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fallen star

La marea estaba alta, las estrellas tintineaban desde el cielo y era media noche cuando Seungkwan sintió la brisa tras él.

Exhaló lento la esencia que de pronto parecía rodearlo, se combinaba lentamente con la sal del mar y terminaba pegada en lo profundo de su piel, arraigándose a su ser.

—No deberías estar aquí.

De todos los ángeles que conocía Mingyu era el peor. Alas negras y elegantes, una figura alta y estilizada y, por supuesto, un perfil digno de alguien cercano a un dios.

—Ciertamente tú tampoco —retó Seungkwan.

No lo envidiaba, pero en realidad su presencia le resultaba levemente insultante. No podía odiarlo porque Seungkwan era un ángel, y era imposible que criaturas celestiales pudiera retener sentimientos tan negativos dentro de sí.

—Te seguí.

—¿Para delatarme?

Sintió de nuevo la brisa y supo que Mingyu había recogido sus alas; un segundo después lo tenía a su costado, sentado sobre la arena al igual que él.

—Para acompañarte.

Seungkwan rodó los ojos porque sabía Mingyu mentía, siempre mentía; sus alas negras delataban cada uno de sus impuros actos, de sus siniestros delitos.

¿Por qué no lo has desterrado? —le preguntó alguna vez a Jeonghan, el ángel más cercano a dios—. Él no debería estar aquí, solamente estás atrasando lo inevitable.

—Porque él es el favorito.

—¿El favorito de quién?

Por supuesto que Jeonghan no le había respondido a una pregunta tan absurda. Quizá Mingyu era el favorito solo por su belleza, o por su voz, o incluso podía serlo solo por su nombre.

A Seungkwan no lo terminaba de convencer.

Mingyu debería ser un ángel caído, desterrado entre humanos y condenado a una vida eterna de miseria; sus alas debían ser la única prueba para su condena.

—No necesito compañía, mucho menos la tuya.

Sintió su corazón latir dentro de su pecho cuando una de las olas apenas y acarició las puntas de sus pies sobre la arena. Seungkwan había sido un humano antes que un ángel, algo difícil de lograr porque los humanos eran crueles por naturaleza, y un ser cruel no puede ser cercano a dios. Pero Seungkwan había sido un buen humano, caritativo y cautivante, tan especial que había muerto y renacido como un ser de luz imperial: un ángel de alas blancas recompensado con un corazón que aún latía y que podía permitirse el lujo de visitar la tierra de vez en cuando.

Olvidó al otro ángel por un segundo. Se permitió reír cuando la espuma del mar le hizo sutiles cosquillas en la piel y las plumas de sus alas se mojaron un poco.

Dejo de reír cuando sintió la mano de Mingyu tocando una de sus alas, acariciando su plumaje con delicadeza. Seungkwan sintió un escalofrío, supuso que era por el rechazo que sentía hacia el otro ángel. Recogió su ala con brusquedad. No deseaba mancharse de las cenizas que parecían perseguir a Mingyu.

—Lo lamento, no pude evitarlo —se disculpó Mingyu.

—No lo hagas de nuevo —pidió—. Si tanto anhelas alas blancas debiste haber conservado las tuyas propias.

Mingyu no le respondió de inmediato. Seungkwan aprovechó el silencio para cerrar su ojos, perdiéndose en el sonido de las olas colisionando entre ellas, las risas de los humanos que podía oír incluso a kilómetros, y el corazón palpitante dentro de su pecho.

—No cambiaría mis alas por mi pasado. Cuando se conviertan en ceniza caeré con ellas a la tierra y no me arrepentiré de su color, ni siquiera cuando olvide que alguna vez fui un ángel.

Seungkwan vaciló. Lo inevitable. Las alas de Mingyu eran negras, malditas por su pasado; y aunque no fuera a ser desterrado en algún momento por Jeonghan, sus alas se volverían tan negras que se terminarían por convertir en ceniza; y Mingyu quedaría sin alas; inevitablemente iba a ser un ángel caído.

—Debería aterrarte. Convertirte en un caído debería aterrarte.

—¿Por qué? —preguntó Mingyu—. Me convertiría en un humano, así que no puede ser tan malo. Tú fuiste un humano, ¿la pasaste tan mal?

—No lo sé. No lo recuerdo —admitió—. Tuve que haber tenido un buen ángel guardián para no haberla pasado tan mal en una tierra de hostiles.

—Tú nunca fuiste un hostil.

Seungkwan no volvió a hablar, mantuvo el silencio hasta que el sol se asomó. Entonces extendió sus alas y voló. Mingyu lo siguió.

...

—No puedes entrar ahí.

Seungkwan cruzó sus brazos sobre su pecho, sus alas se crisparon a su al rededor.

—¿Por qué no?

Chan lo retó con la mirada, sus alas se extendieron más que las de Seungkwan, tratado de agrandarse, y dio un paso al frente.

