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XXV. Detrás de la oscuridad


Despierto sobresaltada, el sudor perla mi frente, así como todo mi cuerpo, mi corazón no deja de latir y es como si fuese a salirse.

He soñado con los monstruos, con la bruja y el ogro malvado; es lo habitual, soñar con ellos, saber que me lastiman, pese a estar acostumbrada, hoy ha vuelto a ser diferente, porque de nueva cuenta Aron West se ha introducido en mi pesadilla, sólo que hoy no lo convirtió en un sueño, hoy siguió siendo una terrible pesadilla, y esta vez...

Esta vez Aron West fue destruido por la bruja malvada, cayendo a un enorme vacío del que no pude salvarlo, y sin estar segura del por qué, las lágrimas salen y mi corazón siente una terrible opresión que no he podido contener desde hace dos horas.

. . .

No quiero ir al Instituto, simplemente quiero quedarme en mi cama y seguir llorando, no quiero tener que obligarme a arrastrarme hasta el baño para poder ducharme, mientras las lágrimas se pierden con ella al momento de derramarlas, no quiero tener que regresar a mi habitación y sacar el maquillaje que le he robado a Elizabeth para poder ocultar mis ojos llenos de ojeras, aunque los lentes ayudan a mantener oculto que están hinchados a causa del llanto.

Son las cinco treinta de la mañana, debo hacerlo antes de que Elizabeth venga, debo... Dios... No puedo, trato de moverme y lo único que consigo es que duela más.

Duele. Y duele mucho.

Aparto las sábanas de mi cuerpo con dificultad y estiro mi brazo para tomar mis lentes y colocarlos en mi rostro.

No voy directamente a mi clóset, me detengo frente al espejo de cuerpo completo que tengo en la habitación y veo con detalle mi reflejo.

Cómo sospechaba, mi rostro está demacrado, tengo ojeras más grandes que mis rodillas y mis ojos están hinchados, en general luzco como si me estuviera muriendo.

«Esa que está ahí no soy yo», me repito mentalmente, tratando de convencerme. Cuando era niña, creía que si me miraba en el espejo, cerraba los ojos y me repetía una y otra vez que el reflejo que tenía enfrente no era la verdadera Jane, que era la chica que mi cerebro había creado gracias a la bruja malvada y al ogro, que ese reflejo cambiaría, me vería a mí, a la verdadera yo, y, la niña monstruo que tenía parada frente a mí desaparecería para siempre.

Marcus y Olivia eran como dos hechiceros, sus palabras se habían quedado tan grabadas en mi mente como lo hace el fuego en la roca, lo que repetían cada día a cada instante era para quedarse ahí, para no desaparecer jamás, y hasta la fecha, sigue sin desaparecer, sigo viendo al monstruo que ellos crearon, y sigo pensando que soy la culpable de tantas cosas.

Y no, no es porque crea que el mundo gira a mi alrededor, sé perfectamente que el mundo no se detiene para verme y decidir que cada día va a hacerme sufrir, sé que hay personas que han sufrido más que yo, es solo que no pueden negar que hay ocasiones en las que te sientes culpable, porque de alguna u otra forma has intervenido para que suceda algo malo, sin importar que lo hayas hecho o no, eres un factor externo, y eso soy yo.

. . .

Venir al Instituto ha sido un suplicio, George y Elizabeth no se percataron de mi estado de ánimo y eso ha sido fabuloso porque no me apetecía darles explicaciones.

Durante un momento en el autobús me quedé dormida y alguien me despertó de sorpresa.

Creí que era Aron, pero no fue así, era el conductor que quería echarme de su preciado autobús puesto que no quería problemas. Aron no estuvo en el, creí que su padre lo había traído al Instituto, pero me equivoqué, y aunque quise creer que llegaría tarde, tampoco fue de ese modo.

Ahora estoy bajo el árbol donde hace unos días Aron y yo solíamos almorzar, lejos de toda la multitud, pensando en qué le habrá sucedido, y en el dolor que no ha desaparecido de mi pecho desde que desperté.

. . .

Involucrarse con una persona, a pesar de sólo llevar menos de dos meses de conocerse, implica emociones, sentimientos, todo en tan poco tiempo si es que esa persona ha hecho una conexión contigo.

No digo que tenga una conexión con Aron West, no, me he encargado que no suceda, de no implicarme demasiado con él, pero el hecho de que lleve casi dos semanas sin venir al Instituto, supongo que debe resultar preocupante.

Durante estos días, todo marcha como se supone que debería, las clases siguen iguales para todos, los talleres se siguen impartiendo, los profesores parecen no notar que está un asiento vacío, que les falta un alumno, la única que ha parecido notarlo es Evelyn, quien se pregunta cada día que debemos asistir a su taller, dónde está Aron West, y quien ha hecho de lado la posible felicidad que podría sentir al saber que el director ha modificado los horarios de las imparticiones de los talleres, y ahora le ha añadido dos horas más.

Las pesadillas han seguido apareciendo, y no es nuevo, es sólo que Aron sigue apareciendo en ellas, una y otra vez, y siempre es lo mismo: Aron es destruido por la bruja malvada y sigo sin poder hacer nada para salvarlo; por más que corra, o por más que intente descifrar lo que le hará a continuación, no puedo detenerla.

