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CAPÍTULO 12

Narra Alessia

—Qué noche la de hoy. —Murmura Carla saliendo del vestidor, y su voz refleja cansancio.

—De locos... —Murmuro, apenas con energía para pronunciar esas dos palabras. El restaurante estuvo sumamente lleno, y cada rincón de la cocina se había convertido en un verdadero caos medianamente controlado mientras servimos plato tras plato y llegaban pedidos tras pedidos.

Después de horas de trabajo incesante, tengo un solo pensamiento en mente: llegar a casa, comer algo delicioso y descansar. Sin embargo, justo hoy, se me ocurrió venir caminando al trabajo, una decisión que ahora parece menos que ideal. Mis pies duelen y mi cuerpo ansía el confort de mi hogar.

—Hasta mañana, Anthony— me despido cuando paso por su lado.

—Buenas noches, Alessia.

Salgo del restaurante y me aventuro a caminar por las bulliciosas calles de la gran manzana. Aunque de vez en cuando disfruto de esta caminata, hoy mi elección parece haber sido un error. A pesar de vivir a pocos pasos del restaurante, el cansancio se apodera de mí, y mi departamento se siente como un destino distante que tardaré al menos quince eternos minutos en alcanzar.

Noto como un auto se detiene a mi lado y suspiro. Miro hacia el auto y es un deportivo que conozco.

Baja la ventanilla y me habla. —¿Qué haces caminando sola por la calle a esta hora?

—Acabo de salir del restaurante, ¿y tú?

—Estaba con Dylan.

Sonrió a medias —Bueno, que llegues bien. Buenas noches. —Comienzo a caminar nuevamente.

—Sube. Te llevo.

Me detengo y niego. —No .... gracias, puedo ir caminando.

—Venga, vamos. No me cuesta nada.

—Será mejor que no. Buenas noches.

Por más exhausta que me sienta, no puedo permitirme aceptar su sugerencia. Después de lo que ocurrió anoche y de la forma en que abandoné su departamento esta mañana, tengo serias dudas sobre lo conveniente que sería estar tan cerca de él en este momento.

—Alessia, no son horas para que andes sola por la calle.

Sonrió y lo miró. —Tranquilo. Sé defenderme.

—....No te dejaré aquí sola. Soy un caballero aunque no lo creas.

Observo su gesto amable mientras se baja de su auto y camina hacia la puerta del copiloto, dispuesto a abrirla. Una lucha interna comienza a desatarse en mi interior.

—Vamos, sube. Llegarás mucho más rápido y podrás descansar.

Mis pensamientos se debaten entre seguir caminando, o aceptar su oferta. Finalmente decido dejar que me lleve. Llegaré mucho más rápido. Lo miro con una sonrisa y camino hacia su auto. —Veo que no aceptas, dos no seguidos de la misma persona.

—Seguiré insistiendo aunque todas tus respuestas sean un no. — Murmura cuando paso por su lado.

Sus palabras, su tono seguro y su perseverancia me provocan una serie de emociones. Mi corazón comienza a latir rápidamente, y me doy cuenta de que su presencia tiene un efecto profundo en mí. No puedo evitar sentir una chispa de emoción ante la perspectiva de pasar más tiempo con él.

Elliot despierta una sensación de anticipación, como si estuviera en el umbral de algo nuevo y emocionante.

—Muchas gracias, te lo agradezco. Fue una noche caótica.

Nos quedamos en silencio, escuchando la música que suena. Saco una barrita energética de mi bolso y siento su vista en mi perfil.

—¿Vas a comer?

—Si, tengo hambre. —lo miro y su rostro me dice que odia que coman dentro de su auto.—no ensuciaré tu auto, tranquilo.

—¿Qué comes?

—Mi cena. —sonrió mostrando la barra de cereal.

—¿No comiste en el restaurante? —pregunta deteniéndose en un semáforo en rojo.

—No, allá yo voy a trabajar no a disfrutar de la comida.

Elliot se acerca a mi y me quita mi comida de la mano guardandola en su bolsillo de su camisa.

—¡Ey!... eso es mio, consigue el tuyo si quieres uno.

—¿Qué te parece un filete o un salmón con la guarnición que tu desees?

Parpadeo por su propuesta, miro la hora en el tablero de su auto —¿A estas horas? no conozco de algún restaurante que esté abierto a esta hora.

—Si, a estas horas. —Me afirma con una sonrisa.

—Pues... vamos.

Finalmente, llegamos a un restaurante con luces suaves y una atmósfera íntima. El aroma tentador de la comida llena el aire.

