VI. El taller
«¿Por qué los lunes tienen que llegar tan rápido?»
Mi alarma está sonando desde hace un minuto, pero simplemente me niego a levantarme de la cama.
Tengo sueño y no quiero ir al Instituto. Mucho menos sabiendo que me esperan burlas al llegar.
Apenas llevo una semana y ya detesto el Instituto. Sobre todo, por Graham e Ivan.
Ambos son mis verdugos.
—Ya, cállate —digo estirando mi brazo hacia el despertador. —¿No entiendes que no quiero ir?
Escucho que la puerta se abre y pasos se acercan a mí.
Alguien me mueve de un lado a otro, pero en un principio no sé quién es, puesto que tengo la cara tapada con las sábanas.
—Jane, levántate, tienes que ir al Instituto.
—No quiero.
—Vamos, Jane. No me hagas sacarte de la cama— me dice Elizabeth meneándome.
—Noo...
—Vamos, Jane.
Aparto de mala gana las sábanas de mi rostro y la miro.
—Levántate y métete a la ducha.
Bufo y ruedo los ojos. No me queda de otra más que ducharme e ir al Instituto. No quiero, pero Elizabeth y George no lo permitirán, claro está.
Asiento y Elizabeth sale de la habitación para ir a preparar el desayuno.
Mientras tanto, froto mis ojos para tratar de apartar un poco el sueño, luego bajo de la cama y tomo lo necesario para meterme a mi baño y ducharme.
No tardo mucho en la ducha.
Debido al frío que siento hoy, al salir escojo un mallón negro con un suéter gris largo hasta los muslos y tenis Vans grises.
—¡Jane, ya está el desayuno! — me avisa Elizabeth cuando me estoy cepillando el cabello para que no se enrede.
Meto mis pies en los tenis y me agacho para atar los cordones.
Bajo las escaleras con mi mochila en el hombro y puedo divisar a Elizabeth con George.
—Buenos días, Jane— saluda George al verme.
Tiene un pan tostado en la mano y con ese traje de biólogo parece más un profesor.
A veces pienso en que George se toma muy en serio eso de ser biólogo. Casi siempre está demasiado formal. Aunque eso denota profesionalismo.
«Me gusta más con ropa informal»
—Buenos días.
—Buenos días, Jane— dice Elizabeth dejando otro plato sobre la mesa.
Dejo mi mochila colgada detrás de la silla y me siento frente a George.
—¿Quieres huevos?
—Sí, Elizabeth.
Mientras Elizabeth se mueve por la cocina George lee algo en su tableta.
—¿Y qué tal la escuela, Jane? ¿Ya pensaste en algún taller?
Levanto la mirada y observo a George arqueando una ceja.
—Tú cómo...
—¿Cómo lo sé? Pues...
Me muestra su tableta levantándola desde donde está, pero no entiendo nada.
—El Instituto les envía a los padres un correo donde se les informa los progresos de sus hijos, las clases y por ende sus talleres. Y por lo que sé tienes hasta hoy para elegir un taller. O...Tal vez no.
—¿De qué estás hablando, George? — le cuestiono al escuchar aquello.
—De nada.
Mira su reloj y a mi parecer, lo que hace después es para evitar que siga cuestionándolo.
—Me tengo que ir, hermosas.
Se levanta de la silla y se lleva a su costado la Tablet a su costado derecho, debajo de su brazo y con entusiasmo se despide de Elizabeth, dándole un beso en los labios.
—Adiós, mi amor.
—Adiós, mi amor— dice Elizabeth abrazándolo.
—¿Quieres que te lleve o esperas el autobús, Jane?
—Ah...
—Puedo llevarte y si no quieres hablar, está bien.
Esto sí es raro. George siempre quiere hablar.
Veo a Elizabeth y noto que junto con él comparte cierta mirada cómplice.
Me pregunto qué le habrá dicho.
Por un momento me lo pienso, pero al final creo que será mucho mejor ir en el auto de George que en el autobús con esos idiotas.