—¿Jane? —la dulce voz de Evelyn me saca de mi ensimismamiento. Levanto la vista para poder verla, sus ojos color avellana se enlazan con los míos y puedo notar su preocupación. —Después de que termine la clase, ¿puedes quedarte un momento?

Asiento, pasando saliva con dificultad.

La clase continua, y esta vez no tengo la suficiente fuerza como para prestar atención. Las horas se vuelven más largas, por un momento puedo sentir que me he quedado dormida despierta, pero no es así, es simplemente que me he ensimismado demasiado, estoy desconectada de todo como llega a sucederme en muchas ocasiones.

—¿Jane? —el tacto de alguien me sobresalta al igual que su voz llamándome. Evelyn se encuentra demasiado cerca de mí, tomándome el hombro con cierta fuerza en su agarre. —Ya se fueron todos, ¿podemos hablar? —Y no es hasta que lo menciona, que me percato de que el salón está vacío, salvo por ella y yo. Todos se han marchado, y todo parece tan silencioso, que es como si...

Asiento, colocándome en la postura adecuada.

Toma asiento frente a mí y con sus manos entrelazadas se inclina hacia delante.

—Jane, voy a ir directo al grano, ¿sabes qué le ha sucedido a Aron? —su voz denota preocupación, y es comprensible, lleva casi una semana sin aparecer por aquí. —He notado que.... Se llevan bien, y si alguien puede saber algo de él probablemente eres tú.

Niego con la cabeza. El hecho de que Aron y yo hablemos no es motivo de que sepa a ciencia cierta todo lo que pasa con él.

—¿No te ha llamado? ¿Nada?

Vuelvo a negar con la cabeza.

—Pero estoy preocupada—. Las palabras que han salido de mi boca no las esperaba. Es más, ¿por qué he dicho esto? ¿Acaso estoy loca?

—Yo también, y sé que la enfermera, Fiona, sabe algo, sólo que no quiere decírselo a nadie, y mucho menos a mí.

—¿La enfermera? —repito como boba. Recuerdo a esa mujer, alguien de piel morena y ojos bellísimos. Me agrada, sólo que por qué no quiere decirle a nadie lo que le sucede a Aron, ella lo sabe, según Evelyn.

—Sí. Fiona sabe algo, sabe qué le sucede a Aron, pero no quiere decírmelo. Son amigos, ¿no lo sabías? Aron se lleva muy bien con Fiona desde que llegó aquí, fue la primera persona que lo hizo sentir a gusto.

» ¿No te lo contó Aron?

Niego con la cabeza.

«No me lo contó, y no tenía que hacerlo», pienso, y las últimas palabras hacen eco en mi cabeza.

Dubitativa me pierdo en la situación, a Aron West le sucede algo malo, algo que no tengo idea de lo que es, ni siquiera Evelyn, pero la enfermera Fiona sí.

—¿Crees que si le pregunto me quiera decir algo? —inquiero con duda en lo que digo.

—Tal vez sí, si ella ha visto que son amigos o Aron le ha comentado sobre ti... Tal vez.

» ¿No has intentado llamarlo?

—Ll-a... Llamé a su padre hace unos días, pero simplemente me dijo que estaba teniendo un mal día, que no se sentía bien.

Evelyn se levanta de la silla y a continuación se arrodilla ante mí, tomando mis manos entre las suyas.

—Jane, sé que esto sonará estúpido o inclusive extraño; sin embargo, Aron se ha vuelto una persona muy especial, él y tú...

«Aguarden, ¿yo? ¿Por qué yo?»

—Ambos son como los hijos que pude haber tenido, y que por azares del destino perdí.

Tuve un aborto y eso me dejó estéril—declara con dolor en cada palabra. —Estaba casada, sin embargo, mi esposo... Mejor no hablemos de ello, el punto es que tal vez eres la única a la que puede decirle Fiona lo que le sucede a Aron.

» Sólo quiero que esté bien.

. . .

No hay nadie. Parece como si el Instituto fuera un edificio abandonado, solitario y... No, no me atrevo a decir embrujado porque sería llegar a los extremos.

La enfermería está vacía, no hay rastro alguno de Fiona, y la verdad es que no tengo idea de dónde pueda estar. Posiblemente ya hasta se marchó a casa.

Evelyn me dijo que normalmente la enfermera se queda hasta tarde este día, pese a ello, también es cierto que la enfermera Fiona pudo haberse ido antes de lo usual, pudo haber surgido algún problema o inconveniente que la haya obligado a no quedarse. Eso y tantas cosas más que nadie puede descifrar.

—¿Se te ofrece algo, querida? —la dulce voz de una mujer me hace sobresaltar al sentir el tacto de su mano sobre mi hombro. Puedo decir que casi y pego un grito ahogado al escucharlo, sin embargo, no sucede y logro girarme hacia ella.

Es Fiona, la mujer morena y de lindos ojos que me atendió aquel día en el que Aron West me salvó de morir ahogada.

