XX. ¿Saltas?
Narrador omnisciente.
El invierno casi se ha marchado por completo, los recuerdos siguen quietos, en las penumbras, pero vivos. El dolor aún permanece.
Los niños en el orfanato de Green House no hacen más que sentir pena por la pérdida de Christian. Esa noche, después de suplicarle a su hermanito que se fuera, que no recibiera la paliza que La Protectora le estaba propiciando, todo se convirtió en oscuridad.
Nadie se dio cuenta de la paliza que le siguió después, pero sí se lo podían imaginar puesto que los gritos de Christian se escuchaban fuertes y resonantes en cada rincón del frío edificio.
De alguna manera todos compadecían a su compañero, pero había uno que además de albergar ese sentimiento sentía rabia, coraje y dolor por su único hermano, su única familia.
Joshua sufrió más que nadie esa noche, porque una cosa era cierta, había algo que todos los niños del Green House sabían y que el pequeño Joshua se negaba a aceptar: ya no sería posible volver a ver a Christian al día siguiente.
Ahora, a casi una semana después, todos los residentes siguen sintiéndose mal por no haber podido hacer nada, por sólo cubrirse los oídos con la almohada y tratar de ignorarlo, por... Por haber visto el cuerpo envuelto de Christian a la mañana siguiente. Y es que ninguno de ellos pudo dormir en toda la noche, ni siquiera cuando los gritos se detuvieron. Así que se despertaron dos horas antes de las cinco de la mañana y vieron como La Protectora subía desde el sótano con un cuerpo envuelto entre una manta blanca.
—Ah, qué bueno que están aquí —les dijo. —Este que llevo aquí es Christian, y como no cumplió con la cuota... Estas son las consecuencias, así que ya saben a lo que se atienen, mis queridos niños. —El cinismo con el que se los dijo fue el colmo, Joshua estaba furioso por ello, el odio lo embargaba dejando de lado la enorme tristeza que en ese momento sentía al ver el cuerpo sin vida de su hermano. «¿Cómo habrá quedado?» Se preguntaba en su interior, pero no hacía falta indagar demasiado en el asunto, de seguro el pobre Christian estaba lleno de moratones a causa de la golpiza que había recibido.
«¿Habrá sufrido al morir?»
Era una pregunta tonta, ¿no? Pero Joshua era un niño que no entendía cómo es que un ser humano puede llegar a ser tan malo y cruel, cómo es que esa mujer fue capaz de hacerlo eso a su hermano de tan sólo diez años.
Esta mañana, La Protectora les ha exigido que deben de regresar antes de las ocho y con cincuenta dólares más de la cuota, o sufrirán lo mismo que Christian, por lo que todos los residentes tienen miedo de no completar la cuota y eso los ha salir más temprano de lo habitual por la cuota requerida.
Cada niño lleva medio día en las calles de Oregón, cada uno sin haber probado bocado desde la mañana, y es que no tienen otra cosa en la mente que completar su cuota.
Joshua se encuentra en una esquina, pidiendo donaciones como es habitual; lleva la mitad del bote, pero aún le faltan doscientos dólares para completar lo que le han exigido.
No quiere padecer lo mismo que su hermano, no quiere morir como él.
Porque a pesar de que nadie vio el cuerpo de Christian—a excepción de La Protectora—, Joshua sí lo vio. Puede que ningún otro niño lo haya visto debajo de las sábanas, pero él sí, después de todo tenía que hacerlo, era su hermano y su única familia.
Aún tiene su rostro en la mente. Ese rostro que antes recordaba como bello a pesar de siempre estar sucio, ahora no puede más que recordarlo lleno de moratones, con los labios azules, el ojo derecho inflamado y morado, las marcas alrededor de sus muñecas, y... Las marcas de los dedos de La Protectora por todo su cuerpo. Esas marcas no habían sido recientes, tenían bastante tiempo. Porque había ocasiones en que La Protectora se llevaba a Christian a su habitación y pedía que nadie se atreviera a molestarlos o pagarían más consecuencia.