—Bien.
. . .
El trayecto al Instituto se va tal y como lo dijo George: en silencio.
Me sentía incómoda con él, pero apreciaba que me diera mi espacio, y que, además—fuera lo que fuera—gracias a Elizabeth respetara mi decisión de no hablar.
Pero como todo, no dura para siempre. Y ese silencio lo rompió.
—¿Quieres escuchar la radio?
Niego con la cabeza.
—Tienes un grupo ¿no? Un grupo que te gusta.
Asiento.
—Es... Coldplay, ¿verdad?
Asiento.
—Ok. Tal vez podríamos ir a un concierto un día.
—Siempre estás ocupado —le recuerdo, y ya no dice nada más. Sigue conduciendo como si nada y sólo ve hacia el frente en lo que queda del camino.
A pocos metros del Instituto tomo mi mochila y le pido a George que detenga el auto.
—Pero te puedo dejar en la entrada, Jane.
—Gracias, pero aquí está bien George.
—¿Segura?
—Sí.
—Bien. En ese caso ten lindo día y espero que hagas amigos.
O al menos inténtalo.
» Nos vemos en la noche.
—Adiós.
Abro la puerta del auto y salgo de ahí avanzando hacia el Instituto.
No vuelvo a mirar atrás.
Cuando llego al umbral del Instituto se encuentran las personas que sabía estarían esperando.
Graham e Ivan están en el umbral, esperando a su víctima de brazos cruzados. En su mirada se puede notar lo ansiosos que están porque alguien llegue y ellos puedan molestarlo.
Sé que soy yo, y por ende trato de aminorar mis pasos para no llegar a ellos, pero tengo claro que no puedo hacer que eso pase.
Me espero sus insultos a unos cuantos pasos de la entrada cuando algo diferente pasa.
—Hey, pero si ya llegó nuestro Friki— dice Ivan.
De inmediato sé que no se refieren a mí. Es otra persona.
Así que me volteo y sé a quién molestarán hoy.
Aron se acerca con una mochila que va desde su hombro izquierdo, atravesando su estómago hasta llegar por arriba de su muslo derecho.
Tiene un aspecto informal, parece que se ha desvelado y además viene despeinado y desalineado en su ropa.
No es que sea experta en eso, porque yo a veces me visto como él, pero nunca cuando salgo. Siempre lo hago en la comodidad de mi casa y a pesar de que no me importe lo que digan los demás, no me gusta salir así.
Graham se acerca a él y pasa justo a mi lado. Pero está tan ensimismado en ir y molestar a Aron, que ni siquiera se da cuenta de mi presencia.
—Hola, rata de biblioteca— lo "saluda" pasándole su brazo alrededor de su cuello—. Creo que hoy vienes de acuerdo a tu apodo.
—Parece un ratón salido de un agujero— dice Ivan acercándose.
Aron no hace más que tener la mirada gacha, encorvándose mientras trata de aferrarse a su mochila.
Graham lo impulsa a caminar dentro del Instituto y le sigue por detrás Ivan.
Sería algo demasiado infructuoso tratar de escapar del Instituto, por lo que no lo hago. Al menos no por ahora.
Al entrar me dirijo a mi casillero y después a mi clase de francés.
Cuando ingreso al salón casi todos los alumnos están parados charlando entre sí. Todos menos Aron, quien ya está en su lugar de siempre, con una libreta sobre su butaca escribiendo algo que desconozco.
Me dirijo a mi lugar en una esquina junto a él y saco mi libro La falla.
Me sumerjo en el e imagino que no estoy en ese Instituto, sino en el mundo distópico, lleno de naves, criaturas horrendas y poderes.
Todo iba tan bien en mi lectura hasta que llega el profesor Jackson.
En serio que trato y trato de entender todo lo que el profesor Jackson nos explica y metafóricamente me rompo la cabeza formulando las oraciones, pero me es imposible.
