|Capítulo 2| I THINK I'M LOST AGAIN
Recomendación:
Escuchar la canción de cada capítulo ya que las he escogido acorde a la situación.
Las piernas de Alejandra seguían temblando cuando atravesó la puerta abierta del vestuario. Había pensado mil formas de poner a prueba la flaqueza de Galia desde que la misma se había integrado como bailarina en el club. No era por maldad ni mucho menos, sin más rodeos se sentía superior al ver las miradas de deseo que causaba en el sexo contrario. Y Galia era hermosa, al menos aquello se lo debía. La piel morena y los ojos verdes contrastaban de una forma armoniosa en aquel rostro hosco.
-Joder.
Negó tragando en seco de repente arrastrada por la inminente culpa. Visto a su manera le había hecho un favor, había cumplido la fantasía que Galia le había transmitido desde aquella primera vez en el escenario, sus ojos gatunos clavados en la pelirroja mientras se deslizaba con destreza por la barra. Pero, por otro lado tal vez había sido mezquina con la chica. Para alimentar su propio ego acaecía jugado con las barreras que la primera parecía indispuesta a romper.
Maldijo por lo bajo cuando un tipo vestido de traje -claramente muy demasiado caro- le sonrió lascivo al salir del lavabo. La bragueta aún abierta y seguramente las manos sin lavar después de sujetarse la polla y mear. Había hombres y hombres en el mundo, pero si algo le daba asco eran los cerdos.
Se había pasado toda su vida encerrada en una jaula de cristal. Su familia se reducía a desconocidos que la habían repudiado, sus amistades a una barra con copas gratis y la felicidad en drogas para subsistir. No era la primera vez que pensaba en la cantidad de tiempo que había desperdiciado. O en el que seguramente desperdiciaría el resto de su vida. De igual manera ella era plenamente consciente de lo que había hecho. De la razón por la cual todos decidieron eliminarla de sus vidas como si nunca hubiese formado parte de ellas. Ya no era una hija, una nieta, una hermana o una amiga. Y desde luego no era la novia de nadie.
Galia había caído en su trampa de la misma forma que una mosca se embelesaba con la tela de una araña. Y no estaba orgullosa de ello. Utilizar a las personas había dejado de ser entretenido hacía mucho, pero eso no quitaba que fuese su mejor cualidad.
También sabía que en cualquier momento le acabaría explotando todo en la cara. La cagaría de alguna forma icónica y descomunal como siempre. Y entonces todo volvería al bucle de oscuridad y vacío. Al igual que su casa... Al igual que su vida.
Al igual que yo. Pensó.
Sonrió con amargura cuando se despegó de la puerta del vestuario ya vestida. La música era mucho más alegre y ya no había ninguna bailarina en los escenarios ni jaulas. Seva bailaba con disimulo mientras Alba le seguía la corriente y Alejandra no pudo evitar sonreír con genuidad, esta vez. Ellos eran lo más parecido a una amistad que tenía. Un guardia de entrada y una bailarina que desaparecía sospechosamente con clientes.
Alzó la mano sacudiéndola hacia ellos y señaló su mochila de cuero. En ella llevaba un neceser y varios objetos triviales.
Dándose media vuelta se despidió de Laura y Jimena, las camareras. Javier, el barman y un par de bailarinas que estaban descansando.
-¡¿Te vas ya?! -gritó alguien por encima de la música.
Samuel.
Alejandra asintió y sin dejar de caminar prosiguió su camino. Centrada en dejar atrás el olor a humo rancio y perfume no percibió la enorme figura que se interpuso en su camino.
-Hey.
Un tipo alto y fornido de tez muy morena y largas trenzas oscuras la observaba con diversión.
-He acabado mi turno, campeón. -dijo al pasar junto a él.
-Eres bonito. -afirmó el tipo esbozando una brillante sonrisa.
-Déjame adivinar. ¿Un guiri?
-Tu eras sexy.
Alzó una ceja hacia el sujeto y suspiró.
-Ya.
-¿Bailas conmigo?
Su español no era muy extenso supuso ella, pero no podía negar que tenía su gracia el acento.
-Suelo bailar sola. Pero gracias.
-¿Cha cha?
-La conga también ¿quieres?
El tipo asintió y ella contuvo una carcajada.
-No -negó dibujando las letras en el aire con el dedo índice frente a su rostro. -. ¿Entiendes?
-Entiendo.
Bien. Suspiró palmeando el brazo del enorme morenazo.
-¿Quieres amigo?
No. No la había entendido. Posiblemente no entendería nada de lo que ella le dijese.
-Seguro que tienes un buen amigo por ahí que me pudiese interesar -dijo sonriendo al señalar los pantalones del tipo. -, pero tengo prisa.
-Soy Roy.
