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CAPÍTULO 7

El despertador sonó retumbando agudamente en mi cabeza. Lo apagué y luego me senté lentamente en mi cama, paseando la vista por la habitación. ¿Dónde rayos estaba?, esta no era mi habitación.

— ¡Qué horrible despertador!, es como si te apuñalara los tímpanos— dijo una voz que rebotó por la habitación.

Fue entonces, que, al escuchar su voz, recordé todo. Ya no estaba en la habitación de mi casa, sino que en mi nueva habitación en la residencia de la universidad. Por un momento lo había olvidado.

Helen se removió en su cama, y mirando la hora en el reloj que descansaba sobre su mesa de luz me miró enfadada.

— ¡Son las cinco de la mañana! — se quejó mirándome con los párpados pesados y el cabello despeinado — ¡Faltan tres horas para ir a la universidad!, ¡¿Quién se levanta tan temprano?!

— Lo siento, Helen — le dije mirándola desde mi cama — Olvide cambiar la alarma.

— ¡No puedo creerlo! — refunfuñó dando vuelta en su cama hasta darme la espalda— ¡Ahora déjame dormir lo que resta de la noche!, no quiero dormirme en química, y sabes que necesito subir la nota — la escuché suspirar fastidiada — Gracias Diana.

Me reí por lo bajó, viendo como Helen un minuto después caía dormida profundamente, como si nada hubiera pasado.

Cuando vivía en la casa de mis padres debía levantarme tres horas antes para viajar y llegar a tiempo a la universidad. Ya estaba acostumbrada, y pensar que ahora podría dormir hasta más tarde me ponía una sonrisa en el rostro. Pero ya estaba despierta, y no podría volverme a dormir.

Sentada como me encontraba sobre mi cama, tomé un libro de la mesa de luz para leer, así perdería el tiempo hasta que se hiciera la hora de ir a la universidad.

Abrí el libro donde estaba el marcador y comencé a leer las primeras líneas, e inmediatamente un suspiro escapó de mis labios. En los libros el amor era ideal, el chico perfecto se enamora de ti, y es capaz de matar a todo el mundo para llegar hasta tu corazón, daría su propia vida por protegerte. La realidad es muy distinta, el chico que me trae loca ni siquiera me nota como una mujer, me ve como su hermana, su mejor amiga. Mejor amiga. Pensar en esas dos palabras sacudía mi corazón de manera dolorosa, era como tocar una herida infectada que todavía no se había curado.

Despegué la vista del libro y la paseé por las paredes, dispuesta a distraerme, y no pensar en Nicholas, pero me era imposible, todo me recordaba a él.

Por fin se hicieron las siete y media, y restaba media hora para ingresar a cursar historia del arte. El despertador de Helen sonó con una melodía clásica, las notas de un piano electrónico llegaron hasta mis oídos, su despertador era mucho más tranquilo que el mío, el cual parecía despertarte con una metralleta.

Hoy comenzaba un nuevo cuatrimestre, eso significaba nuevas materias, nuevos profesores y algunos nuevos compañeros.

Helen se levanta de su cama lentamente mientras se desperezaba estirando sus brazos sobre su cabeza, como si fuera un paso de ballet, casi artístico. Luego, caminando como zombie se acercó hasta la ventana, y corriendo la cortina, que llegaba hasta el suelo, descubre lo que parece ser una pequeña heladera.

— ¿Creo que no nos permiten tener esas cosas aquí? — le dije mirando como del interior de la heladerita sacaba dos sándwiches de queso, que se veían sumamente apetitosos.

— Por supuesto que no, por eso lo oculto detrás de la cortina — respondió Helen con una sonrisa picarona en su rostro. Mi amiga es toda una delincuente. Me ofreció uno de los sándwiches que traficaba y yo lo tomé con mucho gusto, pero sintiéndome un bandido al mismo tiempo.