Joshua nunca supo qué es lo que le hacían a su hermanito y ni siquiera el propio Christian se lo hacía saber con certeza, siempre le decía que lo lastimaba, pero nunca decía cómo. Sin embargo, una cosa era cierta: Christian prefería que lo lastimaran a él y no a Joshua; "Eres sólo un niño como para sufrir esto" le decía su hermano con dolor.
Sin darse cuenta las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas hasta llegar a sus labios.
—Hey, tranquilo—. La voz que se acerca lo hace sobresaltar e inmediatamente abre los ojos.
—Hola, ¿te encuentras bien? —Una mujer de largo cabello azabache y hermosos ojos verdes está de cuclillas frente al niño, preguntando lo que nadie jamás ha preguntado "¿Te encuentras bien?"
—Yo...
—¿Por qué lloras, pequeño? —pregunta con dulzura, tratando de acariciar su mejilla, sólo que el pequeño ha vivido rodeado de maltratados y temiendo que lo lastime se aparta con agresividad. —No te voy hacer daño. Parece que... Estas recaudando donaciones, pero, ¿para qué?
—Par... Para el orfanato Green House.
Al escuchar ese nombre la mujer no puede evitar estremecerse. No lleva mucho tiempo en Oregón, de hecho, está de visita por su abuela enferma a la que no le quedan más de dos días para vivir, pero sólo dos semanas han bastado para enterarse de los horrores que se viven en Green House. Según los habitantes, ahí residen niños a los que se les maltrata físicamente y se los obliga a cumplir con cierta cuota de dinero o serán castigados. Se hablan de muchos horrores más pero sólo son rumores, nadie ha podido comprobar nada, los niños no hablan, y la policía no ha podido hacer nada porque la encargada del orfanato es hermana del jefe de policía.
Su mirada recorre el pequeño cuerpo del niño. No debe tener más de siete años, pero parece más pequeño, está desnutrido y parece estar sufriendo.
—¿Ya comiste?
El niño niega con la cabeza.
—¿Quieres que te lleve a comer algo? Ahí en frente hay un restaurante, te puedo llevar a comer todo lo que quieras—le ofrece con sinceridad.
—Pero... Tengo que recaudar el dinero, no puedo irme—dice el pequeño con preocupación. A pesar de estarse muriendo de hambre, prefiere desfallecer ahí que regresar al orfanato sin nada.
—¿Cuánto te falta? Puedo dártelo, de ese modo te puedo llevar a comer, ¿qué dices? Dime cuánto es, y te lo doy.
La propuesta le sorprende, cualquier otro niño se hubiese negado y desde hace unos minutos ya tendría que haber salido huyendo de ahí. Christian se lo advirtió, muchos adultos ofrecen cosas a cambio, pero también esperan recibir algo de su parte, y no precisamente algo bueno.
«Querrán lastimarte, Joshua. No permitas que eso suceda y huye. Corre, hermanito. Porque no siempre estaré para cuidarte»
Eso debería hacer, Joshua debería correr, pero... Cuando ve los ojos de esa mujer tiene ganas de echarse a sus brazos y llorar, piensa que sus intenciones son buenas, ella es... Diferente a los demás adultos, diferente a La Protectora.
Así que acepta y se marcha gustosos con ella a comer.
Joshua no lo sabe, pero esa mujer está a punto de cambiar su vida y la de los demás, para siempre...
. . .
Jane.
No quiero levantarme de la cama, estoy despierta, pero es mejor quedarse aquí que salir.
El día está gris, nublado, y lo único que me apetece es leer dentro de mi cama con una taza de chocolate caliente a lado.
Agh... Pero desgraciadamente no puedo.
Aron West y yo tenemos... Bueno... Tenemos un acuerdo sobre salir hoy. No diré cita porque claro que no es una cita, y no aceptaría una.
