XXVI. I NEED SOME SLEEP
Entrar a un hospital no es lo más grato del mundo, sobre todo sabiendo que en alguna habitación de él se encuentra un... un amigo.
Las personas yendo y viniendo apresuradas por los pasillos, el olor a desinfectante que usan en los pisos, la ropa blanca o azul en el caso de los médicos que van a realizar alguna operación, todo me da náuseas.
La última vez que puse un pie en el hospital fue aquel día del accidente, donde Marcus y Olivia no sobrevivieron. La primera vez que lo hice, fue cuando conocí a George, y al darse cuenta de mi deplorable estado de salud, me trajo a uno de estos lugares para asegurarse que no moriría de desnutrición. Claro que, el estar en los huesos no era del todo la causa que hubiese desatado mi muerte, según aquel doctor que me atendió, tenía otras enfermedades, que de haberse desarrollado más, bueno, sí habría muerto.
¿Saben? Siempre he estado agradecida con George y Elizabeth por haberme sacado de ese infierno, gracias a ellos tengo una vida mejor en cuanto a lo material, y también al amor a pesar de que no lo acepto, pese a ello, estar muerta hubiese sido mucho mejor que seguir viva. ¿Por qué? Bueno, simplemente porque a pesar de los miles de psicólogos a los que he ido, no he podido olvidarme de los años que pasé con ellos, no he podido superar el miedo que les tengo por mucho que estén muertos, y así me repitan una y otra vez que sea valiente, que ya no soy aquella niña indefensa y que no permitirán que me suceda nada malo, la niña de ocho años sigue aquí, no se ha marchado, y vive atormentada fingiendo que es una adolescente.
—Disculpe —llamo a la mujer que está en recepción, sin embargo, no parece escucharme y sigue con sus actividades—. Disculpe— vuelvo a llamarla aumentando mi tono de voz, y es cuando ella gira su rostro para mirarme—. Quisiera preguntar por un paciente: Aron West.
La mujer de cabello castaño y liso, con una bata rosada, me observa con detenimiento. Parece ser que cree que soy una indigente o algo, y no es para menos, hasta ahora me percato que llevo puesta aún el pijama y lo más probable es que tenga el cabello enmarañado.
—Por favor, necesito saber dónde está —le pido. George y Elizabeth se colocan a mi lado cuando por fin me alcanzan, la verdad es que cuando el auto se detuvo, no dudé ni un momento en bajarme para correr dentro del hospital.
—¿Jane? —una voz pregunta mi nombre a un costado—. ¡Jane! —repite la madre de Aron corriendo hacia mí. Al llegar me rodea con sus brazos en un fuerte abrazo, uno que casi me saca todo el aire que llevo—. Viniste, Jane.
Los ojos verdes de la madre de Aron se han tornado de un color más intenso, parece como si fueran a encenderse, como dos luces que están a punto de estallar.
—Ellos vienen con nosotros, no se preocupe —anuncia el padre de Aron, quien, a pesar de aparentar ser un hombre fuerte, también tiene los ojos hinchados y rojos a causa del llanto.
La mujer detrás del largo mueble en forma de media luna asiente y deja que nos adentramos en el hospital.
—¿Podemos saber qué le sucedió a Aron? — inquiere George con el rostro abatido—. ¿Está bien?
—Él... — su madre trata de explicarse, pero le resulta imposible, el llanto se apodera de ella y comienza a derramar lágrimas de nueva cuenta.
—Él necesita hablar contigo, Jane —me recuerda su padre—. Nosotros no podemos decirte lo que le pasa, nos ha pedido ser él quien te lo cuente.
—¿Puedo verlo ahora?
—Sólo espera unos minutos, su doctora está con él.
Asiento aceptando lo que me ha dicho su padre; a pesar de que me ha mentido diciendo que Aron estaba bien, sé que lo hizo porque seguramente el mismo Aron se lo pidió, y porque en cierta forma no les pertenece a ellos decirme por qué Aron está aquí, y... Para proteger a su hijo.
Los minutos pasan, parece que el tiempo ha decidido pasar más lento de lo normal porque, lo que llevo sentada en la sala de espera se me hace eterno. Elizabeth y George charlan con los padres de Aron, seguramente les expresan su apoyo, que pueden contar con nosotros para lo que sea, aún si saber lo que le sucede a mi amigo.
Mis manos no dejan de sudar, no puedo detener mi pierna que desde hace dos minutos estoy meneando de arriba abajo, hasta que de pronto, dos personas se acercan a los padres de Aron y yo levanto el rostro.