La castaña caminó hasta el placar, y en un movimiento sigiloso abrió la puerta del medio, mostrándome lo que ocultaba allí, donde debería guardar sus zapatos había una pequeña cocina eléctrica y una cafetera. ¿Qué más esconde esta chica aquí?, ¿Un tesoro pirata?

— Supongo que eso también es ilegal — afirmé dándole otro mordisco a mi sándwich, el cual llenó mi paladar de un exquisito sabor, obligándome a lanzar un gemido de placer.

— ¡Vamos!, no soy la única en la residencia que oculta una cafetera. El café del comedor de la universidad es horrible. Nadie desayuna ahí — decía encendiendo el horno, e inmediatamente la tensión de luz bajó por unos segundos, y puedo jurar que creí que quedaríamos a oscuras, pero no, la tensión se recompuso un segundo después, normalizando la intensidad de las lámparas.

— Si estos electrodomésticos están prohibidos, puedo asegurarte que es por una buena razón. Creo que deberías hacerles caso si no quieres estudiar a la luz de las velas — le dije mirando la lámpara sobre mi cabeza con algo de miedo, como si esta pudiera explotar sobre mi cabeza o algo por el estilo.

— ¡Toma tu café y cállate! — me respondió de manera divertida ofreciéndome una taza de café caliente y sabroso.

Luego de tomar nuestro desayuno clandestino, y que Helen volviera a ocultar los electrodomésticos, salimos de la habitación, en dirección a la facultad de medicina, ella cursaba química y yo historia del arte, Helen estudiaba medicina, mientras que yo hacía una especialización en literatura, mi mayor pasión debo confesar, los libros son lo que más amo en mi vida, claro, después de Nicholas obviamente.

Me despedí de Helen en el pasillo, y yendo en sentidos opuestos, cada una se dirigió a su aula respectiva.

Seguramente se estarán preguntando porque las dos estamos asistiendo a la misma facultad, cuando ella estudia medicina y yo literatura, bueno, la facultad de filosofía y letras está cerrada por reparaciones, así que los alumnos de letras cursamos nuestras materias en la facultad de medicina.

Era una de las primeras en llegar al curso, caminé traspasando la puerta y lo primero que noté fue un esqueleto y un maniquí, y algunos posters de órganos colgados en la pared. Este no parecía el curso de historia del arte, sino de anatomía, aunque habían intentado cambiar el ambiente colgando un afiche que retrataba el árbol genealógico del linaje divino de la mitología griega en el pizarrón, eso no ayudaba mucho, ya que era opacado por los intestinos de plásticos y las réplicas de cráneos que le rodeaban. Miré en la puerta para corroborar el número de aula, era aquí, todavía no me acostumbraba a orientarme en esta facultad. Los asientos estaban desocupados en su mayoría, tomé uno en el centro, nunca me gustó sentarme al fondo, ni tampoco adelante, pisándole los dedos del pie al profesor, me gustan los términos medios.

Estaba concentrada acomodando mis libros sobre el escritorio cuando alguien se sentó a mi lado sin que yo me percatara de eso, hasta que me habló.

— ¿Diana? — dijo una voz femenina, muy femenina para mi gusto, parecía que estuviera hablando con una niña de diez años.

Levanté la vista y mis ojos se encontraron con los de ella. La verdad no podía creerlo, era como una pesadilla, la princesita con su cabello negro y brillante, con sus ojos de aceituna, se encontraba sentada a mi lado, con una estúpida sonrisa en sus labios de frutilla. ¿Acaso mi desgraciada vida puede hacerse aún más desgraciada?

— ¿Lea? — pregunté totalmente anonadada, ¿Qué hacía aquí?, ¿Seguro que no sigo en mi cama teniendo una pesadilla? ¡Una muy fea pesadilla!, me pellizco el brazo, no, definitivamente estoy despierta.

— ¡No sabía que íbamos a la misma universidad! — exclamó feliz y entusiasmada mientras ponía su delgado trasero en la silla junto a mí.

