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Capitulo III

Joven Daniel hoy en la clase de matemáticas fracasé nuevamente al intentar devolverte tu cuaderno ¿La razón? Quisiera decir que fue tu novia, pero no, esta vez no fue ella sino tu queridísima tía la señora Braun. Todavía no entiendo como puedes estar relacionado con con esa antipática Inglesa de sangre ácida.

Firma: Amelia, regañada, Bosh.

<***>

Mi madre era la mujer más ocupada del mundo, no digo yo siendo la vicepresidenta del banco BDP y además teniendo la responsabilidad de cuidar de dos hijos, una casa y un intento de perro, El Peluso. Con tanto casi nunca estaba en casa, no en cuerpo y mente presentes.

Mis padres se habían separado 5 años atrás (y me atrevo a decir que la culpa fue de mi padre), el divorcio se formalizo justamente 3 meses después del nacimiento de Feli, este ni bien acababa de nacer y ya carecía de figura paterna y justo por eso lo cuido con tanto recelo, decidí desde que lo tuve en mi regazo que no  permitiría que la ausencia de mi padre lo dañará tanto como a mi. Atravesada por un dolor mas grande que el de parir un hijo mi madre había tomado una desición y no dudo en expresarla con palabras, palabras que ella siempre goza de repetirmelas: "No vayas a pensar que con el nacimiento de este otro hijo me voy a obligar a seguir contigo. Esto se acabo Felipe, tu lo acabaste". Después de que estas palabras salieron de la boca de mi madre estando en la sala de partos, con mi hermanito en brazos y la desición clavada en el alma, termino toda esperanza de arreglar la relación con mi padre rotundamente.

Digo que Felipe Bosh se buscó el despreció de mi madre porque con sus actos el mismo se lo gano. Mire que no cualquier mujer, por mojigata que sea, aguanta todo lo que doña Sonia Inés (antiguamente de Bosh) Ortiz le aguantó a mi padre: Celos, abusos, infidelidad, humillaciones, frialdad... y como si fuera poco esperarlo por días, con el corazón en la mano, cuando se iva de viaje sin siquiera avisar. Yo viví el dolor de mi madre como si hubiera sido mío, y es que mi padre también me hizo mucho daño. Estar al lado de la persona que me dio mi primer apellido era lo mas doloroso y, aún asi, lo que más anhelaba en el día. Sin titubeos puedo declarar que mi padre es el causante de todos mis traumas infantiles, gracias le doy a Dios porque mi madre siempre estuvo ahí para consolarme cada que llegaba herida a causa de sus palabras o su ausencia.

Podría pasar todo el día y el resto del año recordando a mi padre y su trágica, pero afortunada, ruptura con mi súper mamá, pero eso no pasará, por lo menos no hoy.

—Feli ¿Quieres panqueques? —sin siquiera esperar por una respuesta me encamine hacia la cocina y puse en marcha una orden del esponjoso platillo que tanto gustaba a mi hermanito.

—Si —respondió este cuando yo ya me encontraba en la cocina.

Físicamente el pequeño Felipe era muy parecido al grande, esos enormes ojos negros que se le iluminaban cuando estaba feliz no lo dejaban negar su herencia. Por otro lado el pelo castaño alborotado y la piel clara eran otras de tantas cosa que le había heredado al Felipe grande. En el carácter pasaba todo lo contrario, si Felipe era una pesada roca de sal entonces Feli era un ligero terrón de azúcar... mi terronsito de azúcar.

Luego de devorar sus panqueques mas rápido que el mismo flash, literalmente, a Feli le toco tomar su habitual baño y aunque no le gustaba que le ayudará, tuve que interceder porque la mugre que traía encima era mucha. Luego le puse su pijama, una de rayas de diferentes tonos de verde que no me gustaba mucho... pero que el amaba. Con la misma pasión con la que imagino y Feli había acariciado, jugado y correteado durante dos horas con su enmarañado amigo canino se había entregado a un pesado sueño que desde hacía ratos amenazaba con hacerlo caer.

—Y cayó  —dije como para mi suspirando aliviada. Me quite los zapatos para no hacer ruido alguno y salí así  dejando a Feli sumido en su siesta.

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