Aron no dijo a qué hora vendría y supongo que llamará o algo parecido, así que mientras eso sucede prefiero ponerme mis lentes y esperar metida en mi cama leyendo.
Mi lectura cada vez se pone mejor, los personajes se desarrollan cada vez más y en ocasiones me hacen enfadar y otras reír. Justo cuando creo estar en la parte más interesante del libro, mi puerta recibe unos leves toques.
—Adelante —digo sin apartar la vista de mi libro.
—Perdona por interrumpir tu lectura, Jane —se escucha la voz de Elizabeth—, pero Aron te está esperando en la sala.
Frunzo el ceño y girando mi rostro hacia ella arqueo una ceja.
—Aron... Pero... Creí que...
Bufo rodando los ojos, aparto las sábanas de mi cuerpo y bajo de la cama rumbo a la sala.
Al llegar me encuentro con él de espaldas, sentado frente a George, quién tiene el rostro serio y parece que inspecciona bastante bien a Aron West.
—Hmm... Hola —digo para que voltee. —Yo...
—Hola, Jane —me saluda con una media sonrisa. Lleva el cabello más despeinado de lo habitual, una chaqueta negra acompañada de un pantalón del mismo color y tenis Converse negros. Parece que el día de hoy el negro es su color, cosa que no ha sido mala idea puesto que debo aceptar que le queda muy bien. —Perdona si no llamé ni nada, pero supuse que era buena idea venir por ti.
—No te preocupes —le hago saber.
—Ha sido muy caballeroso de tu parte—se escucha la voz de Elizabeth, quien en menos de un minuto ya se encuentra con Aron, rodeándole la espalda con su mano.
—Yo... —comienzo a decir rascando mi cabeza. —Iré a darme un baño rápido si no te molesta. Ahora regreso.
—Tranquila, te espero lo que sea necesario.
—Sólo serán necesarios veinte minutos —le aclaro. Él asiente y dicho esto me doy media vuelta para subir a mi habitación e irme al baño.
Pese a estar nublado no hace mucho frío, al menos no dentro de la casa. Cuando el agua caliente cae sobre mi cuerpo me quedó quieta por un momento, disfruto del baño y quisiera quedarme aquí todo el día, pero no puedo, en primera porque sería un desperdicio de agua y no pienso hacer eso. Una cosa es que disfrute del baño, pero otra muy distinta es que me tarde horas y horas aquí adentro. Y en segunda porque Aron West está esperándome en la sala.
No es hasta que salgo de la ducha—y después de haber cepillado mis dientes—que elijo qué usar hoy.
No es nada del otro mundo, simplemente una malla de algodón color negro, una blusa delgada de tirantes debajo del suéter gris que me llega hasta los muslos, tenis Converse negros y un gorro de lana.
Aunque...
Al verme al espejo con el gorro de lana creo que me veo horrible. Aplasta mi cabello y de la parte de arriba se ve aplanado por el gorro y después esponjoso. Definitivamente—y combinado con mis lentes—ese gorro no me queda.
En fin, es mejor irme así, y mi cabello... Bueno, no hay nada qué hacer con él más que peinarlo un poco de lado y dejar que se alborote más.
Tomo una pequeña bolsa e introduzco mi móvil, audífonos y algo de dinero.
A continuación, la cuelgo alrededor de mi cuello pasando un brazo por su cinta y la acomodo a mi costado izquierdo.
«Puff... No he tardado demasiado, sólo quince minutos» pienso al revisar el reloj de la mesita de noche.
Bajo corriendo las escaleras hasta llegar de nueva cuenta a la sala. Esta vez, George se encuentra interrogando a Aron, y antes de que llegue hasta ellos puedo escuchar que le pregunta a dónde ir.
—Es que...
—Ya estoy lista —les hago saber y ellos se levantan de los sofás.
—Te ves muy linda, Jane —me elogia Elizabeth esbozando una gran sonrisa.