— No, yo tampoco lo sabía — le respondí de manera pedante, pero intentando fingir una sonrisa, Lea me miró extrañada — ¡Qué coincidencia más oportuna! — exclamé riendo. La vida es irónica. Mi compañera de banco resultó ser la novia de mi amor platónico e imposible.

Lea pareció querer decir algo al respecto, pero fue interrumpida por la voz avejentada del profesor haciendo su entrada al curso.

— Buenos días, alumnos — dijo dándole una mirada curiosa al esqueleto de la pared — Como habrán notado esta aula no es muy apropiada para dictar historia del arte, pero mi aula se encuentra fuera de servicio, al igual que el resto de aulas de la facultad de filosofía y letras, sin electricidad para ser más preciso — nos informó con una sonrisa resignada. Definitivamente estas son las consecuencias de que los alumnos escondan heladeras en sus habitaciones — Así que mi buen amigo, el profesor Areta, que dicta anatomía en la carrera de medicina, nos prestará su aula hasta que la mía se encuentre en condiciones.

Luego de esa improvisada y breve explicación del porque el aula de historia del arte tenía esqueletos en los rincones y folletos de órganos colgadas de las paredes, comenzó a narrar sobre la cultura grecolatina, partiendo desde el inicio de todo, la época clásica. Yo intentaba apuntar todas las palabras que el profesor decía, pero hablaba tan rápido que por momentos me perdía y me era imposible recuperar la información dejada atrás. En cierto momento el anciano se detuvo en su explicación para hacer una interrogación al alumnado, estos momentos son claves para ganarse la simpatía del profesor, recibir recomendaciones y otras garantías de su parte. La universidad es como un ring de boxeo, todos luchan por ganarse el amor del público, en este caso de los docentes.

— Ya dijimos que la cultura griega es la base de todo el arte y literatura de occidente, ¿Podrían darme un ejemplo de una obra que tenga vigencia hasta en nuestros días?

Mi mente pensó a mil, pensando en todo lo que había leído en mi vida, intentando recordar si alguna de ellas era griega o latina, tenía que hacerlo antes que alguien me gane en la respuesta.

— Edipo Rey — respondí casi sin pensar en mis palabras, ni siquiera recordaba al autor, espero que sea griego.

— Bien, la obra de Sófocles — dijo y yo pude respirar con alivio, el profesor me miró como si fuera a grabar mi rostro en su memoria, mi plan estaba funcionando, unas clases más y sería el brazo derecho del profesor — ¿Crees que es una de las más importantes de la cultura grecolatina?

Lo pensé varios segundos, casi no sabía que responder.

— Sí, incluso en la actualidad persiste, dicha obra nos presenta el complejo de Edipo, que hasta hoy en día está presente... incluso la psicología lo tomó para referirse a esa etapa en los niños cuando tienen preferencia por la madre...

— Aunque mi compañera dio una muy buena respuesta — me interrumpió Lea a mi lado, dejándome con las palabras en la boca, ¡Esa perra! — Yo hubiera citado a otros autores mucho más importantes, empezando con Homero y Hesíodo — ¿De qué diablos está hablando? — Además de que sus obras son de gran patrimonio literario, también sirven para conocer la cultura, sociedad y religión de esa época.

Los ojos del profesor se habían olvidado de mí, ahora estaban pegados en mi compañera de banco, la miraban con admiración como si fuera la alumna de ensueño. Eso fue un golpe duro a mi quijada.

— Veo que me ha tocado una alumna ejemplar. Espero que siga sorprendiendo de esta manera el resto del año — el profesor le sonrió y ella asintió satisfecha a sus palabras. Si esto hubiera sido una pelea de boxeo, eso hubiera contado como un nocaut, yo estaría en el suelo golpeada e inconsciente. ¡El profesor literalmente se olvidó de mí!, Lea frustró mi plan para quedar como la distinguida en el curso. Cada segundo que pasaba la odiaba un poco más.

