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1. ¿Nombre?

Devin Knox.

Casi eran las ocho de la mañana y el sol ya nos deslumbraba por las cortinas de la habitación.
Me senté en la cama acomodando mis tacones, a las nueve tenía presentación en la librería Neverland y no podía faltar, era la última que tenía en el mes hasta nuevo aviso. El segundo libro estaba en proceso y debía ponerle toda mi atención y dedicación.

—El desayuno está listo —su voz masculina desde atrás me sobresaltó. Me puse de pie y di un salto frente a él mostrándole que estaba lista, Austin sonrió—. ¿A qué hora tienes la presentación, querida?

—A las nueve —respondí y me acerqué a su cuerpo pasando mis manos por su cintura hasta abrazarlo y mirarlo hacia arriba.

—Lo harás maravilloso.

—Porque yo soy maravillosa —respondí a su cumplido. Bajó su cabeza a mi y besó la punta de mi nariz. Sonreí inconscientemente, adoraba sus ojitos chiquitos de color azul—. Estoy un poco nerviosa.

—¿Ah, si? ¿Devin Knox se puso nerviosa? —preguntó con una risita coqueta—. La última vez que me dijiste que estabas nerviosa fue en California, antes de salir al ring en nuestra primera lucha juntos.

—Uh, ¿aún la recuerdas? —pregunté emocionada poniendo mis manos esta vez en su pecho como un perrito contento, solo me faltaba mover la colita—. Uff... ¡sudaba frío porque iba a luchar contra el gran "BAY BAY"! —exclamé y reí—. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste antes de salir? Eres tan malo, hiciste que mi nerviosismo aumentara y en ese momento de mi vida si que no tenía autocontrol.

—De hecho, no te dije nada, solo te observé.

Chillé.
—¡Me miraste de pies a cabeza y luego humedeciste tus labios! No nos conocíamos y eso para mi significó tantas cosas ya que todos sabían que era una mujer interpretando a un hombre, no estaba segura si también lo sabias. Mi cabeza se llenó de interrogantes, incluso llegué a pensar que eso había sido una señal para que perdiera.

—Ganaste igual esa noche —sonrió—. ¿Quieres saber que pensaba esa noche? —preguntó, a lo que yo asentí curiosa—. "Mierda, una mujer con más talento que yo me partirá el trasero"

Reí.
Habían sido buenos tiempos pero aquel sueño de luchar había quedado en el pasado junto con el fantasma de aquella chica problemática a la que, en estos tiempos más tranquilos, la recordaba con cierta nostalgia.
A pesar de todo, aún extrañaba a Danielle y se me formaba el nudo en la garganta de solo pensar lo feliz que estaría de mi en estos momentos si pudiese verme.

Cinco años.
Llevaba la cuenta a medida que los años pasaban, ahora ella tendría la edad que yo tuve cuando desapareció de mi vida. Dieciocho.
No hay momento del día que no la recuerde y me ponga a llorar.

Abracé a Austin mientras reía.
Él me devolvió el abrazo con la misma fuerza en que yo lo estaba apretando y me tomó de la mano jalándome fuera de la habitación.
Me llevó hasta la sala de estar donde me sentó en una silla frente a la mesa. Le di las gracias tomando la taza de té que me esperaba junto a los demás aperitivos. Austin se sentó en el sofá y tomó el control remoto en busca de algo bueno por ver y ambientar este incómodo silencio que nos invadía; más por mi, debido a los nervios que me comían viva. Nada pasaba por mi garganta más que líquidos. Líquidos, líquidos y más líquidos.

Transcurrió la hora y al quedarme veinte minutos decidí partir. Me despedí de mi querido novio con un beso en los labios, seguida de la frase que jamás dejaba de decirme: —Sigue sonriendo, Devin.
Y mi respuesta que jamás cambiaba: —Lo haré.

Caminé por las frías calles de Davenport, al final, había convencido a Austin de vivir ahí. El departamento que tenía me fascinaba. Después de haber estado en diferentes ciudades y hogares el único por el cual me arrastraba de vuelta había sido en Davenport.
En Brooklyn había hecho lo mismo que en el libro; había ido a buscar mi cosas, las dimos en donación dejándome solo una caja con los recuerdos de Danielle, lo demás desapareció.
En California no tenía muchas cosas, la mayoría venían con el departamento, lo había arrendado amueblado por lo que haberlo dejado había sido sencillo.
Y el cuarto de hotel que siempre me tenía Jeremías seguía ahí con mis recuerdos de infancia, mi viejo amigo de repente me mandaba cartas, seguía «chapado a la antigua». Lo apreciaba demasiado.

