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Capítulo 11


12 de septiembre.

—Me encanta lo guapo que se ve cuando cocina, me lo comería a él antes que al plato —me susurraba Teresa, mientras babeaba por un Claus que, en efecto, emanaba sensualidad en las cocinas del Peirasmós.

Yo ahogué una risa ante las ocurrencias de mi amiga y el chef levantó la vista de su preparación, para fulminarnos con la mirada.

Me sentí como una colegiala a la que acababan de regañar. Traté de devolver mi atención a la cocina y permanecer estoicamente seria.

Teresa, por otro lado, seguía lanzándole miraditas poco disimuladas y sonrisas coquetas, sin dar la menor muestra de haberse intimidado por su ceño fruncido.

Al final de la clase, Claus se marchó apresuradamente, y Tere y yo nos vimos libres para poder chismorrear abiertamente, mientras recogíamos nuestros enseres.

—No entiendo cómo es posible que aún esté soltero —me decía ella—, alguien como él debería tener una fila frente a su puerta.

—Probablemente la tiene —coincidí—, pero debe ser uno de esos hombres completamente entregados al trabajo. Uno creería que una vez que se ha llegado suficientemente alto, se puede parar. El tema es que nunca se tiene verdaderamente esa sensación. Estar cerca del cielo, solo te da más ganas de volar.

—¡Uff, qué profunda! —Se burló Teresa, rodando los ojos. Yo le di un empujón, divertida—. Puede ser que el trabajo tenga que ver, pero es más que eso, esa familia es muy extraña.

—¿Conoces al resto de su familia? —pregunté, realmente sorprendida con la habilidad de esa chica para averiguar toda clase de cosas.

—Pues he stalkeado a Claus, naturalmente —me respondió como si nada, encogiéndose de hombros. Yo no pude evitar una carcajada al recordar mi propia búsqueda en internet—. Hay muchas referencias en la red con respecto a su carrera, pero de la vida personal nada, cero, es como si no tuviera vida más allá de las cocinas. La madre tenía mucho dinero —Continuó contándome—. Era la única heredera de un gran imperio inmobiliario. Murió en circunstancias extrañas, la versión oficial es que fue un paro cardíaco, pero hay mucha bruma alrededor de esa historia. —Yo no podía cerrar la boca de la impresión, la búsqueda de mi amiga había sido mucho más fructífera que la mía, aunque cierto era que yo no me había interesado por la madre, tan obsesionada como estaba con el hermano—. Toda la fortuna de la familia fue a parar a manos del otro hijo —Mis sentidos se pusieron alertas—. El chico es adoptado y, aún así, la señora lo puso a él por encima de su hijo biológico. Los hermanos no se llevan nada bien, aunque Claus le debe este restaurante a Alessandro —Un escalofrío me recorrió—. El menor de los hermanos es aún más misterioso, no hay ni una foto de él en internet, y poquísima información. Imagino que debe ser horriblemente feo o deforme y por eso esquiva la atención pública. Pienso en él como un Quasimodo multimillonario. —Estallé en risas, ante la ocurrencia de Teresa. No solo era hábil para descubrir cosas, además tenía muchísima imaginación.

—Eres todo un personaje, Tere —le dije, aún hipando de la risa—, pero aunque nadie puede negar tu mérito como detective, te puedo asegurar que Alessandro no se parece en nada a Quasimodo.

—¿Lo conoces? —Había conseguido sorprenderla, por primera vez.

No era mi intención confesarle que conocía a Alessandro, pero la imagen que ella había puesto en mi mente del Quasimodo multimillonario contrastaba tanto con la imagen real de él, que yo había tenido entre mis brazos, que no pude evitar sacarla de su error.

Permanecí callada unos segundos, tratando de idear que iba a decirle, pero una voz a nuestra espalda respondió, en mi lugar.

—Así es, nos conocemos. —Su rostro era serio, pero había cierta diversión en su mirada, probablemente por haber escuchado nuestra plática.

¿Cuánto tiempo llevaba allí?

¿En qué momento había entrado?