Cuando la clase llegó a su término, salí del aula refunfuñando entre dientes. ¡Me las va a pagar!, ¡Me saca a Nicholas y ahora mi puesto como el brazo derecho de los profesores!, ¡Voy a tener que hacer algo al respecto!, ¡Recuperar lo que es mío!

— ¡Espera, Diana! —me detuvo la princesita, ¿Qué quería ahora?, ¿Quedarse con el dinero de mi almuerzo también? — ¿Te vienes a la mesa con nosotros?, acompáñanos.

¿A la mesa con ellos?, ella era la nueva en el grupo, yo me senté con Nicholas y Helen en la misma mesa durante los últimos quince años. Tuve que contar internamente hasta tres para no estrellarle su linda cara de niña buena contra los casilleros.

Uno...

Dos...

Y tres... Listo.

— Sí — respondí tragando de vuelta la bilis que se estaba acumulando detrás de mi paladar — Después los alcanzo — creo que la vena de mi ojo se había accionado y comenzado a latir.

— Bueno — dijo inocentemente — Ahí nos vemos — y se fue caminando tan delicadamente que parecía flotar entre nubes.

Guardé los libros en mi casillero y me dirigí al baño. Los sanitarios estaban vacíos para mi suerte. Me planté frente al espejo y contemplé mi imagen. Era una chica con el ceño fruncido, el cabello dorado levantado en una coleta, y mis ojos resaltaban contra el reflejo, escondiendo detrás de las pupilas una ira contenida, que sabía cómo a veneno en mi garganta. Chasqueé la lengua intentando desaparecer el mal sabor. Luego me lavé el rostro repetidas veces mientras refunfuñaba entre dientes.

— Maldita Lea... ladrona de chicos... perra...

Cuando me sentí más relajada me dirigí al parque, a la misma mesa de siempre donde esperaba encontrar a mis amigos, sólo que esta vez había dos infiltrados. Estaba Jeremy, el chico gay amigo de la princesita, y la misma princesita estaba sentada al lado de Nicholas, mientras ambos intercambiaban saliva de una manera muy impúdica, prácticamente se estaban engullendo uno al otro. ¡Por Dios, búsquense un hotel!, ¡No mejor no!, muy tarde, no pude evitar imaginarme la asquerosa escena. E imaginarme a Nicholas intimando con Lea hizo que la rabia hirviera en mi interior, haciendo ebullición como un volcán encendido. Me senté junto a Helen, quien me miraba con lástima y comprensión, balbuceó un poco pensando que decir, intentaba distraerme.

— No saben quién vuelve a la ciudad — ahora tenía mi atención, y Helen sonrió satisfecha consigo misma por hallar que decir. Al parecer también había llamado la atención de Nicholas, quien se había despegado de Lea — Marcus.

— ¡Oh, mierda! — exclamé frunciendo el entrecejo, las cosas cada vez se ponían peor.

— La última vez que lo vimos éramos niños, seguramente habrá madurado — me alentó Helen, pero ni yo ni Nicholas le creíamos.

— Dudo mucho que haya dejado de ser un idiota — agregó Nicholas convencido.

— Este Marcus del que hablan — Jeremy se agregó a la conversación con una enorme y picarona sonrisa en su rostro — ¿Está bueno?

Un gemido se atoró en el fondo de mi paladar por la sorpresa, las palabras de Jeremy habían sido extrañas, nunca me las había planteado, tal vez porque solo tenía ojos para un chico. Helen respondió rápidamente, como si ya lo supiera desde hace tiempo.

— La última vez que nos vimos éramos niños todavía, pero para ser un púber de trece años, tenía su atractivo.

Jeremy sonrió ampliamente, con anhelo en su mirada, sin poder esperar para conocerlo, en cambio yo, sólo pensaba en una cosa: ¡El patán, más odioso volvía a mi vida!      

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