—Porque fuiste un humano.

De vez en cuando Seungkwan se preguntaba si realmente ser un ángel había sido una recompensa por su vida en la tierra. No podía hacer cosas que ángeles innatos podían; no podía ver más allá del horizonte, no podía volar tan alto, no podía saber su pasado y, por supuesto, no podía hablar con dios.

—Solo son libros, Chan. No me matarán —bromeó un poco.

Chan no se rió, pero sus alas volvieron a doblarse en su espalda y su mirada se aligeró.

—Los libros no, su conocimiento sí.

Era absurdo. Para ser un buen ángel Seungkwan debía aprender todas las bases de los seres celestiales y no podía hacerlo si la entrada al conocimiento se le era negada cada vez que recurría a ella.

—No puedes detenerme —aseguró entonces.

Empujó a Chan tan fuerte como pudo, apenas logrando moverlo un poco de su posición original. No tuvo que seguir intentando pasar por mucho; Jeonghan pronto atendió el alboroto, bajando de a poco hasta quedar frente a Seungkwan, con sus alas batiéndose con gracia y sus pies despegados de su suelo.

—Él no puede, pero yo sí —habló Jeonghan. Tenía razón, ningún otro ángel podía tener más autoridad que el más cercano a dios—. ¿Por qué no vas a divertirte con los querubines?

Seungkwan juntó sus cejas, quedándose sin argumentos para defenderse. Era imposible debatir con un ángel tan poderoso como lo era Jeonghan.

—Solo queremos echar un vistazo.

Sintió el brazo de Mingyu abrazar su cintura a la vez que escuchó su voz a su lado. Sus alas negras picaban y contrastaban contra las suyas. Seungkwan mantuvo el silencio mientras veía a Jeonghan parpadear lento.

Chan dio un paso atrás, después otro y otro más, dio tantos que desapareció de la vista de Seungkwan.

Cuando estuvo solo, Jeonghan suspiró resignado. Sus alas dejaron de batirse y se alejó del camino.

Seungkwan dejó escapar el aire que no sabía que había estado reteniendo. Mingyu podía sobrepasar a Jeonghan con facilidad, el ángel favorito podía simplemente pisotear al ángel más cercano a dios. Mingyu, un ángel que caería, podía simplemente hacer lo que quisiera mientras sus alas existieran.

—No debías hacer eso —dijo Seungkwan mientras recorría los pasillos.

Libros y más libros se extendían infinitamente frente a él: el conocimiento de todos los humanos, de los ángeles y de dioses se resguardaba entre aquellos estantes.

—Tú querías entrar.

—Y lo hubiera hecho con tu ayuda o sin ella —aseguró, a pesar de no estar seguro de su afirmación. Ni siquiera había sido capaz de mover a un ángel de bajo rango como Chan, hubiera sido imposible retar a un ángel tan poderoso como lo era Jeonghan.

Mingyu sonrió. Seungkwan no lo vio, pero de alguna forma lo sintió, como una mariposa aleteando junto a su oreja, o como la lluvia cayendo sobre su cabello.

—No es necesario que me agradezcas —se burló Mingyu.

—No te estaba...

Calló. Destellos dorados y plateados se desplegaban sobre él; el libro que sostenía entre sus pálidas manos emanaba luz blanca, tan blanca que por un instante cegó a Seungkwan dolorosamente.

—¿Seungkwan? —Mingyu parecía preocupado, su voz de pronto le sonaba distante.

—¿Qué es esto?

Mingyu no le contestó. Seungkwan odiaba cuando sus respuestas no le eran respondidas, sin embargo no pudo importarle menos la ausencia de una esta vez. Realmente esperaba poder averiguarlo por su cuenta.

Estaba abriendo el libro cuando Mingyu se lo arrebató. Mingyu jamás le había dado motivos para no agradarle; le hablaba bien, cuidaba su espalda incluso cuando Seungkwan no quería y de vez en cuando trataba de defenderlo de ángeles mayores, más poderosos. A Seungkwan simplemente no le agradaba solo por ser él, por tener alas negras que evidenciaban un pasado pecaminoso, no le agradaba porque Mingyu sería un caído. Un caído que no le temía a no volver a levantarse. Pero, para ser sincero, que le arrebatara el libro que pareció estar buscando toda su existencia como ángel lo irritó un poco.

—No tienes que leerlo. Puedo contártelo —dijo Mingyu, y a Seungkwan le sorprendió encontrar esa pizca de emoción en su voz.

—No quiero que me lo cuentes.

Pero Mingyu lo ignoró, abrió sus alas y se envolvió con ellas, usándolas como cobija mientras se acomodaba en el aire.

Seungkwan se dejó caer al suelo, sin muchas ganas de tener a Mingyu frente a frente.