Odio este idioma, no sé cómo las personas lo pueden aprender así de fácil. Para mí es un asco total. Preferiría aprender otro idioma. Aunque pensándolo mejor, llego a la teoría de que soy pésima en los idiomas. Los odio.
—Eh bien la classe, tourner dans leurs exercices— dice el profesor en francés.
No tengo idea de lo que dice hasta que los demás comienzan a levantarse para entregar el trabajo. Supongo que eso fue lo que dijo.
Aron se levanta y entrega su trabajo. Al hacerlo, el profesor parece felicitarlo en francés puesto que le da la mano, aunque después parece regañarlo.
—Tiene que ser menos flojo, señor West.
—Sí, señor.
—Bien hecho.
Él asiente y regresa a su lugar mientras pasa su mirada hacia mí.
Al hacerlo la aparta tan rápido como lo hizo para mirarme y niega con la cabeza rodando sus ojos.
A continuación, el profesor Jackson se levanta de su asiento y da por finalizada la clase, haciéndonos saber que tenemos que entregarle esos benditos ejercicios para pasado mañana.
Bueno, al menos tengo el día de hoy y mañana para terminarlos. O al menos intentarlo. Si no, me veré en la penosa necesidad de pedirle ayuda a Elizabeth o George, que por lo que sé saben algunos idiomas, pero nunca he sabido exactamente cuáles.
Mientras camino por el pasillo hacia mi siguiente clase el barullo de los alumnos se hace presente al igual que la locura. Y con esto me refiero a que los burdos de mis... compañeros
han comenzado a correr por los pasillos, a arrojarse bolas de papel o a pasar corriendo empujando a los despistados.
Sé que si no me fijo seré una de las que caen al suelo, y vaya que lo fui.
Un tonto viene corriendo y al pasar a mi lado trato de hacerme a un lado, pero resulta inútil.
Mi libro salió casi volando y yo no fui capaz de meter las manos por tratar de salvarlo, por lo que mi cara termina en el suelo y no es nada lindo.
Al levantarme sacudo mi ropa y recojo mis lentes antes de que alguien los pise. Voy hasta donde está mi libro y reviso que esté en perfectas condiciones.
Es cuando siento que algo me arde en mi boca, así que llevo mi dedo a mi labio inferior y lo toco. Cuando lo hago me arde y noto que estoy sangrando. La caída ha provocado que me rompiera el labio.
«Maldición»
—Quítate, cuatro ojos— me dice una chica empujándome contra la pared.
—¡Auch! — exclamo en un susurro mientras me llevo mi mano izquierda hacia mi otro brazo para sobarlo.
Aferro el libro a mi pecho y sigo caminando tratando de no rozar a ninguna persona, pero ellos parecen querer hacerlo porque me avientan entre sí al pasar junto a mí.
Mis demás clases antes del almuerzo se pasan demasiado lento y eso me aburre.
Durante el almuerzo como sola en el patio y digamos que, gracias a Aron, el día de hoy no me molestan.
Graham e Ivan se la han pasado molestándolo, y de mí—al menos por hoy— parecen haberse olvidado.
Eso al menos me da tiempo para leer La falla.
—El mundo ha cambiado. Se ha transformado en algo ignoto para los humanos, y ellos nos controlan. Pero seguimos peleando, protegiendo a los que queremos, y eso es lo que sigo haciendo.
Debo admitir que el inicio del libro es algo complicado, ya que primero te habla de una especie y posteriormente habla sobre en pasado y el presente. Aun así, la trama me parece excelente, y no pienso parar de leerlo.
Al finalizar el receso durante la clase de Física, una chica entra al salón y hace que me vaya con ella.
Al parecer me llaman en servicios estudiantiles y creo saber la razón.
Entro a la oficina y ahí está la señora rubia que me atendió mi primer día.
Al observarla noto que no es rubia natural, se tiñe el cabello. Además, trata de verse formal, pero creo que no lo logra del todo. Lleva una camisa blanca, encima un chaleco a cuadros color azul y un pantalón liso color negro.