—Son muy pocos los restaurantes que están abiertos a esta hora. ¿Cómo sabes de este lugar?

—Tengo mis contactos.

Elliot estaciona el auto y, como un auténtico caballero, se apresura a abrir la puerta para mí. Mientras su mano toma la mía para ayudarme a bajar del auto, el roce fue como una descarga eléctrica que recorrió mi piel y encendió mi interior. La sensación es electrizante, como si una corriente invisible me atravesara, y un escalofrío de emoción me recorre de pies a cabeza.

Caminamos juntos hacia la entrada del restaurante, nuestras manos aún entrelazadas. Las luces suaves iluminan nuestro camino, y puedo sentir la mirada de Elliot posándose en mí de manera intensa y seductora.

Hay algo hipnotizante en este momento, algo cambió y se nota en el aire.

—Las señoritas, primero —dice abriendo la puerta del restaurante para mí.

Una vez dentro del restaurante, me encuentro dando una vuelta en mi lugar, bajo la atenta mirada de Elliot, maravillada por la atmósfera encantadora que nos rodea. Cada detalle, desde la decoración elegante hasta la suave música de fondo, contribuye a la magia del lugar. Mis ojos recorren la sala con una sonrisa de admiración

—Es hermoso. —Sonrió mientras me dejo llevar por la magia que inunda el lugar, y un suspiro escapa de mis labios.

Elliot me observa con una sonrisa.

Deja de sonreír así. Te odio y si sonríes así no puedo odiarte. Pensé, sintiendo su encanto.

—Sí, es muy bonito. —Responde Elliot, manteniendo la sonrisa mientras me mira, y mi corazón se detiene, para volver a latir con más rapidez.

Caminamos hasta nuestra mesa y con galantería Elliot retiró mi silla para que me sentara.

—Muchas gracias.

La vista desde nuestra mesa, junto a una ventana que ofrece una panorámica de la ciudad nocturna, era impresionante. Las luces parpadeantes y los edificios iluminados le dan un toque de elegancia.

Nos encontramos en medio de una conversación con Elliot en el restaurante, y la atmósfera entre nosotros se vuelve más cálida y amigable.

—De verdad que eres muy talentosa en la cocina, ¿hace cuánto que eres chef? —me preguntó tomando vino.

—Gracias. —sonrió. —Hace casi cinco años. Mi primer trabajo fue en un restaurante muy pequeño cerca de Turín, allí estuve unos ocho meses aproximadamente. Al principio, me ocupaba de todo en la cocina: era la chef principal, la sous chef y la ayudante de cocina, incluso también fui la camarera —sonreí recordando aquellos días—. El lugar empezó a ganar renombre gracias a la buena comida y atención que ofrecíamos, y en tan solo cinco meses, pasó de estar semivacío a ocupar el setenta por ciento de su capacidad. Fue entonces cuando tuvieron que ampliar el restaurante y contratar personal extra.

—Lo llevaste al éxito. —me dice con una sonrisa.

Hoy lo he visto sonreír mucho y cada vez que sonríe se me hace cada vez más difícil intentar resistirme a sus encantos.

Hago una pausa para comer, y luego continuó. —Un día, mientras estaba trabajando en la cocina, coincidió que un dueño de un restaurante más grande fue a almorzar y quedó impresionado con los platos. Él estaba en busca de un chef para su propio establecimiento, pidió hablar conmigo y tener reuniones para llevarme a trabajar con él. Después de una breve charla, me ofreció un puesto en su restaurante y no pude resistir la oportunidad. Así que decidí aceptar la oferta y mi carrera culinaria comenzó a despegar.

—Es realmente impresionante cómo empezaste desde abajo. Lograste que un restaurante fuera exitoso en tan poco tiempo. Eres admirable. Se nota que tienes don innato para la cocina —comentó con admiración.

Agradecí su elogio con una sonrisa nerviosa. —Gracias, Elliot. Para mí, la cocina es más que una profesión, es una pasión. Desde el primer día que me paré frente a una estufa, supe que esto era lo que quería hacer, aunque también tuve motivos personales que me ayudaron a tomar esa decisión.

—¿En qué otros lugares trabajaste?

—Después de trabajar en Italia, fui a España para unirme al equipo de un famoso chef. Estuve allí trabajando durante uno año y medio. Después de España, estuve un dos y medio en Francia con otro famoso chef, aprendiendo tanto como pude y absorbiendo la riqueza de la cocina francesa. Hasta que finalmente, el restaurante en el que estoy ahora me llamó y me ofreció el puesto de chef principal.