«Y pensar que ayer casi me obligaste a que me esmaltaras las uñas»
Así es señoras y señores, Elizabeth Hale me esmaltó las uñas de negro con el pretexto de mi salida con Aron, y a pesar de que le dije una y otra vez que no era necesario, que no era ninguna cita y que era algo banal, al final terminé aceptando. Después de todo, el dejar que Elizabeth tuviese ese tipo de acercamiento la hizo muy feliz, lo pude ver en sus ojos, y creo que después de tantos años, dejarla hacer estas cosas de vez en cuando, le hacen bien a su corazón.
—Gracias, Elizabeth —respondo con media sonrisa sin mostrar mis dientes.
—En fin, muchachos, ustedes ya deben irse —recuerda Elizabeth con entusiasmo—, así que no los entretenemos más y vayan a divertirse.
—Claro —asegura con timidez Aron.
Al despedirme de George y Elizabeth, Aron y yo salimos de la casa y sin preguntarlo me dirijo a la parada de autobuses.
—Hey, ¿a dónde vas? —Cuestiona Aron.
—A la parada de autobuses. O... Ah, ¿vamos a caminar?
—No. Pero no tenemos que usar el autobús, por eso traje la camioneta —dice señalando una camioneta roja, de esas que por atrás tienen espacio para llevar cosas o personas.
Lo observo alzando ambas cejas pensando si Aron West sabe manejar o nos matará. Aunque si lo pienso mejor, su padre es abogado y por lo que noté cuando nos acompañó a declarar ayer, no es del tipo que viole las leyes, por lo cual no dejaría que Aron tomara un auto sin saber conducirlo.
—¿No vendrás, Hale? —la voz de Aron me saca de mis pensamientos y me pide avanzar hasta la camioneta para después entrar.
No diré que Aron West me abrió la puerta del auto porque esto no es un cuento de hadas ni nada que se le parezca, y por muy educado que sea un chico ya nadie hace eso.
Al subir me coloco en cinturón de seguridad y Aron hace lo mismo, sólo que antes de que encienda el motor gira su cabeza hacia mí y arquea las cejas.
—¿No piensas preguntarme si sé manejar? ¿O por qué no te abrí la puerta del auto? — Cuestiona con cierta seguridad en sus palabras, sin embargo, no sé por qué intuyo que está tratando de ser un poco más abierto para ocultar algo y no sé por qué.
—La respuesta a la primera pregunta la tendré cuando enciendas el motor, y avancemos. Claro, si no es que nos matas en el camino —respondo sin expresión alguna en mi rostro. — Y la respuesta a la segunda pregunta es esta: leo libros, sí, pero no soy estúpida como para creer que en realidad existen los príncipes azules que te abren las puertas del auto.
—¿O sea que crees que soy un príncipe?
—Yo no dije eso —aclaro con enfado frunciendo el ceño mientras volteo hacia el frente.
—Está bien, ya no diré nada—habla introduciendo la llave del auto al orificio que enciende el motor.
—¿A dónde iremos, Aron? — Pregunto para tratar de ser más amable.
—Eso, es una sorpresa Jane Hale.
. . .
El tiempo transcurre sin detenerse en ningún momento, la vida continúa sin importar quién se quede atrás o quién no pueda continuar. Avanza, no te quedes estancado, sigue con tu vida y deja el pasado atrás, entiérralo y olvídalo como hubiese sido un mal sueño, porque después de todo la vida sigue sin ti y no va a esperar a que sanes para continuar contigo.
Eso es lo único verdaderamente cierto que mis psicólogos han dicho en todos estos años, la vida avanza sin ti y no creas que va a esperar a que tus heridas sanen para poder seguir contigo, no, ella te deja atrás sin importar nada, porque ella es así, cruel y despiadada. Siempre he pensado en la vida como alguien invisible que juega con nosotros, y no me refiero a que es nuestra compañera de juegos, sino que para ella somos juguetes, simples marionetas a las que controla y les lanza bombas en su vida, les obsequia momentos o personas para después arrebatárselas como si nada hubiese sucedido. Así es la vida, cruel y despiadada con los seres humanos, aunque si soy honesta, existen muchas personas que se merecen todo eso y más, sin embargo, hay otras que no, existen personas buenas que no se merecen ser dañadas y es a ellas con las que más se ensaña, pero con algunas personas malas... A veces simplemente no les sucede nada por más que se lo merezcan.