—Enfermera­ —recalcar su profesión no es de genios, y mi cerebro se recrimina por decir algo tan estúpido. —Eh... Yo... Quiero... Eh... —parece ser que mi cerebro ha decidido no coordinarse del todo con mis labios, dejando como resultado el que mi lengua no sepa cómo moverse para articular palabra, lo cual resulta más estúpido.

—Vienes por Aron —y no es una pregunta precisamente, Fiona lo maneja como una afirmación, como si me leyera la mente. —¿Cómo lo sé? Esperaba que vinieras, aunque me hubiese gustado que lo hicieras antes.

Perpleja, así estoy ante tal situación. ¿Acaso la enfermera del Instituto es adivina?

—No soy adivina, cariño, es simple intuición, por ende, sé que debes tener muchas preguntas, así que pasa a la enfermería, por favor —. Su brazo se estira ante mí para invitarme a pasar a la enfermería, un lugar donde se me pueden dar respuestas de lo que le sucede a Aron y a la vez miles de excusas que dirán mucho, pero en conclusión nada.

Tomar el riesgo, saber qué le sucede a Aron o marcharme creyendo que la enfermera no me dirá absolutamente nada sobre él.

. . .

 —Debes ser franca conmigo, Jane, ¿has venido porque Evelyn te lo ha pedido o porque en verdad quieres saber lo que le sucede a Aron? —Las cartas se han puesto sobre la mesa, tomando la iniciativa la enfermera Fiona, dejándome un cuestionamiento en mi mente: ¿he venido por mi cuenta o más por la influencia de la maestra de música?

—Evelyn me ha dicho que podía encontrarla a esta hora para saber algo de Aron, pero no he venido del todo por la influencia de mi profesora, en verdad quiero saber lo que le sucede; sin embargo... —lo medito antes de seguir hablando. En verdad quiero saber si algo malo pasa con Aron, es sólo que no por la fuerza. — Lo quiero saber si él está dispuesto a contármelo.

Sus ojos zafiro me penetran, entre buscan la sinceridad en mis palabras, recorren cada rincón de mi rostro buscando algún indicio de que estoy mintiendo.

No dice nada, se limita a inhalar con profundidad y exhalar como si hace mucho no respirara, cual atleta primerizo en una carrera de cinco vueltas por toda la cancha de fútbol.

Fiona es demasiado pacífica, parece no enojarse por nada o al menos eso denota su rostro al momento de verme. No sé si me observa con ternura o no lo sé, pero no dejo de sentirme extraña cuando las personas posan su mirada fijamente en mí.

Hala la silla acolchada que está frente a mí y recarga sus brazos sobre el escritorio que es lo único que nos separa.

—Jane, tengo que ser totalmente franca contigo, sólo que antes de decir cualquier cosa quiero que me prometas algo —. No respondo, no tengo ni la más remota idea de a lo que se refiera y, sin embargo, eso me asusta. — No juzgues a Aron, ¿quieres?

—¿Por qué lo haría? Todos tenemos algo de lo que no nos orgullecemos, todos ocultamos algo bueno o malo, y juzgarlo sería algo sin sentido y estúpido teniendo en cuenta que yo... —Las palabras salen de mis labios como una bala disparada de un arma, lo cual es sumamente inusual teniendo en cuenta que jamás digo lo que pienso; o al menos no en voz alta.

—No puedo decirte qué le sucede a Aron con exactitud —prosigue como si jamás hubiese abierto la boca para decir algo —,y no puedo hacerlo porque él me lo ha pedido y pienso respetar su petición. Lo que sí puedo decirte es que no la está pasando muy bien, él...

—¿Ha hablado con usted estos días? —cuestiono restándole importancia a lo que sea que me acaba de decir al final y que he interrumpido.

Afirma con la cabeza frunciendo las comisuras de sus labios. —Lo ha hecho, una sola vez, pese a ello, con eso me ha bastado para saber que no está bien, él mismo me lo dijo y por ello no quiere venir al Instituto, mucho menos verte.

Abro mis labios para preguntar el por qué, y entonces caigo en cuenta de lo que ha dicho: "No quiere venir, y mucho menos verte"

—No quiere que sepas que está mal, aunque si te soy sincera, creo que lo que más desea es verte, porque la única vez que he hablado con él ha sido para preguntar por ti.

El silencio reina la enfermería por unos momentos, no se me ocurre qué decir, o incluso qué pensar de la situación, porque si antes estaba con duda sobre si algo malo le sucede a Aron West, ahora estoy cien por ciento segura de que así es, y lo peor de todo, que ahora tengo más preguntas que antes, y un miedo enorme de que le suceda algo.

. . .

—¿Te sucede algo, Jane? —la cálida voz de Elizabeth se hace notar tras mi nuca y pronto su tacto sobre mi hombro.

Giro mi rostro hasta que mis ojos se encuentran con los suyos y una sonrisa que dice "Cuéntame lo que desees, yo estoy aquí para ti"

—N-Nada—¿Por qué cuando trato de mentir tartamudeo, mi voz se vuelve chillona y bajo la mirada?