Elliot asintió con interés. —Tienes un historial impresionante. No me sorprende que este restaurante te haya llamado para ofrecerte el puesto de chef principal. —Bebe de su copa de vino— ¿Te gustaría abrir tu propio restaurante?

—Mmmhh... no lo sé. Creo que si me preguntas ahora, mi respuesta sería que no. Amo estar en la cocina; es mi refugio, y abrir mi propio restaurante me alejaría un poco del centro de la acción. Quizás si me haces la misma pregunta dentro de diez años, mi respuesta podría ser diferente. Quién sabe lo que depara el futuro.

Elliot asintió de nuevo, pareciendo comprender mi perspectiva. —Tienes razón. No hay nada como estar en el centro de acción de lo que realmente es tu pasión.

—¿Siempre quisiste ser del FBI?

Elliot tomó un sorbo de su copa de vino antes de responder a mi pregunta.

—No, en realidad, no siempre quise ser del FBI. De adolescente, tenía diferentes aspiraciones. Soñaba con ser un piloto de aviones de combate. —Deja su tenedor sobre la mesa antes de continuar. —Cuando terminé la escuela secundaria, me uní a la academia del FBI. La idea de trabajar para una organización que luchará por la justicia y resolviera crímenes me atrajo. Pero lo que me mantuvo en este camino fue la satisfacción de saber que, en última instancia, puedo hacer la diferencia y proteger a quienes no pueden protegerse a sí mismos.

Estamos disfrutando de una agradable cena mientras nuestra conversación continúa fluyendo, sin esfuerzo. El ambiente es muy distinto, es como si fuéramos paz y tranquilidad.

—¿Por qué quisiste ser chef? —me pregunta.

—Lo conté la otra noche, no es mi culpa que te fallen las neuronas. —Respondo con un tono juguetón, intentando ocultar la fragilidad que se asomaba en mi voz.

Elliot deja escapar una carcajada suave y ronca, como si la complicidad de nuestro encuentro en el restaurante se hiciera más profunda. —Mira, guapa, a mí no me lo has contado. Se lo contaste Phillips, no a mi.

El eco de sus palabras resuena en mi mente, y me quedo en silencio durante unos segundos, un suspiro escapa de mis labios, y siento cómo la emoción se apodera de mí.

—Mi madre quería ser chef. Ella me enseñó muchas cosas. Su sueño frustrado, desde que era apenas una niña, era convertirse en una chef reconocida, pero, por diferentes motivos, su camino tomó direcciones distintas.

Elliot me escucha atentamente, y puedo ver en sus ojos una mezcla de curiosidad y comprensión.

—La forma en que ella me hablaba de la cocina... —tomo un suspiro profundo antes de continuar—. Me decía que cada ingrediente debía tratarse como si fuera el último en el mundo. Que cada plato que cocinara, cada sabor que creará, debía llevar consigo una parte de mi amor, porque eso es lo que hace que todo salga bien. El amor es lo más importante.

A lo largo de mi vida, he atesorado las lecciones de mi madre y las he convertido en mi propio mantra. La cocina había sido mi refugio, un lugar donde podía honrar su legado y, al mismo tiempo, expresar mi creatividad y amor por la comida.

Los ojos de Elliot parecen brillar mientras me escucha, y su expresión muestra comprensión y simpatía. En ese instante, lo vi de una manera diferente, no como el hombre enigmático y frío que había conocido, sino como si tuviera sentimientos.

—Vaya, ahora de insoportable pensarás que soy una sentimentalista. —Intento romper la intensidad del momento con una pequeña sonrisa

La mano de Elliot encuentra la mía sobre la mesa, acariciándola con un gesto tierno que no puedo evitar calar profundamente en mí. El gesto me toma por sorpresa y mi piel responde de inmediato, erizándose como si cada célula de mi cuerpo hubiera cobrado vida de repente. Siento las corrientes eléctricas recorriendo mi piel, un estremecimiento que se extiende desde el lugar donde nuestros dedos se conectan hasta el núcleo de mi ser.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó tratando de cambiar el tema.

Sonrió ante su pregunta y respondo con un toque de picardía en mi voz. —¿Tu madre nunca te enseñó que no se le debe preguntar la edad a una señorita? —Miro sus ojos, desafiante y juguetona. —Tengo veintisiete años, ¿y tú, cuántos años tienes?

Elliot ríe, y su risa resuena en el restaurante como una melodía agradable. —Treinta años.