Teresa dejó caer la mandíbula sin gota de disimulo, admirando a un Alessandro, quien por primera vez desde que lo conocía, vestía de colores claros, y se veía joven y relajado como un chico cualquiera, ajeno al oscuro imperio que lo rodeaba.

Llevaba una camiseta blanca que se ajustaba a su musculoso torso y un pantalón de chándal gris que colgaba de sus caderas, de forma tan sugerente que mis mejillas se colorearon. La coleta que le recogía el cabello en la nuca, había dejado algunos mechones sueltos que le caían sobre la frente, como la corona de un rey.

—Hola —Le tendió la mano a una pasmada Teresa, que se apresuró a estrechársela—, Alessandro Christou, encantado.

No podía identificar que era aquello tan raro que me parecía percibir en su cara, hasta que comprendí que era una sonrisa.
Le sonreía a Teresa con naturalidad. No habían rastros de su carácter autoritario o de su prepotencia de magnate. Incluso parecía simpático.

Yo estaba anonadada.

—Teresa Sánchez —contestó ella con presteza, devolviéndole la sonrisa—. Mucho gusto Señor Christou, es un placer conocerlo, por fin, permítame decirle que el trabajo que hacen en el Peirasmós es increíble. Nosotras estamos muy agradecidas por la oportunidad. —Yo estaba muy asombrada por cómo Teresa se desenvolvía ante él, no parecía estar en absoluto intimidada. También era cierto que el hombre que ahora aparecía ante nosotras no se parecía en nada al que me había topado yo, una y otra vez.

—Muchas gracias, Teresa. Me alegra saber que la academia ayuda a formar a jóvenes talentos como vosotras.

Me miró por primera vez. Yo no había dicho ni una palabra porque aquella plática me parecía surrealista. Era como un guion preestablecido que nadie se había acordado de enviarme.

—¿Cómo estás, Andrea? —me dijo, casi con dulzura. Yo tenía la boca seca y, cuando intenté hablar, de mi garganta solo salieron balbuceos.

Teresa, tan suspicaz como de costumbre, en seguida comprendió que había algo entre nosotros. No es que yo fuera muy difícil de leer. Estaba acalorada, con el rostro encarnado, la respiración agitada y el desconcierto grabado en la mirada.

Él, por su parte, estaba fresco como una lechuga.

Lo curioso, y tal vez lo que me tenía tan aturdida, era que esa tranquilidad y frescura no eran propias de él.

No entendía de qué rayos iba todo eso.

—Bueno, Andy, nos vemos en unos días. —terció Tere, besándome para despedirse—. Ha sido un placer conocerte, Alessandro. —Había pasado a tutearlo como si fuera lo más normal del mundo.

—Nos vemos, Teresa —Se despidió él, con otra de sus anacrónicas sonrisas.

Ella se marchó, dejándonos solos.

—Claus se ha ido más temprano esta tarde. —Alcancé a decir, tras unos minutos de embarazo.

—Bien —respondió—, no he venido a verlo a él.

—¿A qué has venido? —pregunté, devolviéndole la misma interrogante que él me hiciera en el club.

Él sonrió, percibiendo la coincidencia, o quizás intuyendo que era una diminuta venganza de mi parte.

—Vine a hablar contigo. —Era absurdo pensar que ese hombre se andaría con rodeos, como había hecho yo.

Traté de idear una réplica indeseable o ingeniosa, pero realmente sentía curiosidad por lo que había ido a decirme.

—Tú dirás. —Lo invité a hablar.

—Aquí no —dijo, comenzando a caminar hacia la salida—. Vamos, te diré lo que tanto quieres saber. —Ni siquiera se volteó para comprobar que lo seguiría. Él estaba seguro de que lo haría.

Lo que tanto quería saber.

¿Qué era eso?

¿Quién eres? ¿Por qué no paras de aparecer? ¿Por qué me despachaste de esa manera luego de acostarte conmigo? ¿Por qué me atraes tanto? ¿Qué quieres de mí?

Tenía tantas dudas respecto a él, que no tenía claro cuál interrogante quería resolver primero, pero si él había ido a buscarme, por propia voluntad, no iba a ser yo quien se negara a satisfacer la curiosidad inmensa que aún seguía despertando en mí.