—Jane... Por favor, tú no sabes mentir, y, además, lo veo en tus ojos —insiste tocando con delicadeza mi barbilla. —Si te sucede algo malo, dímelo, podemos solucionarlo, juntas. No estás sola.

Sigo con la mirada gacha, mirando únicamente los dedos de sus pies esmaltados de rosa oscuro, dejando de lado sus pantuflas de conejo.

—Yo... —quiero hablar, es lo que quiero decirle, desearía poder decir que de alguna u otra forma estoy preocupada por Aron West, que por alguna razón se ha estado metiendo en mis pesadillas y que en todas ellas le sucede algo malo, que siempre que trato de salvarlo no puedo y, que al despertar, un enorme dolor en mi pecho se instala, un vacío que no sé explicar y que sólo sentía cuando lloraba por las pesadillas con la bruja malvada o simplemente porque me sentía fatal.

Siento cómo se llenan mis ojos de lágrimas, ¿por qué se pasa esto? ¡Demonios!

—Jane, cariño... —y como si supiera qué hacer, Elizabeth me abraza, sus delegados brazos me rodean a pesar de que mi cuerpo se opone a su contacto. Me pongo rígida y trato de apartarme de ella, sólo que por un momento no puedo y casi me desarmo ante ella.

—No, Elizabeth —la aparto de golpe empujándola con fuerza, conteniendo las lágrimas antes de que pueda estallar.

Me mira con tristeza, y créanme cuando les digo que me gustaría echarme en sus brazos, que me sujetará con fuerza, sólo esta vez, pero no lo haré.

—Lo siento —es lo único que digo antes de marcharme casi corriendo.

—No —me detiene halando brazo con fuerza. — Esta vez no, Jane. Por favor —suplica—, dime qué pasa.

—Si te lo digo, tú...

—Te prometo no decir nada al respecto al menos que tenga que decir algo, pero dime qué te pasa, por favor.

La observo con tristeza, y después de un momento, el simple acto de que me mire me invade recorriendo todo mi ser como la sangre que corre por el mismo.

Es cuando le cuento que Aron lleva días sin asistir al Instituto, que no sé nada de él más que lo que me ha dicho Fiona y el mentiroso de su padre, o al menos yo lo veo de ese modo puesto que me había dicho que estaba bien. Le cuento todo, o casi todo, porque excluyo lo de las pesadillas, y por primera vez, siento que Elizabeth y yo somos casi madre e hija.

. . .

A la mañana siguiente sucede lo mismo que desde hace dos semanas, despierto con la respiración agitada, llorando por lo sucedido en mis pesadillas, y con un vacío en mi interior.

Desde hace años he sentido ese vacío en mi interior, sobre todo al llorar cada noche, y hasta cierto punto ya me había acostumbrado a pesar de que duele. Había noches en que ya no soportaba el dolor y rogaba por quedarme dormida para siempre, porque mi corazón se detuviera y ya no despertara nunca más, como imaginaran, nunca se volvió realidad.

Ahora ese vacío ha incrementado, desde hace dos semanas que no dejo de sentirme de ese modo, y todo comenzó el día en que... En que Aron no fue al Instituto.

Poniendo todo mi empeño me levanto de la cama y me meto en la ducha; me cambio poniéndome una malla negra y una camiseta con capucha a cuadros y tenis Converse.

No desayuno a pesar de que Elizabeth insiste, esta vez ni siquiera puede obligarme a tomar el jugo que ha preparado, y por suerte, me deja marcharme, no sin antes pedirme que si me siento mal la llame y ella irá por mí de inmediato.

Aron no está de nueva cuenta en el autobús, tampoco en el Instituto, las clases pasan y todos siguen sin notar su ausencia. Parece ser que poco a poco se van olvidando de él, parece como si jamás hubiese venido a este Instituto.

Inclusive Graham e Ivan parecen haberse olvidado de él, tal vez incluso de mí, porque simplemente se han limitado a pasarme de lado e ignorarme como si no existiera.

Hoy tengo francés a última hora, el profesor Jackson sigue torturándome con sus ejercicios y a pese a haber recibido ciertas horas de reforzamiento con Aron, sigo sin comprender del todo el idioma, aunque... He mejorado un poco.

—Señorita Hale, sigue siendo la peor alumna, pero... No va tan mal —asegura el profesor entregándome el resultado de los ejercicios de hoy.

Tomo las hojas y me sorprendo, no he obtenido una F, sino una D–.

—Puede felicitar a Aron de mi parte, ha resultado buen maestro; sin embargo, debe seguir enseñándole hasta que al menos obtenga B en mis ejercicios y exámenes.

—Pero, yo...

—Sigue enfermo, ¿no? —cuestiona como si no hubiese abierto la boca. —A todos los profesores se nos ha informado ayer que está terriblemente enfermo a causa de una bacteria que pescó acompañando a su padre a los juzgados.

