XVIII. ARON PARTE III
Al colgar siento un par de ojos detrás de mí, o más bien detrás de la puerta de mi habitación
Casi rezo por que no estén detrás de la puerta, porque no hayan escuchado mi patética conversación con Jane Hale.
Muerdo mi labio inferior y a continuación con el móvil en mano avanzo sigilosamente hasta la puerta y pongo mi mano libre sobre la perilla.
Antes de que puedan huir abro rápidamente la puerta y...
—¡Alto! —exclamo frunciendo las comisuras de mis labios.
Hana, mi madre, se encuentra de espaldas hacia mí, tratando de huir, pero esta vez he sido más rápido y no pienso dejarla ir.
—Papá, sé que estás aquí, así que sal de donde sea que te hayas escondido.
Detrás del pasillo de la bifurcación que se encuentra a unos metros de mi habitación aparece mi padre, quien aún lleva su traje del trabajo.
—Hola, hijo —habla mi padre acercándose a mamá mientras ella aún permanece de espaldas. —Qué bueno encontrarte. Me refiero a encontrarte despierto, creí que ya te habías dormido.
Hago una mueca de disgusto y me cruzo de brazos dirigiendo una mirada asesina a mi padre. Mi madre se gira lentamente hasta que se encuentra frente a mí, encogida de hombros como una adolescente que ha sido descubierta por haberse escapado de casa estando castigada.
Esta situación es divertida, pero por nada del mundo puedo admitirlo y mucho menos emitir una risa o me delataré de inmediato, además, no podemos omitir el hecho de que ambos estaban escuchando tras de la puerta y a pesar de ser mis padres no puedo permitir que violen mi privacidad.
—Aron, hijo, nosotros...
—Estaban escuchando —afirmo alzando ambas cejas mientras frunzo las comisuras de mis labios.
—En realidad nosotros estábamos... Íbamos pasando y no pudimos evitar escuchar —admite mamá con vergüenza —. Pero te juro, hijo, que sólo escuchamos cuando dijiste que mañana comenzarán tus clases de regularización con Jane. Sólo eso.
—Sabemos que estuvo mal, pero es que nos emocionamos cuando esa chica te llamó —aclara papá.
—Es increíble cómo es que ahora el adulto aquí parezco ser yo y no ustedes —comienzo y ellos no hacen más que verme con pena y con el rostro agachado. —Sin embargo, y muy a mi pesar, es indiscutible entenderlos. Supongo que no es tan malo su excesivo entusiasmo, sólo... les pido una sola cosa: no lo hagan muy seguido ¿de acuerdo?
Mi madre esboza una amplia sonrisa y apartándose de papá se dirige hacia mí. Al llegar a un límite de distancia su mano derecha se coloca sobre mi mejilla y posteriormente aparta un mechón de cabello de mi frente.
Su toque cálido me hace sentir reconfortable, pero cuando sus dedos largos y delgados llegan al punto donde los imbéciles más imbéciles de la faz de la tierra me golpearon, siento una fuerte punzada.
—Lo lamento, hijo.
—No te preocupes, mamá, ya no duele tanto —trato de mentir, pero sé que no lo he logrado.
—No tienes que mentir, Aron, soy tu madre y te conozco, por lo que te pondré una compresa de hielo sobre ese rostro, aunque no quieras.
Ruedo los ojos en señal de desaprobación. No quiero tener una compresa de hielo sobre mi rostro, pero tampoco un bistec sobre él. Según el doctor que vino a verme, especificó que si quiero evitar que el moratón se inflame más de lo que ya se ha inflamado tengo que ponerme eso sobre el rostro, todo debido a que cuando te dan un golpe lo que causa los cardenales o ese tono morado y la inflamación es que hay un derrame por dentro, los vasos sanguíneos se rompen y al hacerlo la sangre sale y se acumula debajo de la piel, así que lo que ayuda a desinflamarlo es el frío; eso y el ungüento que nos dio además de las pastillas para el dolor.
—Pero, mamá... —protesto como niño.
—Pero nada, Aron, hazle caso a tu madre y vamos a la cocina.
Mi padre me rodea la espalda con su brazo y junto a mi madre nos dirigimos hacia la cocina, de donde hace poco salimos.
Es extraño cómo hace unos momentos atrás estaban regañándome porque no les avisé absolutamente nada del supuesto asalto en el Instituto, y ahora, gracias a esa llamada, ellos están más felices que nunca. Al parecer tengo mucho que agradecerle mañana a Jane Hale.