—Es una leyenda escrita por dios, así que no es una mentira —Seungkwan alzó su vista, sus ojos encontraron a los de Mingyu por un segundo antes de que bajara su vista de nuevo—. Dice que cuando nació, dios mismo lo encaminó a la tierra.

—¿A quién?

Mingyu sonrió, esta vez Seungkwan si lo vio. Su piel se erizó cuando Mingyu bajó hasta él y se sentó, sus alas negras tan grandes que rozaban los dedos de Seungkwan aunque estuviera a un metro.

—El humano; su humano favorito —respondió—. Le cedió también a su mejor ángel, convirtiéndolo en su ángel guardián. Le permitió una familia buena, una vida buena, pero una muerte agonizante —Mingyu susurró lo último, así que Seungkwan apenas y pudo escucharlo bien—. Mientras crecía el ángel lo cuidaba, lo bendecía todos los días y lo seguía con cada paso. Sin embargo, el humano era tan bello y bueno, que el ángel se enamoró de él. Un acto así debería haber sido castigado  de inmediato, pero dios lo dejó pasar, porque aquel era su ángel favorito —la garganta de Seungkwan se secó de manera repentina, su aliento se atoró en su garganta que de pronto parecía quemarlo desde dentro—, y de cualquier forma el humano no sabía que un ángel lo amaba. El ángel continuó su labor hasta que, un día, la muerte, inevitablemente, alcanzó al humano, quién terminó muriendo agonizante en los brazos de un extraño. Pero el ángel, insatisfecho, enfurecido y desesperado le rogó a dios que le permitiera al humano vivir, y le rogó tan fuerte que sus plegarias fueron escuchadas.

—¿Y qué pasó después? —indagó Seungkwan, muriendo por saber.

—Después el libro acaba —dijo Mingyu, pero de nuevo, Seungkwan sabía que mentía.

—Tú eres el favorito. Eres el ángel favorito; tú sabes qué pasó. ¡Dímelo!

Mingyu agachó su cabeza. Extendió sus alas negras, imponentes, elegantes; el castigo que le había sido dado por dios.

Seungkwan lo entendió entonces. Mingyu no podía ser tan malo como pensaba, no si había perdido sus alas blancas por amar.

...

—Hubieras estado ahí —dijo—. Fue increíble, las historias ahí son increíbles.

Seokmin dejó salir una risa que hizo a Seungkwan apenarse por su emoción.

—Las historias son increíbles, pero te voy a contar un secreto —Seokmin se acercó a él. Estaba vacío, al rededor no había ángeles ni aves, no había humanos ni dioses—: los recuerdos son aún mejores.

—¿Recuerdos?

Seokmin asintió. Tomó la mano de Seungkwan y caminó a su lado con lentitud.

—Una vez los vi: los recuerdos del humano al que serví —dijo. Seokmin había sido un ángel guardián, también había sido el primer ángel en acercarse a Seungkwan cuando nació como un nuevo ángel, sin ningún recuerdo de su vida, y no como un humano—. Se llamaba Joshua, y me gustaba cuidarlo cuando de niño caía y se raspaba las manos con la acera, cuando cruzaba la calle y miraba los dos lados, o cuando los chicos lo rechazaban en la escuela —dijo riendo—. Quizá no lo sepas, pero cuando un humano muere sus recuerdos se convierten en una de las flores del jardín; y solamente el ángel guardián que le sirvió puede abrir esos recuerdos.

—¿Entonces debo convertirme en ángel guardián para poder ver recuerdos? —rió—. Es más probable que me convierta en humano de nuevo a que me convierta en ángel guardián.

Seokmin se rió con él, y Seungkwan se sintió cálido ahí junto a él. De todos los ángeles, Seokmin era su favorito. No entendía cómo el favorito de dios era alguien como Mingyu y no como Seokmin. Pero entonces pensó en lo que la historia decía, en lo que Mingyu había hecho para perder el privilegio de alas pulcras y brillantes.

Enamorarse no podía ser un pecado tan malo.

—¿Dónde está ese jardín?

La risa de Seokmin se desvaneció en el aire, su mirada se tornó incrédula y después se volvió seria.

—No te puedo decir. Contarte es divertido, pero no puedo revelarte información así. Fuiste un humano.

Todos los ángeles parecían deleitarse en recordarle a Seungkwan que había sido un humano. No era que le molestara, de hecho Seungkwan amaba saber que había sido un humano antes que un ángel, que había vivido entre humanos y que había sido tan bueno que había sido recompensado, convertido en un ángel para estar cerca de dios.

—Exacto. No importa si me dices, no soy un ángel guardián, así que de cualquier manera no puedo abrir los recuerdos de nadie —dudó un poco antes de decir lo último—, ni siquiera puedo abrir los míos.

...

Seokmin sí le había dicho, y Seungkwan entendía muy bien por qué. Seokmin era un ángel blanco, tan blanco como la inocencia de un niño humano, no había dudado de sus intenciones ni un segundo mientras le contaba todos sus secretos.