—¿Virus? Entonces él tiene... —las palabras del profesor me han dado una respuesta de lo que posiblemente tiene Aron, sin embargo, mi cabeza recuerda lo que ayer pidió la enfermera Fiona «No juzgues a Aron» «Él no quiere ver a nadie, y tampoco a ti»

Les están mintiendo, a los profesores y al director, sus padres, él. Todos piensan que está enfermo a causa de una bacteria contraída en los juzgados, las únicas que saben que no es verdad son Evelyn y Fiona, Evelyn porque sabe que Fiona ocultaba algo y Fiona porque ha hablado con Aron.

—¿Se encuentra bien señorita Hale? —cuestiona el profesor al notar que me he perdido en mis pensamientos.

—Ah, sí, estoy bien, yo... Tengo que irme, gracias por todo —y antes de que pueda decirme algo más, salgo corriendo del salón en busca de Evelyn.

. . .

—Lo sabía, Aron no está bien y ahora con esto... Jane, tengo que saber qué le sucede, tengo que ir a ver a sus padres —comenta Evelyn levantándose de su asiento.

—Pero... Si vas, no servirá de nada, si sus padres no quieren que nadie sepa, no te dirán nada. Sobre todo, si es Aron el que no quiere que nadie se entere de lo que verdaderamente sucede—comento para detenerla. —No puedes obligarlos a que te digan algo, no si él no lo quiere.

Frunce las comisuras de sus labios, pensando en lo que acabo de decirle. Sabe que es verdad, y resultará algo estúpido ir a casa de Aron si él no quiere que nadie esté cerca.

—Creo que tienes razón —se rinde de mala gana, dejando caer sus hombros. —En ese caso, será mejor esperar, aunque sea algo bastante difícil.

. . .

Dicen que los malos siempre te hacen dudar, que pretenden corromper lo bueno que piensas o sientes, y eso sucede tanto en las películas, libros, como en la vida real.

George ha dicho que vendría por mí, según él, quiere mostrarme algo importante, por lo que tengo que aguardar en la parada de autobuses del Instituto.

La escuela está casi vacía, sólo hace falta que la enfermera Fiona se marche, lo sé porque la he visto merodear por los pasillos hace unos minutos.

Estoy a punto de marcharme cuando de pronto aparecen Graham e Ivan frente a mí, bloqueando la puerta de hoja del Instituto.

—Hola, nerd, ¿pensabas que nos habíamos olvidado de ti? —inquiere el castaño, con una enorme sonrisa en sus labios. —Ivan, ya sabes a dónde llevarla.

A continuación, el rubio se acerca peligrosamente a mí y antes de que pueda correr, me toma de la mochila y me arrastra hacia él.

—No te opongas, niña, esta vez no te servirá correr, y esta vez el idiota de West no te salvará —susurra en mi oído con una voz tétrica.

Siento su mano helada sobre mi boca y a pesar de oponer resistencia sigue halándome por el pasillo, obligándome a subir escaleras hasta el segundo piso, donde por fin se detiene estando en un salón, y abre la puerta para arrojarme dentro.

Pronto ambos están conmigo, Graham cierra la puerta con el pestillo y yo no hago más que retroceder hasta que me topo con la ventana.

—Cuidado, Hale, si cayeras por la ventana sería una situación trágica, ¿no lo crees? —comenta Graham arqueando una ceja. Llega hasta mi lado e intenta tomar mi brazo, lo aparto de golpe, sin embargo, él no se rinde y vuelve a tomarlo con brusquedad hasta que me hala hacia él.

Sus pupilas están dilatadas, parece como si estuviera drogado y la verdad es algo que no descarto.

—Es una lástima que no esté presente West, sería un espectáculo muy... Enriquecedor para él.

» Dime, Hale, ¿sigue enfermo? Por lo que sé, dicen que tiene una bacteria o algo así, ¿tú te crees esas patrañas?

Trago saliva y bajo la mirada, no quiero verlo y sin embargo él me toma de la barbilla con fuerza y me obliga a mirarlo.

—¿Sabes? Tenía pensado hacerte algunas cosas, pero, pensándolo mejor, creo que sólo charlaremos, ¿te parece? De ese modo, cuando regrese Aron, bueno, con lo que te contaré seguramente ya no querrás ni verlo.

Serías demasiado estúpida si es lo contrario, o, mejor dicho, serías igual a él.

—Si me haces algo sabrán quiénes fueron, o yo diré lo que pasó —espeto desafiante. No dice nada, sólo se limita a presionar su mandíbula, supongo que guardándose para sí lo que desea decirme.

—¿En verdad piensas que las dos ratas de biblioteca se van a separar? —cuestiona Ivan por detrás de Graham. —Ambos son demasiado... Son parecidos, lo hemos notado desde lejos, Graham.

—¡¿Crees que soy idiota?! —estalla, sus ojos parecen abrirse como una puerta que se abre de golpe. — Sé que no se separarán, es sólo que... Quiero tener el privilegio de contárselo primero. Eso a West no le gustará, ¿no crees?

Ivan no responde, ver a su amigo como un maniático ha provocado que guarde silencio.

—Tal vez hiciste mal en tomar demasiado...

—¡Cállate, estúpido!

Sorpresivamente, Ivan cae en el suelo a causa de la fuerte bofetada que su amigo le ha propiciado. Está alterado, su respiración es agitada y parece un demente.