—Mañana iremos a hacer la denuncia pertinente —habla mi padre entrando a la cocina para después tomar asiento frente a la pequeña mesa de madera.
Ahí estamos de nuevo con ese tema; tengo claro que no podré hacer desistir a mis padres de no hacer la denuncia y sé perfectamente que tienen razón, pero ¿qué se supone que diré en la declaración? Los que me golpearon fueron Graham e Ivan, y si les doy una descripción falsa tarde o temprano me descubrirán o atraparán a otras personas que serán inocentes de todos los cargos.
No puedo dejar que pase eso, pero tampoco puedo delatar a los verdaderos culpables porque no servirá de nada.
—¿Y no puedes hacer la denuncia tú? —pregunta mi madre sacando un pedazo de hielo de la nevera con una pequeña toalla.
—No. —responde él con desilusión. —Lamentablemente eso es algo que el afectado, o sea Aron debe hacer en persona. Pedirán su declaración sobre los hechos, y aunque es menor de edad y yo puedo hacer la denuncia, lo que no puedo hacer es la declaración. Al hacer este tipo de denuncias de inmediato piden la declaración del afectado y en este caso no sólo fue Aron el que se vio implicado en esto.
Mi padre sabe muy bien de todo esto. Como abogado que es está encargado de muchos casos del pueblo y también de otros mucho más importantes en la ciudad. Es uno de los abogados más reconocidos en Nueva York y desde hace años viene peleando la candidatura, por así decirlo, para ser juez de la corte de Nueva York. Sin embargo, por asuntos personales que desconozco y porque el actual juez aún no se retira sino hasta dentro de al menos unos dos años, mi padre no ha podido obtener el puesto que se merece.
Es un gran abogado, eso se los puedo jurar. No he visto abogado más pulcro y honesto que él; no se deja intimidar por nada ni nadie y ante todo defiende sus posturas e ideales "La verdad ante todo. La verdad es la única salida a la libertad"
Digamos que ese es su gran lema y por él, varias personas lo admiran, incluyéndome.
—¿Cómo qué no soy el único que va a tener que declarar?
Eso no lo esperaba. Se supone que el que tiene que declarar soy yo y no ella. No después de cómo se puso.
Cuando me desmayé a causa de los golpes y después de no sé cuánto tiempo volví en sí, ella estaba en shock, o eso quiero creer. Se encontraba sentada a mi lado, abrazada a sus piernas y mirando al horizonte, perdida.
No sé si fue por ver cómo me golpeaban o por algo mayor, pero en definitiva no quiero que Jane Hale vuelva a recordar todo eso al declarar.
—Hijo, esa chica, Jane, debe declarar junto a ti. Ambos estuvieron en ese asalto. Dijiste que por poco sale herida ¿no es así?
Asiento recordando la mentira que confabulé.
—Sé que debe ser duro para ambos, pero deben hacerlo, esos delincuentes tienen que ser arrestados y llevados a la ley para pagar lo que te hicieron, lo que les hicieron.
Además, yo estaré con ustedes en todo momento, no hay nada que temer.
Sin darme cuenta su mano ya se encuentra presionando mi hombro, tratando de darme fortaleza y valentía, pero para ser honestos nunca he sido valiente o fuerte, siempre he sido cobarde, y aunque en ocasiones trato de aparentar que soy duro en realidad por dentro estoy roto, más roto que un trozo de cristal.
—Bien, supongo que tendré que decirle mañana a Jane que debemos ir juntos a declarar —hablo en señal de rendición.
—¿Te parece si lo hacemos después de clases? Puedo pasar por ustedes si sus padres no pueden ir.
—Sí, claro, yo le diré mañana.
—Bueno, chicos, es hora de curar ese golpe.
Lo siguiente que sucede es demasiado rápido. Cuando reacciono y tengo oportunidad de voltear hacia mi madre, ya tengo la compresa de hielo sobre mi rostro, y aunque al principio siento que arde como si estuvieran agregando alcohol puro a una herida abierta, después siento un gran alivio a causa del frío.
. . .
Narrador omnisciente.
La época de invierno ha llegado y en el interior de la ciudad de Oregón las fuertes nevadas combinadas con las terribles oleadas de frío no ayudan mucho a las personas que ahí habitan. Todos cargan con enormes abrigos y por debajo de ellos chamarras o suéteres gruesos que puedan disminuir un poco el incesante congelamiento que sienten por todo su cuerpo.