En lo que a mi persona respecta, no tengo idea si me merezco o no todo lo que me ha sucedido, pero tuve que hacer algo bastante malo para ellos, ¿no? O tal vez sólo le gusta jugar conmigo, o... Simplemente mi peor error fue haber nacido, sin embargo, a ningún ser humano se nos otorga la elección de nacer o no, porque créanme cuando se los digo, si de mí hubiera dependido, jamás hubiese nacido.
—¿Jane? ¿Jane? — Me llama una voz que siento muy cerca y la cual no reconozco del todo. — ¿Jane?
No es hasta que siento que me sacuden fuertemente que reacciono.
—¡¿Qué te pasa, Aron?! —cuestiono sobresaltada y el auto se detiene de golpe.
—Me asustaste, Jane, creí que... Estabas... ¿Qué te sucede? ¿Te sientes bien? — Su rostro parece preocupado y no es hasta este momento que mis ojos se fijan lo suficiente en los suyos que noto unas enormes a su alrededor.
—No dormiste —aseguro en voz alta.
—Oye, no cambies el tema, dime si te sientes bien. Es que... En verdad me asustaste, te veías tan... Ensimismada que hasta pensé que ya no respirabas, Jane— asegura asustado. — ¿Estás bien? — repite.
—Yo... Lo siento, es que... En ocasiones pienso mucho y me pierdo en mi mente. —No es fácil decir esto, de hecho, jamás se lo he dicho a nadie, pero con Aron en frente... No resulta así.
Espero a que haga un comentario fuera de lugar o que comiencen las preguntas sobre el significado de perderme en mi mente, pero cuando Aron West abre los labios para hablar, dice todo lo contrario.
—A mí también.
Me giro a verlo y lo encuentro con la cabeza agachada.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste, sólo que yo... Mi caso es diferente —admite.
Se torna un silencio entre ambos, ese silencio del cual siempre nos vemos ensimismados cuando estamos juntos, del cual no sabemos cómo escapar. Pese a ello, esta vez sí tengo qué decir.
—En ese caso... Será mejor que no hablemos de ello, ¿no? Mejor vamos a donde sea que nos dirijamos, y terminemos con estos silencios horribles, ¿quieres? Contémonos algo, no sé... Hmm... ¿Desde cuándo escribes? Intentemos ser amigos de verdad, seamos amigos poco convencionales, sólo seamos nosotros.
Su cabeza se levanta poco a poco y de pronto se dibuja media sonrisa de lado en su rostro.
—Es... Eres un genio, Jane Hale.
El camino sigue apareciendo frente a nosotros, hasta que de un momento a otro nos detenemos y Aron baja del auto. A continuación, se dispone a abrirme la puerta y hacer una especie de reverencia inclinándose hacia delante.
—Señorita, he aquí el lugar de nuestro destino —habla ofreciéndome su mano.
—Supongo que crees que te daré la mano, ¿cierto?
—Hmm... No, en realidad pienso que harás todo lo contrario, pero intento hacerte reír un poco.
—¿Y por qué?
—Bueno, porque no está de más reírse de vez en cuando, ¿no lo crees? Dejar de vivir ensimismado en ti mismo, acompañado de la soledad y la tristeza. No digo que no lo haga todo el tiempo, pero... Al menos este día quiero que sea diferente, tanto para ti como para mí; eso no será tan malo después de...
