión se desata con furia, y nuestros cuerpos se convierten en cómplices de un juego de deseo desenfrenado, despojándonos de cada capa de ropa con impaciencia, mientras caminamos entre besos hasta mi habitación chocando y botando todo a nuestro paso. Al llegar a mi habitación nos dejamos caer sobre mi cama.

Mis labios se entreabren en un suspiro de deseo cuando siento sus besos ardientes recorrer mi piel, dejando un rastro de pasión a su paso. Sus manos, fuertes y decididas, acarician cada zona de mi cuerpo, dejando un rastro de fuego tras su paso. Una de sus manos se desliza con delicadeza hasta mi entrepierna, acariciando la tela húmeda y caliente de mis bragas. La revelación de mi excitación palpita a través de la tela, Elliot sonríe con una mirada de deseo que me hace temblar. Sus dedos encuentran el camino, deslizándose bajo la tela para acariciar la intimidad que late con ansias de ser tocada. Sus movimientos son suaves y expertos, explorando mi cuerpo con precisión, despertando olas de placer que me inundan por completo. Cada caricia es un acto de devoción, y mis gemidos llenan la habitación mientras me dejo llevar por la marea de sensaciones.

Mientras sus dedos juegan en mi intimidad, los labios de Elliot se entretienen en explorar mis pezones con destreza, provocando escalofríos de éxtasis. Cada succión y lamida es una caricia de pasión, y mis pezones responden con urgencia a su atención.

Mis caderas, ansiosas y juguetonas, dan la bienvenida a sus movimientos, danzando al ritmo de sus caricias intensas. Cada vaivén, cada exploración, es como una sinfonía erótica que eleva la temperatura en la habitación, mientras mis gemidos se convierten en notas melódicas de éxtasis.

La presión de sus dedos dentro de mí desata un torrente de sensaciones. Mis músculos se contraen en respuesta, y un suspiro profundo escapa de mis labios entreabiertos. Estoy inmersa en el deleite, entregándome al placer que él me proporciona con una destreza que me deja sin aliento.

El ritmo acelerado de su mano se convierte en una cadencia embriagadora, llevándome al borde del abismo del éxtasis. El vaivén constante de sus dedos, combinado con el juego experto de sus labios en mis pezones, me lleva al borde de la euforia. La tensión se acumula en mi interior, un susurro tentador que me invita a dejarme caer en el abismo de la satisfacción total.

Elliot baja lentamente por mi vientre, besando y lamiendo con una devoción que me hace temblar. Cada beso y lamida traza un camino ardiente de placer en mi piel, como si estuviera creando un mapa que solo él sabe descifrar. Cada roce es un paso más cerca del éxtasis, y no puedo evitar aferrarme a las sábanas mientras la intensidad de sus caricias me sumerge en un océano de sensaciones embriagadoras.

—No te aferres a las sábanas cuando soy yo quien te está dando placer —susurra sobre mi vientre, su aliento cálido agitando los sentidos. Mis manos, impulsadas por el deseo, encuentran su espalda, aferrándome a él con fuerza mientras mi respiración se vuelve errática.

Elliot continúa descendiendo, explorando cada rincón de mi piel con pasión, con destreza y paciencia, se deshace de mis bragas, liberando mi intimidad para sus ojos y manos ansiosas.

Su lengua se desliza con suavidad sobre mi piel, explorando cada pliegue y recoveco con una devoción que me hace estremecer de placer. Cada caricia, cada lamida, es una promesa de éxtasis compartido, y mis gemidos llenan la habitación mientras me abandono al placer que él me brinda.

Mis dedos se enredan en su cabello, instándolo a continuar, y su lengua responde con un ritmo apasionado que me lleva al borde de la locura. El mundo se reduce a nuestras sensaciones compartidas, y el éxtasis se acerca con cada segundo que pasa.

Elliot responde con la misma intensidad, sus labios recorriendo mis pliegues con hambre, dejando un rastro de besos ardientes que despiertan cada centímetro de mi piel. Con urgencia, busca un preservativo y lo coloca, su mirada ardiente fijada en la mía. Luego vuelve a mis labios y me besa con deseo abrumador. Sin perder un segundo más, Elliot se introduce en mí con una intensidad abrumadora, como si la pasión nos hubiera consumido por completo. Un gemido profundo escapa de mis labios y se mezcla con el suyo mientras nuestros cuerpos se encuentran en una danza erótica, ansiosos de satisfacer un deseo ardiente que nos consume.

Nuestras respiraciones se aceleran con cada movimiento es un eco del deseo, cada gemido es una melodía de pasión, y nuestras miradas se encuentran en un fervoroso abrazo. La habitación se llena de susurros atrevidos y gemidos entrelazados, como si estuviéramos escribiendo nuestra propia historia de deseo desenfrenado. Elliot me besa con avidez, sus labios buscando los míos en un frenesí apasionado. Cada caricia, cada roce, nos acerca más al éxtasis, y cuando finalmente alcanzamos el clímax, una explosión de sensaciones nos envuelve. Nuestros cuerpos se retuercen en un placer sin límites, y en medio de la lujuria compartida, encontramos un momento de profunda conexión.

Caemos exhaustos en un abrazo apretado, nuestros cuerpos empapados de sudor y la respiración entrecortada. Nuestros ojos se encuentran en un instante de complicidad y satisfacción compartida. La intensidad de nuestra unión y el deseo saciado se reflejan en nuestras miradas.

Elliot se acerca a su cuerpo y me rodea con sus brazos. Nos quedamos así, en silencio, perdidos en el éxtasis recién compartido. El mundo exterior desaparece mientras nuestras respiraciones se calman.

Finalmente, Elliot acaricia mi cabello con ternura y me besa con suavidad en los labios.  No hace falta decir nada; nuestros cuerpos y miradas hablan por sí mismos.



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