Las tejas de las casas se encuentran cubiertas de nieve al igual que los jardines de cada hogar. Muchos están felices porque saben que se acerca la Navidad, los niños se encuentran emocionados por recibir sus regalos, todos quieren ver qué les traerá Santa en esta época, todos menos los niños de Green House, un enorme edificio donde nada bueno sucede, aunque sea época de felicidad y amor para todos. Ahí nadie es feliz, nadie disfruta de regalos, lo mucho que se pueden esperar es que al menos en noche buena puedan dormir tranquilos, sin ningún azote de por medio.
El enorme edificio de paredes grises se encuentra alejado de toda persona. Algunas personas hasta han llegado a suponer que dicho edificio está embrujado y que los niños que lo habitan no son más que ciervos de Satanás, demonios en busca de poseer a alguien.
Claro, ninguna de esas patrañas son verdad, y tampoco se acercan a ella.
Pese a ello, ese edificio sí que parece embrujado. Está tan arcaico y desgastado que por las noches sus habitantes pueden escuchar con claridad los estrondorosos ruidos que las puertas o las tuberías provocan.
Los más pequeños creen que los demonios salen de lo más recóndito de Green House o de las chimeneas del ático, así que prefieren no salir de su cama o apartar las mantas agujeradas de sus cabezas.
Duermen con miedo, despiertan con miedo, pero en las mañanas no se puede decir que es por los ruidos incesantes que provoca el arcaico edificio, no, es por una persona: La Protectora.
Así se hace llamar una mujer de aproximadamente cuarenta años que no hace más que provocarles dolor a los niños, porque los más de cien habitantes de Green House son pequeños, niños que han sido abandonados por sus padres biológicos, niños que necesitan amor más que nadie y los cuales sólo reciben dolor cada día.
La situación en Green House es el asco más grande de la Tierra, pero no nos iremos a demasiados detalles escalofriantes e innecesarios.
Tal vez se den cuenta antes de que podamos describirlo o revelarlo.
Hoy es día de "entrega". Siempre lo es, pero hoy la cuota aumenta más por ser día festivo. La Protectora sabe que en fechas como estas siempre se hace entrega de bonos de bastante dinero a los trabajadores, por ello hay más oportunidad de que hagan sus donaciones benefactoras.
Ya es más de medio día cuando los niños comienzan a volver al edificio. Algunos vuelven porque saben que ya no hay más que conseguir, por lo que deciden volver con lo que consideran lo suficiente como para no recibir la tortura que les han prometido hoy.
Sin embargo, hay otros que no han ni alcanzando si quiera lo que deben llevar y no pueden regresar con eso poco, esa miseria según La Protectora.
Deben esforzarse aún más para poder volver, pero por lo visto todos sus esfuerzos resultarán en vano.
El tiempo transcurre, las horas pasan y la noche ya ha caído. La mayoría de los habitantes han conseguido llegar a lo que tenían que llegar, incluso algunos cuantos lo han superado. Por fin esta noche podrán dormir en paz, con algo en el estómago más que sólo unas migas de pan, ella se los ha prometido.
Hasta ahora todos los niños han llegado, cada uno ha entregado su parte, pero cuando la fila termina y uno de ellos, un niño de siete años nota que su hermano de once no ha llegado siente que el mundo se le viene encima.
—Bien, ahora sólo falta... —comienza a hablar La Protectora. —Christian. ¿Alguien vio a Christian?
Los niños se miran entre sí, recuerdan haber salido con él y haberlo visto cerca de un supermercado, pero después dijo que iría a otro sitio a ver si podía mejorar su suerte. No supieron más del niño, pero lo que sí saben es que si no llega con la entrega le irá muy mal, y si aparece después le irá peor puesto que tendrá que aumentar la cuota y todos saben que eso es imposible.
—Más le vale llegar pronto o ya sabe a lo que se atiene.
Dicho esto, se da media vuelta indicándoles a los niños que vayan con ella a la cocina, que se han ganado la cena.
Y es cierto, esta noche se encuentran con un pavo para todos los presentes, puré de papas, pan, verduras que no desperdician, fruta y agua decente. Todos olvidan sus modales porque esta noche nadie tiene modales, los modales se van a la mierda, lo importante es disfrutar de algo que jamás pasa y ha llegado el momento de aprovecharlo.