Pero no termina la oración, y tampoco quiero inmiscuirme en asuntos personales, si él decide terminar de decirlo entonces guardaré silencio, escucharé y no juzgaré, porque después de todo eso es lo que hacen, juzgan sin siquiera saber el por qué.
—Aron West... Me parece que no es tan mala idea el divertirse un poco hoy.
. . .
Es un lugar extraño, no hay más que hojas cayendo por doquier debido a que el otoño recién está terminando de marcharse en esta parte de Huntsville.
Al principio creí que caminaríamos a través de este pequeño bosque a nuestro alrededor, sin embargo, me equivoqué. Aron West me hizo bajar de la camioneta para subirme atrás, en donde tiene dos almohadas, una colcha y una canasta.
Díganme loca, pero... ¿Es esto una cita?
Mientras yo voy atrás, Aron maneja la camioneta hasta que nos detenemos debajo de un árbol frondoso y lleno de hojas color ámbar y otras más que recién están naciendo y se tornan verde.
—Listo, Hale —dice Aron al bajar de la camioneta. —Ahora, a tratar de divertirnos un poco— y me ofrece su mano para bajar de la camioneta, sin embargo, hago caso omiso de ello y bajo por mí misma.
—West, ¿quieres aclararme qué demonios es esto? —Inquiero enfadada. —Ya vi las almohadas y la colcha e incluso la canasta. ¡Esto es una maldita cita! ¡Yo no quiero estar en esta porquería!
—Hale, tranquila, esto no es...
—Ah, claro que lo es, ¡tú eres un maldito mentiroso, todos lo son y tú no eres diferente!
—Por supuesto que no soy ningún mentiroso, Hale. Te dije que esto sería una salida de amigos, más no una asquerosa cita.
» Perdón si seguí algunos consejos de mis padres, pero no me quedó de otra. Jamás había salido con ninguna "amiga". Nunca he tenido amigos, Hale. Y a que esto parezca una maldita cita, pero no lo es.
Silencio. Ya no tengo que explicar que siempre hay silencio entre nosotros.
—Entonces, si esto no es una cita, ¿por qué la canasta? ¿Por qué la colcha y las almohadas? —exijo saber.
—Agh...—habla rodando los ojos. —Tú sí que eres terca. La colcha es porque después de mediodía comienza a sentirse frío aquí, la canasta es porque creo que en algún momento nos va a dar hambre. Al menos yo no desayuné nada y supongo que tú tampoco; y tengo chocolate caliente en dos termos ahí dentro.
» Por eso traje eso, así que no te preocupes, Hale. No pienso hacerte nada malo. Como dije, esto es sólo para conocernos y dejar estos estúpidos silencios de mierda, y....
Eso es lo que traigo cuando vengo aquí —admite bajando el tono de su voz.
—¿Cuando... vienes aquí? ¿Has venido solo?
—Sí. Casi siempre vengo aquí; sobre todo cuando quiero alejarme de la realidad, de las personas, y sentirme completamente solo. Cuando quiero escribir y me siento frustrado.
» Es un lugar peculiar, ¿sabes? Hace dos años que lo encontré. En ese entonces estaba intentando ir al Instituto y a todas partes en bicicleta, mi padre insistía que él podía sacar una licencia de conducir a mis catorce años, que era un chico responsable y que sabía que podía confiar en mí, pero yo me negaba rotundamente.
—¿Por qué? —pregunto sin pensarlo dos veces.
—Bueno, eso es un comienzo para conocernos. ¿Te gustaría que continúe contando la historia mientras damos un paseo? —Sugiere puesto que ambos nos encontramos de pie, sin movernos. —No te preocupes por perdernos, conozco a la perfección este lugar y sé cómo regresar.
Asiento y con un ademán hecho con su cabeza me indica que lo siga.
—La respuesta del por qué no quería licencia de conducir es que odio los autos—aclara mientras avanzamos por el sendero de hojas.
—Pero... ¿Y esta camioneta?