No lo pienso más, correr y abrir la puerta es mi única salida ahora que está así, por lo que antes de que voltee le propicio un rodillazo en la entrepierna y salgo corriendo mientras él me maldice por detrás retorciéndose de dolor.

Quito el pestillo lo más rápido que puedo y...

—¿Dónde vas, estúpida? —Ivan me toma de la cintura y me detiene.

—¡No! ¡No! —me resisto mientras pataleo y trato de darle golpes con mis codos, pese a ello, mi fuerza no es tan grande como la de este salvaje y a pesar de que le duelen, no me deja ir.

—No te atrevas a soltarla —exige Graham por detrás. Ivan lo obedece cual perro siguiendo las órdenes de su amo y ambos vuelven a meterme en el aula.

Esta vez Graham me obliga a sentarme en una butaca y a permanecer quieta o me cerrará la boca con su navaja.

—De acuerdo, aclarado que te tienes que callar, comencemos con lo que tengo que decir—comienza sentado frente a mí. —Aron no se ha presentado, los profesores creen que es una bacteria la que ha contraído, yo sé que es locura.

» Se supone que son amigos, ¿cierto? Y los amigos se cuentan todo, no creo que sean la excepción, por más raros que sean.

El punto es, que debes saber su pasado, ¿no?

Dime, quiénes son sus padres, Hale.

Lo miro con euforia, quisiera levantarme y propiciarle otro golpe. Quisiera darle un fuerte puñetazo en el rostro de estúpido que tiene.

—Dime quiénes son sus padres. No lo repetiré de nuevo, Hale —habla con voz condescendiente.

—Hana y Peter West —respondo casi en un susurro, recordando la vez en que mencionó sus nombres.

Se relame los labios frunciendo el cepo al mismo tiempo que rasca su cabeza.

—Error, Hale. Ellos no son sus padres. ¿No lo sabías? Oh... No lo sabías —su tono de asombro es hipócrita y descarado. — Esto sí es una sorpresa, y una muy grata, a decir verdad.

Su cuerpo se inclina hasta mí, sus ojos se posan en los míos y se forma una enorme sonrisa en su rostro.

—Querida Jane, me complace informarte que Aron West no es hijo de Peter y Hana West, el estúpido friki que dice ser tu amigo es adoptado.

—Así es, estúpida —continúa Ivan. —Aron es adoptado, y adivina algo, intentó suicidarse hace años. Nunca supimos exactamente el por qué, pero cuando Ivan y yo averiguamos que estuvo en un orfanato, bueno, suponemos que algo malo le sucedió estando allí, con sus verdaderos padres, o con los nuevos. Quién sabe, no todo es lo que parece.

«Aron»

Pese a que me han dicho que es adoptado, no me interesa, en lo único que puedo pensar es en él, y en estos idiotas burlándose, en el hecho de que pudo haberle ocurrido algo horrible.

—Cuando nosotros lo supimos fue divertido, se lo hicimos saber a toda la secundaria. Lo hubieras visto, fue tan gracioso ver cómo se burlaban de él.

» Por desgracia muchos se cambiaron de escuela y otros simplemente se olvidaron de eso. Pasó a ser de nuevo el raro del Instituto y ya.

Ahora dime, ¿tú también ocultas algo?

Trato de mirarlo, de mantenerme firme, y a pesar de que lo logro, el resultado no es el que quiero.

—Claro que ocultas algo, lo veo en tu rostro, Hale, ¿qué tal si...?

El sonido del pestillo queriéndose abrir interrumpe al castaño y hace que gire su rostro sorpresivamente.

—¿Quién está ahí dentro? ¡Salgan de ahí o los reportaré con el director! —es Fiona, la enfermera ha aparecido por fortuna.

Graham guarda con rapidez la navaja y me levanta de la butaca con brusquedad.

—Ni se te ocurra decir algo de lo que ha pasado aquí dentro, ¿entendiste?

Asiento y me dirijo a la puerta para abrirla.

—Jane, ¿qué haces aquí?

—Venimos a... Ver un trabajo en equipos —comenta Graham por detrás.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué cerraron la puerta con pestillo?

—No nos dimos cuenta, ¿verdad, Jane? —la mano de Graham se posiciona sobre mi hombro y lo presiona para incitarme a seguirle el juego.

Lo pienso mucho antes de poder decir algo, y al final decido no quedarme callada.

—No. Ellos me tenían aquí, y Graham trae una navaja consigo. Quería decirme cosas de Aron. —Ante esto, Fiona mira a ambos chicos con los brazos cruzados y cierra la puerta tras de sí.

—Así que quieren seguir molestando a ese pobre chico incluso cuando no está aquí.

—Nosotros... —la voz de Ivan denota su nerviosismo mientras que Grahan me mira. Sé que tratará de vengarse, y aun así no tengo miedo, ya me harté de ellos, de cada maldito estudiante que trata de burlarse de mí y de Aron.

—Ustedes dos vendrán conmigo a la oficina del director —dice Fiona tomándolos de uno de los brazos. —Tú vete a casa, Jane.

Paso a su lado y corro hacia las escaleras para dirigirme a la salida del Instituto.