La conversación continúa con mucha facilidad. Nuestras manos siguen unidas sobre la mesa, y sus caricias ocasionales con el pulgar me hacen sentir una pequeña corriente eléctrica.

El camarero vuelve con la cuenta y se la entrega a Elliot. Rápidamente se la quitó con una sonrisa..

—Yo pago. —Sonreí.

Elliot me miró sorprendido, y en sus ojos vi una mezcla de asombro y quizás un toque de orgullo masculino herido. —No, no puedes pagar tú.

Frunzo el ceño —¿Por qué no? ¿Tu ego de macho no te lo permite? Blackwood no porque pague una mujer dejarás de ser menos hombre. —Elevo una ceja con una sonrisa juguetona.

Sin esperar su respuesta, le entrego mi tarjeta al camarero con un gesto decidido. El camarero asiente y procede a procesar el pago con una sonrisa. Elliot me mira con sorpresa, sin poder creerlo.

—Eres increíblemente terca, ¿sabes? —dijo, con una sonrisa amigable jugueteando en sus labios.

Después de que el pago se completó, nos levantamos de la mesa y nos dirigimos hacia la salida del restaurante, en dirección hacia su auto.

—Poder hablar contigo con normalidad y mantener una conversación sin discusiones, es más de lo que nunca pensé conseguir de ti. —Elliot comentó mientras caminamos juntos.

Sonreí. —Gracias por la cena. —Dije, sintiendo la necesidad de expresar mi gratitud por esta experiencia única.

Me mira, y una sonrisa amigable curva sus labios. —Yo debería darte las gracias a ti, —dice apretando uno de los botones para quitar el seguro del auto. —Tú pagaste la cena.

Durante unos segundos nos quedamos mirando en silencio.

—¿Te llevo a tu casa? —preguntó Elliot, rompiendo el silencio.

Mi corazón late con fuerza ante su oferta. Le agradezco por su amabilidad con una sonrisa. —No te preocupes, puedo coger un taxi, de verdad.

—No. —responde con tono duro.

—No tienes por qué llevarme, no te preocupes... Además, puede que tengas otros planes para la noche —insinuó.

Elliot hizo un ademán y, con un tono de autoridad, declara: —Señorita... Sube y calla. Si no lo haces por las buenas, lo haré yo.

Permanezco de pie frente a él, nuestras miradas chocan en un enfrentamiento silencioso. No puedo evitar sentir la intensidad de su mirada, que parece penetrar hasta lo más profundo de mi ser. Finalmente, decido dar el siguiente paso y me inclino hacia la puerta del copiloto, entrando al auto con una sonrisa. Elliot cierra la puerta tras de mí con rapidez y se dirige al lado del conductor.

Elliot arranca el auto, y las luces de la ciudad comienzan a deslizarse ante nosotros mientras nos adentramos en la oscuridad de la noche. El sonido suave de la música de fondo llena el interior del auto.

Cuando finalmente llegamos hasta la entrada de mi edificio, deteniendo lentamente el auto.

—Gracias de nuevo por la cena y por traerme a casa. —Mi voz suena sincera.

Elliot asiente con un gesto de cabeza. —De nada. Ha sido un placer.

Nos quedamos allí, en el interior del auto, nuestros ojos entrelazados en una complicidad que parece ir más allá de las palabras. Como un imán me acerco a él, y nuestras bocas quedan muy cerca.

Inhalo profundamente sin dejar de mirarlo a los ojos, y extiendo mi mano, sacando de su bolsillo de la camisa mi barra energética. Con una sonrisa traviesa me alejo de él.

—Esto es mío y si quieres una. Consiguela por ti mismo.

Elliot parpadea desconcertado.

—Es tuyo, llévatelo

—Buenas noches, Elliot. —dije en voz baja, bajándome del auto y me quedo unos segundos de pie observando el auto.

Doy media vuelta para dirigirme a la entrada de mi edificio, pero escucho el sonido de la puerta del auto cerrarse y me vuelvo para encontrarlo detrás de mí. El latido de mi corazón se acelera, y una mirada de sorpresa se apodera de mis ojos.

—¿Qué.....

Elliot me toma de la cintura con firmeza, sus dedos presionan contra mi piel con una intensidad que me deja sin aliento. Siento un cosquilleo de anticipación recorriendo mi cuerpo mientras sus labios encuentran los míos en un beso ardiente, cargado de electricidad. Nuestras lenguas se entrelazan en un baile apasionado, y un gemido escapa de mis labios, una respuesta al deseo que arde entre nosotros.


Holaaa!!!

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