Un hombre joven de cabello azabache lleva varias hojas que sus manos aferran en su pecho, mientras que a su lado se encuentra una mujer pelirroja a la que reconozco perfectamente bien.
—Doctora Mackenzie —me levanto del asiento en el que me encuentro y poco a poco me acerco a ella, quien parece demasiado tranquila—. ¿Qué hace aquí?
—¿Se conocen? —habla el señor West.
—Sí, Peter, Janes es mi paciente, al igual que Aron.
—Usted es... Aron es... ¿Es su doctora?
—Así es, Jane —.La doctora Mackenzie no deja intimidarse y mantiene la mirada firma y fija en mí, pareciera como si fuera una guerra de miradas.
—Así que tú sabías que Jane y Aron se conocían, y sin en cambio, no dijiste nada —la acusadora voz de la madre de Aron se hace presente y la doctora Mackenzie se vuelve hacia ella de inmediato.
—No, claro que no es así. El día en que Aron no asistió a clases por primera vez y se presentó en mi consultorio, era la primera vez que Jane asistía, y fue él mismo, quien me dijo que la conocía. Como comprenderán, de nada servía mentirle, tratar de hacerle creer lo contrario; Aron no es tonto.
Todos los presentes nos quedamos sin nada qué decir, nadie se atreve a hablar, hasta que el hombre que acompaña a la doctora Mackenzie lo hace.
—Siento mucho que las cosas se estén dando de esta manera, y que las debidas presentaciones entre la doctora Mackenzie y usted señorita— me señala sin gesto aparente en su rostro—, no sean las correctas, sin embargo, recordemos quién está en una habitación y por qué, así que seamos prudentes y no armemos una escena aquí, por favor.
Los padres de Aron asienten en señal de aprobación y pronto los demás los imitamos en señal de acuerdo hacia el hombre de cabello azabache.
Al parecer es mucho más joven que la doctora Mackenzie, sin embargo, parece demasiado centrado, como si fuera mucho mayor.
—Ahora, aclarado ese punto, Aron quiere verte —cuando lo dice pienso por un momento que le habla a su madre o su padre, sólo que no es así, al levantar mi rostro él me mira a mí, y yo no hago más que quedarme estática—. La doctora Mackenzie y yo ya hemos tenido una larga charla con él, así que no le vemos ningún problema al que entres.
—¿Están seguros que puede entrar primero? —su padre no parece muy convencido ante la sugerencia de que la primera en ver a Aron sea yo, y no lo culpo.
—Escucha, Peter, Aron ha pedido ver a Jane, es por eso que la han hecho venir, y lamento que ustedes no sean los primeros en verlo, pero el doctor Lewis y yo estamos de acuerdo en que así se haga; te recuerdo que somos sus doctores, y lo que mejor le hará a Aron es esta chica.
Ante sus palabras, el padre de Aron gira su rostro hacia mí y me observa por minutos que se me hacen eternos.
—De acuerdo —habla al fin—, entra, Jane.
Asiento, pero antes de poder irme miro a los doctores, a George y a Elizabeth, y por el rostro de la doctora Mackenzie, algo esperan de este encuentro.
. . .
La habitación 10, ha dicho su madre. En este pasillo, me repito. Es sólo que mis piernas no están del todo seguras en avanzar, o más bien mi cerebro no se decide en darles la orden de hacerlo.
«Tengo que avanzar» «Aron me espera»
Por más que intento mover mis piernas, no puedo, es como si algo me retuviera en la bifurcación.
Me detengo por unos momentos más, hasta que una enfermera pasa a mi lado y mis piernas trastabillan porque casi me tira; ha pasado como si no me hubiese visto, y ni siquiera se ha disculpado.
No espero ni un segundo más y comienzo a andar rumbo a la habitación número 10, en donde no sé qué Aron pueda encontrar, lo que sí sé es que me espera y que tengo que avanzar por más que me cueste hacerlo.
Dicen que el miedo siempre tiene una explicación; sin embargo, ahora mismo yo no le veo fundamento al miedo que siento y que crece a medida que mis piernas siguen avanzando.
Me detengo en la orilla del marco de una puerta, una placa sobre mi cabeza dice que es la habitación que busco y que Aron está adentro. Mi corazón se acelera, no sé si es mi imaginación o no, pero creo que la garganta se me ha cerrado.
Entrecierro mis ojos y al abrirlos doy una gran bocanada de aire, me obligo a no tener miedo, y, aunque no funciona, entro con lentitud en la habitación.