—He dicho que odio los autos, y también las camionetas y todo lo que conlleva un auto, pero.... Con esta camioneta es diferente. Detesto usarla, es cierto y no lo pienso negar, tampoco diré que tengo una conexión con ella, sin embargo, cuando me quiero sentir más aislado de lo que me siento me dispongo a usarla y me siento un poco libre. Aunque la verdad es que me siento más libre cuando voy en mi bicicleta.
—¿Y por qué no la usas?
—Lo que sucede es que en octavo grado nos mudamos aquí, desde ese momento Graham e Ivan han sido mis verdugos. Al principio sólo observaban su presa como dos cazadores y no me molestaban, pero poco a poco lo fueron haciendo y en ese momento yo intentaba irme a casa y a la escuela por mi cuenta, sin que mis padres me llevaran como si fuese un pequeño.
Debo admitir que funcionó por ciertas semanas, parecía como si los demás hubiesen dejado de verme como un fenómeno y sólo me miraran como un chico raro y ya.
Hasta que un día, de regreso a casa dos chicos iban siguiéndome, por un momento creí que sólo era una broma, pero no fue así, pronto encontraron la manera de acorralarme y provocar que me metiera por un callejón. Ahí fue cuando aprovecharon la situación sin salida y me golpearon como lo hicieron cuando te quedaste en shock.
—¿Y qué pasó con tus padres?
—Fui a casa y dije que dos chicos quisieron hacerme una broma, y claro que mi padre me hizo denunciarlos, pero en ese momento mi as bajo la manga fue que esos dos cretinos llevaban pasamontañas y no les vi el rostro.
De esa forma era casi imposible buscarlos, pero aun así mi padre lo hizo, hasta que se dio cuenta que no los encontraría y desistió.
» Desde ese momento tengo prohibido salir en bicicleta solo. Siempre voy con ellos, incluso al trabajo en la librería. Mamá es la que me lleva, así que en ocasiones aprovecha para comprar algunas cosas en el centro comercial y me alegro porque así se distrae un poco cuando no está dando clases.
—¿Es maestra? —pregunto asombrada.
—Sí, pero no educacional. Da clases de piano y es muy buena.
—Wow —digo asombrada, porque debe ser hermoso poder tocar el piano y perderte en las melodías que emanan de las teclas.
—¿Sabes? Fue todo un reto que me dejaran salir solo, contigo—aclara riendo irónico.
—¿Y qué hiciste?
—Vaya que hoy estás curiosa, pero me alegro—dice apretando los labios al mismo tiempo que arquea una ceja. —Verás, la única condición que tengo cuando quiero salir solo es que les envíe mi localización a mis padres cada dos horas, y si cambio de lugar avisarles y enviarles la nueva localización.
Y antes que digas algo, lo sé, es extremo, pero así son ellos.
—Supongo que eso sería una buena idea si se la dicen a George y Elizabeth. Sin embargo, estoy segura que ellos me pedirían mi localización cada cinco minutos—digo meneando la cabeza.
—Jane, no quiero ser indiscreto, pero... ¿Por qué ellos dicen que son tus padres y tú te aferras en decir que son tus tíos?
—Es complicado, y siendo honesta prefiero no hablar de ello.
—Lo siento si fui inoportuno, y entiendo que no quieras hablar de ello. Todos tenemos algo de lo que no queremos hablar.
» Pero... Por qué no me dices por qué vivir precisamente a este lugar. Sé que me dijiste que por el trabajo de George pero, yo no creo que haya algo interesante aquí para él.
—Y vaya que hoy te pusiste curioso —repito lo que él me dijo hace unos momentos, a lo que él sonríe a medias.
—Vamos, Jane, no trates de imitarme.
—Ah, no. Eso sería así: "Y vaya que te pusiste curioso" —hablo tratando de imitar su voz.
—Oye, eso es una mala imitación mía, yo no hablo de esa forma—se queja frunciendo el ceño.
—Claro que no —continuo con la misma voz al tiempo que acomodo mis lentes en mi rostro.