Seungkwan era un ángel. Los ángeles no tenían malas intenciones jamás, ni siquiera un ángel de alas negras como Mingyu.

—Sí.

Seungkwan alzó una de sus cejas, sus alas batiéndose en su espalda para mantenerlo a la altura de Mingyu.

—Ni siquiera he hablado.

—Pero viniste hasta mí porque quieres algo, así que sí.

Seungkwan rodó los ojos. Era absurdo, Mingyu era absurdo. Jamás lo había tratado lo suficientemente bien como para que lo considerara su amigo, y aún así el ángel nunca dudaba en ayudar a Seungkwan y seguirlo a todos lados.

Antes Seungkwan creía que Mingyu lo hacía para tratar de redimirse de sus pecados, pero ahora que sabía la verdad del origen de sus alas negras en realidad ya no sabía que era lo que debía pensar.

—Quiero saber la historia completa —dijo—. Quiero la perspectiva del humano.

Mingyu cerró los ojos fuertemente y no los abrió hasta que para Seungkwan ya había pasado una eternidad.

—No te puedo contar la perspectiva del humano. Yo solo era su ángel guardián.

—Lo sé. Pero sus recuerdos ahora son una flor del jardín, ¿no es así? Escuché que solo el ángel guardián de un humano es quien puede abrir los recuerdos de su flor.

—¿Dónde escuchaste eso?

Seungkwan ignoró la pregunta, dando un paso hacia Mingyu, levantando la vista para encontrar sus ojos.

—Vayamos.

Mingyu pareció palidecer. Por un momento Seungkwan creyó que Mingyu se retractaría de sus palabras, que le diría algo como: "no te ayudaré esta vez, Seungkwan," o quizá una simple negación a su petición.

Se equivocó, porque Mingyu terminó por desplegar sus alas en su totalidad, logrando que Seungkwan se encogiera un poco al sentir la magnitud de las plumas frente a él.

—Sígueme —le dijo Mingyu. Le extendió su palma, suave y blanca, y Seungkwan la tomó antes de que comenzaran a volar.

Le gustaba volar, lo disfrutaba mucho; sabía que los humanos no tenían ese don tan magnifico innato de los ángeles. Pero Seungkwan no podía volar tan alto, así que Mingyu lo cargó sobre su espalda como si fuera tan ligero como las plumas de sus alas y no se quejó cuando se quedó dormido sobre él.

Despertó cuando una ráfaga de frío invadió su cuerpo. Los ángeles no se mostraban tan sensibles a las sensaciones como lo hacían los humanos, sin embargo, Seungkwan era más susceptible a los pequeños cambios a su al rededor. Humano. Eso fue antes, y de alguna forma su cuerpo lo sabía y reaccionaba ante estímulos diminutos.

Lo cubría un manto negro de ceniza, tan cálido que Seungkwan volvió a cerrar los ojos sin poder evitarlo, cansado de un largo viaje; emocionado por sus futuros descubrimientos.

Sintió el aliento de Mingyu a su lado y no se movió. Cálido. Mingyu lo hacía sentir así.

Solo un segundo, se dijo; solo un segundo más antes de seguir.

Entonces volvió a dormir.

...

La puerta era de oro trenzado con figurillas por doquier: ángeles guardianes, querubines, aves y mariposas. No tenía ninguna cerradura, así que Seungkwan simplemente la empujó para poder abrirla.

—Es porque nadie que no tenga el suficiente poder como para estar aquí puede llegar —explicó Mingyu mientras entraban—. Solo los ángeles guardianes, ángeles como Jeonghan, y dios, pueden volar tan alto.

Seungkwan asintió sin prestar mucha atención, ensimismado por completo con los caminos de plata, el río con plantas acuáticas y las bonitas flores de colores a su al rededor.

El jardín era precioso, digno de ser llamado celestial y paradisiaco.

No había nadie más que ellos dos, así que Seungkwan se permitió pasear sin rumbo mientras admiraba cada rincón y cada detalle del lugar, cada flor y cada pétalo caído.

—¿Por qué se caen? —preguntó entonces—. Los pétalos, quiero decir.

Mingyu lo seguía de cerca, casi pisándole los talones.

—Porque son recuerdos malos. Los pétalos caen de una flor cuando la persona odia tanto un recuerdo que lo desea eliminar de su memoria para siempre.

Era un poco triste pensar en eso. Las orillas de los caminos que seguían estaban cubiertos de pétalos marchitos. Seungkwan se preguntó qué tan mala podía ser la tierra para que las personas quisieran olvidar sus propios recuerdos antes de morir.

—Cuando voy a la playa no parece tan mala, ¿sabes? La tierra parece un buen lugar desde ahí. Siempre escuchaba a humanos riendo a lo lejos y parecían pasársela bien.

Mingyu dejó de estar detrás de él para pasar a su costado, tan cerca que sus brazos chocaban de vez en cuando mientras caminaban, sus alas rozándose permanentemente.