Me crucé de brazos aferrándome al calor del abrigo que llevaba puesto, el frío de la ciudad intentaba meterse por debajo de mi vestimenta. Corrí un poco alcanzando a cruzar una calle en la que el semáforo para los peatones estaba comenzando a parpadear y sentía temor de que un auto no se diera cuenta y cruzara a alta velocidad.

Al estar del otro lado suspiré y volví a retomar el ritmo lento que llevaba al principio.
Levanté la mirada y la librería ya estaba abierta con los carteles de mi libro pegados en el vidrio de entrada. Sonreí.
Apresuré el paso.
Con mis manos congeladas empujé la puerta suavemente, adentro se encontraba Tobias, mi editor, con una sonrisa grande.

—Último día que te saco el jugo, Devin —se disculpó frunciendo las cejas en una expresión de súplica mientras abría los brazos. Me acerqué, me estreché contra él y le dije con voz suave que no se preocupara.

Me hizo un gesto con la mano para que me sentara en la silla ubicada a un costado de la gran librería. Le hice caso y miré el planograma sobre la mesa.
Leería unos cuantos párrafos del libro, respondería preguntas, firmaría portadas y me tomaría fotos si la gente lo deseaba.

—¿Quieres un café? —preguntó recargando muy suavemente su mano en mi hombro. Negué con la cabeza y gesticulé un: "gracias por preguntar".

Esperamos unos minutos y la gente comenzó a entrar. Me puse de pie para recibirlos junto con Tobías.




.

Ya solo me quedaban diez personas por conocer y firmarles el libro que habían comprado. Estaba exhausta y mi garganta ya no daba más de tanto tiempo haberles hablado.

—¡Gracias! —exclamó la chica que tenía en frente. Levanté la mirada y le sonreí achicando los ojos al observar que pegaba el libro a su pecho y le brillaban los ojos. Dio media vuelta y se fue llevándose el libro de esa manera. Agarré la botella que tenía a mi lado izquierdo, le quité la tapa y acerqué el objeto a mi boca recargándome un poco hacia atrás, con la mano derecha seguía sosteniendo el lápiz así que hice unos cuantos dibujos en la mesa dejándome llevar por mi imaginación.

Sin querer hice dibujos de Colby con unos cuantos apodos tontos que le tenía cuando éramos amigos.
Había pasado mucho tiempo pero no dejaba de pensar en él cuando estaba aburrida. Había pasado una cantidad considerable de agua bajo el puente como para seguir odiándolo por todo lo que vivimos. A pesar de todo, conservaba bonitos recuerdos con él.

Estaba remarcando una línea en los cabellos del dibujo de Colby cuando un libro fue resbalado por la mesa desde un costado a otro chocando suavemente en mi mano. Estaba tan absorta en el dibujo que no levanté la mirada y solo pregunté:
—¿Nombre?

Nadie respondió pero sentía su presencia.
Su perfume había llegado a mis fosas nasales, mi corazón se aceleró y "algo me subió y me bajó" por el cuerpo quedándose en mi estómago.
Subí mi vista lentamente por su mano, ya la reconocía. "No puede ser" me repetí muchas veces mientras subía la mirada por su mano... por su brazo y finalmente... por su rostro.

Era Colby.

La sangre subió hasta posarse en mis mejillas e inmediatamente, en un acto muy veloz, tapé la mesa con el ejemplar fingiendo que nada se había movido sin quitarle la mirada. Dejé de beber agua, cerré la botella y vi como sonreía.

—"Todo resulta ser gris cuando no estás conmigo. Eres el color que necesita mi vida para dejar de serlo" —citó una de las frases del libro. Una frase que me acompañó por años cuando estaba enamorada de él. Cuando me atormentaba su ausencia y me preguntaba el "por qué" había sido todo así—. ¿Aún es tarde para mi? —preguntó.