El sabor de la carne se siente exquisito dentro de sus bocas, el pan recién hecho no está rancio como los que siempre comen, el puré de papas es magnífico, cada uno se atiborra de comida hasta que no puede más. El agua la han dejado para el final porque saben que lo importante es lo demás, inclusive tratan de esconder comida porque saben que mañana no será igual y qué mejor que tener provisiones. Aunque claro, no se debe enterar La Protectora o les irá muy mal.
El pequeño niño de siete años comió como los demás, pero aún con la preocupación de que su hermano no ha llegado.
Sin más decide guardarse suficientes provisiones para que Christian disfrute un poco de aquello, porque después del castigo que le impondrán al menos él quiere darle algo de felicidad.
(Soundtrack sugerido: The Call-Ruu Campbell)
Cuando La Protectora los envía a dormir todos se van sin chistar.
Todos escondiendo bajo sus abrigos rotos la comida que quieren conservar.
Al llegar a la sala donde se encuentran las camas desplegables todos se apresuran a esconder su respectiva comida. Saben que ninguno tomará la comida del otro porque todos están tan jodidos que no pueden hacerse eso entre ellos.
Cuando el pequeño se dirige a su cama desplegable que consiste en una especie de catre y una colcha con agujeros no puede evitar pensar en su hermano, en que aún no ha llegado.
No se pueden quejar por las horribles camas, por lo menos tienen donde dormir a pesar de que sea algo incómodo, pero como todo tiendes a acostumbrarte.
—Él volverá, estoy segura —trata de reconfortarle una niña pelirroja de diez años. Sin embargo, no ayuda de mucho, Christian debe llegar.
Los minutos pasan y no hay señal de su hermano.
«¿Por qué tarda tanto?» se pregunta una y otra vez.
Inesperadamente se escucha un ruido extraño proveniente de la cocina. Todos los niños creen que es algo horrible, un monstruo, pero el niño se levanta de su cama y corre hacia la cocina a pesar de que los demás tratan de detenerlo. Sabe que puede ser Christian.
Al llegar se encuentra con él de espaldas. Sabía que era su hermano y no se ha equivocado.
—Christian —le habla y éste se gira hacia él.
—Shh... —dice acercándose a él con un dedo sobre sus labios. —No hagas ruido, hermano o ella se despertará.
—Tienes que darle el dinero, si se da cuenta que llegaste y no se lo diste te irá peor. Por favor, dáselo —habla suplicante.
Antes de que el niño rubio pueda responder, las luces se encienden y ella aparece.
—Así que al fin te dignas a llegar, Christian —comienza a hablar —. Será mejor que traigas el dinero suficiente.
Christian se gira hacia ella y con todo el miedo del mundo le entrega un sobre con el dinero.
La Protectora lo abre y al ver el contenido del mismo su rostro se endurece.
—Aquí falta dinero. Sabes lo que sucede cuando es así.
—Pero... Sólo me faltaron dos dólares, por favor no lo haga. Se lo suplico. Ya no más.
—Lo siento, pero sabes que no hay excepción.
—Pero....
Y antes de que pueda protestar La Protectora ya se encuentra tomándolo de los cabellos, arrastrándolo por el pasillo mientras él trata de zafarse y su hermano grita que lo suelte.
—¡Ya sabes que debes cumplir! —grita propiciándole una fuerte bofetada. —¡Los niños malos no van a dormir y mucho menos a comer!
Las bofetadas siguen y su pequeño hermano le grita que pare a lo que ella hace caso omiso.
—¡Vete! —Le ordena su hermano observando cómo los sigue.
La mujer se detiene y se gira hacia el niño de siete años, pero sin soltar a Christian.
—¿En verdad quieres que lo suelte? ¿Quieres recibir el merecido por tu hermano?
—¡No! —Grita Christian de inmediato. Sabe que si por su hermanito fuera él recibiría todo por él —Él no tiene la culpa, el que incumplió con la entrega fui yo, no él. Por favor.... Yo recibiré mi castigo, pero déjelo ir a dormir.
¡VETE! ¡QUE TE VAYAS!
No puede contradecir a su hermano, así que simplemente se marcha corriendo de ahí.
Los gritos se escuchan a los pocos minutos y los niños tratan de no prestarles atención, pero para ser honestos es algo imposible. Siempre ha sido de ese modo.
Esta noche es la más fría del invierno, la noche donde las sombras salen de su guarida y buscan sólo una cosa: causar daño.
Esta es la noche donde la muerte viene y no tiene piedad de nadie.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen247.Pro