Capítulo 21
Narrado por Liam
23 de octubre 2024
La luz de la habitación de Bear era tenue, apenas rota por el brillo de una pequeña lámpara de noche que proyectaba sombras suaves en las paredes. Bear estaba dormido, su pequeño pecho subía y bajaba en un ritmo tranquilo, y en su mano aún sostenía un muñeco desgastado que Bella le había dado hace tiempo. Era tan pequeño, tan inocente, y sin embargo, en su expresión había algo inconfundiblemente familiar.
Estar allí, de pie al lado de la cama de mi hijo, era tanto un privilegio como un dolor punzante. Por fin podía verlo, observar cada detalle, sus rasgos que llevaban algo de mí y, a la vez, eran enteramente suyos. Pero sabía que esta visita era temporal, un momento robado entre dos mundos, un instante que él no recordaría al despertar.
Respiré hondo, como si eso pudiera aliviar el dolor en mi pecho, y me incliné un poco más, acercándome para poder hablarle en voz baja, esperando que, aunque dormido, sus sueños le llevaran un rastro de mis palabras.
—Bear... —murmuré, sintiendo cómo la voz me temblaba—. Siempre supe que eras mío, ¿sabes? Desde el momento en que te miré a los ojos, lo supe.
Bear se removió en la cama, soltando un suspiro, como si pudiera escucharme a su manera, sentir la presencia de alguien que lo amaba profundamente, aunque no pudiera verlo.
—Lamento tanto no haber estado ahí para verte crecer, para acompañarte —dije, y la tristeza se me fue instalando, un nudo en el pecho que apenas podía soportar—. Hay tantas cosas que quería hacer contigo. Enseñarte a jugar al fútbol, escucharte hablar sobre todo lo que amas, sobre los sueños que tienes...
Me quedé en silencio, observándolo, mientras la culpa me asfixiaba. Él se giró hacia donde yo estaba, su rostro pequeño y pacífico iluminado por la luz suave. Le pasé una mano sobre el cabello, incapaz de sentir el calor de su piel, pero aun así deseando dejarle un rastro de mí, una caricia etérea.
—Bear, quiero que sepas que siempre voy a estar contigo —continué, esforzándome en mantener la voz serena—. Aunque no me veas, aunque no puedas sentirme, estaré contigo en cada paso, en cada momento que necesites fuerza. Y tu mamá... tu mamá es la mujer más fuerte que he conocido. Ella te protegerá siempre, Bear, así como yo lo haría.
Una lágrima cayó por mi mejilla, silenciosa, al comprender que jamás podría escuchar su risa, verlo caer y levantarse, o susurrarle palabras de aliento cuando enfrentara sus miedos.
—Lamento no poder estar aquí, hijo —susurré, tragando el dolor—. Me duele mucho no verte crecer, no estar para ayudarte, para ser el padre que mereces. Pero, donde sea que esté, Bear, quiero que sepas que te amo más de lo que las palabras pueden decir.
El pequeño volvió a moverse en sueños, y en su expresión adormilada, creí ver un destello de paz, una señal de que, aunque no pudiera escucharme del todo, mi amor le llegaría de alguna forma.
La conexión comenzaba a desvanecerse, sentía que el tiempo se me acababa. Me acerqué un poco más, susurrándole una última promesa.
—Nunca estarás solo, Bear. Siempre me tendrás contigo, en cada paso.
Con esas palabras, sentí cómo mi presencia se desvanecía poco a poco, pero con la esperanza de que, aunque solo fuera en sus sueños, él sintiera el abrazo invisible de un padre que, desde donde estaba, lo amaba profundamente.
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