Me puse de pie, di la vuelta a la mesa y me acerqué a su cuerpo. Él, al ver ese gesto se agachó y chocamos mejillas en un saludo. Sus manos sujetaron mi cintura contra su cuerpo, él mío no se movió. Me había paralizado.
¿Qué estaba sucediendo?
Digo, no conmigo, sino, con respecto a la situación.
¿Por qué estaba aquí de repente? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? ¿Por qué está feliz? ¿Por qué me hace esa pregunta?

Me estaba desesperando, nuevamente volvía a hacerme preguntas por todo. Mi vida por fin se había estabilizado y había controlado mi ansiedad... esto no podía estarme pasando.

—Depende que signifique "tarde" para ti —respondí con una pequeña risita ocultando esta repentina inestabilidad emocional que me había atacado. Colby guardó silencio esperando que yo pudiese leer su mente, así que le dije: —¿Te parece si me esperas a que termine aquí lo que estoy haciendo y salimos a caminar? Para poder hablar con más calma.

—Si, no hay problema —respondió.
Le firmé el libro que me había dejado sobre la mesa, se lo entregué y se quedó esperándome en un rincón. No quería dejar lo que estaba haciendo realmente, no quería hablar con él y que me dijera todo lo que sentía, puesto que, había llegado con todas las intenciones de hacerlo sin ser prudente.
Necesitaba un momento para respirar.

Suspiré, levanté la mirada y di un escaneo rápido a la librería: al rededor de ocho personas esperando en la fila. En un momento de escaneo, una mancha negra se cruzó por mi vista, me devolví y ahí estaba ese hombre a quien yo consideraba como mi padre mirándome desde el otro lado del cristal. Llevaba el cabello más largo esta vez y su físico había mejorado. Nos quedamos mirando unos segundos hasta que me hizo una seña con la mano y media sonrisa en su rostro. Le devolví el gesto. Las ideas se habían juntado en mi cabeza y creía entender lo que estaba sucediendo.

Recibí al chico delante de mi con una sonrisa y le firmé el libro. Todos los que quedaban después de él no compartían más palabras que un "buenos días" y un "gracias". Me puse ansiosa, mientras más necesitaba que el tiempo pasara lento, éste más se apresuraba. Quería ver a Austin. Quería mi salvavidas. Me estaba ahogando.

Ya no quedaba nadie.
Tobías se acercó, me dio un abrazo con una felicitación porque lo había logrado y un recordatorio de continuar con el libro en proceso.
Esperó a que yo saliera con Colby para luego salir y abandonar el lugar. Ahora solo estábamos los dos en la calle... ah, y Chris.
—¿Cómo estás? —le pregunté acercándome a él para besar su mejilla. Me correspondió el gesto.

—Muy bien cariño, ¿cómo estás tú? —preguntó de vuelta sosteniendo mi brazo y bajando lentamente hasta mi mano—. Por cierto, felicidades por el libro. Es todo un éxito.

—Muchas gracias —respondí con una sonrisa soltándome suavemente de su mano. Tenia una vaga impresión de que todo esto había sido idea suya—. Pero yo te dije desde un principio que lo sería.

—Eres talentosa, no se puede negar —añadió encogiéndose de hombros. Me miró de pies a cabeza y dijo: —Estas preciosa, por cierto.

—Aw, basta de cumplidos Chris... —respondí. Sabía muy bien lo que estaba haciendo, cada vez que la cagaba sacaba a relucir mis mejores cualidades, aquello solo confirmaba mi duda—. El que está bien guapo eres tú, ¿todo bien?

—Si, tuve algunos problemas de salud y decidí ponerme en forma, no podía dejar que mis cincuenta y tantos años salieran a relucir.

—Mira, pues... te ves hasta más joven —añadí a mis halagos. En eso decía la verdad—. Y bueno, ¿qué andan haciendo ustedes dos juntos?

Guardaron silencio.
Colby golpeó unas cuantas veces el libro en una de sus manos con una sonrisa un tanto impaciente, creo que se estaba dando cuenta de lo que estaba sucediendo conmigo.
—¿Vamos por un café? —preguntó ignorando mi pregunta. Ugh, la gente y su manía de ofrecerme café... no me gusta el café, me gusta el té.

Asentí.
Me despedí de Chris susurrándole al oído que después continuaríamos nuestra charla y nos alejamos caminando lentamente.

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