—¡Oye, es en serio! Por qué te mudaste.
Aprieto los labios y trato de ponerme seria.
—En realidad sí lo hay. Él es...
—¿Es un científico loco?
Es entonces cuando nos detenemos bajo un árbol y sin decir nada nos sentamos recargando nuestras espaldas en su tronco.
—No es un loco, nunca lo ha sido, pero siempre nos estamos mudando. Vamos de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y jamás nos quedamos más de tres años.
—O sea que... No te quedarás mucho.
—Ah, aquí... Bueno, George me dijo que sería la última vez que nos mudáramos, pero hace unos días eso cambió.
George va y viene de un laboratorio en Nueva York, ahí se encuentra haciendo algunas pruebas con otros biólogos sobre encimas de animales marinos, su ADN y otras cosas sobre su composición para crear una especie de medicamento que ayude a las personas que han quedado en silla de ruedas o tetrapléjicas. Si este medicamento se llega a realizar, será la evolución de la medicina; imagina que las columnas se puedan fortalecer poco a poco...
—¿Hablas de curarlos por completo?
—No, Aron. Eso no llegaría a pasar, pero sí les podía dar la capacidad de curar algunas células y provocar que lleguen a mover ciertas partes de su cuerpo y que dejen de sentir esos terribles dolores, todo para que puedan llevar una vida más o menos normal.
—Eso es... Increíble, Jane —habla asombrado.
—Lo sé. George es un excelente biólogo; ha sido reconocido en muchos lugares y por esa razón lo llamaron para realizar estas pruebas. Llevan años investigando, pero necesitaban otra mente. Por eso llamaron a George, porque necesitan ver más allá y él es el indicado.
» Por lo que le dijeron tienen dos años para tener un avance mayor al que tienen actualmente. Después de ese plazo los llevarán a Australia.
—¿Y piensas que lo lograrán?
—Aron, puedo comportarme como sea, pero sé que George es el mejor biólogo que haya tenido este planeta y estoy segura que lo logrará. Hasta puedo asegurarte que podrá llevar un avance mayor en menos de dos años.
—Eso quiere decir que tengo dos años contigo, o menos—asegura el pelinegro, y esta vez no sé si lo ha dicho con tristeza en su voz o con sarcasmo.
—¿Y tú West, por qué te mudaste? —cuestiono cambiando el tema.
Antes de hablar suelta un gran suspiro y sus ojos recorren el suelo.
—Es complicado, Jane. Nunca he hablado de ello con nadie y tampoco me gusta, pero... Sólo puedo decirte que siempre he sido un niño extraño —dice sonriendo. —Antes era todo un friki porque estaba metido en esos mundos virtuales y esas cosas. Sólo dos veces me he mudado, y jamás he tenido un amigo, pese a ello, ahora estás tú y quiero creer... No, más bien estoy seguro que podemos ser amigos, porque no eres como los idiotas del Instituto, tú... Me agradas, Jane.
—Tú... Tú también me agradas, Aron.
Debo admitir que en un principio te detestaba un poco, pero, no sé, creo que esto de la amistad va a funcionar contigo.
Yo tampoco he tenido ningún amigo o amiga en mi vida, y siempre me ha gustado estar sola.
—La soledad es buena compañía, es... Nunca te deja solo—admite.
—Así es, Aron.
—Oye, Jane, ¿saltas? —La pregunta me toma por sorpresa y provoca que frunza el ceño.
—¿Qué?
—Eso, que si saltas. ¿Saltas?
—No entiendo, Aron...
—Sólo responde con un sí o un no.
—No sé, creo que sí.
—Sólo eso basta. Levántate, Hale—pide levantándose del suelo y posteriormente ayudándome a hacerlo.
El sentir el tacto del otro puedo notar que ninguno de los dos siente nada.
—¿A dónde vamos, West? —Inquiero.
—Te pregunté si saltas, Hale, entonces veremos si es así.
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