-Vale.
-¿Tu?
-Peligrosa para ti. -él pestañeó sin perder la sonrisa y ella negó con la cabeza. -I'm so danger for you, boy.
Si el español de Roy era malo, su inglés no era mucho mejor.
-I like it.
-A mí no -Trató de buscar las palabras sin sonar estúpida. -like you.
-¡Damn!
-Fokiu amigo. -bufó dejándolo atrás.
Estúpidos guiris que pensaban que una caería ante su acento y sonrisas colgate.
• ────── 🕷 ────── •
En cuanto llegó a casa las luces se encendieron en el pasillo y fue directa a la despensa, donde una botella a medias de vino tinto la llevaba esperando todo el día. No solía beber, pero llevaba malos días, semanas tal vez. No recordaba la última vez que se había reído de verdad o salido a tomar algo en compañía. A diferencia de lo que otros solían pensar no, no tenía amigos.
Alejandra caminó con el ruido del aire acondicionado de fondo hacia la enorme pecera de media pared donde nadaban pececitos de colores, a su lado la caja de cristal con una pitón que la observaba fijamente.
-Buenos días, Sharpey -saludó llenando hasta el tope la copa. -¿Qué tal tu día?¿Algo interesante?
La pitón se deslizó por una rama gruesa y como si realmente la estuviese escuchando, se aproximó entre siseos al cristal. La pelirroja esbozó una sonrisa con algo de ternura, ya que cuando adoptó al bicho no era más larga que una cucharilla para remover el café.
-¿Mi día? Bueno, he tenido bastantes beneficios -explicó palmeando su bolsillo trasero -. Y he escupido a una de tus amigas en la cara a un tío.
Sharpey siseó de nuevo dejando entrever la lengua.
-Que va, o...bueno, sí. Era mono -se encogió de hombros y la melena le cayó sobre un hombro como una cortina de satén rojo. -. Pero también he descubierto que Galia... ¿te acuerdas de Galia? Bueno, es...
Suspiró al darse cuenta... una vez más, de que sus únicas conversaciones profundas eran con un reptil.
Galia -pensó- era una buena chica. Pero no era lo que ella buscaba, aún que realmente no buscaba nada después de...
El eco de una llamada la sobresaltó provocando que la copa resbalase entre sus dedos. Era el teléfono fijo. Alejandra trató de calmar su propia respiración al fijarse en la hora.
Despegó el culo del brazo del sofá para aproximarse al aparato de comunicación. Éste siguió sonando unos segundos interminables antes de redirigirse al contestador.
-Llamada proveniente del centro de salud ment...
Lo descolgó para no escuchar el nombre. No podía escucharlo o las pesadillas la atormentarían el resto de la noche. Cerró los ojos con fuerza pasándose una mano de esbeltos dedos por el rostro. Estaba mal, muy mal... Pero no iba a derrumbarse. No le daría la satisfacción a ese maldito lunático. Volvió a sonar una vez más, y asustada desconectó el artilugio. Al darse la vuelta Sharpey parecía entonar los ojos con curiosidad.
Para cualquiera que observase la escena desde fuera, Alejandra Lobo era toda una mujer independiente de veinticinco años que tenía la vida resuelta. Una bailarina solicitada, sexy y perfecta. Todo... una carcasa. En el fondo sabía que nada de lo que todo el que la mirase era verdad. Estaba jodida, muy jodida a decir verdad. Su vida era un constante bucle de ansiedad y estrés. Ganas de llorar acumuladas porque se negaba a derramar una sola lágrima, y miedo; un miedo que la consumía cada noche, cada día y cada tarde. Un miedo que le revolvía el estómago cada vez que pensaba y por eso se negaba a pensar. Mantener la mente en blanco en el escenario y comportarse como una zorra narcisista era la única solución que la tenía en seguridad. Era eso o...
Su teléfono vibró sobre la pequeña mesita de cristal frente al sofá de cuero rojo, y se obligó a duras penas a ponerse en pie. Arrastró los pies por el parqué dubitativa, y agarró el teléfono deslizando el dedo por la pantalla.
Desconocido.
Por poco se atragantó con su propia saliva, y temerosa abrió el enlace, casi se desmayó por el alivio.
No sé que pretendías hoy, Wolf. Pero que sepas una cosa, no soy un juguete sexual para que me uses y humilles.
Att: Galia.
Una solitaria lágrima resbaló de su ojo derecho, pero la limpió antes de dejar rastro o que otras la siguieran.
Claro que Galia estaba cabreada, pero Alejandra no la había obligado a comerle el...
No vuelvas a acercarte a mí.