Me subí a su auto, un Audi negro con cristales polarizados e intenso olor a cuero. No hablamos ni una palabra en todo el camino.

Estacionó cerca de la playa y la brisa marina me golpeó, despejando mi mente.

No había vuelto a ir a la playa desde que abandonara el hotel.

Caminó hacia la duna, sin esperarme, y aunque me molestaba un poco la forma en que asumía que lo perseguiría como un perrito faldero, olvidé el mal humor ante la visión del trasero perfecto, que se le marcaba al caminar, gracias a la suavidad de la tela del pantalón.

—Este es mi lugar favorito en todo Corfú —comenzó a contarme con un humor que aún me desconcertaba.

Me di cuenta que la playa donde estábamos no se parecía a la concurrida playa que yo había visitado. Esa estaba desierta. Era una pequeña cala, con tan solo unos metros de arena, rodeada de aguas cristalinas. En la orilla predominaba el color verde, magnificado por los arbustos que decoraban la playa, pero al mirar al horizonte, el azul del mar se mimetizaba con el cielo, creando un efecto infinito sobrecogedor.

—¿Es tu playa privada? —bromeé.

—Sí —contestó, sorprendiéndome—. It's my relax place. —Mi expresión de asombro lo hizo sonreír—. Algunos tienen saunas o piscinas, o cabañas en el bosque. Yo tengo una playa. —Me guiñó el ojo.

—¡Qué modesto! —exclamé con ironía, preguntándome cuánto dinero tenía ese hombre.

—La modestia no es una de mis cualidades —admitió—. Pero, a diferencia de mi hermano, yo no persigo la humildad y la nobleza. Yo me enorgullezco de lo que he logrado. Disfruto de la grandeza, del poder. No me cayeron del cielo. ¿Por qué avergonzarse de lo que se ha logrado trabajando?

—Ya, pero algunos tienen la suerte de heredar parte de esa grandeza —dije, recordando las palabras de Teresa. El rostro de Alessandro se ensombreció.

—No sabes nada —me soltó, con desprecio.

—Para eso estoy aquí, para aprender sobre ti, ¿no? —Él pareció relajarse y se sentó en una roca, a la sombra de un árbol. Yo me senté a su lado con cautela.

Tras unos segundos de incómodo silencio, suspiró y comenzó a hablar.

—Cuando tomé posesión de la fortuna de la familia, estábamos prácticamente en la quiebra. Era casi un niño y tuve que aprender de un tirón sobre economía, finanzas, bienes raíces. Tuve que crecer a toda prisa. Claus estaba en New York, estudiando, sin preocuparse por nada. Le resulta muy cómodo estar resentido contra mí, pero la verdad es que debería agradecerme. Nunca ha tenido que preocuparse por el dinero, solo por perseguir sus sueños. En esta historia, él es el niño que pide juguetes caros y yo soy Papá Noel. ¿Tu odiarías a Papá Noel?

La prepotencia con la que hablaba me molestó. Aunque dijera la verdad, la actitud egocéntrica que demostraba me hacía ponerme de parte de su hermano.

—Supongo que Papá Noel no se regodea todo el tiempo de los regalos que hace —le dije, con acritud—. Ser orgulloso no está del todo mal, Alessandro, pero un poco de humildad tampoco te caería mal. Claus me parece un buen tipo —agregué para suavizar un poco el ataque—, y tampoco me parece que sea un mantenido o un malagradecido. Él también ha trabajado duro, de lo contrario no habría cosechado tanto éxito.

—No lo niego —admitió, para mi sorpresa—. Es el mejor en lo que hace, se ha hecho un nombre por si mismo, más allá del turbio imperio familiar —Yo lo miré con extrañeza ante el adjetivo que había utilizado—, pero no debería olvidar de donde vino. Por mucho que me deteste y que se crea superior a mí y a lo que represento, le convendría recordar que gracias a mí fue que pudo comenzar. —Esta vez no había prepotencia en su voz, solo dolor y un triste resentimiento, que yo conocía muy bien. Era esa clase de amargura que nace cuando alguien a quien amamos no nos quiere.