—Hay momentos que no son malos. Creo que, de manera inconsciente, atraes los buenos momentos en tus visitas a la tierra. Por eso cuando vas los humanos siempre parece pasársela bien.

En ocasiones Seungkwan se preguntaba si la tierra realmente era tan mala como algunos ángeles decían. Le gustaría averiguarlo algún día por cuenta propia.

Después de vagar por un rato más Mingyu comenzó a ir más y más lento, como si una fuerza le impidiera moverse de manera natural. Cómo si estuvieran cerca de lo que Seungkwan buscaba.

—¿Sabes cuál de todas es su flor?

Mingyu ignoró la pregunta y dejó de caminar, así que Seungkwan lo miró confundido.

—Si no estuvieras aquí y ahora conmigo, ¿preferirías averiguar la historia que te conté, o saber tus propios recuerdos?

Sus propios recuerdos. Era algo obvio para él contestar aquello. Seungkwan podía morir por saber lo que había hecho en su vida humana, conocer a su familia, saber quiénes eran sus amigos, incluso averiguar la forma en la que murió y fue bendecido para convertirse en un ángel.

Pero no lo dijo. Solamente miró a Mingyu a los ojos, y quizá Mingyu pudo leer su mente. Seungkwan no podía estar seguro, pero las alas negras de Mingyu parecieron aligerarse mientras mantuvieron sus miradas unidas. Mingyu sonrió, y Seungkwan comenzaba a acostumbrarse tanto a su sonrisa que incluso le comenzaba a gustar un poco, después acunó una de sus mejillas, y él toque se sintió tan familiar para Seungkwan que no pudo evitar cerrar los ojos y sostener la palma de Mingyu contra su piel por unos instantes que deseó fueran eternos.

Después de la extraña interacción Mingyu suspiró satisfecho y Seungkwan abrió sus ojos, los guió en dirección a donde la mirada de Mingyu apuntaba.

Una magnolia blanca descansaba a la orilla del río y se balanceaba suavemente, danzando junto a la brisa con diversión.

—¿Es esa?

—Sí —le respondió Mingyu—. La abriré para ti, pero debes de prometer algo antes.

Seungkwan ladeó su cabeza confundido. Ningún ángel jamás le había pedido una promesa a cambio de una acción; las promesas eran consideradas un acto íntimo, un acto que podía equivalerse al amor de los humanos.

—¿Aunque no pueda cumplirlo? —Seungkwan iba a ser sincero, después de haber llegado tan lejos no podía mentir en algo tan íntimo como lo podía ser una promesa.

—No puedes dañar a la flor. Sea lo que sea que veas dentro de ella, no puedes lastimarla. No puedes herir sus recuerdos.

El corazón de Seungkwan latió más rápido y más fuerte mientras hacía la promesa.

Cuando Mingyu tomó la flor entre sus dedos, la flor comenzó a brillar, se fue abriendo de a poco, y cuando sus pétalos parecían a punto de explotar Seungkwan ya la tenía entre sus manos.

La soltó apenas la tocó. Mingyu se apresuró en rescatar la flor antes de su fatal caída, acunándola entre sus manos con cuidado, recargándola en su pecho mientras dirigía sus ojos hacia Seungkwan.

El ambiente se tensó un poco, y Seungkwan sintió sus alas temblar junto a su cuerpo. Sus rodillas flaquearon y cayó al piso, para él no había pasado un momento, había pasado una eternidad desde que su piel rozó los pétalos de la flor blanca que Mingyu abrió para él.

—¿Por qué no me lo dijiste? —dijo en un susurro.

Mingyu retrocedió un paso, la flor manteniéndose recargada sobre su pecho como si fuera un pequeño niño tratando de dormir.

—Porque fuiste un humano antes que un ángel.

Seungkwan dejó salir una risa incrédula, de pronto sintió las lágrimas acumularse dentro de sus ojos. Bajó su cabeza sin pensarlo, no dejaría que Mingyu lo descubriera llorando.

—Pero fui el humano favorito de dios —las palabras se atenuaron mientras salían de su boca, como si fuera doloroso decirlas.

Mingyu no habló. Seungkwan lo observó dejando la flor en su lugar original, a la orilla del río. Y se deleitó con el espectáculo, porque al tocar el suelo, raíces brotaron de la flor, y esta volvió a aferrarse a la tierra debajo de ella, como si la hubiera extrañado infinitamente esos pocos segundos lejos.

—Lamento que hayas perdido tus alas blancas por mi culpa —susurró.

—No —le dijo Mingyu—. No pidas perdón, tú no hiciste nada para enamorarme, fui yo quién decidió amarte.

Cuando Seungkwan volvió a alzar la vista encontró a Mingyu cernido sobre él con calma, como si fuera un cazador temiendo asustar a un animal herido.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó entonces—. ¿Cómo hiciste para que yo muriera en tus brazos a pesar de ser un ángel?