No está tan mal, y, además, eso no me incumbe. Si ella no se viste "bien", no tiene por qué interesarme. Creo que yo me visto peor.
—Buen día, señorita Hale. — Me dice la mujer. — Me imagino que sabe el porqué está aquí.
Niego con la cabeza.
—Bueno, está aquí porque hoy es el plazo para elegir uno de los talleres que el Instituto imparte. Le recuerdo que es obligatorio que los alumnos asistan a dichos talleres como parte de sus calificaciones.
Espera a que diga algo, pero no lo hago. Así que continúa hablando.
—Como usted no ha hecho su elección, el director me ha dicho que le asigne un taller.
Por lo que, según mis revisiones, lo que le convendría mejor es asistir a clases de música y arte.
Abro los ojos como plato y me quedó estupefacta.
Ella nota mi reacción y dice:
—Y dado el cupo de los alumnos, no puede cambiar de taller ni poner objeción. Así que señorita Hale, a partir de hoy por la tarde, usted asistirá a clases de música y arte.
. . .
Mi última clase es con una profesora que sólo se la pasa hablando sobre la importancia de la vida, las elecciones que tomamos y nuestra forma de actuar ante los problemas. Esto parece más bien una clase de psicología a una normal.
Juro que casi me duermo en su clase.
Mis párpados pesan y amenazan con cerrarse en cualquier momento. Además, mi cerebro no deja de pensar en que en unas horas más asistiré al tonto taller de arte.
Odio la elección que hizo la señora rubia, que ahora sé que se llama Rosie. Pero todo fue mi culpa, yo no elegí ningún taller y ella tuvo que hacerlo por mí.
Aunque de igual manera, todos los talleres son horribles. No hay mucha diferencia.
La buena noticia es que como todos los estudiantes deben asistir a un taller forzosamente, sólo se asisten ciertos días y con un número específico de alumnos. Además de que hay otro edificio al otro lado del campus para realizar todas estas actividades, puesto que somos más de quinientos alumnos.
No tengo idea de lo que la profesora Anderson está diciendo puesto que siento que el sueño me arrastra, y cuando siento mi cabeza caer sobre la mesa de mi escritorio individual, una mano azota sobre la misma.
—¡Señorita, Hale! — Grita la profesora haciéndome brincar literal de mi silla. —Si quiere dormirse, será mejor que salga de mi clase, ahora.
La veo y ella levanta su mano dirigiendo su dedo hacia la salida.
—¿Qué está esperando? Salga de mi clase, ahora mismo.
No digo nada y sólo tomo mi mochila y mi libro para después dirigirme a la salida.
«Horrible, profesora. Yo no tengo la culpa de que su clase sea tan aburrida»
Voy maldiciendo en mis adentros mientras camino por los pasillos.
No pienso ir con Rosie para que me mande a la oficina del director como es de suponerse. Prefiero salir del Instituto e irme a un lugar donde pueda estar tranquila leyendo. Después puedo volver para asistir a ese horrible taller.
Por suerte cuando salgo no hay nadie que note mi presencia.
En primer instante pienso en irme a un parque o algo parecido, pero analizando la situación, si me voy ahora hasta el parque, sé que me perderé en mi lectura y cuando menos lo espere será tarde y no podré volver a tiempo.
Estoy en medio del estacionamiento donde se encuentran los autobuses escolares y dirijo mi mirada a todo mi alrededor.
Entonces diviso un rincón donde puedo esconderme, pero un profesor sale de la nada y se acerca hacia mí.
No me ha visto pero decido no arriesgarme quedándome ahí, por lo que retrocedo apresuradamente y me alejo lo más lejos posible.
Sin darme cuenta termino en un espacio que desconozco y cuando me decido a voltear tropiezo con algo.
—¡Auch! — exclama alguien.
Me giro para ver a esa persona y me topo con quien menos quiero.
—¿Podrías fijarte por dónde vas?
Lo miro estupefacta. Aron está sentado en una especie de banqueta, con las piernas estiradas y... Fumando. ¡Aron está fumando!