Mis ojos se detienen en lo primero que veo: un chico de cabello negro está agachado, su rostro no se ve, sus manos están al frente, escondidas entre los pliegues de la sábana blanca, la bata blanca que lleva puesta casi se pierde con el tono pálido de su piel, el sonido que indica que su corazón sigue latiendo emana de la máquina a su lado y yo... Yo ya me encuentro a su lado.
—Hola, Aron —la voz gruesa que sale de mi boca no sirve para provocar que levante su rostro y me mire, ni siquiera para sobresaltarlo. Dudo en si sentarme sobre su cama o permanecer de pie, y sin siquiera pensarlo demasiado me decido por la segunda opción.
Preguntar si está bien sería una pregunta estúpida, claro que no está bien, y pese a ello, es lo único que se me ocurre hacer, aunque no lo hago. Lo único que me queda es seguir mirándolo hasta que se decida hablar, y por muy extraño que parezca, lo hace.
—Creí que no vendrías —su voz suena átona y trémula, como si hubiese pasado años sin emitir una sola palabra y hasta ahora lo hiciera—. Y bonita ropa.
—Bueno, he venido lo más rápido que he podido, y... Mi pijama es ridícula —aclaro mirándome el atuendo gris, lleno de dibujos sobre personajes de los libros, como las reliquias de la muerte o Dobby, el elfo. Y no se diga de mis pantuflas, que tienen forma de la cabeza de un gato—. Aron...
—¿No piensas hacer preguntas? —cuando me mira noto que tiene los ojos hinchados y rojos, al parecer no ha parado de llorar.
Niego con la cabeza.
—Déjame adivinar, vas a decir que no piensas preguntarme nada porque eso sería obligarme a hablar, y que no piensas hacerlo a menos que yo quiera hacerlo —el tono en que lo dice es como si buscara burlarse, sin embargo, no suena de ese modo, al menos para mí no es así, es más bien como si estuviera sufriendo con todo esto, con lo que está a punto de hacer.
Se queda callado, esperando a que diga algo, así que lo hago.
—Vi a la doctora Mackenzie.
(Soundtrack sugerido: In My Veins- Andrew Belle)
—Sí, ella es mi psicóloga, igual que la tuya —comenta con la cabeza gacha. El silencio reina de nuevo, ninguno se atreve a decir nada, supongo que Aron no sabe cómo comenzar a hablar, igual que yo.
A continuación, hago algo que no esperaba: levanto mi mano derecha y la dirijo hacia el brazo de Aron, quien al sentir mi tacto se estremece y se aparta de golpe.
—No, Jane, no me toques, por favor —suplica sollozando—, me siento sucio. No puedo permitir que me toques... — las lágrimas comienzan a descender por su rostro, me mira y sus ojos azules parecen haberse transformado en dos huracanes en el mar, desatados, pero a la vez desolados, sin rumbo, esperando destruir todo a su paso y al mismo tiempo anhelando no terminarse.
—¿Por qué no quieres que...?
—Porque soy un asco y tú lo sabes, sabes perfectamente bien porque no quiero que me toques —solloza con la voz quebrada—. Hablé con Fiona, ella me dijo que Grahn e Ivan te encerraron en un aula para hablar de mí. Supongo que debieron haberte dicho todo.
—Yo no creo nada que ellos me digan.
—Te dijeron lo que me pasó, ¿no? En el orfanato —se limpia la nariz y aparta las lágrimas de sus mejillas, aunque siendo honesta, no sirve de mucho porque cada vez que aparta las gotas de estas, nuevas lágrimas salen y vuelven a salir de sus ojos.
—Aron...
—Te hice venir aquí por algo, porque quiero contarte lo que soy, lo que fui, porque... Porque ya no puedo, Jane, y porque por alguna estúpida razón te considero mi amiga, la única que he tenido en mi asquerosa vida.
» Algo que aún no comprendo del todo me hace tener la necesidad de decírtelo.
Trago saliva, termino por sentarme frente a él, sobre la cama, ya que tiene las piernas recogidas, abiertas y entrelazadas, por lo que hay un poco de espacio al frente.
—Yo... —lleva a su cabello su mano izquierda, que contiene una pulsera blanca en su muñeca, un identificador de paciente, y echa hacia atrás la misma, tomando una profunda respiración. Cuando vuelve su cabeza a la posición inicial, es cuando vuelve a hablar—. Peter y Hana West no son mis padres. —No hablo, sigo mirándolo, no pienso hablar hasta que sepa que puedo hacerlo—. Yo vengo de un orfanato en Oregón, tenía...
Lo siguiente que Aron West me cuenta no lo diré, porque esa es su historia, no la mía, y por lo tanto le corresponde a él hablar sobre ella.