Una media sonrisa se formó en el rostro de Mingyu. Su mano se extendió frente a Seungkwan, quién dudó un poco pero terminó por aceptar la ayuda para levantarse.

—No lo sé. Deseé tan fuerte que no murieras en soledad que de pronto pude ser tangible para ti.

Quizá Mingyu esta vez no mentía, Seungkwan pensó.

Recordó encontrarse a sí mismo suplicando no morir, rogándole a dios que si lo hacía, lo hiciera en compañía. Porque ese día Seungkwan estaba solo, y era tan joven que incluso pensar en ello le dolía en su pecho. Entonces, mientras cerraba los ojos lo encontró, al ser más bello que había visto alguna vez, mirando directamente a su interior, como si deseara salvarlo. Se sintió completo antes de morir.

...

—Tenía dos hermanas —relató Seungkwan—. Una madre dulce y tierna que me preparaba todas mis comidas favoritas, y un padre que me ayudaba a hacer los deberes de la escuela cada noche antes de dormir —guardó silencio por un momento, sintiéndose apenado por hablar de más. Mingyu sabía todo eso ya, al final de todo había sido su ángel guardián al ser humano—. Lo siento, sé que ya lo sabes.

La habitación de Mingyu era extensa, tan grande que al entrar Seungkwan creyó que se terminaría perdiendo. Las habitaciones de otros ángeles eran pequeñas, apenas un espacio reducido que les permitía descansar de sus labores celestiales para poder relajarse; al menos eso era lo que Jeonghan y Seokmin alguna vez le habían dicho. Porque Seungkwan nunca había visitado la habitación de algún otro ángel, mucho menos de un ángel guardián que estaba a punto de caer. Los ángeles no tenían permitido entrar a las habitaciones de otro ángel.

Estaba prohibido. Se consideraba más íntimo que una promesa.

Pero entonces Mingyu lo invitó a entrar, y Seungkwan no se pudo negar; no sabía por qué, pero no pudo.

De cualquier modo, si Mingyu era el ángel favorito, y él mismo alguna vez fue el humano favorito, ¿qué era lo peor que podría pasar si rompía las reglas una vez más?

—Está bien. Me gusta que me lo cuentes, me gusta escuchar tu voz y lo haría por toda la eternidad.

Seungkwan sintió su cara quemar, ¿los ángeles podían sonrojarse? Seungkwan no estaba seguro de que un ángel innato tuviera tal capacidad, pero estaba seguro de que sus mejillas ardían en carmín.

—No digas esas cosas —pidió.

—¿Por qué no? Los ángeles siempre decimos la verdad.

Seungkwan no pudo evitar pensar en todas las veces que creyó que Mingyu le mentía. Se sintió aún más apenado por haber dudado de la fiabilidad de una criatura tan pura que fue creada por dios.

—Estoy seguro de que hay verdades que puedes omitir.

—No hay verdades que no merezcan la pena ser contadas —le dijo—. Estoy seguro de que ahora, sabiendo mis sentimientos por ti, no hay nada que valga la pena ocultarte.

Seungkwan rodó incómodo sobre la cama que le había sido prestada. Él también tenía una en su habitación, pero envolverse entre sus alas y flotar le era más cómodo que mantenerse quieto sobre una cama.

—¿Siempre fuiste así de desvergonzado? —bromeó.

Esa noche Seungkwan no bajó para visitar a los humanos, demasiado perdido en sus pensamientos como para que su mente se ocupara de otras cosas que no fueran él y Mingyu. Mingyu y él. Extrañó las olas del mar sobre su piel, ahora que recordaba cómo se sentían al ser humano le era imposible no añorarlas con tristeza. Sus recuerdos habían sido hermosos, pero su final había sido patéticamente trágico. Se alegró de no haber muerto en soledad, la presencia de Mingyu lo reconfortó en sus últimos momentos de vida y lo reconfortaba ahora, teniéndolo a pocos metros de distancia de él.

Sin poder evitarlo terminó por colarse a un lado de Mingyu. Su cama era sin duda mucho más grande que la que le había prestado a Seungkwan.

Mingyu abrió sus alas cuando sintió su calor. Seungkwan se dejó cobijar bajo el manto de ceniza.

—Si alguna vez fui el humano favorito de dios, ¿significa que ahora soy su segundo ángel favorito? —susurró, sabiendo que Mingyu no dormía a su costado, sintiendo su respiración lenta caer sobre el.

Mingyu rió.

—Solo yo soy su ángel favorito. Lo seré hasta que mis alas se desvanezcan —le aseguró a Seungkwan.

...

—Seungkwan, creo que deberías alejarte de él.

Seungkwan dudó, a pesar de que sabía de quien hablaba Seokmin, no quería creer que le dijera algo así.

—¿De quién?