Claro. La pelirroja tecleó un simple Ok para después bloquearlo. No volvió a sonar, ni a vibrar, ni nada de eso. Ya eran las tantas de la madrugada y pronto amanecería. Con una culpa cayendo sobre ella como un manto pesado se arrastró hacia la única habitación del piso y desnuda se coló entre las sábanas.
Su mente divagó hacia un lugar distinto, un momento donde no tuvo que ser egoísta ni cruel. Volvió a recrear en su memoria la escena del club donde aquel sujeto de cabello oscuro y ojos infernales la sostuvieron. El preciso instante en el que sólo fue arte en las manos adecuadas.
Recordó las facciones del chico; sus ojos oscuros, los altos pómulos en un rostro simétrico, los labios gruesos en contraste con su anatomía desgarbada y creyó haber vislumbrado una cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo como si una garra infernal se hubiese desquitado con él. No era la primera vez que fantaseaba con un cliente, pero sí la primera en la que el recuerdo se mezclaba con las ganas volviéndolo insoportable. Recordó la dureza que parecía aumentar por segundos contra su sexo, como crecía dentro de los pantalones del joven y la mirada agresiva que le había lanzado, anulando cualquier rastro de lógica. Cualquier objeción desapareció, sus dedos se le clavaron en el muslo, las uñas largas haciéndole daño. Más arriba, abrió la boca en una exhalación mientras un dedo exploró la suave piel en la parte frontal de su sexo.
Se sintió sucia, y las sábanas blancas sólo eran el recuerdo de una pureza que no tenía. Unos gritos hicieron eco en su mente y quiso gritar, llorar... Estaba cansada y la atravesaron mil acusaciones como puñales directos a su espalda. Pero era Alejandra Lobo, frívola y ególatra.
La mujer que ni siquiera pestañeaba cortando cebollas con los mismos cuchillos que la apuñalaron por la espalda.
Era mala, fría, egoísta y una completa puta. La que se follaba a sí misma a lo guarro porque nadie era digno para tocarla.
Salió de la cama con un quejido adolorida, el pecho contraído por la repulsión ante sí misma y trató de concentrarse en él. En las manos de largos dedos, en su pelo negro de suave apariencia y sonrisa recta. En los ojos oscuros como ópalos.
Siseó al darse cuenta de que estaba empapada; podía sentir lo mojada que estaba y cómo sus muslos se cerraron apretando para no dejar un rastro, porque no podía ocultarlo. Apoyó una mano en la esquina del mueble junto a la puerta para apoyarse, la mirada clavada en la pared, y recorrió la ranura de su intimidad con un dedo de arriba abajo, y de nuevo hacia arriba.
El mismo dedo apretó en la cúspide de sus muslos, el pulgar presionando con suavidad arrebatándole un gemido.
Eres una puta demente. -ahogó un quejido mientras las palabras se clavaban en su mente. -Una trastornada pervertida. Una puta.
Alejandra volvió a gemir y no sabía si era placer o tristeza, tal vez ambas fusionándose. Esta vez dos dedos, y tres al final se deslizaron por su intimidad mientras con la mano libre apretó uno de sus pechos, estirando el pezón y apretándolo. Volviendo a clavar los dedos en el mismo, el cual no le cabía en una sola mano. Con ligereza buscó el punto de entrada y y clavó dos dedos dentro de sí misma, apuñalándose una y otra vez, echando la cabeza hacia atrás por el éxtasis estando apunto... Tratando de dejar la mente en blanco.
Psicópata -y esa voz volvió a inundar su mente arrancándole lágrimas. -. Eres una maldita salida.
Sus rodillas temblaban sin control y el abdomen le dolía, sus dientes se clavaron con fuerza en el labio inferior provocándole sangre y el sabor amargo y salado le explotó en las fauces. No podía, no quería ser aquello. No quería la culpa ni las lágrimas, por eso el sexo era su opción segura. No era sólo placer, no era placer nunca realmente. Si se tomaba aquello tan enserio era porque sentirse como la habían querido retratar era más fácil que buscar ayuda.
Aquellos ojos negros volvieron a su mente y no necesitó más. Con el pulgar pulsando con suavidad su clítoris, movimientos circulares que la arrastraron a una espiral de electricidad y dolor. El pelo empapado en sudor le cayó a un lado del rostro y sus propios dedos sintieron de primera mano -nunca mejor dicho- el verdadero clímax.
Alejandra Lobo era un tabú.
Nota de Autora:
Votar y comentar no cuesta nada, y a mí me ayuda tanto animándome a seguir escribiendo como para que el algoritmo de la aplicación me dé más reconocimiento.
Si has llegado hasta aquí y te está gustando agradecería que me lo hagas saber. Gracias.
Att: Mamá Pato.
P.d: Soy SIMP de mis patitos.
P.d 2: Gracias por hacerme sentir tan bien cada vez que actualizo.
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