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|Capítulo 11| DRUGS X MONEY

Cuando hablamos de la vida, no damos la importancia que de verdad tiene. Y cuando hablamos de la muerte... Ah. Ahí cambia ¿no? Queremos retroceder a la pérdida, al momento justo antes del adiós. Queremos volver a años atrás sin importarnos nada. Incluso queremos volver a nacer... Para que el tiempo dure más y ser capaces de valorarlo esta vez.

Nuestras cabezas tienen tantas cosas dentro, como si el cerebro fuese un sistema de almacenamiento cerrado con la mejor tecnología, para contener a los demonios. Sin embargo, nadie nos cuenta que hay que estar constantemente alerta, porque al bajar la guardia, esa misma tecnología libera a las bestias carroñeras, y mil pensamientos nos invaden. En su mayoría negativos, pesimistas, agobiantes... Pensamientos que desbordan ansiedad, nervios, tristeza, depresión y emociones negativas en estado puro...

La vida es como un campo fresco en primavera, sin polen, pero con olores dulces y frescos y un calor soportable gracias a la brisa suave que cual manto de seda nos envuelve. Entonces con los pies descalzos, echamos la cabeza hacia atrás e inhalamos el aroma de todo a la vez, cerrando los ojos y la luz penetrando en los párpados... ¿Pacífico y tranquilizador? Posiblemente.

Alejandra llevaba tanto tiempo sin sentir aquello, que todo se había convertido en una bola de miedos, pensamientos, traumas, dudas... Momentos en los que su abdomen temblaba por el nerviosismo y la desesperación. Incapaz de distinguir la intuición de la paranoia... Y era normal. Por supuesto. Para un adicto... Pensar, pensar y pensar que el control se te escapa entre los dedos como finos granos de arena dorada... Joder. No era nada fácil. Nunca lo es. Porque ella quería pensar que todo aquello un día acabaría. Que sería capaz de superarlo en algún momento... Pero no funcionaban así las cosas. Y cuando ese bajón la atacaba con una fuerza brutal, todo lo que había en su mente eran preguntas sin respuesta. Como la del huevo o la gallina.

¿Estaría siempre de aquella forma? Podía recuperarse, estar bien una semana, un mes, un año o cinco. Pero esa voz aterradora que arañaba su mente con afiladas garras ponzoñosas no dejaba de repetirle que en algún momento algo se torcería. Y si de algo estaba segura era de que volvería a caer a aquel pozo del que no lograba salir, porque cada vez que escalaba y asomaba la cabeza al exterior, de una patada la volvían a mandar al fondo.

Sola nunca sería fácil. Y el que dijera lo contrario sólo se estaría haciendo el duro, engañandose a si mismo y con un poco de suerte convenciendo a los demás. Porque sí. Ciertamente todos necesitamos estar solos en algún momento y curar en silencio, a solas... Pero otras... Un abrazo, un beso en la frente o simplemente la compañía de alguien más nos ayuda a... sanar un poco. A purgar la herida...

—Creo que hay una botella de Möet rota en la sala cuatro —se escuchaba tras la barra, donde todo el mundo parecía disperso y agotado. —¡Alguien que vaya a limpiarlo, coño!

—¡Ya voy!

Sólo eran voces. Porque a esas alturas la pelirroja avanzando entre los taburetes no se sentía capaz de recordar siquiera dónde demonios estaba.

—Sí. Palermo lleva toda la semana volando de aquí a Los Ángeles y Nueva York.

Palermo. El dueño del Diamond.

—¿Crees que va a celebrarlo aquí? En España digo.

Las voces provenían de la lejanía. Pero la bailarina no podía dejar de escuchar a hurtadillas.

—¿Aquí? —rió uno de los tipos, la voz tan grave como si la hubiesen arrancado de un alma del averno. —. Ni de coña. Por lo que me han contado Luca y Geovani, su zorrita quiere una boda por todo lo alto en Grecia.

Grecia...

Cierto era que Palermo estaba comprometido. Toda la ciudad lo sabía.

—¿Wolf...?

Entre las luces rojas y sus propios mechones de cabello, apenas pudo distinguir cierta figura de uno de los sabuesos del antro.

—¿Wolf?¿Todo bien, niña?

No. Todo mal.

—¡Alejandra!

El golpe fue duro. Alejandra sintió como su nariz explotaba por el impacto contra el suelo, y el único alivio fue la frialdad del mármol contra su mejilla al girar el rostro. Había pies por todas partes, y un tipo barbudo de gruesas manos se inclinó sobre ella.

No oía nada con claridad. La boca pastosa y la lengua congelada, como si acabase de lamer un cubo de hielo recién sacado de la bolsa.

Alguien gritó. Una o varias personas. Alejandra no estaba segura de conocer a los autores o... Mierda ¿era autores? No ¿verdad? Pero dueños sonaba todavía más absurdo...

—Está extasiada... —aseguró alguien.

—¡Quita hostia! —gritó otra —¡Wolf!¡Wolf, mírame!

Galia.

—¡UNA AMBULANCIA, JODER!

Aquellos ojos... Su piel oscura y suave...

Alejandra esbozó una sonrisa, o pensó hacerlo. Era hermosa.

—¡ES UNA SOBREDOSIS!¡ALBA LLAMA A URGENCIAS!

Una sobredosis...

Mierda.

Otra vez no.

—Wolf, no pasa nada ¿vale? —La dulce voz de su compañera era lo único que penetraba en su mente —. No pasa nada. No pasa... ¡LLAMAD YA, MIERDA!

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