—Por eso la doctora Mackenzie me da terapia desde hace años —expone mirando la sábana—. Ese día, el que fue tu primera cita con ella en su casa, yo estaba allí, yo era el que viste de espaldas, quien estaba con una niñita y los demás; había tenido una crisis.
—Aron... — mi garganta tiene un enorme nudo que no me permite hablar o pasar saliva. Aron levanta la mirada y frunce el ceño al ver mi rostro; tengo lágrimas deslizándose por mis mejillas al igual que él, y a este punto debo parecer un jitomate hinchado.
—No tienes que llorar por lástima, Hale, no necesito que hagas lo mismo que los demás— replica.
—No... No estoy llorando por lástima — sollozo limpiando mi nariz con mi antebrazo—. Lloro porque... Porque eres la persona más valiente que he conocido, Aron. Yo...
» No estoy lista para contarte lo que me sucedió, pero, te aseguro que soy una cobarde, y...
—No soy valiente, Jane —asegura con determinación—, cada vez que me dan estos ataques... Son ataques de ansiedad, ¿comprendes? Ataques provocados por el miedo, ataques que por más raros que sean en mí, no quita que sean provocados por miedo.
—A mí también me dan ataques, Aron— confieso—. Tengo... Tengo depresión, y ansiedad, y a veces, muchas de ellas son seguidas, me dan ataques de ansiedad porque tengo miedo, miedo a una persona que me hizo mucho daño en el pasado, y a la que al parecer siempre le tendré miedo. He ido a demasiados psicólogos, y ninguno de ellos ha podido ayudarme a olvidar. Así que te entiendo en cierta forma; sé que no es lo mismo, sin embargo, yo sí creo que eres valiente, y no me parece que des asco Aron West. No es tu culpa lo que sucedió, tú no lo elegiste.
—Jane...
—Aron... — sin pensarlo dos veces, y sorpresivamente, me lanzo a los brazos de Aron West para rodearlo con los míos en un fuerte abrazo. No soy de las personas afectivas, odio dar abrazos, odio que las personas me quieran tocar, pese a ello, esta vez no me interesa, así que abrazo a Aron West con todas mis fuerzas y él me corresponde.
Por un momento permanecemos así, abrazados mientras lloramos, mientras de alguna forma nos consolamos, hasta que sin saber cómo, termino recostada a lado de mi amigo, y pronto el dolor, los ataques de ansiedad, el miedo, todo desaparece y el cansancio se nos vienen encima para llevarnos con Morfeo.
. . .
Una voz me llama a lo lejos, pidiéndome que me despierte. No quiero hacerlo, no obstante, sigue insistiendo y por más que me pese, lo hago.
Me topo con los ojos azules de George, quien me observa con ternura.
—Jane, cariño, es hora de marcharnos, Aron necesita descansar y tú debes ir al Instituto.
Me incorporo con cuidado y noto que Aron sigue dormido a mi lado. Visto de la forma en que lo estoy mirando, parece un ángel quieto, en paz.
—Yo... Lo siento, me quedé dormida. Lo siento.
Me levanto de la cama y me dirijo a lado de Elizabeth. Al otro extremo de la cama se encuentran los padres de mi amigo, quienes me sonríen, agradecidos.
—Gracias por haber venido, Jane — habla su madre.
—Sí, Jane, creo que le has hecho muy bien a nuestro hijo. Desde que llegó no habíamos podido tranquilizarlo, y ahora parece estar descansando— expone su padre sonriéndome.
Asiento sin decir nada porque no sé me ocurre qué decir.
—Gracias por haberla traído —habla de nuevo la madre de Aron, dirigiéndose a mis tíos.
—No hay nada qué agradecer —menciona Elizabeth—. Pero, ahora debemos irnos, así que, esperamos que Aron se mejore.
—¿No podemos quedarnos más tiempo? —pido a George.
—Jane, tienes que ir al Instituto —recuerda mi tío.
Frunzo las comisuras de mis labios.
—Está bien. Yo... Ya que Aron no ha ido al Instituto, puedo prestarle mis apuntes, para que se pongo al corriente —sugiero.
—¿En serio? Jane, eso sería fabuloso —expone la madre de Aron—. Gracias, Jane, yo... Iré mañana al Instituto por ellos, ¿te parece?
Asiento.
—Bueno, ahora sí debemos irnos, tienes que dormir al menos las dos horas que te quedan— dice Elizabeth.
A continuación, nos despedimos de los padres de Aron y nos marchamos del hospital.
Rumbo a la casa de mis tíos no puedo dejar de pensar en una cosa: Aron es la persona más valiente que conozco, aunque él o los demás piensen lo contrario.
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