—De Mingyu.

Vaciló un segundo. Miró la punta de sus pies por un momento y después observó la alas de Seokmin cayendo suavemente sobre su espalda, acudiéndose con el aire.

—¿Por qué?

Seokmin suspiró.

—Antes parecías no poder soportar ni siquiera verlo, y ahora ríes bajo sus alas y juguetean juntos como ángeles novatos que no saben las reglas —le dijo—. Sé que Mingyu puede ser un ángel agradable y también temido por ser el favorito, pero tienes que pensar en ti

Silencio. Uno tan largo que hizo a Seokmin dudar.

—¿De qué hablas?

Seokmin entrelazó sus manos, Seungkwan sintió el contacto diferente a cuando Mingyu lo hacía. Con Mingyu se sentía cálido, como una flor suave y brillante creciendo dentro de su pecho y ayudando a su corazón a latir. Con Seokmin sentía solo la piel fría contra la suya.

—Las alas de Mingyu son negras, y algún día se convertirán en cenizas. Cuando un ángel no tiene alas no hay nada que lo detenga de caer a la tierra y convertirse en un humano condenado.

Seungkwan había pasado tanto tiempo junto a Mingyu, embelesado por su carácter y por sus preciosos rasgos, perdido en la manera en que lo cuidaba incluso ahora que era ángel, que había olvidado por completo la verdad.

Mingyu había sido castigado con alas negras por enamorarse de él. Su destino era caer inevitablemente en una vida miserable como humano.

—¿Ningún ángel caído ha recuperado sus alas? —preguntó entonces.

Seokmin no le respondió.

...

La arena se pegaba a su piel. La marea estaba alta, había luciérnagas a su al rededor. Los humanos esta vez no reían, Seungkwan los podía escuchar discutiendo, llorando, odiando.

—¿Qué harás cuando suceda?

Mingyu respiró profundo, desde el fondo de su pecho. Era un suspiro doloroso y traicionero.

Seungkwan dejó caer su cabeza sobre su hombro, extendiendo sus alas con dificultad y abrazándose a sí mismo y a Mingyu a la vez.

—No lo sé. Supongo que simplemente caeré aquí y no recordaré nada siendo humano. No puedo estar seguro.

Seungkwan asintió. Miró más allá del horizonte, lo más lejos que su visión le permitía. Las nubes se movían de a poco y se tornaban cada vez más grisáceas mientras se acercaban a la orilla.

—¿Y qué haré yo?

Mingyu lo miró, levantando su mentón con un dedo y obligando a mirarlo directo a los ojos. Su aliento se mezclaba con la sal del mar, y Seungkwan no se pudo haber sentido más vulnerable.

—Tú serás el ángel favorito —le aseguró.

Sin poder evitarlo se acercó a Mingyu. Pasó sus dedos por las alas negras, rasposas y débiles, acariciando cada una de las plumas que alcanzaba. No lo pensó mucho antes de que terminara recargando sus palmas sobre el pecho de Mingyu.

—No quiero ser el ángel favorito si para eso tú tienes que caer.

Mingyu cerró sus ojos, así que Seungkwan lo imitó por inercia. Si besaba a otro ángel, ¿también sería castigado con alas negras?

No le importó.

De pronto tenía los labios de Mingyu sobre los suyos, sus manos aferradas a su pecho y su aliento entremezclándose con el suyo. Era tan doloroso, como si con cada segundo su respiración disminuyera, como si una soga se ajustara cada vez más a su cuello. Pero Mingyu no parecía querer detenerse, y Seungkwan tampoco.

Si Seungkwan debía caer junto a Mingyu para poder estar con él, que dios lo castigara. No podía abandonarlo, no ahora que se había enamorado tan fuerte, no ahora que incluso le rogaría a dios salvar a Mingyu.

Seungkwan se separó cuando le fue imposible respirar más. Su corazón latía desenfrenado en su pecho, tan fuerte que temió que lo quebrara en miles de pedazos desde dentro. Mingyu podía escuchar sus latidos, Seungkwan lo sabía, y deseó que Mingyu jamás olvidara el sonido de su corazón después de besarlo bajo la luna llena.

—Si tuviera que morir para besarte otra vez, rogaría por morir de tu amor tanto como vivo de el —le dijo Mingyu.

Seungkwan se aguantó las lágrimas.

...

Estaba con Seokmin cuando lo sintió, a lo lejos, quizá a kilómetros. Las alas de un ángel condenado convirtiéndose en cenizas negras.

Su pecho dolió de inmediato, sus alas se extendieron y voló tan rápido como pudo hacerlo.

Si Mingyu ya estaba cayendo solo le restaba tratar de salvarlo. Rogarle a dios que lo salvara.

—No puedes ir —dijo Jeonghan atravesándose en su camino, tan veloz que Seungkwan estuvo a punto de chocar contra él—. No te corresponde salvar a un ángel caído.