A lo lejos diviso el auto de George, y sabiendo que es el único lugar seguro, corro hasta llegar a él y me resguardo como si no hubiera nada más en el mundo.

. . .

Narrador omnisciente.

La brisa que traen los árboles se meten a través de su ventana, sus cabellos rebeldes se mueven incesantes como olas en el mar, siente un pequeño escalofrío a pesar de que las gotas de sudor recorren su cuerpo y está ardiendo en fiebre desde hace horas.

El medicamento que le han recetado no ha servido de mucho, sigue sintiéndose mal, como si estuviera muriendo.

No quiere salir de su habitación, hacerlo sería como si caminara por carbón ardiendo, el solo esfuerzo de moverse si quiera implica un gran dolor físico y mental.

Su garganta arde cada vez que pasa la saliva, como si estuviera introduciendo un alambre de púas que le cortara el tejido y sangrara, doloroso, pero a la vez ardiente como si añadieran alcohol.

Los minutos transcurren como lo han hecho los últimos días, lento como si el tiempo se empeñara en hacer más dolorosa su agonía; hasta que la puerta se abre y entra su madre, quien junto a su padre han decidido vigilarlo cada media hora por si la situación empeora.

La mujer de ojos verdes luce cansada, pero sobre todo está triste por dentro, porque es cierto que su rostro denota que está cansada, sin embargo, tiene una armadura que debe demostrar ante su hijo, él se está derrumbando, pero ella tiene que estar más fuerte para poder levantarlo cuando quiera caer.

El joven mantiene los ojos cerrados al mismo tiempo que se retuerce por la cama con dolor, así que su madre se acerca hasta él y deslizando sus frías manos debajo de su nuca y de su espalda, lo levanta como puede— igual que a un bebé—, se sienta con delicadeza en la cama y hala su cuerpo despacio hasta su regazo, anclando sus brazos alrededor de su cintura.

El chico se queja de dolor, las manos heladas de su madre se sienten terriblemente mal sobre su cuerpo, a pesar de llevar una camiseta.

«Estará bien», han dicho sus doctores, y ella trató de confiar en ellos, es sólo que... ¿por qué parece empeorar en lugar de mejorar? ¿por qué sigue sufriendo de tal forma?

—Tranquilo —habla con un tono de voz cálido, meciendo a su hijo como un pequeño—. Mamá está aquí, cariño, mamá está aquí.

Él se queja del movimiento, sus quejidos se prolongan cada vez más mientras que ella no deja de mecerlo y acariciar su húmedo cabello a causa del sudor.

—And I built a home. For you. For me— comienza a cantar la madre; esa canción que recitaba en las noches de angustia como esta, cambiándole la letra porque a su parecer lo demás era demasiado triste a excepción de la construcción del hogar. — A place where we can Stay. Safe the two...

E inesperadamente, el chico abre los ojos con demasiada dificultad.

Sus labios se abren, pero nada sale de ellos, un sonido casi inaudible se hace presente poco después y ella tiene que acercar su oído a ellos para poder entenderlo.

—Ya no... por favor... por favor...

—Lo sé, cariño, te duele, pero trata de luchar, ¿sí? Sólo... —suplica mirando esos ojos que hace años la hipnotizaron y la llenaron de amor cuando lo vio por primera vez, cuando supo que él era su hijo, su pequeño.

—Ya no me lastime...

Su madre sabe a lo que se refiere, la última palabra pronunciada no la dijo del todo clara, pero ella sabe perfectamente a quién nombró, y es entonces cuando cae en cuenta de que su hijo está delirando.

Los delirios serían parte del proceso, siempre han sido así al momento de darle crisis, y también se lo ha advertido el doctor y la psicóloga, pese a ello, para ella sigue siendo doloroso verlo de este modo, y no puede evitar llorar al saber que su pequeño está recordando eso que le ha causado tanto daño. ¿Por qué de nuevo? Hace tiempo que no sucedía esto, hace casi un año que ya no tenía crisis, y sin embargo recuerda aquella última, aquella en la que su corazón casi colapsa por el aumento de la presión.

—No, cariño, estás bien, estás bien, por favor vuelve —suplica continuando con la simple acción de acariciar su cabello.

Dicen que cuando estás en los peores momentos junto a la persona que amas, el tiempo transcurrido ya no es tan malo, pero cuando estás en los peores momentos, viendo a la persona que más amas sufriendo, el tiempo se vuelve mucho peor y sólo quieres que termine su dolor, quieres tener el poder de tocarlo y que así desaparezca.

No todo es posible, no podemos tener poderes mágicos como en las películas de hechiceros o superhéroes, y al no tenerlos, en momentos como este nos odiamos por ello.

El teléfono comienza a sonar y no hay nadie quien responda, su esposo ha salido a comprar los medicamentos faltantes de su hijo.

No quiere responder, pero el teléfono sigue sonando, quien sea que esté al otro lado de la línea parece que no dejará de insistir hasta que respondan

así que ella tiene que levantarse y dejar solo al joven por unos momentos.

—Ahora regreso —indica como si el chico le prestara atención alguna, al momento de apartar con delicadeza el cuerpo de su regazo.