—¿Puedes dejar de mirarme como boba? — me dice mientras lo observo.
—¿Sabías que fumar es dañino? — pregunto.
—¿Y tú no sabías que responder con otra pregunta es de tontos? — responde tomando su cigarro entre sus dedos.
—Tú lo estás haciendo—recalco.
Me lanza una mirada asesina y rueda los ojos hacia otra dirección. Posteriormente me ignora y sólo sigue fumando.
Decido poner mi mochila en el suelo y sentarme junto a él.
Sin importarme sus gestos de disgusto lo observo. Veo cómo toma el cigarrillo entre sus dedos y lo mete en su boca, inhalando el tabaco para después sacarlo y soplar el aire.
Es extraño ver a alguien de cerca fumar. No digo que nunca he visto a personas fumar, pero nunca demasiado cerca. Además, el olor a tabaco es sumamente asqueroso y me está matando. Sin embargo, sigo como idiota viendo a Aron West fumar sin ninguna razón en específico.
Tengo ganas de preguntarle el por qué fuma, pero también tengo miedo a que se enfade y conteste con sus sarcasmos o se vaya.
Es algo estúpido pero cada vez que veo a Aron West, hay ocasiones en que quiero preguntarle algo, pero simplemente no puedo. Tengo miedo.
Al cabo de unos segundos de silencio, él aparta el cigarrillo de sus labios y me mira.
—Estoy seguro que quieres saber por qué estoy fumando, pero no te atreves a preguntar ¿No es así?
Abro mis labios para responderle, pero él me interrumpe antes de que siquiera pueda emitir palabra.
—Mejor no contestes.
Se mete el cigarro de nuevo y aspira en aire para después expulsarlo.
—Con que te gusta leer ¿eh?
—Sí. Y a ti fumar—respondo casi con ironía.
—Vaya, veo que, a pesar de no atreverte a preguntar, buscas una forma de que te lo diga. Pero está bien, te lo diré.
» Es cierto, fumo, pero no siempre. Sólo tengo permitido hacerlo tres veces al año, y esta es la primera en lo que va del año.
«¿Acaso está jugando conmigo?»
—No entiendo.
—Aggh... Verás... Hmm... ¿Jane? —Pregunta como si no conociera mi nombre o lo hubiera olvidado, pero la verdad es que lo sabe, lo sé, de cierta forma estoy segura que lo sabe, sólo que está actuando como un tonto.
Asiento.
—Mis reglas para fumar son que sólo lo puedo hacer tres veces cada año y siempre y cuando la ocasión lo amerite. Esté nervioso, tenga una situación difícil o como ahora, que me echaron de la clase de Biología—. Dice haciendo un ademán de desagrado.
«Wow»
Entonces, y sin previo aviso una pregunta sale de mi boca.
—¿No te gusta Biología?
—No. Es horrible—admite un gesto de disgusto. — Prefiero francés o matemáticas. Biología es un asco.
Esbozo una leve y fugaz media sonrisa y después Aron vuelve a hablar.
—Tú odias francés. Lo sé porque noto tus caras cuando el profesor entra—dice riendo sarcásticamente.
Sin quererlo, siento la necesidad de decirle algo que me mata de curiosidad, así que lo hago y sin temor lo suelto cual bomba cayendo de un avión.
—Me odias.
Creo que nunca pensé en decirlo y siendo honesta no espero una respuesta, pero, sin embargo, Aron abre sus labios para responderme casi de inmediato.
—No, no te odio. Sólo que... —Quiere continuar, estoy segura que quiere terminar la oración, pero al final no lo hace y prefiere callarse. —Olvídalo.
Se levanta del suelo y apaga su cigarro. A continuación, se gira hacia mí y dice:
—Tengo un taller que tomar.
Se da media vuelta y se aleja, dejándome ahí, con la duda. Con la duda de si me odia o no me odia.
Aunque si Aron no me odia, al menos yo sí lo detesto.
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