—¡Quítate! —gritó entonces, desesperado por llegar a dios.

—No.

—¡Jeonghan! —chilló entonces.

Con todas sus fuerzas lo empujó, tratando inútilmente de moverlo aunque fuera un centímetro. Recordó cómo no había sido siquiera capaz de retar a un ángel de rango bajo como lo era Chan.

Las lágrimas saladas continuaron su camino sobre sus mejillas, cayendo una a una como una gota de lluvia sobre la tierra, un huracán esperando por formarse.

—Por favor —rogó antes de caer de rodillas. Sus alas se envolvieron sobre él, sintiéndose tan vacío y desnudo frente al ángel más cercano a dios.

Se sentía tan impotente que se preguntó si era aquel el mismo sentimiento que dejaba la muerte a los humanos.

—No puedes, Seungkwan. Lo lamento.

Entonces el ángel, insatisfecho, enfurecido y desesperado, dio su último aliento antes de que la tormenta se desatara.

—Las arrancaré —dijo, y Jeonghan alzó una ceja—. Te juro que lo haré.

Su mano vagó hasta su espalda, la unión de sus pulcras alas con la piel permaneció intacta por segundos antes de que arrancara las plumas blancas con violencia.

Jeonghan corrió hacia él. Por primera vez estaba retando a un ángel de mayor rango, y no estaba dispuesto a perder.

—¡Espera!

Pero Seungkwan siguió, hasta que sus alas sangraron y su piel se rompió. No las arrancó, no pudo hacerlo. No le permitieron hacerlo.

De pronto estaba quieto, era una calma inesperada. No podía moverse, pero sentía su espalda sangrar.

Los ojos de Jeonghan se volvieron blancos y Seungkwan de pronto se sintió intimidado. El ángel más cercano a dios miró más allá del cielo, más arriba incluso que él.

Seungkwan sintió su piel erizarse y las lágrimas dejar de resbalar.

—Podrás convertirte en su ángel guardián, Boo Seungkwan, mi ángel favorito. Podrás hacerlo si olvidas su recuerdos, si olvidas su amor por ti, y tu amor por él.

Era la voz de Jeonghan, Seungkwan lo sabía, pero definitivamente no era él quien parecía hablar.

Se inclinó por completo, de pronto siendo capaz de moverse de nuevo.

—Haría lo que fuera por él.

Jeonghan pareció satisfecho y, cuando parpadeó de nuevo, Seungkwan encontró su mirada antigua postrada sobre él.

—Espero que sepas lo que dices —le advirtió Jeonghan. Le extendió una mano y Seungkwan se levantó.

Llegaron al jardín. Aunque le dolió, Seungkwan fue capaz de seguirle el paso a Jeonghan mientras volaban hasta el. No se preguntó por qué de pronto podía volar tan alto, o sentir sus alas aletear con más fuerza a pesar del daño que les hizo.

Lo recordó entonces; el ángel favorito ahora era él.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

—No tienes que fingir —le dijo Jeonghan—. Sé que has estado aquí antes, con Mingyu.

Seungkwan vaciló, sintiendo sus mejillas enrojecer un poco.

—Lo lamento.

El ángel más cercano a dios negó, no le dio mucha importancia.

—Estamos aquí para destruir tu flor de recuerdos. Solo tú puedes hacerlo, así que tómatelo con calma.

Tomarlo con calma era imposible. Seungkwan se volvería el ángel guardián de Mingyu, lo haría a cambio de entregar todos sus recuerdos a la obscuridad, convirtiéndose en un vacío.

Le dolía de solo pensarlo. Le quebraba el alma y el corazón, pero no iba a ser egoísta. No podía serlo con él, no con Mingyu.

La magnolia descansaba en la orilla del río. Seungkwan no podía abrirla, pero ya conocía su interior. Se sentó a su lado, acariciando sus pétalos, y la flor pareció inclinarse ante su cálido toque.

Sonrió.

Entonces arrancó la flor de raíz. Cuando la pisó su vida se desvaneció frente a él.

...

La hierba era alta, tan alta que podía ocultar a Mingyu tras ella a pesar de su estatura. Era media noche cuando sintió la brisa tras él.

Exhaló lento el perfume de las gardenias regadas por el suelo del campo, se combinaba lentamente con el aroma del recién llegado y terminaba pegado en lo profundo de la piel de Mingyu, arraigándose a su ser desde dentro.

—No deberías estar aquí.

De todos los ángeles que conocía Seungkwan era el peor. Alas negras y elegantes, una figura bonita y estilizada y, por supuesto, un perfil digno del ángel favorito de dios...





☆ ☆

bueno, ese es el final de este bomnito os   ˃̵˂̵

espero que les haya gustado tanto como a mi, cualquier duda que tengan, comentario o queja m la pueden dejar aquí y yo estaré feliz de responder y aclarar todo jaksjs

gracias por leer ¡!

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