Capítulo 26
Narrado por Bella
30 de marzo de 2012
La habitación estaba oscura y silenciosa, el tipo de silencio denso que solo la madrugada trae consigo. No había podido dormir después de la discusión. Me sentía rota, agotada emocionalmente, con los recuerdos de lo que había pasado horas antes atormentándome. Habíamos tenido peleas antes, claro, pero algo en lo de esta noche se sentía diferente. Su silencio, su distancia... todo había dolido más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Un golpe suave en la puerta rompió la quietud. Al principio, pensé que lo había imaginado, pero el sonido se repitió, un poco más insistente esta vez. Me levanté, mi corazón acelerado, y caminé hasta la puerta. Al abrirla, ahí estaba él: Liam, de pie en el pasillo, con la mirada arrepentida y la ropa aún desarreglada. Tenía el cabello despeinado y los ojos entrecerrados, como si hubiera estado pensando, debatiéndose durante horas.
—Bella... —su voz era apenas un susurro, quebrada—. No podía dormir. Necesitaba verte, necesito hablar contigo.
Me quedé mirándolo, sin saber si debía dejarlo entrar, si debía protegerme del dolor que todavía sentía. Pero, antes de poder decirle nada, él continuó.
—Lo siento. Lamento tanto lo que pasó antes, todo lo que te dije y... todo lo que no supe decir. Sé que me equivoqué, y no quiero que esta pelea cambie lo que somos, lo que tenemos. —Sus ojos se encontraban con los míos, con una sinceridad que parecía traspasarme.
—Liam, me heriste mucho —admití, mi voz apenas un murmullo—. No entendí por qué te cerraste así conmigo.
Él asintió, bajando la mirada, con los hombros tensos.
—Lo sé. No tengo excusa, Bella. Me dejé llevar por la presión, por los miedos, y en vez de confiar en ti, en la única persona que siempre está a mi lado... solo me alejé. Pero en todo este tiempo, cada segundo lejos de ti me he dado cuenta de cuánto significas para mí, y no quiero perderlo por mi propia estupidez.
Hubo un momento de silencio entre nosotros, en el que pude ver el arrepentimiento reflejado en cada línea de su rostro. Finalmente, di un paso atrás y lo dejé entrar. Al cerrar la puerta, giré hacia él, sintiendo la tensión aún latente, pero algo en su cercanía me tranquilizaba, me recordaba por qué lo amaba de esa manera tan intensa.
Liam me miró, acercándose lentamente. Tomó mi rostro entre sus manos, sus dedos temblando levemente al rozar mi piel.
—No te quiero perder, Bella. No quiero que mis miedos se interpongan entre nosotros.
Nuestros ojos se encontraron, y entonces, sin pensarlo, se inclinó hacia mí, sus labios encontrando los míos en un beso lento, lleno de una ternura que me dejó sin aliento. Su beso fue una disculpa y una promesa al mismo tiempo, sus manos acariciaron mi rostro con una suavidad que parecía casi reverente.
Sentí cómo mi propio enojo se derretía al calor de su toque, cómo el rencor y la tristeza se disipaban, reemplazados por el amor que siempre había estado allí, intacto. Mis manos se aferraron a su camisa, atrayéndolo más cerca, queriendo borrar cualquier distancia, cualquier rastro de la pelea que habíamos tenido. Su boca se movió con desesperación, como si temiera que me desvaneciera, y sin palabras, supe que él estaba sintiendo lo mismo que yo.
—Bella... —susurró entre besos, su respiración cálida contra mi piel—. No merezco esto, pero te amo más de lo que podría decir.
Mis dedos se deslizaron por su cabello, sintiendo su respiración acelerada. Lo sentí temblar bajo mi toque, y ese temblor me hacía entender cuánto significaba este momento para él también.
Nos movimos hacia la cama, y cada caricia, cada roce de sus manos era una muestra de amor, una promesa tácita de hacer las cosas bien, de esforzarse para ser el hombre que yo merecía. Sus manos se deslizaron lentamente por mi espalda, y su toque era cálido y seguro, llenándome de una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo. Nuestros cuerpos se encontraron, sincronizándose en una intimidad tan intensa y llena de amor que ambos parecíamos sostener la respiración, temiendo romper la magia del momento.
Mientras él me abrazaba con fuerza, como si quisiera fundirse conmigo, supe que, a pesar de todo, este era el lugar donde siempre querría estar. Con él, enfrentando lo bueno y lo malo, aprendiendo a perdonarnos, a comprendernos, a amar con más profundidad a pesar de las tormentas.
Esa noche, entre sus brazos, supe que a pesar de todas las dificultades, de todas las dudas, no había nadie a quien amara más que a él.
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