Sale de la habitación, bajando las escaleras a toda prisa pensando en quién demonios puede ser tan tarde.

—¿Hola?

—Buenas noches, mi nombre es Karen, hablamos para... —Al saber de lo que trata la llamada, cuelga inmediatamente.

«¿Cómo es posible que molesten a estas horas sólo por vender algo?», piensa con repulsión. No tendría que haberse tomado la molestia de dejar a su hijo solo, en la habitación.

A toda prisa regresa donde su hijo y se lleva una gran sorpresa, el chico ya no está en la cama, ahora hace sobre el suelo con el pecho subiendo y bajando a toda velocidad.

—¡Hijo! —exclama horrorizada, arrodillándose ante él. —No, no, no.

Corriendo hacia el teléfono marca el número del hospital y pide una ambulancia, para después regresar al suelo con él.

Espera desesperada a que llegue, pasan dos minutos, pero nada.

—No me voy a quedar aquí —dice en voz alta pensando en su esposo y en la maldita ambulancia.

Entonces se levanta y toma a su hijo de los brazos, halándolo con todas sus fuerzas, arrastrándolo por el suelo porque no puede cargarlo.

Es un desafío bajar con él las escaleras, sin embargo, toma la alfombra de las mismas y la utiliza para poder bajarlo sin lastimarlo demasiado.

Salen de la casa hasta el garaje y cómo puede logra subir el cuerpo agitado del pelinegro en el asiento del copiloto. Ni loca en ponerlo atrás, porque sólo así puede saber si... Si sigue respirando.

El motor es encendido, la camioneta sale disparada a toda velocidad del garaje en dirección al hospital, una madre desesperada esquiva con euforia a los autos que se le atraviesan, no le importan en lo más mínimo los insultos que los demás conductores le propician, lo único importante es llegar al hospital.

Sí, eso es lo importante, pese a ello, lo que la madre no sabe es que a estas alturas el corazón de su hijo comienza debilitarse y posiblemente de detenga antes de llegar.

. . .

Jane.

—Ayúdame. Ayúdame —una voz llena de súplica aparece a lo lejos de donde me encuentro. A mi alrededor no se escuchan más que gritos e incesantes lamentos.

«¿Quién eres?», pienso. Hasta que la voz se acerca y una sombra aparece.

Alguien está de espaldas ante mí, su espalda está llena de sangre que puede ser divisada a través de su camiseta gris.

—Ayúdame —sigue pidiendo. Es hasta que la bruja malvada aparece a su lado, saca un enorme cuchillo, se lo clava en la espalda y éste se voltea.

Es Aron.

—Tú lo mataste —dice la bruja, y el cuerpo de Aron cae sin vida al suelo.

El incesante sonido de mi celular comienza a sonar y gracias a él he podido despertar de mi pesadilla.

No tengo idea de quién sea a esta hora, pero la única persona que tiene mi número es Aron West.

Tomo los lentes del mueble a mi izquierda y después de colocarlos en mi rostro enciendo la luz para tomar mi teléfono.

En la pantalla está el nombre de Aron. Es él. Pero, ¿por qué llama ahora?

—¿Hola?

—Jane, soy el padre de Aron, él... Tienes que venir al hospital, necesita hablar contigo —la voz desesperada de su padre se hace presente y me deja anonadada. —Por favor, él... Él te necesita.

—Pero...

Al otro lado de la línea se escucha un movimiento brusco y la voz del padre de Aron es reemplazada ahora con la de su madre.

—Cariño, te lo pedimos por la amistad que hay entre ambos. Sabemos que es de madrugada pero, por favor, Aron necesita hablar contigo.

Me quedo en silencio. La situación es bastante extraña y no hay duda de que son sus padres y por muy inusual que parezca, Aron West quiere verme. Está en un hospital, a pesar de que no sepa el por qué.

—Escucha, te hemos llamado tan pronto como hemos podido, sé que es extraño, pero nuestro hijo se ha puesto mal, tuvimos que traerlo de emergencia aquí y... No podemos decirte nada más, Aron nos ha pedido que te llamemos porque quiere explicarte todo, a pesar de que nos hemos opuesto. —Su voz suena sincera, agitada y puedo notar que ha estado llorando, que sigue llorando. —Por favor, Jane.

—Llego en unos momentos. Sólo dígame en qué hospital está.

. . .

Enciendo las luces de la habitación de George y Elizabeth tan rápido como entro en ella y me dirijo a toda prisa hasta su cama.

—Despierten, despierten —les pido meneando sus cuerpos con brusquedad hasta que por fin abren los ojos.

—Jane, cariño, ¿qué sucede? —cuestiona Elizabeth con voz adormilada.

—Necesito que me lleven al hospital.

. . .

El auto de George logra meterse entre la multitud, los minutos transcurren y Elizabeth no deja de mirarme por el retrovisor como si estuviera asustada.

No es para menos, el vacío en mi pecho ha aparecido de nuevo, temo lo que ha aparecido en mis pesadillas, y si es así, esta vez no puedo decir que desaparecerá todo al despertar.

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