—No creo que te deteste. Son hermanos —traté de hacerle ver.

—No es mi verdadero hermano —dijo, recordándome que era adoptado. Quise agregar que eso no tenía importancia, pero él no me dejó—. Ni siquiera nos criamos juntos. Él se fue a estudiar fuera, poco después de que yo llegara a casa, y cuando regresó, fui yo quien se marchó. Viví en Barcelona la mitad de mi vida. —Entonces me di cuenta de lo bien que hablaba español. El que hubiésemos vivido en la misma ciudad me descolocó.

—Yo soy de allí. —De alguna manera, yo estaba esperando que respondiera como lo hizo.

—Lo sé.



¡¿Qué diablos?!


—Te vi por primera vez en la Plaza de Cataluña, estabas con una amiga y reías. Era la risa más hermosa que había escuchado alguna vez. Parecía música. Recuerdo que pensé que solo quien es verdaderamente feliz, quien no conoce la tristeza, puede reír así.

Yo me había quedado estupefacta, no conseguía cerrar la boca de la impresión y sus últimas palabras tuvieron un doble efecto en mí.

Yo sí conocía la tristeza, claro que la conocía.

Me di cuenta de lo fácil que era dejarse engañar por las apariencias.

¿Acaso no había hecho yo lo mismo, con él?

¿Quién era, en realidad, ese hombre?


—Luego te seguí —Así que yo no era la única acosadora—, descubrí que trabajabas en un chiringuito en la playa. Incluso comí allí. A propósito, eres buena cocinera —Yo me alegré como una niña—. Pero luego un hombre vino a recogerte, era tu novio, imagino, así que olvidé todo el asunto y te olvidé a ti.

Aquello parecía el argumento cutre de una novela rosa.

Todo era tan contradictorio.

El hombre intenso del primer día, el vulnerable de la iglesia, el dominante y frío del club, el sensible y humano que se me mostraba ahora.

Era tantos hombres en uno, que yo no sabía como lidiar con esa amalgama de personalidades.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? Que me recordabas, que me conocías. ¿Por qué no te acercaste? No se... como alguien normal —pregunté.

—Yo no soy alguien normal, Andrea. Ya no más. Si te hubiera conocido entonces, quizás las cosas podrían se distintas entre nosotros, pero el hombre que soy ahora no es alguien que te conviene tener cerca.

—Pfff —bufé, porque comenzaba a hartarme de todo el drama que él mismo creaba a su alrededor—. ¡Oh, por dios! ¿Qué vas a decirme? ¿Qué eres un vampiro? ¿Un hombre lobo? ¿Qué puede ser tan malo para que tu mismo te eches tierra encima? ¿No será que te gusta todo el misticismo para poder combinarlo con tu aura intensa y oscura?

Él se echó a reír. Era la primera vez que soltaba una carcajada real.

Pensé que cualquiera que escuchara esa risa también creería que así sonaba la felicidad.

¡Cuánto podían engañarnos los sentidos!


—Soy una especie de vampiro, sí. —Yo sentí que estaba en la versión más mediocre de Crepúsculo—. Pero no me alimento de sangre, sino de algo más.

— ¿De drama? —pregunté, algo irritada. Él volvió a sonreír.

—Ven, te mostraré. —Se levantó y me tomó de la mano—. Luego decidirás si quieres seguir cerca de mí.



A pesar de mis burlas, una parte de mí temía que, en realidad, me estuviera llevando hacia algún templo satánico, donde sería sacrificada, en medio de sangrientos rituales. Me encogí, imaginando las sórdidas escenas, pero sentir el calor y la fuerza de su mano al apretar la mía, hizo que el miedo fuera pasando.

Por alguna extraña razón, cuando él me guiaba, sentía la irresistible tentación de seguirlo, y el destino donde me conducía dejaba de importar.

















********

Hola hola

Ya se que dije que en este capítulo habría más intensidad, pero les debía a estos dos una escena donde pudieran conversar como personas normales jeje

Ya vamos sabiendo un poco más de Alessandro, pero aún queda muchísimo por descubrir.

Estéis pendientes que se viene algo bien loco

;-)


XOXO


Emma.

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